El aire estaba en silencio, sin un solo sonido. De repente, Xu Yan sintió alivio: al fin lo había dicho. En un principio no quería hablar, pero podía entender el estado de ánimo de Shen Zhi: que un idiota te hubiera perseguido durante cuatro años y de repente saliera huyendo era para que cualquiera desconfiara y pensara que estaba tramando algo. Si Shen Zhi necesitaba una respuesta clara, se la daría; así, al menos, se despedirían con dignidad y cada uno seguiría su camino.
Xu Yan nunca había tenido intención de andarse con medias tintas, pero no esperaba que Shen Zhi fuera tan severo como para exigirle que pronunciara personalmente el final.
Parecía que ya no había nada más que decir. Xu Yan miró a Shen Zhi, y pensó que al menos debería mostrar algo de alegría, o como mínimo parecer más aliviado, ahora que por fin se libraba de él. Incluso en ese momento, Xu Yan quería verlo sonreír: durante todo el tiempo que estuvieron juntos, parecía que nunca había logrado hacer feliz a Shen Zhi. Si aquel punto final podía arrancarle una sonrisa, al menos él habría cumplido su último cometido.
Pero no. La expresión de Shen Zhi no cambió en absoluto; solo lo miraba fijamente, y Xu Yan no lograba descifrar nada en ella. Pasaron varios segundos hasta que cayó en la cuenta: Shen Zhi no estaba pensando, no estaba reflexionando, estaba en blanco.
“Debe de estar tan contento que se ha quedado atónito…” Xu Yan torció ligeramente la boca, agarró de nuevo la maleta, se dio la vuelta y entró en casa. Esa puerta era la línea de meta; una vez cerrada, nunca más tendría nada que ver con Shen Zhi en toda su vida. Mejor así.
La rendija de la puerta se fue haciendo más pequeña, hasta que solo un hilo de luz se coló en el salón oscuro. De repente, a Xu Yan le escocieron los ojos; le parecía tan injusto que, después de todos esos años, solo él sintiera dolor, nostalgia y amargura. ¿Por qué Shen Zhi siempre permanecía al margen, impasible? ¿Acaso, solo porque él había sido el que tomó la iniciativa, merecía todo eso? La balanza era demasiado justa, nunca se inclinaba hacia él.
El pestillo rozó suavemente el marco de la puerta. Xu Yan presionó el picaporte y, sin previo aviso, su muñeca recibió un golpe seco; la luz se agrandó de golpe. Xu Yan levantó la cabeza con sorpresa y vio el rostro de Shen Zhi, frío y sin expresión, a contraluz. La puerta fue empujada de una vez, y Shen Zhi se plantó frente a él, llamándolo con voz grave:
“Xu Yan.”
Sonaba extraño, porque Shen Zhi casi nunca lo llamaba así; antes, tanto si lo necesitaba como si no, Xu Yan siempre estaba a su lado.
Xu Yan intuyó que Shen Zhi parecía enfadado, pero no podía imaginar por qué. ¿Qué motivo había para enfadarse? Al fin se libraba de alguien que lo había molestado durante años, recuperaba una vida libre y normal. ¿Por qué iba a enfadarse?
“No tengo tiempo para perder contigo, y no hace falta que me amenaces así” dijo Shen Zhi, con cada palabra bien marcada. ”Esa frase la doy por no dicha.”
¿Que no la ha oído? ¿Que finja que no ha oído cuando dije que esto se ha acabado?
Esa frase le sonaba. Xu Yan recordó la primera vez que le confesó su amor; de labios de Shen Zhi recibió exactamente esas mismas palabras, sin una coma de diferencia.
A principios del nuevo semestre de tercer año, fue el cumpleaños de Xu Yan. Para entonces, ya se las había ingeniado para tener algún tipo de relación con Shen Zhi: una relación de amigos. Esa noche, Shen Zhi no vino a cenar porque tenía asuntos que atender, pero apareció más tarde en el karaoke. Xu Yan ya llevaba un par de copas de más, algo borracho, y cuando sus compañeros animaron a Shen Zhi a cantar, él también aplaudió con una sonrisa tonta. Shen Zhi no cantó; esos días estaba resfriado y tenía la garganta irritada y ronca.
Llegó el momento de cortar la tarta. Xu Yan llevaba una corona de papel en la cabeza y, como no estaba muy consciente, se olvidó de pedir un deseo y sopló las velas de una vez. Algunos compañeros untaron pastel en su cara, y él ni siquiera se defendió, solo se agachó en el suelo, levantó la cabeza y sonrió como un tonto, mientras Shen Zhi se sentaba en el sofá a su lado mirándolo.
Después de destrozar la tarta, Xu Yan estaba completamente borracho como un perro. Todos esos sentimientos ocultos, contenidos y reprimidos empezaron a hacerse más intensos y audaces a medida que su razón se desvanecía. Su mirada apenas se apartaba del rostro de Shen Zhi. Finalmente, el amigo que estaba sentado entre ellos se levantó para ir al baño, y Xu Yan se incorporó y se desplazó un poco hacia Shen Zhi. En la sala, oscura, solo la luz de la gran pantalla iluminaba los rasgos de Shen Zhi, haciéndolos destacar entre el bullicio, con una calma especial. La nuez de Xu Yan se movió y le preguntó:
“¿Todavía te duele la garganta?”
Shen Zhi no lo oyó bien, inclinó la cabeza y bajó un poco la voz:
“¿Qué?” Su voz, ronca por el resfriado, sonaba tan grave que daba hasta cosquillas. Estaban muy cerca, y Xu Yan sintió que casi rozaba el puente de su nariz. Miró el perfil de Shen Zhi, y algunas palabras se le quedaron atascadas en la boca, como oro candente: tragarlas le dolía, escupirlas le daba miedo, y no paraba de darles vueltas sin cesar, quemándolo en su agonía.
«Es culpa tuya, que eres demasiado hermoso,
como una serpiente venenosa que aprieta nuestra relación,
como una adicción sin fondo ni límite.
Al final, gasté todas mis artimañas, hasta que la fe se marchitó.
Es culpa mía por estar tan obsesionado y me quedan todas las secuelas de haberte amado…”
Los estudiantes de Guangzhou cantaban una canción en cantonés, con una pronunciación auténtica, redonda y bonita, un tono sin estridencias que fluía como arena roja. De repente, Xu Yan sintió que Shen Zhi era como una araña, que con un solo hilo fino podía enredarlo por completo; estaba atrapado y luchaba, pero Shen Zhi ni siquiera lo notaba, porque todo lo que hacía era sin intención.
—Shen Zhi —dijo Xu Yan, manteniendo esa cercanía mientras miraba sus pestañas, como si quisiera contarlas una por una. Abrió la boca y susurró—: Creo que me gustas mucho.
En realidad no era “creo”, era que le gustaba de verdad. Xu Yan se aferraba a la esperanza de haberse reservado algo, y más aún de haberlo dicho tan bajito que quizá Shen Zhi no lo había oído. Tenía tantas ganas de decirlo, pero a la vez temía que Shen Zhi lo supiera, y no había considerado las consecuencias. Aquel no era el mejor momento, pero ¿cuál era el mejor momento? Xu Yan no lo sabía; solo quería desahogarse, aunque fuera un poco.
Vio con claridad cómo Shen Zhi se quedó desconcertado un instante, bajó la mirada hacia él, luego desvió la cabeza y fijó la vista en la pantalla grande.
Él lo había oído. Xu Yan pensó que también sabía que había sido impulsivo, que se había equivocado.
Cuando terminó la canción, Shen Zhi tomó un sorbo de la bebida que había en la mesita y dijo:
“Me voy primero.” Saludó a los que estaban cerca, pero sin mirar a Xu Yan ni dirigirle una palabra, se levantó y se fue hacia la puerta.
La puerta se abrió y se cerró. Xu Yan miró fijamente esa puerta y de repente quiso una respuesta. Aunque en el fondo ya la sabía, si Shen Zhi no se la daba en persona, no valía. Se levantó rápido y salió corriendo tambaleándose; algún compañero pensó que iba a vomitar por el alcohol y lo siguió, pero Xu Yan se giró al abrir la puerta y dijo:
“Nada, voy a despedir a Shen Zhi.”
Shen Zhi ya había llegado a la esquina. Xu Yan corrió unos pasos y lo llamó en voz alta:
“¡Shen Zhi!” Él se detuvo y giró la cabeza. La luz era mala, Xu Yan no podía ver bien su rostro, pero siguió caminando hasta llegar frente a él. Jadeando, lo miró a los ojos y dijo—: Tengo muchas ganas de saber.
Shen Zhi bajó la mirada hacia él, sin hablar. El corazón de Xu Yan latía a punto de saltar, no tenía fuerzas, pero se obligaba a mantener el tipo. Continuó:
”Quiero saber qué piensas”. Sabía que iba a salir lastimado, pero aun así preguntaba, como si no pudiera rendirse sin antes descubrir la verdad. Y una vez descubierta, ¿realmente podría rendirse? Quién sabe.
Shen Zhi apartó la mirada, guardó silencio un momento y luego dijo:
“Esa frase la doy por no dicha”.
De todas las respuestas que había imaginado, jamás se le había ocurrido esa. Xu Yan se quedó atónito; ya estaba borracho y le costaba pensar, y esta vez sí que se quedó en blanco un buen rato. Sintió que se le enrojecían los ojos, pero menos mal que en el pasillo oscuro no se notaba. Con un tono muy sereno dijo:
“No.”
“Yo lo he dicho, tú lo has oído, no puedes hacer como si no hubiera pasado.”
De nuevo el silencio. Shen Zhi seguía sin mirarlo. ¿Y para qué seguir así? Al final, Xu Yan negó con la cabeza y esbozó una sonrisa amarga:
“Déjalo, vete”. Shen Zhi bajó la mirada, se dio la vuelta y se fue sin siquiera un “adiós”, y en ningún momento le deseó un feliz cumpleaños a Xu Yan.
Xu Yan se quedó allí viéndolo alejarse, deseando que Shen Zhi volviera la cabeza, como hacía cada vez que le pasaba el balón en la cancha, o cuando pedían comida juntos… Qué egoísta es el ser humano: anhelas que te mire, y cuando por fin lo hace, empiezas a desear que solo te mire a ti.
Ahora Shen Zhi ni siquiera quería mirarlo. Xu Yan pensó que nunca más volvería a celebrar su cumpleaños; qué malos recuerdos.
“Cuando te confesé mi amor, dijiste que lo dejarías pasar como si no lo hubieras oído, y ahora vuelves con la misma frase” dijo Xu Yan, mirándolo con una sonrisa.”No te estoy amenazando, ni siquiera puedo ser una amenaza para ti. Dices que no tienes tiempo para perder conmigo, pues perfecto, yo tampoco pienso seguir perdiendo el tuyo”. Empezaba a entender por qué Shen Zhi estaba enfadado: probablemente sentía la humillación de haber sido dejado, le molestaba que no hubiera sido él quien dijera primero “se acabó”, su orgullo no podía soportarlo.
Shen Zhi apretó los labios formando una línea recta, mirando fijamente a Xu Yan, como si buscara en su rostro alguna señal de que estaba fingiendo o bromeando. Pero la expresión de Xu Yan era demasiado tranquila, sin la menor fisura—porque no había fisura que mostrar. Al cabo de un rato, Shen Zhi frunció ligeramente el ceño, su pecho subió y bajó con un suspiro, y por fin dijo:
“¿Sabes lo que estás dici…”
“Vuelvo muy cansado del viaje”. Era la primera vez en años que Xu Yan interrumpía a Shen Zhi. Alargó la mano y chasqueó los dedos junto a la oreja de Shen Zhi. “Así que dejemos de perder el tiempo. Se acabó, se acabó, no lo dudes, no es un sueño. Cariño, eres libre, que tengas una buena vida.”
Dicho esto, agarró a Shen Zhi por los hombros y lo empujó hacia fuera. Shen Zhi, desprevenido, retrocedió dos pasos. Xu Yan cerró la puerta de un golpe y giró el cerrojo con rapidez.
El autor tiene algo que decir:
“Es culpa tuya, que eres demasiado hermoso” —张国荣 (Leslie Cheung)
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