Sentía que estaba siendo tragado de un solo bocado por una bestia de dimensiones inimaginables. Mientras su cuerpo era succionado y su entrepierna frotada, solo podía agitar las manos desesperadamente en un intento inútil de rechazarlo. Cuando los dedos volvieron a deslizarse por el tronco del miembro, como si quisieran desprender la piel, Euichan cerró los ojos con fuerza.
—Ah… es demasiado… fuerte… ha.
—Euichan es muy sensible… Si esto ya es fuerte, ¿qué tan suave tendré que ser?
La mano de Ra Épée se deslizó desde la axila hasta su pecho, apretando sus pezones erectos. Al atrapar uno entre los dedos y presionarlo con firmeza, una gota de fluido blanquecino brotó de la punta del pene de Euichan.
—Pero dicen que aquí… se siente muy bien.
Ra Épée sujetó las piernas de Euichan, obligándolo a abrirlas, y señaló con la mirada la zona inferior, donde la piel ya lucía enrojecida por la fuerza de los agarres. Luego, apretó el miembro erecto de Euichan con fuerza y comenzó a masturbarlo con una intensidad que le arrancó un gemido de dolor y placer.
No entendía por qué se enfocaba solo en su propio cuerpo. Justo cuando Euichan intentaba decir algo, Ra Épée le susurró al oído:
—Euichan, si lamiera aquí… ¿te disgustaría?
—No… no quiero…
Aunque no comprendía del todo a qué se refería, Euichan negó con la cabeza por puro instinto.
—¿Y aquí entonces?
Los dedos descendieron más, presionando con firmeza la base de los glúteos. Presionó ligeramente la entrada, que permanecía cerrada, negándose a ceder el paso. Temblando de tensión y apretando su orificio, Euichan volvió a negar desesperadamente con la cabeza.
—Bueno… está bien. Hoy no haré nada que no quieras.
Lo hizo de nuevo. Aquel modo de hablar le recordaba a alguien más. Aunque la esencia de Ra Épée solía ser cruel y dogmática, en ese momento su tono era extrañamente dulce y suave. Euichan se sentía confundido por ese cambio, pero no estaba en posición de cuestionarlo.
—Entonces no queda más remedio. Tendrás que succionarme muy bien, Euichan.
Un pulgar firme se posó sobre los labios de Euichan. La mano forzó la apertura de su boca y presionó su lengua con humedad.
—Succiona. Sí… así.
Cuando los dedos, que habían explorado la lengua, las encías y hasta la garganta, finalmente salieron, Euichan se tensó. Por instinto, supo exactamente hacia dónde se dirigía aquella mano. El rastro descendió por el perineo hasta tocar el fondo del pozo.
Entonces, apoyó el dedo sobre el orificio y presionó con suavidad.
—¡Ha…!
Ra Épée soltó un suspiro caliente mientras insistía en presionar aquel agujero estrecho. Se quitó la camisa y pegó su cuerpo al de Euichan, sujetándolo por los huecos poplíteos para elevar sus glúteos aún más.
—Relájate, Euichan.
—Ah… hng.
No era algo que pudiera hacer tan fácilmente. Sin embargo, la punta del dedo comenzó a abrirse paso, hurgando tercamente hacia el interior. Mientras Euichan apretaba las sábanas con dolor, Ra Épée lo calmaba lamiéndole la oreja y el cuello, mientras agitaba su pene con ritmo.
Un escalofrío recorrió su columna y Euichan sintió una urgencia insoportable de eyacular. Cuando el dedo rozó la uretra, su cintura se sacudió involuntariamente.
—Espera, ah… hng… detente…
Las venas del antebrazo de Ra Épée se marcaron con fuerza. La velocidad con la que masturbaba el miembro era tan frenética que Euichan hundió la mejilla en la sábana, sollozando. Su visión empezó a parpadear entre blanco y negro, y sintió que el aire le faltaba, como si se estuviera ahogando.
Intentó empujarlo con la mano, suplicando que parara. Jadeando, con la boca llena de saliva, Euichan intentó darse la vuelta para huir, pero fue atrapado por la pelvis y arrastrado hasta chocar violentamente contra la entrepierna de Ra Épée.
El miembro, que se sentía grueso y duro a través de la tela, se frotó con fuerza contra su perineo.
—¿A dónde crees que vas?
—No… ah… basta, hng…
Sacudió la cabeza, intentó patear y tiró de las sábanas, pero nada funcionó. Euichan jadeaba pesadamente, moviéndose como alguien que intenta salir a la superficie para respirar. De repente, los músculos de su espalda se tensaron por completo; apretó los dientes y tuvo una convulsión violenta contra la cama.
Ra Épée, que había estado exprimiendo su miembro pálido, envolvió rápidamente el glande con la mano. En ese instante, el orificio de la uretra palpitó y expulsó varias ráfagas de semen espeso. Euichan se quedó sin fuerzas, como si toda su energía hubiera sido drenada. La mano de Ra Épée se deslizó con pereza sobre la curva de su columna.
Pero aquello no era el final. Al contrario, quizás era solo el principio. Con Euichan aún boca abajo, Ra Épée abrió sus carnosos glúteos y, tras untar el orificio con semen, hundió sus dedos en el interior. Euichan, aún sumido en el letargo del orgasmo, empezó a temblar.
—¡Ugh!
El dedo pulgar forzó la entrada estrecha y se deslizó viscosamente hacia adentro. Al principio solo rozó la entrada para provocarlo, pero con el tiempo, los dedos comenzaron a ensanchar las paredes internas, hundiéndose profundamente. Un dedo se convirtió en dos, y luego en tres, mientras Ra Épée giraba la palma de la mano, extendiendo el semen con esmero por todo el canal.
—Hng, ah…
Al principio solo sintió dolor, pero pronto el interior comenzó a arder con un hormigueo insoportable. Euichan aguantó en silencio, pero cuando un dedo presionó un punto sensible en la pared interna, soltó un respingo y sus hombros temblaron. El calor subió de forma aterradora, nublándole la razón.
Finalmente, incapaz de resistir más, Euichan hundió la frente en la sábana y habló. En este momento, suplicar era la única herramienta que le quedaba.
—Solo… hazlo… rápido…
—Apenas he metido tres dedos… ¿quieres que entre así?
«Podrías lastimarme», pensó.
Ra Épée también respiraba con dificultad. Como si estuviera luchando contra sus propios impulsos, giró la palma de la mano y la hundió violentamente en el interior. Euichan cerró los ojos con fuerza y mordió su labio.
El orificio, que apretaba los dedos con fuerza, ya se encontraba rojo, hinchado y empapado. Cada vez que la mano se hundía hasta la base y presionaba el interior, Euichan se estremecía violentamente. Tenía ganas de suplicar que se detuviera, que ya era suficiente, o incluso de pedirle que lo penetrara de una vez, pero cada vez que un dedo rozaba un punto sensible, un escalofrío lo recorría y solo podía soltar respiraciones entrecortadas.
Entonces, resonó el sonido de una cremallera bajando, y Euichan encogió las manos como preparándose para lo que vendría. Aún no habían empezado, pero el sudor ya empapaba el nacimiento de su cabello, dejándolo hecho un desastre. Sin darse cuenta, se encontró nuevamente frente a él.
—Apenas estamos empezando y ya estás así… ¿qué pasará después?
—Haa… ugh.
Ra Épée besó y lamió cada centímetro de su rostro: las mejillas sudorosas, la frente y hasta detrás de las orejas. En un momento, Euichan dio un respingo. Su mirada vaciló y su cuerpo se puso rígido por instinto.
Abajo…
—Esto…
…Abajo, un miembro descomunal, como una columna de fuego, separaba sus glúteos y presionaba la entrada con una fuerza abrumadora. La mirada de Euichan descendió lentamente. El impacto fue tan fuerte que sintió que el corazón se le detenía.
—No… Eso no… hng, eso no podrá entrar…
…Y eso que ya había recibido tres dedos a la vez.
—Ah… hng, haaa…
—¿Cómo que no podrá entrar?
El orificio comenzó a dilatarse lentamente mientras el pene empezaba a infiltrarse. Euichan solo podía abrir y cerrar la boca, abrumado por la sensación. Ra Épée sujetó la base de su miembro y empujó el glande con firmeza. Aunque parecía imposible que entrara por lo estrecho, la masa descomunal aplastó la carne interna y comenzó a invadirlo. Una mano grande envolvió sus muslos temblorosos para intentar tranquilizarlo.
Simultáneamente, el grueso glande aplastó la mucosa caliente del interior. Euichan encogió los hombros violentamente y echó la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto su garganta.
—¡Hah, ah… hng!
«¿Por qué es diferente a aquel día?». Sentía que era mucho más difícil y que su interior palpitaba con dolor. Como no sabía cómo relajar el cuerpo, se tensaba inconscientemente. En aquel entonces, no había podido confirmar visualmente la situación, así que no sabía que el miembro de su pareja fuera tan grueso.
Ahora, todo se sentía demasiado explícito: el sonido de la respiración contra su hombro, las caricias y la forma en que el pene alisaba cada pliegue de su pared interna mientras entraba.
—¡Hng… ah!
—Euichan.
La mano de Ra Épée se entrelazó con la suya, que estaba crispada. Su pelvis se abría dolorosamente mientras el miembro seguía empujando hacia adentro. Pero, ¿hasta dónde llegaría? Euichan, jadeando, miró hacia abajo, y sintió la respiración caliente de Ra Épée rozando la punta de su nariz.
Entonces, una voz suave lo obligó a mirarlo.
—Mírame, Euichan.
—No lo saques… hng… mejor… rápido…
—He dicho que me mires.
El glande, que había estado empujando, se deslizó lentamente hacia atrás, quedando justo en el borde de la entrada. Euichan soltó un jadeo y levantó la cabeza apresuradamente. Quería que lo penetrara ya. La presión era tan intensa que sentía que cualquier vacilación solo prolongaría la agonía.
Deseaba que lo hiciera de un solo golpe, como aquella vez, que lo poseyera con tanta fuerza que su razón desapareciera. Así, su mente se evaporaría y el tiempo pasaría rápido como una flecha.
Ra Épée lo tomó de la barbilla, obligándolo a mirar hacia arriba. A través de la visión nublada por el calor, apareció la figura de Ra Épée. El glande seguía presionando la entrada, y la desesperación hizo que la cintura de Euichan se sacudiera involuntariamente.
—Euichan… ¿por qué tienes tanta prisa? ¿Quieres que lo haga ya?
—Eso… ha, mételo… por favor…
Con la mirada totalmente perdida, Euichan asintió. Sus párpados estaban tan rojos que parecía que sangrarían al menor roce. Con un sonido húmedo, el pene comenzó a insertarse lentamente una vez más. Y justo antes de que el grueso glande rasgara las paredes internas que se cerraban con fuerza…
—…Euichan, reacciona.
Aquellas palabras, dichas en tono tranquilizador, despertaron la conciencia de Euichan.
—Aunque hayamos compartido la primera vez con otros dos, ahora deberías saber con quién lo estás haciendo.
«¿Con quién?». Obviamente, Euichan estaba con Ra Épée…
—…
Pero, ¿por qué? En los ojos del hombre que tenía frente a él, había algo que no debería estar allí. La visión borrosa de Euichan empezó a aclararse gradualmente. El hombre esperó en silencio hasta que Euichan pudo reconocerlo plenamente.
Y entonces, al ver un punto en aquellos ojos de color gris cenizo, Euichan lo empujó con una fuerza tal que el impacto resonó en el lugar. A pesar de ello, solo logró desplazarlo unos pocos centímetros. Ahora, aquello incrustado en sus ojos se veía con una claridad aterradora.
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