Por fin habían roto aquella frágil y tambaleante capa de papel que fingía ser una ventana.
Chu Xuyu había planeado tomarse tres meses para averiguar qué sentía realmente por Jiang Tian: si era solo un capricho pasajero o, de verdad, un afecto que venía del corazón.
Ahora bien, aquella aparente casualidad en su voz no era más que el resultado de una reflexión profunda.
—No tienes que darme la respuesta ahora mismo.
Chu Xuyu le sostuvo el rostro entre las manos, acariciándole suavemente las mejillas con los pulgares, sin atreverse a acorralarlo más.
—Puedes pensarlo con calma.
—…Está bien.
Jiang Tian bajó la mirada al responder. Era evidente que seguía aturdido, con la mente enredada en un solo pensamiento.
Chu Xuyu recogió la profundidad de su mirada, retiró las manos y salió del dormitorio con absoluta serenidad. En la puerta, se detuvo un instante.
—Buenas noches.
Jiang Tian permaneció quieto en el mismo sitio; tardó un buen rato en murmurar:
—Buenas noches.
Aquella noche estaba destinada a pasarla en vela.
Una posibilidad que jamás había contemplado lo golpeaba sin defensas, demasiado irreal para asimilarla; Jiang Tian no consiguió dormir hasta casi el amanecer… y aún así terminó soñando con un malvado lobo gris que irrumpía con un látigo en la casa del perrito obediente.
En el sueño, él estaba atado a una silla, sin poder moverse. Solo podía mirar cómo el lobo sonreía con un gesto de triunfo mientras repetía aquella amenaza tan familiar:
—¿De verdad creías que, borrándome de tus contactos, podrías escapar?
—Cariño…
—Eres demasiado ingenuo.
—Tarde o temprano te haré probar lo que es que te manipulen.
—…¡!
Jiang Tian se incorporó de golpe. El cielo estaba completamente claro tras la ventana. Necesitó varios minutos para recuperarse. ¿Cómo iba a atreverse a volver a dormir, con semejante pesadilla aún fresca?
De inmediato se levantó a arreglarse. Después de todo, había invitado a Chu Xuyu a pasear por la Universidad de Jing; no quería hacerlo esperar. Tardó apenas diez minutos en lavarse, vestirse y dejarse presentable.
Apenas salió de la habitación, escuchó un sonido leve procedente del despacho. Supuso que Chu Xuyu debía estar trabajando todavía.
Se acercó y lo vio sentado frente al escritorio, recostado en la silla, participando en una videoconferencia desde el portátil.
Incluso vestido con ropa de casa, aquel hombre impecable conservaba una distancia glacial, un aura de formalidad que resultaba difícil de atravesar.
Por un instante, Jiang Tian quedó desconcertado; le costaba relacionar a ese Chu Xuyu con el hombre que la noche anterior le había preguntado con voz suave si quería intentar tener una relación con él.
Se quedó clavado en el sitio sin emitir un solo ruido. Justo entonces, Chu Xuyu pareció percibirlo; bajó la mano con la que sostenía la mejilla, giró la cabeza y dejó asomar una ternura suave en esos ojos largos y fríos.
Sus miradas se encontraron, y Chu Xuyu pulsó la barra espaciadora, deteniendo la reunión.
—Ve a almorzar primero —le dijo—. Todavía tengo una reunión pendiente.
—…
Jiang Tian reprimió la oleada extraña que lo atravesaba, asintiendo con obediencia, sin atreverse siquiera a interrumpir la concentración del otro.
Aunque no habían fijado una hora para salir, él mismo había dormido de más y, como odiaba causar molestias, no pudo evitar sentirse culpable.
Sin embargo, la actitud de Chu Xuyu… lejos de reprocharle algo, le despertó una ilusión inesperada: la sensación cálida, casi ridícula, de estar siendo tratado como alguien de la familia.
Cuando aquella idea peligrosa se asomó en su mente, Jiang Tian respiró hondo, tratando de desviar la atención. Se sentó en la zona del comedor, viendo anime en silencio desde el móvil mientras se ocupaba de su desayuno–almuerzo, esperando a que Chu Xuyu terminara la reunión para decidir a qué hora saldrían.
Era pleno verano, mediodía, y fuera reinaba un calor sofocante.
Pasadas las cuatro de la tarde, por fin se prepararon para salir. Aunque abrieron ligeramente las ventanas, el aire seguía siendo pesado, aunque no tanto como para sentir que estaban dentro de un horno.
A diferencia de la indumentaria ligera de Jiang Tian, Chu Xuyu iba con gafas de sol, el cabello negro peinado en una impecable raya de tres–siete, una camisa de rayas azul y blanco y vaqueros. Con aquellos hombros anchos y piernas largas, desprendía una elegancia seria y natural.
El teléfono vibró varias veces. Jiang Tian lo revisó y encontró una captura enviada por su hermana: el índice UV estaba peligrosamente alto. También le había mandado un mensaje de voz recordándole que se pusiera protector solar.
Jiang Tian lo pasó a texto con una pulsación larga, abrió la maleta y encontró un pequeño frasco. Se echó un poco de crema y empezó a esparcirla por su piel clara, frotando sin demasiado esmero.
Entonces, Chu Xuyu se plantó delante de él como un muro, sin pronunciar palabra, en una señal tan obvia que no hacía falta traducción.
—…
—¿También quieres que te ponga? —preguntó Jiang Tian con cautela.
Chu Xuyu alzó una ceja y extendió el brazo, sin decir nada aún.
Jiang Tian lo comprendió al instante. Sacó un poco de crema en la palma y apoyó la mano contra aquel antebrazo firme, repartiéndola con la presión justa. Con él era cuidadoso; consigo mismo, en cambio, había sido un pintor chapucero.
Con la cabeza inclinada, se concentró en distribuir bien la crema, paciente y meticuloso. Y Chu Xuyu, con la mirada baja, observaba esa docilidad tan seria, tan dulce, con una sonrisa que se le escapó sin permiso.
Cuando estuvieron listos, salieron.
Fueron caminando hacia la Universidad de Jing, y al cruzar la entrada cada uno alquiló una bicicleta para recorrer el campus.
Como la institución más prestigiosa del país, Jingda tenía un aire humanista denso y sereno, una naturaleza amplia y cuidada; no le tenía nada que envidiar a un paisaje de categoría 5A.
Entre edificios de estilo Ming y Qing, pedalearon hasta un lago de belleza casi pictórica, escuchando pájaros, recibiendo la brisa. A veces se detenían para tomar fotos. Parecía, sin exagerar, una cita de esos “casi novios” que empiezan a descubrirse.
Jiang Tian, que pronto estudiaría allí, quiso sacarse fotos con el paisaje para enviárselas a su hermana. No esperaba que Chu Xuyu, tras hacerle una, levantara el móvil con rapidez y se metiera en el encuadre para tomar una selfie juntos.
La rapidez del gesto hizo que a Jiang Tian se le saltara un latido.
En la foto, Chu Xuyu llevaba las gafas sobre la cabeza; frío, guapo, un toque altivo. Se inclinaba apenas hacia él. Jiang Tian, en cambio, no había tenido tiempo de prepararse: aparecía un poco tenso, con ese aire juvenil entre tímido y apuesto.
Dos personas con estilos tan opuestos… y aun así, sorprendentemente armoniosas en el mismo cuadro.
—…
Antes de procesar la situación, Jiang Tian vio —horrorizado— cómo Chu Xuyu enviaba la foto a su hermana desde su móvil.
—¿?!!!
Le arrebató el teléfono al instante y borró la imagen. Estaba rojo hasta el cuello. Si su hermana veía aquello, pensaría que a su hermanito lo había chamuscado el sol, o algo peor.
Chu Xuyu, causante del desastre, no mostró ni una sombra de arrepentimiento. De hecho, preguntó con toda la razón del mundo:
—¿Tan vergonzoso es pasear por el campus con tu jefe?
Jiang Tian no sabía cómo responder.
Optó por hacerse el mudo, envió solo fotos del paisaje y siguió empujando la bicicleta. Dos segundos después de dejarlo plantado, volvió la cabeza con gesto conciliador.
—Ge… ¿Qué quieres cenar?
Bajo la luz del sol, relajado, Chu Xuyu curvó apenas las comisuras de los labios.
—Lo que tú digas.
La luz temblorosa caía sobre él, amplificando su atractivo sereno y maduro. Jiang Tian se quedó un instante aturdido, la garganta moviéndose ligeramente antes de preguntar:
—¿Podemos ir al comedor de Jingda?
—Claro.
Empujando la bicicleta con una mano, Chu Xuyu pasó a su lado despacio. Como quien mima a un cachorro travieso, le rozó la barbilla con los dedos.
—De ahora en adelante, no preguntes si se puede —dijo—. Lo que quieras comer, iré contigo.
—…
La cabeza de Jiang Tian estaba a punto de inflarse como un globo.
Chu Xuyu había sobrepasado todas las reglas del juego: si no lo provocaba, lo seducía sin piedad. Era imposible imaginar que alguien así hubiese estado soltero tantos años.
Aunque, pensándolo bien, que nunca hubiera tenido pareja solo podía deberse a que era demasiado exigente.
Y eso solo hacía que Jiang Tian se sintiera más en las nubes, flotando sin rumbo, incapaz de creer que todo aquello fuese real. ¿Cómo era posible que Chu Xuyu se hubiese fijado en él?
Ni su familia, ni su carácter, ni su apariencia… Nada le parecía digno de compararse con las cualidades y la presencia de Chu Xuyu, tan lejos, tan arriba, como nubes y barro.
Claro que…
Si ese pensamiento tan humilde se le cruzara a Chu Xuyu, el magnate solo respondería con un enorme signo de interrogación, preguntándole si se había insolado y estaba viendo visiones.
La luz empezaba a oscurecer.
Al atardecer, el campus de Jingda parecía cubierto con un filtro suave y dorado. Tras cenar en la cafetería, ninguno de los dos regresó al hotel: caminaron sin rumbo, siguiendo el impulso del momento.
Al salir del campus y cruzar la calle, se toparon por casualidad con un viejo callejón lleno de bares donde los estudiantes solían reunirse.
Había locales de todos los estilos; los rótulos parpadeaban y uno de ellos tenía una cantante residente afinando su guitarra en un pequeño escenario, lista para empezar.
Cuando sonó el inicio de la música, la voz de aquella mujer interpretaba una clásica canción en inglés: Say You Love Me. Bajo la brisa suave del verano, resultaba placentera, casi etérea.
Jiang Tian se quedó quieto, y en ese instante sintió cómo le tomaban la muñeca. Sin darle opción, Chu Xuyu lo arrastró hacia el bar.
Pum.
El ritmo de su corazón se aceleró.
Chu Xuyu pidió dos vasos de licor de ume azul (licor de ciruela japonesa), llamado curiosamente “First Love”. Junto a la voz cálida de la cantante, la imaginación de Jiang Tian empezó a volar. Aunque no había prometido “probar a estar juntos”, lo cierto era que… ¿en qué se diferenciaba esto de una cita?
Sentado en la barra, fingía saborear con seriedad aquel licor afrutado, aunque no podía evitar mirar de reojo. Chu Xuyu, bañado por la luz tenue, se veía especialmente atractivo.
Pum, pum.
El corazón ya no le obedecía.
Escuchando en vivo Say You Love Me, con esa atmósfera casi hipnótica, Jiang Tian sintió como si la voz profunda de Chu Xuyu se colara en la canción, susurrándole deseo y preferencia.
Don’t you know I love you.
(¿De verdad no sabes que te quiero?)
Don’t you know I need you.
(¿De verdad no sabes que te necesito?)
Say that you love me too.
(Dime que tu también me amas)
—…
Aquella noche…
Chu Xuyu comprobó que había alguien aún más propenso que él a ruborizarse con el alcohol. Tras salir del bar, continuaron paseando sin un destino claro.
Bajo las farolas, el muchacho avanzaba sobre los viejos adoquines con pasos exageradamente lentos, como si quisiera decir algo y no se atreviera.
Chu Xuyu siguió su ritmo, dándole espacio, paciente. En todo el día no lo había presionado para que respondiera a su confesión.
Cuando estaban por salir del callejón, se oyó un chapoteo dentro de la baranda junto a un estanque, acompañado de un gemido lastimero. Ambos se detuvieron a la vez, mirando en la dirección del sonido.
La luz era tenue.
Aun así, alcanzaron a distinguir a un cachorro callejero, demasiado pequeño, pataleando en el agua, luchando por no hundirse.
Debía de haber nacido hacía poco; no sabía nadar y en cualquier momento iba a ser tragado por el agua.
No hubo tiempo de hablar. Buscaron desesperadamente algún palo, algo que el perro pudiese morder o agarrar para sacarlo, pero no había nada: ni ramas, ni herramientas, ni un alma cerca.
El mundo se redujo a ellos y aquel animalito que estaba a punto de ahogarse.
Jiang Tian ya se preparaba para lanzarse al agua cuando…
Chu Xuyu, a su lado, se desabotonó la camisa. Llevaba debajo una camiseta blanca. Se acuclilló, retorció la camisa como si fuera una cuerda y la lanzó hacia el cachorro. El agua, con un olor leve y desagradable, salpicó hacia él, pero Chu Xuyu ni siquiera se movió.
—¡Muérde la ropa!
Jiang Tian, como si dominara el lenguaje de los cachorros, también se agachó. Y, al oír su voz, el pequeño perro callejero, de verdad muy listo, mordió el borde de la manga de la camisa.
Y entonces.
Chu Xuyu, casi sin hacer esfuerzo, tiró suavemente hacia atrás y rescató al pobre perrito hasta acercarlo a la orilla.
Jiang Tian estiró el brazo y lo tomó con agilidad, temiendo que se asustara y escapara. Cuando dejó al empapado chiquitín en el suelo, sus movimientos fueron de una delicadeza extrema.
Pero el cachorro, aún alterado por el susto, sacudió las patitas de forma instintiva y el agua sucia salpicó a los dos.
—Tiene carácter, ¿eh?
Chu Xuyu estaba entre divertido y resignado, pero ni por un instante mostró asco. Con la parte aún limpia de la camisa, envolvió al torpe animalito y empezó a secarle el pelaje empapado.
Sus movimientos no eran ni fuertes ni débiles, pero llevaban una ternura imposible de ocultar; tanta que Jiang Tian, a su lado, quedó aturdido, con el corazón desbocado sin remedio.
Quizá el cachorro sintió que había hecho algo mal y que, aun así, esos humanos no lo regañaban y además lo limpiaban. Se quedó quietecito, soltando un lastimoso aúuuh.
—No tengas miedo.
Jiang Tian le sonrió y le revolvió la frente con cariño mientras lo calmaba con una voz suave.
—El hermano mayor te está ayudando a secarte.
El apuesto “hermano mayor” no estaba fingiendo para impresionar al chico guapo, ni representando una escena obligada de “cariño por los animales”.
Hacía años que había fundado una organización de protección de fauna salvaje, y en ese momento simplemente actuaba según su naturaleza, siguiendo un instinto que le nacía del alma.
Pasado un rato.
La camisa carísima estaba irreconocible de lo sucia que quedó, pero al menos el cachorro no cogió frío y parecía mucho mejor. De algún modo, la prenda había cumplido con creces su precio exorbitante.
El perrito salió corriendo alegremente, y ellos dos se incorporaron: despeinados, mojados, algo desastrados… pero con un extraño y difícil de describir sentimiento de satisfacción.
Había algo fermentando entre ambos, una emoción sutil, creciente.
Cuando Chu Xuyu caminó hasta una papelera, tiró la camisa y regresó, Jiang Tian también avanzó hacia él. Se detuvo frente a su pecho con una expresión indefinible, más ambigua de lo esperado.
—¿Qué pasa? —preguntó Chu Xuyu, divertido—. ¿Aprovechas para darme una tarjeta de “solo amigos”?
Jiang Tian se quedó en blanco unos segundos.
—…No es eso.
Chu Xuyu alzó una ceja, sorprendido.
—¿Mm?
—Lo he pensado bien.
Aquellas palabras no tenían forma de pregunta; Jiang Tian lo entendió en el acto. Se acercó más, su aliento cálido enredándose descaradamente con el de él.
—Sí —respondió el joven, en un susurro casi ingrávido—. Ya lo he pensado bien.
Chu Xuyu contuvo el aire, esperando la continuación. Pero entonces Jiang Tian, de quién sabe dónde, sacó un pañuelo de papel, tomó su mano y empezó a limpiarle los dedos manchados de agua sucia con exquisito cuidado.
La respiración de Chu Xuyu se detuvo.
—¿…?
No tenía idea de qué significaba aquello. Lo dejaba en vilo, suspendido entre expectativas. Estaba a punto de preguntar por su respuesta cuando, de pronto…
Jiang Tian, que llevaba tiempo preparándose para ello, le tomó la mano con firmeza. De inmediato, una descarga tibia y cosquilleante recorrió la piel de Chu Xuyu, volviéndole la respiración áspera y pesada.
—…Ge —murmuró Jiang Tian.
Lo miró directamente a los ojos, entrelazando sus dedos con los de él, apretándolos con una intimidad que lo envolvía todo mientras dejaba escapar un aliento cargado de deseo.
—Entonces… probemos.
La autora dice:
¡El cachorro ha contribuido con una hazaña digna del capitán de los cachorros!
—
Caen 30 paquetitos amarillos. 💛💛💛
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