— ¡No te hagas el muerto, levántate!
Una bofetada sonó en el aire. Jason abrió los ojos y sintió un escozor ardiente en la mejilla. Se la tocó instintivamente y sus dedos rozaron las vendas que le rodeaban el cuello… ¡Menos mal, estoy vivo! ¡Gracias a Dios!
— Creo que debería ir a la iglesia todas las semanas… —murmuró.
— Tranquilo, tu funeral se celebrará allí, si no te pones las pilas —dijo el hombre sentado a su lado, mientras hacía girar entre sus manos aquella enorme arma homicida.
— ¡Apártala de mí, señor cuchillero! —gritó Jason—. ¡Me pone nervioso, me deja la mente en blanco!
El hombre se rió, y los rasgos de su rostro se suavizaron, volviéndolo algo más atractivo que antes.
— Es por la pérdida de sangre, pero ya estás bien. Yo pagué la consulta, así que tu comida de la próxima semana está a salvo. Con los niños buenos siempre soy amable. Puedes llamarme Vincent —dijo con una dulzura casi persuasiva, mientras dejaba la daga sobre la mesa.
— Muy bien, Vincent, ¿qué quieres saber? Te lo contaré todo, hasta el color de mis calzoncillos.
El rostro de Vincent se ensombreció:
— ¡Guárdate tu asqueroso sentido del humor! ¡Yo no soy ese maricón de Derek!
— ¿Dices “homo”? Qué fea palabra. No deberías discriminarlos. Mira, Dios clasificó a los humanos en hombres y mujeres, no en homosexuales y heterosexuales. Y el viejo no dictaminó que tuvieran que emparejarse necesariamente uno de cada —Jason se contuvo para no reír al ver la cara del otro, como si hubiera pisado mierda. Sin duda era un puritano sexual, con una aversión casi alérgica a los homosexuales.
— Si quieres seguir con este tema… —Vincent alargó la mano hacia el mango de la daga.
— ¡No! ¡Pasemos al tema central ya! El anillo, ¿verdad? ¡El anillo!
— ¿Dónde está?
Jason se incorporó con esfuerzo y se puso una almohada grande y mullida tras la cabeza.
— Tienes que darme tiempo para recordar, señor heterosexual. Verás, yo intenté con todas mis fuerzas olvidar aquella experiencia, todo lo relacionado con Derek… —Suspiró y bajó la mirada hacia la sábana blanca como la nieve. Sus pupilas verdes se volvieron suaves como una laguna cubierta de bruma.
— Derek nunca se quitaba el anillo, ni siquiera en la cama. —”¿Es tu anillo de boda? Lo cuidas como si fuera tu mujer”, le pregunté.
Él se rió y me contestó: “¿Estás celoso? Sí que es un anillo de boda, pero la promesa no es con una mujer, sino con la familia Berardi. Empezó con mi bisabuelo, y pasó de mi abuelo a mi padre y luego a mi hermano mayor, hasta llegar a mí. Una reliquia familiar, ¿no? Pero no ha traído buena suerte, sino una sucesión ininterrumpida de muertes. Es como unas espinas llamadas responsabilidad que, a lo largo del cable de la sangre, atan firmemente a cada miembro de la familia”.
“Suena como el anillo maldito de alguna novela fantástica”.
“Algo parecido. Cuando lo llevas puesto, ya no eres tú mismo; eres la familia entera. Te sientas en la silla de la gloria, y solo con extender la mano, alguien se arrodilla ante ti y besa tu anillo con la postura más leal. Ante ti se extiende un horizonte esplendoroso… Pero, en correspondencia, cuanto más brillante es la luz, más oscura es la sombra. Cargarás con todas las sombras lúgubres de las generaciones pasadas: sangre, venganzas, innumerables noches en que la oscuridad desata su furia, el dolor por la pérdida de los seres queridos y los gritos desesperados del corazón. Todo eso debes asimilarlo en tu cuerpo y soportarlo en soledad. Obtienes algo, pero pierdes mucho más. No hay manera: ofrecemos en sacrificio eso que algunos llaman pureza para obtener un poder inmenso. Esa es la regla del mundo en que vivimos”.
Mientras decía estas palabras, Derek sonreía con una ternura y una tristeza desgarradoras. Jason sintió unas ganas irresistibles de abrazarlo fuerte, de hundirse con él en la oscuridad… Quiso decirle que, aunque no pudiera ayudarlo a cargar con su peso, al menos podría hacer que ya no se sintiera solo.
Jason alzó la cabeza y miró perdido hacia el vacío, como si alguien le hiciera señas desde allí. Esbozó hacia esa persona invisible una sonrisa deslumbrante, una sonrisa con tal carga de tristeza que Vincent sintió un leve pinchazo en el pecho. Y fue entonces cuando se dio cuenta de que, desde la primera palabra, Jason no había apartado la mirada de él.
— Cuando Derek murió, recordé lo que había dicho una vez. Dijo: “Mi padre y mi hermano mayor murieron asesinados; sus cuerpos quedaron incrustados de balas de todo tipo, y la sangre tiñó una gran extensión del suelo. Si pudiera elegir mi forma de morir, me gustaría morir como una persona común”. Su deseo se cumplió. Supongo que su alma se fue sin mancharse ni una gota de sangre, y eso le habrá alegrado… Ya no necesitaba llevar más aquella pesada cadena. Así que arranqué esas espinas…
— ¿Quieres ponértelo tú? —Lo miró fijamente a los ojos, que brillaban con una belleza tan sobrecogedora que Vincent casi creyó estar ante las dos esmeraldas más puras del mundo.
— ¿Por qué no? —dijo Vincent—. Para conseguirlo, no me importa sacrificar cualquier cosa, ni siquiera a mí mismo.
— Pero no puedo dártelo tan fácilmente. Cuando lo tengas, me matarás para cerrar la boca —afirmó Jason con seguridad.
— Es cierto, esa era mi intención al principio. Pero ahora creo que podemos hacer un trato. Sé que andas mal de dinero. Has trabajado en clubes, en comida rápida, en cafeterías, y ahora en una empresa de mensajería. No fue fácil encontrarte.Quizá podría darte una cantidad a cambio de que cedas la reliquia de tu amante.
— Espero que esa cantidad baste para pagar dos meses de alquiler y cubrir el sueldo que he perdido por faltar al trabajo hoy.
Vincent sonrió:
— Sin duda es suficiente. Que no disimules tu naturaleza es encantador. Al principio pensé que eras un gigoló, a lo sumo un tipo guapo.
— ¿Y ahora?
— ¿Ahora? Ah, me has hecho sentir un pequeño atisbo de tolerancia. Quizá los homosexuales no son tan repugnantes como imaginaba.
— Entonces —Jason bajó la voz, se acercó como un amante en un susurro, y las finas puntas de su cabello rozaron el rostro y el cuello del otro. Una sensación extraña, como una red que se cerraba sobre él, un hechizo irresistible… —¿Te gustaría acostarte conmigo?
—¡Dios mío, la cara que puso en ese momento! Aunque la recuerde diez mil veces, seguirá siendo igual de divertida.
Jason reía a carcajadas mientras golpeaba el sofá otra vez.
—Se puso rojo como un tomate y gritó como si estuviera jurando lealtad al Partido Nazi: “¡Soy heterosexual!”. Jajajaja… ¡Qué adorable! —Rodó del sofá a la alfombra sin parar de reír—. ¡Ah, “heterosexual”! Lo defiende como las doncellas medievales defendían su castidad. Es una obra maestra, ¿verdad, Ed?
— … ¿Se te ha curado tan rápido el cuello? —preguntó Adrián.
— Oh, no, todavía me duele como si ese maldito maníaco de la motosierra me lo hubiera cortado, pero eso no afecta mi buen humor actual.
— ¿Estás seguro de que no es un maníaco de la motosierra? ¡Casi te secciona la arteria carótida! —Adrián, enfadado, tiró el rotulador sobre la mesa—. ¡Y encima lo invitaste a acostarse contigo! ¿En qué película crees que estás, El silencio de los corderos?
— No, creo que esto es Cadena perpetua. Cuando le hablé de la sonrisa de Derek, se emocionó hasta casi llorar. Apuesto a que nunca antes había amado tanto a su pobre primito. No hay nada que satisfaga más a alguien con aires de superioridad que mostrarle la debilidad de su rival.
— Si Derek viviera, quizá le habría dado dos puñaladas menos. Aún así, me cuesta imaginar a un padrino diciendo esas cosas.
— Claro que no, Derek jamás dijo nada de eso. Él nunca fue un tipo sentimental —Jason se encogió de hombros con indiferencia—. Cuando le mostré curiosidad por su anillo, se lo quitó sin problemas, me lo puso en el dedo y dijo: “Cariño, ves, te queda grande… parece que mi talla es mayor que la tuya”. Dijo la palabra “talla” de una forma tan obscena…
Adrián lo miró seriamente durante un momento y dijo:
— Jason, no puedes seguir así todo el tiempo. Es demasiado peligroso.
Jason sonrió:
— Cómo escalar un acantilado, ¿verdad? ¿Y sin arnés? Así es mucho más emocionante, y nunca me he caído. ¿Sabes? Cuando los hombres de Derek me apuntaron a la cabeza con una pistola, sí que me arrepentí un poco de haberme manchado el cuello de la camisa con vino tinto, pero ese pensamiento desapareció en menos de unos segundos, más rápido que echar un cubo de hielo en agua caliente. Me encanta esa sensación de rozar el peligro: enfrentarme a él con mi encanto, ¡y ganar! ¡Siempre gano!
— Al menos esta vez te cortaron medio cuello —dijo Adrián con gravedad—. Quizá la próxima sea el cuello entero.
— No pasará —Jason puso las manos bajo la nuca y cruzó sus largas y rectas piernas sobre el respaldo del sofá con despreocupación. La parte baja de su camiseta se le subió, dejando ver sus abdominales firmes y la poderosa línea de su cintura, que se estrechaba en una forma perfecta—. Ese tipo está colgado de mí, aunque todavía no lo sabe. Pero no importa: le quedará el resto de su vida para descubrir lentamente su latente inclinación homosexual.
Los hechos demostraron que Vincent no necesitó tanto tiempo como Jason había dicho. Poco más de dos semanas después, ya estaba delante de Jason.
— ¿Cómo está tu herida? —preguntó.
— Oh, casi curada. Le dije a mi jefa que esto era un accidente laboral, así que me dio el día libre. Es una vampira benévola, ¿no crees?
Vincent sonrió. Parecía un poco incómodo.
— Mañana pienso volver a Italia. Esta noche he venido a verificar algo contigo.
— ¿El qué?
— Quiero saber hasta qué punto es insoportable acostarse con un hombre.
Jason sonrió con satisfacción:
— No lo sé. Pero puedo decirte que no es nada parecido a hacerlo con una mujer.
Y así, el verificador y el demostrador rodaron juntos sobre la cama de una suite de lujo.
Cuando Jason se desnudó por completo, sin el menor afectamiento, Vincent exclamó involuntariamente:
— Es… ¡espléndido! Como una estatua de la antigua Grecia, solo que ellas no tienen esta elasticidad ni esta temperatura.
Acarició cada centímetro de la tersa y compacta piel de marfil de Jason, sintiendo cómo los músculos que envolvían sus armoniosos huesos se contraían y estiraban con juventud y salud, irradiando vitalidad y la seducción de la belleza. Quizá el cuerpo de un hombre no era tan desagradable como había imaginado, pensó, al menos el de este hombre no lo era.
Empezó a besar a Jason, como si estuviera en una cita con una chica, lamiéndole los labios con delicadeza. Jason abrió la boca dócilmente para dejar entrar su lengua, y luego comenzó a contraatacar con habilidad. Como dos bestias abrasadas por la lujuria, se enredaron el uno con el otro, frotando su piel con fuerza contra el cuerpo del otro, rodando sobre la cama, retorciéndose en todo tipo de posturas.
En el momento crucial, Vincent se detuvo. No estaba seguro de querer hacerlo, no es que no quisiera, ya estaba durísimo, pero dudaba de que ese lugar pudiera realmente albergar el miembro de un hombre. La entrada estaba tan apretada que hasta meter dos dedos resultaba difícil, y por dentro se contraía con fuerza como una boquita succionando…
— Si no quieres follarme… —Jason dijo con voz ronca, se dio la vuelta y lo puso debajo de él. Vincent podía ver con claridad su húmedo cabello rubio pegado a las mejillas y al cuello, hebras doradas y puras; sus pupilas, por el apremio del deseo, se habían tornado de un profundo verde oscuro, pero parecían querer emitir un destello en la penumbra, como si algo ardiera intensamente en su interior, algo propio de la bestia nocturna, desvergonzado y salvaje—. En realidad prefiero estar arriba. ¿O prefieres que te folle yo?
El hombre provocado soltó un juramento desde el fondo de su garganta, lo apartó de encima con brusquedad y, sin miramientos, penetró su cuerpo por detrás, comenzando a moverse con fuerza.
— ¿Eres un salvaje? ¡Siento que me partes en dos con esa daga tuya! —jadeó Jason quejándose.
— Vaya, lo siento. Quizá debería ponerle una chistera, llamar a la puerta con toda la elegancia de un caballero y preguntar: ¿se puede entrar? ¿Así es como se hace entre hombres, eh? —dijo el hombre que entraba y salía de su cuerpo, sin ninguna sinceridad. Luego soltó un jadeo de satisfacción—. Tranquilo, eso de ahí se adapta de maravilla. Ahora mismo me está apretando con fuerza… Cielos, qué sensación tan buena. Debería haberlo probado antes…
Disfrutaba como un vencedor de la oleada de placer que lo inundaba: una mezcla de intenso goce físico y de la sensación de dominación absoluta sobre otro cuerpo masculino igualmente fuerte. Se esforzaba en cada embestida, se movía con frenesí, y gritaba excitado:
— ¡Esto es jodidamente increíble!
Jason se apoyó en el colchón con los brazos y bajó la mirada hacia su propio miembro, que colgaba flácido entre sus muslos. Había sido completamente ignorado, o quizá el otro hombre se negaba inconscientemente a tocarlo. Pero no importaba. Al fin y al cabo, uno siempre encuentra la manera de satisfacerse, ¿no? Esbozó una sonrisa sarcástica en la comisura de los labios, y con una mano libre empezó a acariciarlo, viéndolo erguirse poco a poco.
Se masturbó y alcanzó el orgasmo, mientras el hombre que estaba sobre él también llegaba al clímax más absoluto.
Pasaron toda la noche enredados en la cama.
A la mañana siguiente, cuando Jason despertó, Vincent ya estaba vestido impecablemente. Dirigió al apuesto joven, todavía somnoliento en la cama, una sonrisa de disculpa:
— Mi avión sale a las 9. Me temo que tendrás que desayunar solo.
— Buen viaje —bostezó Jason, se dio la vuelta y abrazó una almohada grande para seguir durmiendo.
Ese tono suyo tan despreocupado hizo que los pasos de Vincent se detuvieran en la puerta y regresaran. Dio unos pasos largos hasta la cama y preguntó con cierta molestia:
— ¿Cómo puedes tomarlo con tanta indiferencia?
Jason iba a decir algo cuando su móvil empezó a sonar.
— Disculpa, tengo que contestar —pulsó el botón de respuesta con desgana—. ¿Diga, Ed?… Sí, todavía estoy durmiendo… Eh, lo siento, parece que anoche al salir tiré una maceta sin querer. No lo hice a propósito, es que estaba muy oscuro en el jardín… Oh, no, no, no las odio en absoluto, aunque crecen como si bebieran estimulante y se enredan unas con otras como pelos de bruja, tapándome la ventana por completo…
Vincent observó a ese hombre que, mientras mascullaba por teléfono, parecía a punto de volver a dormirse, y suspiró con resignación.
— Mira, tengo que volver para ocuparme de algunos asuntos. El relevo del cabeza de familia no es tarea fácil… Volveré a buscarte. Espérame tranquilamente, y recuerda: ¡no te busques otro amante!
Jason le hizo un gesto vago con la mano; quizá ni siquiera lo había oído bien. Pero no importaba, no tenía que consultarle nada ni pedir su opinión.
Cuando Vincent salió de la habitación, Jason seguía enganchado al teléfono.
Quince minutos después, oyó el sonido de sirenas que se acercaban. Saltó de la cama y corrió descalzo hasta la ventana. Desde el piso catorce miró hacia abajo y vio varios coches de policía y ambulancias con las luces encendidas aparcados a la entrada del hotel; un montón de gente gritaba y corría de un lado a otro.
¿Qué había pasado? ¿Alguien se había tirado al vacío? Jason se estiró sin el menor interés. Aunque quisiera volver a la cama, ya no podría dormirse. Se dirigió al baño para ducharse como cada mañana, justo cuando sonó el timbre de la puerta.
Jason abrió la puerta y se encontró con varios agentes de policía de expresión grave.
—¿Es usted el amigo del señor Vincent Kaspar?
Jason los miró, desconcertado.
—¿Qué ocurre?
—Eh… lamentamos mucho tener que comunicarle una noticia tan desafortunada. Hace un momento, el ascensor del hotel sufrió una avería y cayó desde el decimotercer piso…
La mirada de Jason se deslizó desde las bocas de los policías, que seguían moviéndose delante de él, hasta el emblema de la gorra de uno de ellos. En él, un águila permanecía erguida sobre un molino de viento, con el cuello torcido en una actitud orgullosa y autosatisfecha, mientras sostenía entre el pico una serpiente muerta.
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