Sun Wenqu:
Estas flores han tardado en abrir.
Aunque tampoco supo decir qué especie eran; comentó que lo había buscado, pero no logró averiguarlo. A Fang Chi no le importaba; le gustaban mucho esas flores y se quedó mirando la foto por un largo rato. Todavía no eran muchas. En cada maceta apenas se veían unos cuantos puntitos aquí y allá, pequeños, resaltando entre las hojas verdes. Sumado a la típica forma despreocupada de Sun Wenqu para tomar fotografías, ni siquiera podía distinguir bien cómo eran.
Fang Chi:
¿Podrías ponerle más ganas? Estira un poco el brazo, acércate y toma una decente. Así como lo haces, la flor parece un grano de arroz.
Sun Wenqu:
¡Eres tan exigente!
Se había quejado, pero aun así le envió una foto en modo macro. Por fin se veía claro: los capullos eran diminutos, como granos de arroz, y las flores abiertas no superaban el tamaño de dos. Muy delicadas.
Fang Chi:
Qué bonitas.
Le escribió mientras se cepillaba los dientes.
Sun Wenqu:
Hay unas más bonitas. Te las muestro.
Cuando Fang Chi terminó de arreglarse y salió con su mochila rumbo a la escuela, Sun Wenqu le mandó otras dos fotos. Más flores. Unas amarillas y otras rosadas, ambas en primer plano, donde se distinguían hasta las nervaduras de los pétalos.
Eran tan bonitas y delicadas que Fang Chi se sorprendió.
Fang Chi:
¿Qué flores son esas?
Sun Wenqu no respondió, pero le mandó una foto del conjunto. Al verla, Fang Chi se quedó pasmado un momento y luego envió un mensaje de voz: «¿Esa es una suan mimi? ¿Desde cuándo las flores de la suan mimi son tan bonitas? Nunca las vi bien».
A Sun Wenqu seguramente le dio pereza escribir o grabar, así que lo llamó por teléfono:
—¿Qué rayos es suan mimi?
—Eso que fotografiaste. Suan mimi. De niños la usábamos para pelear, ¿sabes? —explicó Fang Chi mientras caminaba—. Suan mimi.
—Esta planta se llama Oxalis corniculata —dijo Sun Wenqu.
—Para mí es suan mimi. Jugaba con ella todos los días de pequeño.
—¿Y cómo peleaban con eso?
—Tiene como una raíz en el medio…[1] —Fang Chi trató de explicar, pero se quedó corto—. Bah, no sé cómo decirlo. Mejor que mi abuelo te enseñe; él te mostrará cómo se juega.
—Está bien —se rio Sun Wenqu—. Al rato voy a buscarlo.
—Y tú… ¿cómo vas con el trabajo? —preguntó Fang Chi.
—A buen ritmo —respondió Sun Wenqu—. Para cuando termines los exámenes, ya debería estar avanzado.
—Nosotros pasamos el día cien de la cuenta regresiva hace rato.
—¿Estás nervioso?
—Más o menos. —Fang Chi se rascó la cabeza—. No tanto. El próximo mes tenemos el segundo simulacro. Ahí, según cómo me vaya, veré si debo ponerme nervioso o no.
—Eso sonó muy confiado —se rio Sun Wenqu.
—Obvio. —Fang Chi también se rio, aunque con algo de vergüenza—. Es que… siento que he estado repasando bastante bien últimamente. Ni siquiera siento la presión de los exámenes semanales.
—Solo dos meses más y podrás desatarte —lo animó Sun Wenqu—. Aguanta un poco más.
—Mmm.
—Está bien, puedes correr. Yo hoy voy a dar una vuelta por la montaña.
—No te aventures demasiado. —Fang Chi frunció el ceño—. Tu equilibrio es un desastre, podrías volver a caerte.
—Iré con tu abuelo, deja de preocuparte tanto. —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Si existiera la Licenciatura en Preocupación, creo que podrías matricularte ya mismo.
—Tampoco es que me la pase preocupado… —murmuró Fang Chi—. Bueno, cuelgo.
A medida que se acercaba el examen, los profesores les hablaban a diario, unas veces con discursos motivadores, otras con sermones agobiantes. Todos en clase estaban como una cuerda tensada al límite: por más que intentaran estirar otro poco, resultaba imposible.
Cada vez que Fang Chi apoyaba la cabeza en su escritorio, sentía que no estaba preparándose para el examen de ingreso a la universidad, sino para entregar la vida por la patria. Sentía una mezcla de fervor e inquietud: quería lanzarse al campo de batalla de una vez, pero también temía caer abatido…
Un día, un compañero que solía tener buen rendimiento dejó de aparecer en clase de repente. Xu Zhou preguntó por él y le dijeron que estaba enfermo, por la presión mental.
Fang Chi creía que él lo estaba llevando bien. La presión no era tan alta. La razón principal era que su presión solo provenía de sí mismo: ni sus padres ni sus abuelos le daban demasiada importancia al examen.
Si sacaba buena o mala nota, al final, daba igual.
Y eso, en cierto modo, era algo bueno.
Antes no lo había notado, pero desde que empezó a estudiar en serio, se dio cuenta de que el tiempo pasaba muy rápido. Entre resolver algunos ejercicios y leer otro tanto, el día se iba volando.
Los números en la pizarra también bajaban poco a poco. A veces, al verlos, se sobresaltaba. La última vez el contador comenzaba en ocho. Cuando volvió a mirar, de pronto ya se había convertido en cinco.
El día que salieron los resultados del segundo simulacro, Fang Chi se sorprendió. El profesor Li no paraba de darle palmadas en el hombro —hasta le salpicó la cara de tanta saliva— mientras le decía:
—¡Nada mal! Sabía que si te esforzabas, podrías lograrlo.
Aunque esas notas no contaban para el examen real, Fang Chi se alegró de todos modos.
Volviendo a casa después de correr, abrazó de sorpresa a Sir Amarillo, que llevaba ignorándolo bastante tiempo, y le plantó un beso.
—Sir Amarillo, ¡qué hermoso estás!
El gato se quedó completamente tieso e incluso después de ser lanzado sobre el sofá, siguió paralizado entre los cojines.
Fang Chi no tenía con quién compartir esa alegría. A sus padres no les importaban sus notas y lo más seguro era que sus abuelos no lo entendieran. Si quería hablar con alguien, solo podía ser Sun Wenqu.
Sin embargo, Sun Wenqu había estado muy ocupado últimamente. La última vez que llamó, su abuelo le contó que estaba otra vez trabajando sin pegar el ojo: en una ocasión duró tres días seguidos sin parar, durmiendo apenas un rato durante el día.
A esta hora, o estaría recuperando el sueño, o en plena faena. Fang Chi no quería molestarlo. Después de todo, era la primera vez que Sun (no he trabajado en toda mi vida) Wenqu se tomaba algo tan en serio.
—¡Aaah! —Fang Chi estaba igualmente feliz, aunque no pudiera contárselo a nadie. Volvió a abrazar a Sir Amarillo, se dejó caer con él en el sofá y le tocó la nariz con un dedo—. Yo creo que me va a ir bien en el examen. ¿Tú qué piensas, eunuquito?
Sir Amarillo fijó los ojos en su dedo. Después de unos segundos de estupor, le lanzó un zarpazo y se escabulló lejos de un salto.
—¡Eunuquito! —gritó Fang Chi entre risas, y se puso a cantar—: ¿Dónde están tus huevitos? Desaparecieron antes de que pudieras conocer la pasión…
Pasó bastante tiempo después del segundo simulacro antes de que Sun Wenqu recibiera su llamada.
—¿Cómo te fue? —preguntó.
—Bastante bien. Entré en el top diez del curso. Antes siempre quedaba entre el veinte y el treinta —respondió Fang Chi con una sonrisa—. Seguramente no me acerco a tu nivel, pero comparado con antes, es un montón. La verdad, no me lo esperaba.
—Eso está muy bien —dijo Sun Wenqu enseguida—. Voy a contárselo a tus abuelos.
El abuelo estaba en el patio reparando una silla mientras la abuela le ayudaba al lado. Cuando Sun Wenqu les dijo que a Fang Chi le había ido bien en el examen simulado, no dijeron nada al principio. Después de un rato, la abuela preguntó:
—¿Te tocó? [2]
Del otro lado del teléfono, Fang Chi soltó una carcajada.
—¡Te dije que no lo entenderían!
—No, no tocaron a nadie. —Sun Wenqu se puso en cuclillas junto a la abuela y le explicó con paciencia—: Es un examen. Parecido al examen final. A Fang Chi le fue bien.
—Ah. —El abuelo entendió al fin y sonrió—. Qué bueno, qué bueno. No fue en vano tanto estudio.
—Parece que quedó entre los diez primeros de su clase. Bastante impresionante —comentó Sun Wenqu—. Antes, seguro estaba entre los primeros últimos.
—¡Nunca estuve entre los primeros últimos! —protestó Fang Chi.
—Entonces mejoró mucho —dijo el abuelo—. Este niño, quién lo diría… resulta que sí se le da bien estudiar.
—Mjum, si hubiera un premio, sería el Premio al Progreso —se rio Sun Wenqu.
—¿Ganó un premio? —preguntó la abuela de inmediato—. ¿Hay dinero de por medio?
Fang Chi se reía sin parar del otro lado, y Sun Wenqu solo pudo asentir.
—Sí, sí.
—Dile que no lo guarde ni lo traiga a casa, que se compre algo rico para reponer fuerzas —dijo la abuela.
—Está bien. —Sun Wenqu asintió.
Charló un rato más con Fang Chi, que parecía de buen humor. Luego le pasó el teléfono al abuelo, y estuvieron hablando casi media hora antes de que colgara.
Tal vez llevaba mucho tiempo sin poder hablar así de corrido con alguien.
Sun Wenqu sonrió, tomó el teléfono y le mandó un sobre rojo: 2666. [3]
Después de recibir el sobre rojo, Fang Chi respondió de inmediato.
Fang Chi:
¡Pero qué rayos! ¿Por qué tanto? ¿Qué te pasa?
Sun Wenqu:
El premio. La abuela dijo que no lo guardes ni lo traigas a casa, que te compres algo rico para reponerte.
Fang Chi:
…
Cuida tu dinero, ¿quieres? Solo sale, nunca entra.
Sun Wenqu:
Cuando entre, va a ser de una sola vez y será una suma grande. No te preocupes por eso.
Fang Chi no escribió nada más, pero unos minutos después, también le envió un sobre rojo. Sun Wenqu frunció el ceño, pensando que le había devuelto el dinero de forma dramática, pero al abrirlo no pudo contener la risa.
Un yuan con ochenta y ocho céntimos.
Se quedó mirando ese 1.88, riéndose por un largo rato. [4]
Sun Wenqu pensó varias veces en ir a ver a Fang Chi, pero al final siempre desistía. Fang Chi estaba en buen estado, y aunque casi no lo contactaba, se notaba que su mente estaba tranquila. Sun Wenqu creyó mejor no romper ese ritmo.
Tanto las macetas MONO como las GUAPÍSIMO fueron trasladadas a la azotea por Sun Wenqu. A medida que el clima se calentaba, las flores lucían cada vez más hermosas. Florecían durante bastante tiempo: se abrían de a poco, caían de a poco, y la siguiente vez que brotaban, lo hacían con mayor abundancia.
Sun Wenqu nunca logró averiguar qué flor era, pero todos los días les tomaba una foto.
A finales de mayo, las flores ya cubrían por completo las pequeñas ramas.
—Si tienes tiempo, ve-ven —dijo Ma Liang al teléfono.
—¿Mmm? —Sun Wenqu estaba sentado junto a un pequeño arroyo en las montañas, mirando el agua.
—Ese ja-jarrón que me e-enseñaste la última vez —explicó Ma Liang—, su forma es un poco ra-rara. Quiero verlo… en persona.
—Mmm, entonces… —Sun Wenqu lo pensó—. Que sea estos días. Fang Chi tiene los exámenes en una semana, así que viene bien.
—¿Vas a aco-compañarlo?
—Para darle un poco de ánimo. Creo que en su familia nadie está pendiente de él. —Sun Wenqu se puso de pie—. ¿Por qué no reservas una habitación para que descanse al mediodía…? Aunque seguro ya está todo lleno, ¿no?
—De-desde hace rato —dijo Ma Liang—. Qué padre tan dedicado.
—Entonces busca algo más lejos, solo para el mediodía. Lo llevamos y traemos en coche —propuso Sun Wenqu—. Igual no parece tan nervioso como los demás.
—Está bien —dijo Ma Liang.
Fang Chi parecía estar más relajado conforme se acercaban los exámenes. Cuando llamaba a Sun Wenqu, hablaban durante más tiempo que antes y también charlaba muy animado con sus abuelos. Una vez empezaba, no paraba.
La tercera vez que Fang Chi le contó por teléfono, entre carcajada, que habían ido a ver el centro de examen y que un compañero se puso tan nervioso que casi le dio diarrea, Sun Wenqu le preguntó, sonriendo:
—Oye, ¿no será que estás nervioso?
Fang Chi seguía riendo. Aguantó como diez segundos más antes de parar por fin.
—Sí, ¿cómo lo supiste?
—Te has convertido en un parlanchín compulsivo, y encima en modo repetición. ¿Y crees que no se nota?
—Mierda —dijo Fang Chi, algo avergonzado—. ¿Tan obvio soy?
—No te pongas nervioso —lo tranquilizó Sun Wenqu—. Es solo un examen. Has hecho montones este año, y algunos más difíciles que este.
—Es fácil decirlo. —Fang Chi aspiró con fuerza por la nariz—. Oye… ¿vas a venir para mi examen?
—Sí. Le pedí a Liang-zi que te reserve una habitación para descansar al mediodía. —Esta vez Sun Wenqu no pensaba sorprenderlo, por miedo a que eso afectara su ánimo.
—¡No es para tanto! —se rio Fang Chi—. No es necesario exagerar.
—Todos lo hacen, así que vamos a ir con la corriente. —Sun Wenqu sonrió—. Tus padres no te van a acompañar, ¿verdad?
—No. Con todos los pedidos que tienen no pueden dejar el negocio. Ni siquiera deben recordar qué día es el examen —dijo Fang Chi—. Entonces, ¿vendrás un día antes?
—Sí —respondió Sun Wenqu—. Y Liang-zi dijo que te va a invitar a una gran comida para que te relajes.
—¡Pero nada demasiado pesado! —dijo Fang Chi—. No vaya a ser que al día siguiente me dé diarrea.
Sun Wenqu se rio.
—¿Tan delicado tienes el estómago? Bueno, ese día vemos qué se te antoja, tú decides.
—Quiero barbacoa —dijo Fang Chi de inmediato.
—¿Barbacoa callejera…? —Sun Wenqu se sorprendió un poco.
—Ajá —confirmó Fang Chi sin dudar.
—¿Y no te preocupa acabar con dolor de estómago por eso? —preguntó Sun Wenqu, aún sin entenderlo del todo.
—Tengo estómago de perro salvaje —se rio Fang Chi.
—Barbacoa entonces —aceptó Sun Wenqu.
Antes de que Sun Wenqu condujera de regreso a la ciudad, los abuelos prepararon una gran montaña de las comidas favoritas de Fang Chi, la metieron en bolsas y la pusieron dentro del auto.
—Con tanto, no va a poder comerlo todo —se rio Sun Wenqu—. Además, en cuanto termine el examen, seguro viene corriendo a verlos.
—Pues ayúdalo a comer —dijo la abuela, dándole una palmadita—. Te has puesto muy flaco desde que llegó el verano, se te afila la cara de lo delgado que estás. Si te pesas, tal vez hasta Chico pesa más que tú. Así que aprovecha y come para engordar un poco.
—De acuerdo entonces. —Sun Wenqu revisó las bolsas—. ¿Hay carne seca? La otra vez no alcanzó a comer y seguro lo tiene en mente.
—Sí —se rio el abuelo—. Dos paquetes grandes, ya verán ustedes cómo las comparten.
Conduciendo el pequeño Beetle tamaño caja de zapatos, con un montón de comida encima, Sun Wenqu regresó a la ciudad. Había salido tarde y cuando llegó, ya anochecía. Mirando la hora, decidió no pasar por el estudio de Ma Liang y fue directo a la escuela de Fang Chi. Encontró un lugar para estacionar el auto en la misma esquina donde Fang Chi se bajó la última vez.
Ese día, Fang Chi salía temprano. No había clases ni repaso; solo tenía que presentarse, escuchar las instrucciones del profesor sobre las precauciones para el examen del día siguiente y luego quedaba libre.
Al ver que aún no era la hora de salida pero ya había estudiantes caminando en grupos por la zona, Sun Wenqu calculó que Fang Chi debía estar libre, así que lo llamó.
—Estoy en el lugar donde te dejé la última vez —le dijo.
Apenas un minuto después, lo vio venir corriendo a grandes zancadas. No salió del auto, solo apoyó un codo en la ventanilla y lo observó correr hacia él. Para ser honesto, Fang Chi se veía realmente genial corriendo. Rebosaba energía. A pesar de que estos seis meses de repaso lo habían dejado agotado, seguía siendo la personificación de la vitalidad, desbordando la frescura del viento y la luz del sol a su paso.
—¿Esperaste mucho? —Fang Chi saltó al auto y lanzó su mochila al asiento trasero.
—Acabo de llegar. —Sun Wenqu miró a los estudiantes que iban saliendo, pero no vio al mejor amigo de Fang Chi. Puso el auto en marcha rumbo al estudio de Ma Liang—. ¿Hoy te entregaron el pase de examen?
—Sí, pero solo para ver. —Fang Chi sonrió—. Cada uno lo miró un momento y luego el profe Li los recogió. Mañana nos los dan en el examen, por si los perdemos.
—¿Y cómo te sientes? —Sun Wenqu le dirigió una mirada. Estos meses Fang Chi parecía haberse esforzado al máximo y se reflejaba en su apariencia; comparado con la última vez que lo vio, estaba más delgado. Aunque su ánimo parecía bueno, el cansancio aún se le reflejaba en el rostro.
—Genial. Me siento imparable. —Fang Chi se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano—. ¡Las universidades de Pekín y Tsinghua hasta llorarán por tenerme!
Sun Wenqu se echó a reír y señaló el asiento trasero.
—Tus abuelos te mandaron un montón de cosas para comer. Hay carne seca.
—¿No te la comiste? —Fang Chi se giró, estiró el brazo y sacó la fiambrera con la carne seca. La abrió—. ¡Qué bien huele!
—Estoy conduciendo, no tengo manos libres para comer.
—¡Está buenísima! —Fang Chi, sin preocuparse de si tenía las manos limpias, tomó un trozo y se lo metió a la boca—. ¡Deliciosa! Te dije que esta carne seca era una maravilla.
Sun Wenqu sonrió sin decir nada.
Después de comer varios trozos, Fang Chi se detuvo. Sosteniendo una pieza entre los dedos, miró a Sun Wenqu, luego a la carne, y tras unos segundos, volvió a mirarlo.
—Tú… —Al mismo tiempo que Sun Wenqu decía «no, gracias», la mano de Fang Chi se adelantó con decisión y le ofreció la carne, casi metiéndola en su boca—. ¿Quieres…?
Ambos hablaron al mismo tiempo y la mano de Fang Chi quedó suspendida, sin saber si retirarla o dejarla ahí.
Sun Wenqu se giró rápidamente y tomó la carne con los dientes.
—Con un servicio tan bueno, cómo negarse.
Fang Chi sonrió, un poco avergonzado, y metió dos trozos más en su boca.
Aunque Fang Chi había pedido comer barbacoa, Ma Liang, como buen tío, no lo llevó a ningún puestito callejero, sino que reservó mesa en un restaurante de barbacoa sin humo y bufé libre.
Cuando Sun Wenqu y Fang Chi llegaron, Ma Liang y Hu Yuanyuan ya estaban ocupados colocando platos.
Al verlos, Hu Yuanyuan se acercó corriendo con una bandeja de brochetas de carne.
—¡Ey! ¿Qué tipo de carne le gusta a mi sobrino favorito? Tu tía te la trae.
—Gracias… tía —respondió Fang Chi—. Puedo servirme yo mismo.
—Hoy la carne de res está excelente, tiene la grasa en su punto. No dudes en servirte más, ya hice reconocimiento —dijo Hu Yuanyuan.
—Hum. —Fang Chi asintió con una sonrisa y fue a servirse.
—Lo veo en un e-estado decente. —Ma Liang se sentó junto a Sun Wenqu con un plato de puerros—. Aunque está más de-delgado, tiene la mirada llena de… vida.
—¿Están planeando tener un bebé? —preguntó Sun Wenqu, mirándolos.
—No, no podemos pe-permitirnos ese lujo —contestó Ma Liang, mirándolo también.
—¿Entonces por qué tanto puerro? —sonrió Sun Wenqu. [5]
—De-desvergonzado —respondió Ma Liang—. Es para ti, pero ahora que lo pienso, igual ni le das uso aunque lo… comas.
Sun Wenqu miró a Hu Yuanyuan.
—¿No vas a decirle nada?
—¿Acaso no tengo razón? —Ma Liang señaló a Fang Chi, que seguía sirviéndose—. Mira bien. Ahí tienes al mismísimo chico pu-puerro.
Sun Wenqu no pudo aguantarse y se echó a reír junto con Hu Yuanyuan.
—Te vamos a hacer un libro de frases célebres.
—Cuando sea viejo, lo pu-publico. —Ma Liang asintió.
Sun Wenqu charló un rato con ellos y luego fue a servirse también.
Las habilidades culinarias de Fang Chi no eran muy buenas y tampoco era demasiado quisquilloso con la comida, pero esta vez estaba siendo bastante selectivo. Después de un buen rato, su plato seguía casi vacío.
—¿No hay nada que te apetezca? —Sun Wenqu se paró a su lado.
—No es eso. —Fang Chi lo miró—. Pensé que no vendrías a buscar comida, así que quería llevarte algo, pero no sé qué te gusta. Tienes el paladar muy exigente.
—¿Yo? Si siempre me como lo que preparas.
—¿Chocolate y pasta de sésamo? —Fang Chi sonrió—. Cuando termine el examen, te haré más.
—De acuerdo. —Sun Wenqu asintió—. ¿Volverás justo después del examen?
—Por supuesto —respondió Fang Chi—. Volveré para relajarme un poco. Creo que en cuanto acabe voy a sentir el cansancio, aunque ahora no lo noto.
—Ya podrás descansar bien por fin. —Sun Wenqu sonrió.
—Tú… —Fang Chi dudó un momento—. Seguirás viviendo en casa de mis abuelos hasta que termines ese trabajo, ¿verdad?
—Ajá.
—¿Y cuando termines?
Aunque Sun Wenqu ya había respondido esa pregunta antes, volvió a sonreír.
—Cuando termine, regresaré a la ciudad. Será más o menos cuando recibas la carta de admisión y tengas que ir a registrarte.
—Oh… —Fang Chi bajó la vista hacia la carne en su plato.
[1] Los tallos de la ‘suan mimi’, también conocida como ‘acedera’, son largos y delgados, de un verde claro. Estos tallos no solo son comestibles, sino que también solían ser usados como juguetes por los niños. Uno de los juegos favoritos en primavera era la “competencia de tira y afloja” con la acedera. ¿Cómo se juega? Antes de comenzar el juego, los competidores tenían que ir a arrancar un gran manojo de acedera y luego romperlos uno por uno, con cuidado de no romperlos por completo. Solo necesitabas que el tallo blanco en el centro quedara expuesto. Luego, enlazabas los tallos blancos con los de tu oponente y tirabas con fuerza. De quien se rompiera primero, perdía.
[2] Aquí SWQ dice (摸拟 – simulado), pero la abuela entiende (摸你 – tocarlo, manosearlo), que suena muy similar. Lo que ella escuchó sería algo como «a Fang Chi le fue bien en su examen de tocarlo».
[3] Recap, capítulo 42, regalar un sobre rojo con la cantidad 2666 refleja la celebración y elogio de la vida por parte de las personas, así como un símbolo de riqueza, estatus y esperanza futura juntos.
[4] El número 188 en los sobres rojos significa desear prosperidad y que la buena fortuna te acompañe en tu camino. El número 88, que suena similar a ‘fa fa’ (发发) en chino, es un deseo de gran expectativa y que la buena suerte y la riqueza estén contigo.
[5] El puerro (韭菜) es considerado un afrodisíaco. Se tradujo como “puerros”, aunque en algunos contextos culinarios chinos podría ser “cebolletas chinas”.
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