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Un resplandor estalló de pronto; un relámpago cruzó el firmamento, rasgando la penumbra de la medianoche para iluminar el cielo y la tierra con un brillo cegador. Le siguió el estruendo implacable de los truenos que retumbaron por toda la montaña, mientras caían relámpagos púrpuras perforando la tierra uno tras otro.
El trueno celestial encendió el fuego terrenal, partiendo ramas y troncos con una fuerza capaz de tragarse montañas y ríos, arrastrando a todas las criaturas al vientre de las llamas. El sonido de la tormenta parecía una fúnebre marcha de metal resonante, y el fuego voraz daba la impresión de provenir del mismo infierno; las llamas malignas danzaban enloquecidas, calcinando toda la vegetación a su paso.
La antigua campana de la montaña Tianyu repicó apresuradamente durante toda la noche, su sonido profundo y vigoroso resonaba incluso por debajo de los truenos, transmitiendo de forma ininterrumpida por todo el templo budista.
Los monjes del templo se despertaron sobresaltados.
Al ver el incendio forestal a través de las ventanas, se calzaron a toda prisa, tomaron cubos de agua y corrieron hacia el exterior para apagar las llamas; los gritos pidiendo auxilio resonaban de un lado a otro.
En medio de los sonidos de aquel desastre, el monje Liao Xuan escuchó un débil lamento, tan cercano como distante, que aparecía y desaparecía como el llanto de un demonio o el gemido de un infante.
Sintiendo que algo andaba mal, el monje se dirigió hacia aquel quejido ahogado. No supo cuánto tiempo buscó, hasta que detrás de una roca gigantesca descubrió a un demonio que había sido arrinconado por el fuego sin tener adónde huir.
Ese demonio era rojo como el fuego en todo su cuerpo, con la forma de un perro salvaje pero sin cola en la base de la columna. Se encogía detrás de la enorme roca, con las puntas del pelaje chamuscadas, habiendo sido alcanzado por múltiples rayos despiadados que le habían abierto la piel y desgarrado la carne.
Sus ojos alargados estaban medio cerrados; entre jirones de carne asomaban los huesos blancos, y respiraba con una debilidad agonizante.
El monje Liao Xuan bajó su mirada compasiva, su túnica rozó el polvo y extendió una mano hacia aquella criatura de origen desconocido.
Solo entonces el demonio notó su presencia y alzó la cabeza a la defensiva. Antes de que pudiera examinarlo con detenimiento, percibió que el monje estaba envuelto en luz búdica.
Esta luz bloqueaba la tormenta proveniente de todas las direcciones, manteniendo sus ropas completamente secas, resplandeciendo en la oscuridad de la noche como un ser divino.
Esa mano extendida tenía las líneas de la palma claramente definidas, y las yemas de sus dedos eran suaves y redondeadas como el jade blanco; en medio de aquella montaña envuelta en humo denso, su piel no estaba manchada ni por una sola mota de polvo.
El demonio miró el rostro del recién llegado y se quedó atónito al instante. Sus pupilas carmesí, abiertas de par en par, temblaron mientras reflejaban el resplandor del fuego.
[…]
Las siluetas de las llamas teñían de rojo la mitad del cielo, y el caos de los gritos para apagar el fuego seguía resonando en sus oídos.
Las losas de piedra azul estaban frías al tacto; subiendo los escalones con sus sandalias de paja, el monje de túnica blanca protegió al demonio salvaje en sus brazos y cruzó desde las montañas hacia el templo.
El demonio de la montaña mantenía los ojos fuertemente cerrados y su respiración era muy superficial; no se movía en absoluto, como si estuviera muerto. Los restos de carne ennegrecida y rojiza de su lomo colgaban peligrosamente sobre los huesos expuestos.
El rugido del trueno cesó y los relámpagos se ocultaron de nuevo entre las nubes. El firmamento dejó caer una lluvia fina y densa que golpeó las losas de piedra azul a los pies del monje y humedeció también su túnica.
La lluvia arreció hasta que finalmente extinguió el implacable incendio de la montaña.
El monje Liao Xuan llevó al demonio hasta su alcoba y lo depositó sobre un lecho de bambú. Sus ojos seguían cerrados y no se movió.
La habitación permaneció sumida en un profundo silencio durante mucho tiempo; solo se escuchaba el murmullo incesante de la lluvia.
—Shanzai.1
Un susurro lo sacó de sus pensamientos. Tomó tallos y hojas de hierbas medicinales, frotándolos sobre la piel y carne del demonio.
El amargo jugo medicinal se filtró en la carne viva, provocando un dolor lacerante, como si la punta de un cuchillo escarbara en sus heridas.
El demonio soltó de repente un aullido desgarrador; sus afiladas garras destrozaron la estera de paja y todo su cuerpo sufrió espasmos violentos.
Llevando su respiración al límite, levantó la mirada y giró un par de ojos dorados, similares al cristal esmaltado, para fulminar al monje. Tembló durante un instante y, acto seguido, esbozó una sonrisa burlona y despiadada. En su mirada destellaba un complejo resentimiento, mientras la carne podrida palpitaba bajo los dedos del monje que aplicaba la medicina.
De repente, una lágrima cristalina cayó por el rabillo de su ojo. La criatura se quedó paralizada y apartó la mirada de manera patética, para luego abrir la boca y preguntar:
—Monje, ¿podría sentarse un poco más cerca?
El monje no lo pensó demasiado y se acercó para cumplir su deseo.
No pasó mucho tiempo antes de que los gemidos de dolor del demonio se transformaran en un sollozo ahogado en su garganta.
Cuando todo terminó, el demonio sin cola tenía sus heridas cubiertas con ungüento. Las marcas de las lágrimas aún no se habían secado y de las comisuras de sus labios colgaban rastros de sangre carmesí; lucía como un auténtico perro rabioso.
El monje se retiró sosteniendo el frasco de medicina; la sangre teñía de rojo la túnica a la altura de su cintura.
[…]
Corría el rumor de que el gran maestro Liao Xuan del Templo Lanruo no había ayudado a extinguir el incendio forestal, sino que había salvado a un demonio de apariencia peculiar.
No se sabía si esta criatura era buena o mala, y su origen era un completo misterio. También se decía que aquel demonio había devuelto mal por bien; no solo no pronunció ni media palabra de agradecimiento, sino que mordió al gran maestro Liao Xuan, arrancándole casi un pedazo de carne. Su ferocidad era tan espantosa que ponía los pelos de punta.
Las opiniones estaban divididas y abundaba la curiosidad. Sin embargo, al observar al gran maestro Liao Xuan en persona, que llevaba vendajes alrededor de la cintura; por las mañanas veneraba a Buda y meditaba en el Zen, y antes del atardecer cerraba los ojos para recitar sutras. Su corazón permanecía tan tranquilo como un pino milenario; ignoraba los chismes ociosos y no tenía la menor intención de ofrecer una explicación.
En cuanto al demonio sin cola de los rumores, había caído en coma tras aplicarle la medicina. Ocupaba inútilmente un rincón de la alcoba, acurrucado sobre el lecho frente a la ventana; su pelaje cubierto de llagas lo hacía parecer un grueso y asqueroso cojín destrozado.
[…]
Ese día, la ofrenda de incienso en el Templo Lanruo era sumamente próspera. El humo azul se elevaba en espirales purificando la suciedad y esparciendo un aroma fragante que penetraba hasta los pulmones; el flujo de peregrinos era incesante. Los devotos acudían, en primer lugar, para presentar sus respetos a los innumerables budas de las diez direcciones y, en segundo lugar, por la fama de escuchar al gran maestro Liao Xuan disertar sobre las escrituras, esperando ser iluminados por sus enseñanzas.
El gran maestro Liao Xuan solo abría las puertas para dar sermones una vez al año, y cuando lo hacía, predicaba durante tres días seguidos. Su fama se extendía por todo el estado de Chen, y muchos hombres y mujeres devotos preferían sufrir la fatiga de viajar en carruajes y barcos durante medio mes solo para tener la oportunidad de escuchar algunas de sus palabras sobre el dharma budista.
Se decía que de cada diez personas que escuchaban las enseñanzas de Liao Xuan, siete u ocho lograban la iluminación en la propia sala de meditación, alcanzando el conocimiento y la visión correcta. Incluso hubo quienes decidieron cortar con el polvo rojo2 en ese mismo instante para refugiarse en el monasterio.
Ahora que el sol ya estaba alto en el cielo, el salón principal estaba repleto de peregrinos que habían venido a escuchar los sutras.
La sala estaba sumida en un profundo silencio. Solo el monje Liao Xuan, con una apariencia digna y solemne, meditaba sentado frente a la multitud. Su voz era cálida y suave, y con un ritmo pausado, disertaba sobre los budas de las tres existencias3 y la verdadera naturaleza de todos los fenómenos.
Mientras Liao Xuan predicaba el dharma, un hombre alto y de porte elegante hizo su aparición en la entrada de la sala.
Tenía el cabello largo de un brillante color rojo, recogido en lo alto con una corona dorada. Llevaba una túnica blanca como las nubes, suelta y desaliñada, con el cinturón atado a la ligera, exponiendo de forma sugerente la mitad de su pecho.
Entre sus cejas había una marca bermellón en forma de llamas, grabada a fuego justo en el centro de su frente. Su aura demostraba que de ninguna manera era alguien común.
Debido a que la mayoría de los peregrinos estaban de espaldas a las puertas de la sala, pocos se percataron de su presencia. Solo Liao Xuan y él cruzaron sus miradas. Los ojos indiferentes del monje se deslizaron levemente por el hombre; mantuvieron el contacto visual por un instante y luego no volvieron a interactuar.
El hombre de la entrada poseía un aura solitaria y fría, pero parecía conocer muy bien las reglas del templo. No interrumpió la ceremonia; simplemente se apoyó contra uno de los altos pilares del vestíbulo e inclinó la cabeza para escuchar al monje disertar.
Así era.
Fu Yan apenas se había despertado de su coma ese mismo día. Aún le quedaban las fuerzas suficientes para transformarse en su forma humana; cubierto de heridas, se había atado débilmente la túnica antes de salir.
Lo primero que hizo al despertar fue buscar a Liao Xuan. Quería ver con claridad el rostro del monje trascendental que lo había encontrado bajo los relámpagos aquel día, averiguar qué clase de apariencia tenía, en qué nivel de cultivo se encontraba y comprobar si acaso era solo una ilusión de su memoria.
Ahora que había llegado, no esperaba coincidir con el día de los sermones del templo. El monje estaba tan rodeado de personas en tres capas interiores y tres exteriores, que resultaba imposible acercarse. No tuvo más remedio que quedarse junto a la puerta, escuchándolo hablar de budismo mientras lo observaba con sumo detalle.
Cuanto más minuciosa era su observación, más fría se volvía la sonrisa en la comisura de sus labios.
Efectivamente, aquel día no se había equivocado.
Este monje tenía una habilidad excepcional. Probablemente no le tomaría muchos años alcanzar el nirvana definitivo, desprenderse de su cuerpo mortal y convertirse en Buda en vida, ascendiendo a la Tierra Pura de la Dicha Suprema.4
Monje, ah, monje.
Incluso el mismo Buda tuvo que indagar repetidamente el camino para escapar del ciclo del sufrimiento y soportó innumerables penurias durante años en el Bosque Ascético, antes de alcanzar repentinamente la liberación espiritual bajo el árbol Bodhi.
Y tú… ¿Con qué derecho crees poder lograrlo?
Fu Yan estaba inmerso en sus pensamientos cuando, de pronto, se dio cuenta de que una pequeña piedra había rodado hasta sus pies.
Le pareció curioso y pensó en qué estaba haciendo esa piedra, solo para verla recostada en la entrada del salón, de cara al monje que predicaba, asintiendo incesantemente y con suma atención.
Fu Yan la observó totalmente perplejo y dirigió su mirada hacia el monje en el salón, preguntándose: ¿Acaso hasta una piedra disfruta escuchar recitar a este burro calvo?
Y encima prestaba tanta atención, asintiendo a cada una de sus palabras.
¡Qué cabeza de piedra, sí que estaba enferma!
Maldijo Fu Yan en silencio, y acto seguido se dio la vuelta para marcharse.