Un disparo llegó desde la cabaña junto al lago. Max levantó la vista un momento, luego volvió a bajar la cabeza y continuó tejiendo su guirnalda.
Estaba sentada en la ladera, al borde del bosque. Mientras sus dedos torpes enrollaban las flexibles ramas, tarareaba una canción sin tonada. La ametralladora descansaba en la hierba a sus pies; parecía que su dueña no tenía intención de usarla por el momento.
Finalmente logró que aquello de forma indefinida se viera un poco más presentable, se lo puso en la cabeza a modo de prueba y descubrió que le quedaba un tamaño más grande, casi hasta el cuello. Tuvo que volver a quitárselo y suspiró frustrada.
—Ben —se volvió hacia el hombre a su lado—. ¿Crees que debería haberle advertido al señor Packerman que incluso esposado y encadenado, un cazador sigue siendo peligroso y puede matar?
Ben cogió la guirnalda que se había deshecho, tocó las pequeñas flores y se la devolvió, negando en silencio con la cabeza.
Max torció la boca.
—Eso mismo pensaba yo.
—Pero —volvió a suspirar—, el final no cambiaría sustancialmente. Tarde o temprano tendrá que morir.
Con la punta de sus finos dedos acarició las ramas, arrancando una a una, sin pensar, las delicadas flores amarillas, cuyos pétalos rotos cayeron al suelo.
—¿Todavía recuerdas a Pei Yue, Ben?
Ben asintió.
—Se parece mucho a él. Desde hace mucho tiempo, y cada vez más. Han tomado el mismo camino y llegarán a la misma salida, ¿verdad?
Ben dudó un instante y volvió a asentir.
—Por eso tú no puedes tomar este camino —Max le sonrió con ternura—, porque si no, te mataré con mis propias manos. No quiero que eso pase, ya lo sabes.
Ben bajó los párpados, como si se hubiera sumergido de nuevo en su propio mundo.
No es justo, debería haberme dado tiempo a subirme los pantalones. Jason se quejó mientras esquivaba otra bala con gran tensión. Pasó rozándole la espalda con un efecto casi cinematográfico, dejando un largo rastro de sangre.
Aprovechando el momento en que había rodado fuera de la silla, había conseguido agarrar la Python. Así que podía esconderse detrás de la mesa del comedor y devolver los disparos. Pero su oponente tenía una pistola táctica Steyr; sin contar los cargadores de repuesto, llevaba hasta treinta balas, mientras que él solo tenía seis. Un claro ejemplo de la brecha entre ricos y pobres, refunfuñó disgustado.
Gavin, al otro lado de la habitación, se había protegido tras un sofá e intentaba abrir las esposas. Pero la cerradura era especial y no se podía abrir con un alfiler. Sacó las esposas por el brazo del sofá y gritó hacia el hombre rubio con el arma:
—¡Jason, rómpelas!
Su compañero temporal abrió los ojos como platos.
—¿Qué? ¡Eso es imposible! ¡No soy un tirador de élite! ¡Te destrozarás la muñeca!
—No fallarás —dijo Gavin con voz grave.
Jason dudó un instante, pero enseguida se dio cuenta de que no le quedaba tiempo para dudar. Bard acribilló el sofá a disparos, dejándolo casi como una gigantesca pieza de queso repleta de agujeros. Jason respiró hondo, apuntó a la cadena plateada que unía las esposas —que ahora se veía más fina y más corta— y murmuró entre dientes:
—Dios mío, bendíceme. Si lo consigo, me hago monja para servirle…
El disparo salió. Jason contuvo la respiración, mirando fijamente. A su alrededor todo parecía sumido en un silencio sepulcral. Todos los sonidos de los disparos quedaron excluidos de sus oídos por sus propios nervios. Hasta que vio cómo saltaba una chispa de metal. La muñeca de Gavin quedó libre, y completamente ilesa.
Jason exhaló aliviado. En ese momento, sintió tantas ganas de cantar un himno de alabanza a Dios como un sacerdote, pero no recordaba ni una sola estrofa.
—Ah, ya recuerdo: a las monjas no les gustan los compañeros masculinos. Menos mal que el Señor es misericordioso y perdonará mi lapsus —dijo con gran convicción.
Una bala le pasó rozando la cabeza. Percibió el olor a proteína quemada en su cabello. Estoy despistándome en medio de una situación de vida o muerte, se reprochó Jason, y disparó contra su oponente. Al apretar el gatillo, oyó el vacío del percutor al golpear el culote del cartucho.
¡Maldición! ¡Sin balas!
En ese instante, en la mente de Jason brotaron frases como «el Señor lo condena» o «el castigo de Dios».
Al otro lado del cañón oscuro, el rostro de su oponente esbozó una sonrisa burlona. Jason sintió todo el cuerpo rígido. Percibió cómo el manto de la Muerte rozaba su rostro con malas intenciones, cómo la guadaña se abalanzaba sobre él con su aliento gélido y mortífero.
Sonó el disparo que anunciaba el fin de su vida. Jason se quedó allí, tieso, sin saber si debía llevarse la mano al pecho o a alguna otra parte. Aún no sentía dolor. ¿Acaso la bala le había alcanzado el cerebro y había destruido su sistema nervioso central? Pensó, confuso… ¡Un momento! ¡Podía pensar! ¡Seguía vivo!
Saltó de alegría, saltó por encima del cuerpo de Bard, que había caído como un tronco derribado, y salió corriendo hacia el origen de aquella bala salvadora.
—¡Salvado de la muerte! Cariño, jamás había visto a la Muerte tan de cerca. ¡Es un tío guapísimo! —Abrazó a Gavin con efusividad, alabándolo. Su expresión de emoción hacía sospechar que lo excitante superaba con creces lo aterrador.
El cuerpo desnudo del hombre de cabello negro se tensó por un instante. Evidentemente, no estaba acostumbrado a un contacto tan íntimo. Luego se relajó, abrazó lentamente al otro y hundió su rostro en el cabello rubio manchado de sangre, respirando profundamente.
La luz de la tarde se filtraba a través de los ventanales. Cálida y brillante, se derramaba sobre aquel campo de batalla lleno de escombros y sangre, como si la frontera entre la vida y la muerte se fundiera de una manera extraña y, a la vez, natural. Los dos hombres, cubiertos de heridas, se abrazaban. A sus pies, los cuerpos yacían en charcos de sangre, enfriándose.
—Lo siento, Jason… lo siento… —Gavin no dejaba de pedir disculpas en voz baja, con el rostro aún hundido en el cuello de Jason. Su voz sonaba apagada, como si le costara hablar.
—No es culpa tuya. No tienes porqué sentirte así, de verdad —Jason le dio unas palmaditas en la espalda, magnánimo—. Aunque odio ese tipo de cosas, quiero decir, las forzadas, el daño que me han hecho no es tan grave como imaginas. No voy a tener una crisis nerviosa por unos cuantos movimientos de pistón en el recto. Eso sí que sería estúpido.
Gavin le apartó los hombros de repente, con una mirada llena de enfado. Aunque el estado mental del otro le había hecho respirar aliviado, ese tono tan ligero le resultaba muy incómodo. Tanto que le daban ganas de apuntar con el cañón a algo y apretar el gatillo sin parar.
—Vale, no pongas esa cara de querer matar a alguien. Ese maldito ya está muerto. Aunque no me importaría que le pegaras unos cuantos tiros más al cadáver, pero la verdad, colega, eso sería un poco estúpido —Jason miró a su alrededor y preguntó de repente—: ¿Dónde está tu exjefe?
—Cuando maté a Wilson, él ya había salido del salón, escapó por la puerta trasera —dijo Gavin mientras rompía los grilletes, se vestía y se equipaba con las armas que había en el suelo.
Tenía los labios apretados como una hoja afilada, el rostro severo, desprendiendo un aura sanguinaria y mortífera. Jason torció la boca con desdén, y dijo con rencor:
—Sabe bien cuándo le conviene huir. Sabe que si se queda, le voy a meter un cargador de balas por el culo.
—No va a escapar. Y no se va a rendir tan fácilmente. Apuesto a que ha ido a buscar a Max y a Ben.
—¿Esos dos cazadores? —Jason lo miró fijamente, esa expresión suya tan excesivamente calmada—. ¡Y tú estás tan tranquilo! ¡Dos contra uno! ¡Y encima estás herido! ¿Es que piensas enfrentarte a ellos directamente?
Gavin volvió el rostro hacia él. Sus ojos eran negros y sombríos, sin un solo destello de luz.
—Voy a matarlo —dijo con tono frío y tajante.
Luego salió del salón. Jason suspiró y lo siguió.
La cocina estaba hecha un desastre, salpicada de sangre oscura. Dos cadáveres ensangrentados y destrozados yacían juntos. Uno era el de la mujer que les había abierto la puerta, el otro el de un hombre de mediana edad. Evidentemente, habían atrapado a su marido o amante, y la obligaron a hacerles entrar.
Por eso nos miraba con tanto dolor y odio, pensó Jason.
Se agachó y extendió la mano para cerrar aquellos ojos azul verdosos, ya fríos y turbios, pero que aún se negaban a cerrarse. Dijo en voz baja:
—Descansa en paz. Al otro lado de la tumba, ante Dios, todos somos iguales. —Se levantó, un poco frustrado—. Nunca he escuchado los rezos del sacerdote con atención. Si no, podría decir algo más.
—Ya has hecho un buen papel de suplente —dijo Gavin, dándole una palmada en el hombro.
Max sintió que el teléfono vibraba en su bolsillo. Lo sacó y miró la pantalla.
—Llamada de atención al cliente. Parece que nuestro cliente tiene problemas.
Se puso en pie con la ametralladora en la mano, con una agilidad y una elegancia felinas. En su pequeño y esbelto cuerpo se ocultaba una capacidad explosiva difícil de imaginar. Muchos hombres, al conocerla, la llamaban «gatita sexy». Pero pronto comprendieron que la expresión adecuada era «tigre de Bengala». Solo que entonces ya no tenían oportunidad de corregirse.
—Vamos, Ben. Empieza la última cacería.
Al oír el mensaje «su llamada no puede ser atendida en este momento», Packerman sintió tanta furia que estuvo a punto de estrellar el teléfono contra el suelo. Pero al final se contuvo.
—¡Fuck! ¡Maldita zorra! —Inhaló profundamente para calmar la tormenta de emociones que le sacudía el pecho, que chocaban violentamente contra sus paredes internas. Tenía que calmarse y pensar en qué hacer a continuación.
El coche que acababa de poner en marcha había pinchado un neumático con una piedra afilada en la orilla del río. Quizá ya estaba rajado de antes, quién sabe. La cuestión era que la suerte no estaba de su lado aquel día.
Los tres hombres que había traído estaban todos muertos. Aunque a los dos últimos no los había visto con sus propios ojos, cuando oyó los disparos ya adivinó el final. Cuando acababa de traer de vuelta a Gavin, lo había puesto a prueba con una docena de hombres. Todos eran expertos en asesinatos con entrenamiento profesional. Les ordenó que no mataran a su recién comprado sabueso, pero el resultado lo dejó con los ojos fuera de las órbitas. Gavin acabó con todos ellos con una «Desert Eagle» de nueve balas. Los otros tres, que no gozaron del privilegio de la tecnología avanzada, murieron degollados con un cuchillo.
Incluso ahora, Packerman seguía recordando aquella escena (y creía que la recordaría siempre). El hombre de cabello negro se levantó del charco de sangre, rojo y terrible, y lentamente limpió con la palma de su mano la humedad de la hoja negra como si aquello no fuera sangre humana sino simple agua. Sus ojos oscuros como la noche, fríos e inorgánicos, lo miraron directamente:
—Misión cumplida.
En ese momento, como si innumerables diminutas corrientes eléctricas recorrieran su cuerpo desde las plantas de los pies, su corazón tuvo un pequeño espasmo de alta frecuencia. No podía definir con claridad qué era aquella sensación: sorpresa, miedo, excitación, agitación… No era ninguna de ellas por separado, pero sí una mezcla de todas.
Lo miró con ojos de superioridad y admiración, con la autoridad de quien controla, y le ordenó arrodillarse sobre una rodilla. Vio cómo el otro ejecutaba la orden sin dudar y se sintió satisfecho. Sin embargo, en el fondo de su corazón brotó de repente un vago temor y una insatisfacción. No sabía de dónde venía aquella sensación.
Su nuevo subordinado era fuerte y obedecía al cien por cien. ¿Por qué entonces seguía sintiendo ese vacío, como si algo dentro de él no terminara de llenarse? No pudo evitar ponerlo a prueba una y otra vez, para medir su lealtad y su obediencia. Y nunca lo decepcionó. Pero aquella sensación se hacía cada vez más intensa. Incluso le resultaba imposible mirarlo directamente a los ojos. Así que le ordenó que no lo mirara. Cuando veía aquellos ojos negros y sobrecogedores desaparecer tras los párpados bajos y las finas pestañas, cuando veía su figura siempre dispuesta postrándose ante él en actitud sumisa, tras un breve instante de placer llegaba una decepción aún mayor. Él era quien mandaba, pero siempre sentía que no podía conquistarlo. Aquel hombre era demasiado fuerte. Y cuanto más absoluta era la obediencia basada en esa fortaleza, más le intranquilizaba.
Aun así, llevaba a Gavin a todas partes. Su estilo de hacer las cosas le gustaba. Lo admiraba, incluso en cierta medida lo apreciaba. Hasta que ocurrió aquello con la familia Bartlett.
A decir verdad, Packerman se llevó una gran sorpresa por el fracaso de aquella misión, porque era algo que nunca había pasado. Pero no era motivo suficiente para condenar a muerte a su mejor hombre. Como mucho, una buena reprimenda y algún castigo. Si Gavin le hubiera suplicado perdón, él no tenía por qué matar al chico; de todas formas, no era hijo de Bartlett. Pero lo que jamás imaginó fue que Gavin lo traicionara. No regresó a informar del resultado de la misión. Eligió irse. Lo dejó a él con la misma frialdad y decisión con que aceptaba las órdenes. Packerman tardó más de media hora en asimilar aquel hecho. Luego, presa de una furia incontenible, destrozó toda la habitación.
En ese momento, la ira le nubló por completo la mente. Era como si algo que había temido durante mucho tiempo hubiera ocurrido al fin. Todos sus sentimientos se transformaron en una furia extrema. Una furia tan intensa que solo podía apagarse con la sangre del traidor. Entonces, un pensamiento cruzó su mente ,quizá era algo que había estado escondido en su corazón desde hacía tiempo. Solo había una forma de conquistar a aquel hombre: destruyéndolo por completo, en cuerpo y alma. Cuando al fin comprendió aquello, sonrió satisfecho entre los escombros.
De repente, el teléfono sonó. Packerman lo cogió al instante. Poco después, su oscuro semblante se iluminó ligeramente.
—Bien hecho. Tráelo tal como acordamos. Pero el tiempo se reduce. En menos de media hora… Oh, no. Espero que anules las palabras «no puedo» o «es imposible». ¡A menos que quieras acabar convertido en un cadáver para alimentar a los perros! —Cerró el teléfono de golpe, examinó el entorno con cautela, desenfundó la pistola que llevaba en el pecho y echó a andar hacia la carretera.
Apenas había dado dos pasos cuando una bala llegó desde atrás, a un lado, e impactó en la grava junto a sus pies, levantando una chispa con un golpe seco.
Rodó por reflejo y disparó varias veces hacia la dirección de la que había venido el tiro. Allí había un arbusto frondoso, que quedó hecho pedazos, ramas y hojas volando por todas partes. Pero fuera de eso, ningún otro sonido.
A su alrededor volvió a reinar el silencio, como si aquel disparo hubiera sido solo una alucinación.
Pero Packerman sabía que no lo era. Sintió cómo una presión asfixiante, densa y pesada, oprimía todo el espacio. Era fría, dura, imposible de sobrellevar. Ese era su instinto, su olfato para el peligro, forjado por años de vivir al borde del abismo. Un par de ojos rojos y sanguinarios lo observaban desde algún lugar oscuro, llenos de una hostilidad brutal y feroz, como una bestia. No podía verlos, pero los sentía por todos los poros de su cuerpo. Eran los ojos de un cazador.
Y la presa cazada era él mismo.
De repente, la espalda de Packerman se cubrió de escalofríos. El sudor frío empapó por completo la camisa que llevaba debajo.
Sabía que aquel primer disparo lo había errado a propósito, solo para recordarle que alguien estaba allí. Pero hacia dónde iría el siguiente: brazo, pierna, hombro, vientre o cabeza, solo lo sabían Dios y el asesino. La inmensa presión psicológica sometía sus nervios a una tortura sin precedentes. Apretó con fuerza el arma, el índice rozaba inconscientemente el gatillo. Jadeaba, intentando con todas sus fuerzas calmar los latidos de su pecho, acelerados y anormales, y liberar la tensión que lo embargaba.
Luego, bajó lentamente el cañón. Sabía que, frente a un experto en armas, aquello no suponía ninguna amenaza. Lo que podía salvarle la vida no era aquel trozo de metal relleno de pólvora, sino un arma psicológica. Aún guardaba un as en la manga, una herramienta con la que sin duda podría someterlo.
—Sal, mi pequeño sabueso. No te escondas más, aunque eso sea lo que mejor sabes hacer —dijo Packerman—. ¿Acaso piensas usar la táctica del francotirador? Ah, eso sería demasiado fácil para mí. Una bala no hará que sufra «una muerte muy dolorosa».
No hablaba muy alto, pero sabía que el otro lo oiría.
En efecto, detrás de él se oyó el leve roce de unas piedras. Packerman se dio la vuelta lentamente y vio el cañón apuntándole desde el otro lado, y los ojos del cazador, más oscuros incluso que el cañón.
—Así es. No tienes derecho a morir de forma tan fácil —dijo con frialdad—. Como mínimo, deberías probar antes lo que sienten los que tú has torturado hasta matarlos. Con uno solo basta.
Packerman sonrió.
—Supongo que debe ser una sensación horrible. Por eso lanzaban gritos y gemidos de dolor y desesperación, y me maldecían con sus miradas malignas de agonía, deseando que me arrastraran al nivel más profundo del infierno. En realidad, no estaría mal. Allí nos volveremos a encontrar, tú y yo. Algo que esperar, ¿no crees, Gavin?
—Sí. Allí iremos todos —dijo el hombre frente a él con voz gélida e inerte—. Pero tú irás primero.
—Bueno —su exjefe suspiró teatralmente—. Al menos tengo con quien acompañarme en el viaje. No estaré solo. Gavin, tu hijo es muy hermoso. De verdad. Los rasgos los tiene de su madre, pero el color del cabello y los ojos los tiene tuyos. En cuanto lo vi, pensé que ese pequeño, cuando creciera, no le faltarían chicas detrás. Pero eso solo si tiene la suerte de vivir lo suficiente como para poder tener una erección.
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