Capítulo 2 | Resentimientos que parten el mar

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Después de tres días de prósperas ofrendas de incienso, los peregrinos comenzaron a dispersarse y los seres vivos regresaron a los cinco continentes y los cuatro mares. El Templo Lanruo recuperó su habitual tranquilidad y misterio.

En el vacío y silencioso templo del valle, solo quedaba el profundo murmullo de los monjes recitando sutras, acompañado por el ocasional canto melancólico de los cuclillos.1

El lugar más sereno de la montaña Tianyu no era el Templo Lanruo ni el valle vacío, sino la montaña trasera.

Allí se alzaba un bosque de estupas2 de siete niveles que se erguían a ciento veinte pies de altura. Se difuminaba entre la montaña resguardando reliquias budistas, manteniendo un silencio tan firme como el de los pinos.

Cuando Liao Xuan salió de entre ellas, vio a un hombre parado de espaldas. Su figura era esbelta, su cabello largo y rojo como el fuego estaba recogido con una corona. El hombre permanecía inmóvil, mirando absorto un árbol antiguo.

Liao Xuan se acercó al árbol y notó que entre sus ramas retorcidas y vigorosas yacía un zorro esquelético que había muerto recientemente. Su pelaje era gris y opaco, y sus mejillas estaban hundidas.

—Murió de hambre —dijo Fu Yan.

Liao Xuan recitó el nombre de Buda en voz baja3, con una expresión de profunda compasión.

Fu Yan giró la cabeza para mirar al monje y habló con una clara intención:

—Era demasiado delgado. Si no terminaba colgando de este árbol esta noche, algún otro día tampoco habría podido escapar de los tigres y los lobos.

—Esta vida ha sido amarga, pero la próxima depara esperanza —respondió el monje.

Al escuchar esto, Fu Yan solo sonrió. Con la túnica medio abierta, su mirada parecía ocultar un abismo de intenciones.

—Te he escuchado predicar sobre la verdadera naturaleza de todos los fenómenos y difundir el dharma budista. Veo que los deseos humanos son ordinarios, los demonios desean cultivar la inmortalidad y los budas desean alcanzar la verdad. Comparando a los tres, es el deseo del Buda el más intenso de todos: romper los grilletes del cuerpo mortal, buscar que sus palabras penetren en la inmensidad del universo, transmitir la doctrina suprema y sutil, recibir las ofrendas de todos los seres por la eternidad y convertirse en la deidad suprema ante sus ojos. Con un dharma que alberga una ambición tan evidente, ¿por qué los seres vivos deberían ir a escucharte y creer en ti?

—El dharma budista explora el universo para que las personas comprendan el karma, distingan el bien del mal, dejen ir sus apegos y sigan el camino que les corresponde —explicó el monje.

—Y si yo también te hiciera dejar ir tus apegos y te detuviera en tu camino hacia la budeidad, ¿estarías dispuesto a aceptarlo?

—Solo soy un simple monje. Crecí en el Templo Lanruo desde que era un niño. Nunca me he aferrado a la idea de convertirme en Buda, ni busco alcanzar el Bodhi; simplemente no tengo la menor atadura con el polvo rojo.

Fu Yan lo miró fijamente, guardando silencio, pero las yemas de sus dedos, ocultas bajo las mangas, se clavaron con más fuerza en sus palmas.

Sin cruzar más palabras, el monje se marchó.

Poco después de que el monje se fuera, un fénix voló hacia la montaña trasera de Tianyu y se posó en la copa de un árbol.

Asomó la cabeza hacia abajo, observó por un buen rato y luego se transformó en un hombre de apariencia pulcra, vestido con una túnica de plumas blancas. Su tez era clara y su porte, tan elegante y hermoso como un árbol de jade.

El hombre miró a la persona debajo del árbol, que en ese momento se limpiaba la suciedad de las manos tras incinerar al zorro muerto.

—¿Te lo cruzaste de nuevo? —preguntó el hombre luego de observarlo durante un largo tiempo.

—Sí.

—¿Y aún no te vas?

—¿Ir a dónde?

—A esconderte, lejos de él. —El hombre se impulsó con la punta del pie y bajó del árbol con agilidad.

Fu Yan soltó una risa fría.

—Lo he buscado durante cien años, ¿cómo podría dejarlo ir?

—¿Por qué sigues buscando tu propio sufrimiento? —Hua Jingyun frunció el ceño con fuerza, mientras su cabello del color de la nieve resbalaba por sus mejillas.

—De todos modos, mis días están contados.

Las pupilas de Hua Jingyun temblaron violentamente. Miró a Fu Yan y el terror se instaló en su rostro sin desvanecerse.

—…¡Eso es imposible!

Fu Yan hizo una pausa, tragó saliva y finalmente dijo:

—…No hay nada imposible.

Al escuchar esto, el fénix reveló una expresión de tristeza. Mil años en el mundo mortal no eran más que un chasquido de dedos. En el pasado, Fu Yan había sido un espíritu libre y apasionado, disfrutando de la vida sin ataduras, con un talento natural que superó con creces al de cualquier bestia demoníaca común.

Una vez, bajo el árbol de Wutong en Yuxu, habían hecho una promesa: mil años después, asistirían juntos al Banquete de los Cien Inmortales en los Noveno Cielos y beberían el vino de mono en una noche nevada con el hada del Lago de Jade.

Ahora, el plazo de los mil años había llegado, pero alguien se vería obligado a romper su palabra.

—Yo… Iré a preguntarle a Feng Shujue. Él siempre tiene una solución.

—Pequeño gorrión blanco, después de tantos años sigues buscando a ese viejo sinvergüenza cada vez que te pasa algo. ¿Acaso tienes complejo de cría? —Fu Yan guardó la tela con la que se había limpiado las manos, cambiando de tema bruscamente.

—Zorro, ¿por qué insistes en quedarte a su lado? —Hua Jingyun continuó presionando de forma obstinada, mientras un mal presentimiento nacía en su pecho.

Fu Yan lo miró y la sonrisa en sus labios se tiñó de burla.

Hua Jingyun pareció comprender, pero se quedó sin palabras.

El cultivo de la persona que tenía frente a él estaba completamente destruido, caminaba hacia su propia muerte y ya había renunciado a su apego por cultivar la inmortalidad.

Lo único que le quedaba era este resentimiento, que se había vuelto cada vez más intenso a lo largo de nueve vidas.

Detenerlo o no detenerlo, en este preciso momento, representaba un tipo diferente de crueldad para Fu Yan.

Notas del Traductor

  1. En la literatura y poesía china, el canto del cuclillo suele asociarse con la tristeza, la melancolía y la añoranza.
  2. Las estupas (o pagodas) son estructuras arquitectónicas budistas diseñadas para albergar sariras, que son reliquias o perlas cristalizadas que supuestamente se encuentran en las cenizas de los maestros espirituales budistas después de su cremación.
  3. Se refiere a entonar el mantra “Amituofo” (Amitabha) como señal de respeto, compasión o luto.
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