En general, Jason estaba bastante satisfecho con las enfermeras de aquel hospital. Aunque no eran especialmente guapas, tenían sonrisas dulces en abundancia y una técnica profesional muy competente. El único inconveniente era que, por falta de personal, a menudo lo dejaban a mitad de conversación porque las llamaban para otras tareas, lo que reducía aún más su ya escaso entretenimiento.
Para entonces, Jason calculaba que ya casi era la hora de cambiar las vendas, pero Cherry Sweet (a Cherry le gustaba bastante que la llamara así; según él, los que lo habían hecho antes recibieron siete u ocho pinchazos y medio culo morado) aún no había aparecido. Esperó diez minutos. Quien entró fue un joven médico.
—Oh, Simon —Jason suspiró.
—¿Qué tal hoy, Jason? —Simon entró empujando un pequeño carrito con medicamentos—. ¿Parece que no te hacía mucha ilusión verme?
—Solo que preferiría que fuera una mujer guapa —respondió Jason.
El médico sonrió.
—Las mujeres guapas están ahora mismo atendiendo a unos pacientes con intoxicación alimentaria masiva que no dejan de vomitar. Por ahora no tienen tiempo para que usted las contemple, pero le transmitiré su deseo.
Se acercó a la cama y cerró la cortina de separación entre las camas.
—Tranquilo. Mi técnica de enfermería es mucho más sólida que mi fortaleza psicológica.
—¡Los hombres demasiado susceptibles nunca consiguen novia! —contraatacó el paciente, que estaba siendo objeto de sus burlas—. Y no hacía falta cerrar la cortina. El caballero de al lado debe de ser budista. He estado bailando striptease delante de él toda la mañana y no ha reaccionado, así que con solo cambiar las vendas…
Simon preguntó sorprendido:
—¿Por qué bailaba striptease delante de él?
—Por aburrimiento —Jason se encogió de hombros—. Y tenía curiosidad. ¿Cómo es que él se da cuenta de cuándo se abren o se marchitan las flores, pero no ve a una persona de carne y hueso delante de sus ojos? Si los tiene bien abiertos.
El médico le desabrochó los botones de la camisa para revisarle las heridas, mientras explicaba:
—El señor Langer ingresó en este hospital hace seis meses por un accidente de coche. Al principio solo se le diagnosticaron múltiples fracturas y hemorragias internas. Más tarde descubrimos que también padecía un trastorno de la transmisión sensorial, causado por una lesión en parte del tejido cerebral. Es posible que no pueda explicarle bien la causa concreta, pero los nervios cerebrales son muy, muy complejos. En pocas palabras, sus ojos ven y sus oídos oyen, pero sus nervios no pueden transmitir esa información de forma íntegra a la corteza cerebral. Quizá algunas cosas especiales sí que lo consiguen, como los alcatraces.
Jason asintió, con expresión de estar aprendiendo la lección.
—O sea, que como tiene la CPU estropeada, es algo así como pariente de los pacientes en estado vegetativo.
—Puede entenderlo así. La diferencia es que él aún puede pensar. Aunque nunca sabremos lo que piensa, a menos que ocurra un milagro —Simon sonrió—. Bueno, ya se puede quitar la venda torácica de las costillas. Mire sus heridas. Han cicatrizado muy bien, los puntos ya se han absorbido y las cicatrices casi no se notan. Con el tiempo irán desvaneciéndose hasta desaparecer. Perfecto. Sigue siendo un chico guapo sin imperfecciones
Le dio una palmada en la espalda a Jason, indicándole que se diera la vuelta y se tumbara boca abajo. Luego comenzó a quitarle la ropa interior.
Aquella postura hizo sentir a Jason un poco avergonzado. Hizo un esfuerzo por convencerse de que no le importaba. El otro era médico. Podía imaginarse que era un chequeo de próstata.
Los dedos del médico, cubiertos con guantes de goma y untados de vaselina, se introdujeron dentro y exploraron. La sensación de un objeto frío y extraño hizo que Jason se estremeciera.
—Mmm, la mucosa de la pared intestinal ha cicatrizado casi por completo. El desgarro del esfínter, aunque no fue grave, puede tardar un poco más en curarse. Le recomiendo que siga una semana más con dieta líquida o semilíquida para evitar infecciones.
—De acuerdo. Total, la leche que no bebí en la adolescencia ya la he recuperado toda en esta semana —dijo Jason con desánimo, mientras se subía la ropa interior.
—Quién sabe, igual hasta pegas un segundo estirón y creces unos cuantos centímetros —bromeó Simon, quitándose los guantes—. También tengo una buena noticia: voy a recomendar al doctor Neeve que le dé el alta pronto. ¿Alguna vez un médico le ha dicho algo así: «Amigo, te recuperas más rápido que una lombriz»?
Jason lo abrazó con entusiasmo.
—¡Oh, querido Simon! Aunque tu capacidad para hacer comparaciones es tan mala que resulta insufrible, me alegra muchísimo oírte decir eso.
Simon se sobresaltó con aquel inesperado gesto de entusiasmo. Bajó la cabeza y contempló el cabello rubio pegado a su pecho. Su dueño, desnudo de cintura para arriba, estaba sentado en la cama abrazándole la cintura. Sin saber por qué, aquello le recordó a su primera cita con una chica.
Estuvieron escondidos en un banco entre unos arbustos, hablando. Él notó que ella tenía la voz un poco ronca, así que se levantó y dijo: «Voy a comprarte unas pastillas para la garganta». Entonces ella lo abrazó así, con su cabello rubio perfumado hundido en su pecho, y le dijo que había tenido dolor de garganta todo el día, pero que solo él lo había notado. Pensó que él era la persona que estaba buscando. Él la abrazó y sonrió feliz. Creyó que terminarían casándose y pasando la vida juntos de la mano, entre las campanas de la iglesia…
Cuando volvió en sí, vio que el hombre rubio que lo abrazaba lo miraba con cara extraña.
—Oye, ¿qué te pasa? Pareces… —a punto de echarse a llorar. Se tragó el resto de la frase, porque la sonrisa en el rostro del otro desprendía una tristeza indescriptible y conmovedora.
—Aún tengo curiosidad —el joven médico cambió deliberadamente de tema—. ¿Por qué odias tanto el hospital? No lo niegues, lo noto. Aunque la mayoría de la gente no lo hace, pocos llegan a ese extremo de repulsión y necesidad imperiosa de irse. Supongo que hay alguna razón. ¿Te importaría contármela?
Jason lo pensó un momento.
—Quizá podría contártelo, pero ahora no. Estoy intentando superarlo. Sé que es una especie de… anormalidad, digamos, una barrera psicológica. Creo que dentro de un tiempo, cuando esté a punto de salir del hospital, te lo diré.
Sonrió a Simon con aire apenado. Estaba a punto de soltarlo (en realidad, el otro se sentía bien al tacto, y no le importaba seguir abrazándolo un rato) cuando la cortina se levantó por un lado y su médico de cabecera apareció allí.
—Perdón, ¿les he molestado? —preguntó Douglas con una sonrisa apenas perceptible.
Simon salió de la habitación con cierta inquietud. Se notaba que sentía un enorme respeto y temor por su jefe. Aún recordaba sus desastrosas actuaciones como interno cuando estaba bajo su mando. En aquella época no era más que un polluelo. Desde entonces, cada vez que su superior esbozaba aquella media sonrisa —por ejemplo, cuando escribía mal un informe—, una enorme presión psicológica lo asfixiaba hasta dejarlo sin aliento.
Jason se estremeció. Su médico de cabecera estaba examinando su cuerpo casi desnudo con una mirada tan afilada como un bisturí, haciéndole sentir el pánico de ser descuartizado. Se apresuró a vestirse, pero el otro se lo impidió.
—No te apresures a cubrirte. Quiero mirarte —los dedos de Douglas acariciaron suavemente sus heridas, casi cicatrizadas—. Todas ellas son obras mías. Qué hermosas están, sobre todo en tu cuerpo.
—Eh, claro, su habilidad médica es incuestionable. Pero ¿puede dejarme vestirme? Tengo un poco de frío, doctor.
Douglas sonrió.
—Por eso te abrazabas a Simon para entrar en calor. Oh, es una buena idea. Supongo que mi temperatura corporal también te resultará satisfactoria.
Se fue inclinando lentamente sobre él, lleno de sombra y de una sensación opresiva. Sus ojos alargados eran azules como el mar más profundo. Jason miró fijamente sus pupilas. Los recuerdos enterrados en lo más profundo de su alma empezaron a salir tambaleándose como cadáveres de una tumba.
Quizá no eran recuerdos. Eran tan borrosos por el paso del tiempo que parecían más alucinaciones y paranoias nacidas del miedo, como él mismo se repetía una y otra vez: no tienes que tener miedo de eso, Jason. No es real. Mientras alguien te despierte, todo eso; las mascarillas blancas, las lámparas sin sombra, el bisturí, el dolor atroz de un cuerpo cortado desaparecerá como humo. Solo fue una pesadilla.
Cuando volvió a darse cuenta, ya estaba tumbado. El médico apoyaba los brazos junto a su cabeza, su bata blanca le cubría como la luna pálida. El fonendoscopio en el bolsillo rozó su brazo, frío como el hielo.
—Me tienes fascinado, muchacho —dijo con voz suave, acariciando con sus dedos el musculoso pecho y vientre del otro—. En serio. He diseccionado tantos cadáveres, he tratado a tantos pacientes, pero nunca ningún cuerpo me había fascinado tanto… ¿Has visto cómo eres por dentro? No. Es una lástima. Te hice un corte aquí… no te pongas nervioso, solo fue un pequeño corte, para ver cómo estaba la hemorragia abdominal; tus costillas rotas no se portaban demasiado bien …
—Y entonces vi el color de tu interior. Un rojo vivo muy hermoso. Las vísceras, muy brillantes, con formas adorables, moviéndose con vitalidad. Les hice unas fotos como recuerdo para conocer más a fondo. ¿Quieres verlas?
Jason negó enérgicamente con la cabeza. Había oído frases como “me tienes fascinado” innumerables veces, pero nadie se lo había dicho nunca con un tono tan necrófilo, como un frasco de formaldehído demasiado tiempo en descomposición. Y él no tenía ninguna intención de sumergirse en ese líquido. En realidad, estaba a punto de vomitar.
—No te ves bien —dijo su médico de cabecera con voz suave—. ¿Te duele algo? ¿Aquí? —le palpó el estómago—. ¿Aquí? —el hígado—. ¿O aquí te duele? —las costillas derechas—. Sus dedos se detuvieron sobre las costillas fracturadas y presionaron. Jason emitió un silbido agudo al sentir el dolor.
—Oh, ves, aún no han sanado del todo y su dueño ya insiste en que le den el alta. Así no se puede, con tanta rebeldía —dijo Douglas, presionando una y otra vez con fuerza, sonriente—. Si se rompen de nuevo y perforan alguna víscera, sería un problema. Pero no te preocupes, tengo confianza en mi buena técnica; te salvaré.
El dolor intenso hizo que Jason sintiera que las dos costillas recién soldadas volverían a romperse con un crujido de un momento a otro. Agarró la muñeca del otro con todas sus fuerzas y gritó aterrorizado:
—¡No haga eso, doctor!
Douglas contempló con satisfacción la expresión del hombre que tenía debajo. Estaba tan asustado que casi se echa a llorar. Sus ojos verde esmeralda estaban llenos de una inocente aflicción y un miedo infantil. Sus labios temblaban levemente, como si enviaran una invitación a ser consolados y saboreados.
—No me hagas algo tan cruel, doctor. No quiero volver a un quirófano. Tengo… pánico a eso.
—Niño honesto. Creo que mereces una recompensa.
Douglas besó aquellos labios temblorosos. El delicioso sabor de su boca y los gemidos de la nariz del otro, que parecían a punto de llorar, hicieron que su entrepierna se endureciera rápidamente. Sus dedos recorrieron con adoración el cuerpo de Jason, hasta detenerse entre sus nalgas, y comenzaron a frotar su orificio trasero a través de la fina tela de la ropa interior. Jason sintió dolor. Sus desgarros allí aún no habían cicatrizado, pero sabía que de nada serviría decirlo. Nadie conocía mejor sus heridas que su médico de cabecera, y parecía que al otro no le importaba en absoluto que su paciente tuviera que quedarse unos días más en el hospital.
El orificio, apretado y cerrado, fue forzado a abrirse. Los dedos del otro se introdujeron con habilidad y destreza, reabriendo el dolor desgarrador. Jason arqueó la espalda, aspirando aire, tratando de aliviar la agonía insoportable, mientras agarraba con fuerza el borde de la cama.
—¿Vaselina? Oh, la dejó Simon —dijo Douglas mientras conseguía que sus dedos entraran y salieran del cuerpo de Jason con mayor fluidez—. Es un buen ayudante. Incluso me ha preparado el lubricante —Se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera. Su miembro saltó hacia fuera. Jason cerró los ojos para no ver el tamaño de aquello.
Douglas le besó el pecho y sonrió.
—Pequeño adorable. Esto es sexo, no un quirófano. No pongas esa expresión… Me excita aún más.
Jason volvió la cara. Su desordenado cabello ocultaba su expresión. Sus dedos aferraban el armazón de hierro de la cama. No dijo una palabra. Quizá estaba aterrorizado, aunque Douglas prefería creer que era un silencioso consentimiento, lleno de impotencia y humillación, como la resignación de una pequeña bestia acorralada que acepta su destino. Ese pensamiento hizo que su erección se volviera aún más apremiante.
—Relájate —dijo—, o volverás a sangrar. Claro que entonces te pondría morfina, atropina y hemostáticos, e incluso podría hacerte una sutura del esfínter al instante. Pero creo que eso no te gustaría. ¿Verdad?
Le separó las piernas y las dobló hacia los lados.
De repente, un tremendo golpe rompió el aire. El sonido de algo que se estrellaba contra el armazón metálico de la otra cama resonó en la silenciosa habitación, sobrecogedor. El ruido se repitió una y otra vez, cada vez más rápido y más fuerte.
Douglas, desconcertado, reaccionó por reflejo. Era el paciente de la cama de al lado. ¡Estaba convulsionando violentamente!
Saltó de la cama, se subió la cremallera apresuradamente, apartó la cortina y se abalanzó hacia él. El paciente que había sufrido el ataque se sacudía como un pez vivo arrojado al agua hirviendo, sus extremidades golpeaban la tabla de la cama como maderos retorcidos y rígidos, en una ceremonia espeluznante y casi religiosa. Solo los médicos sabían que era una ceremonia en honor a la muerte.
Douglas se abalanzó sobre el paciente e hizo todo lo posible por inmovilizar su cuerpo convulso, pero la fuerza que este desataba era tan enorme que casi no podía contenerlo y a punto estuvo de salir despedido. Cogió una toalla e intentó metérsela en la boca al paciente para evitar que se mordiera la lengua, y gritó:
—¡Jason! ¡Pulsa el botón de llamada de emergencia en la pared! ¡Rápido! ¡Diles que traigan sedantes!
Jason hizo lo que le decía sin pensar. Luego se vistió a toda prisa y se levantó de la cama. Observó asombrado al médico y al paciente forcejeando. Era una lucha cuerpo a cuerpo de lo más intensa. Lo que más le sorprendió fue la expresión de Douglas en ese momento: sereno y grave, pero a la vez mostrando una ansiedad y preocupación provocadas por el sentido de la responsabilidad, y en el fondo de sus ojos, una confianza sin estridencias. Aquella expresión astuta, amable y maliciosa que había mostrado con él había desaparecido por completo, como si jamás hubiera estado en su rostro.
A Jason le resultó extraño, pero se vio obligado a reconocer que el doctor Douglas así tenía cierto encanto.
Lástima que el médico en ese momento no tuviera tiempo para atender sus consideraciones estéticas. Le gritó:
—¿Qué haces ahí parado? ¡Sal a buscar a alguien que no tenga los huesos rotos para que venga a echar una mano! ¿Cómo es que no han llegado los sedantes? ¡Ya casi nos mata a los dos!
Jason salió corriendo de la habitación. Por suerte, varios médicos y enfermeras ya se apresuraban hacia allí. Simon iba el primero. Ni siquiera se fijó en Jason; se precipitó en la habitación y administró 20 ml de sedante en la vena del paciente.
La droga hizo efecto rápidamente. El cuerpo del paciente se fue relajando poco a poco, solo con alguna convulsión leve de vez en cuando, pero claramente se había estabilizado. Los profesionales sanitarios que lo sujetaban suspiraron aliviados. Una enfermera murmuró:
—Pobre señor Langer. Ojalá esto no sea señal de que su estado empeora.
Douglas se frotó la muñeca, que había estado a punto de dislocarse, y dio órdenes:
—Simon, avisa a los doctores Bates y Walsh, de Neurología, para que se reúnan en mi despacho. Es posible que tengamos que modificar el siguiente paso del tratamiento. Cherry, pregunta si la sala de resonancia magnética tiene algún hueco ahora y haz que le hagan una exploración cerebral lo antes posible—. Dio unos pasos, miró hacia el mueble y añadió—: Luego llama a la floristería y pide que traigan un ramo nuevo de alcatraces. ¿Es que nadie se ha dado cuenta de que el de antes ya está mustio? El resto, cada uno a lo suyo.
Los profesionales sanitarios se dispersaron con la misma rapidez con que habían llegado. Jason se quedó en la puerta, atontado.
Douglas se arregló la ropa, se acercó y le rodeó los hombros con el brazo.
—Bien hecho, muchacho —dijo pegado a su oído. Aquel tono suave y frío como el hielo había vuelto a él—. Cuando termine con este lío, te daré una buena recompensa.
Jason cerró la puerta y exhaló un largo suspiro. Su compañero de habitación yacía tranquilamente en la cama. Nada hacía sospechar el gran alboroto que había armado hacía un momento. Se inclinó sobre él para mirarlo.
—Acaba de hacer una buena obra, querido señor Langer, aunque usted no lo sepa. Me ha salvado la castidad —dijo la palabra riéndose— y la salud del doctor Neeve. Porque además de los médicos, también odio ver a la policía, así que rara vez pierdo el control de este modo. Pero los hospitales me ponen de los nervios. Creo que debería besarle en agradecimiento.
Beso alegremente la mejilla barbuda del otro, regresó a su cama y pegó una fina y afilada hoja de afeitar doble debajo del armazón de la cama.
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