SUN WENQU NO SE levantó temprano esa mañana, sino una hora más tarde de lo habitual. Durante los dos días de exámenes de Fang Chi, había tenido algo de insomnio. No sabía si era por preocupación o porque, sin darse cuenta, estaba compensando el vacío de aquella etapa que él nunca vivió.
Cuando se levantó, los abuelos ya habían terminado la rutina de baduanjin y estaban ocupados con sus cosas: la abuela barría el patio delantero y el abuelo daba vueltas por el pequeño huerto detrás de la casa.
Sun Wenqu subió a la azotea y se asomó por la ventana. Fang Chi seguía dormido, boca arriba, con el cuerpo extendido en postura desgarbada y la cabeza ladeada. Sin duda, en ese tiempo había sufrido una grave falta de sueño y le costaría algunos días recuperarse por completo.
Chico lo siguió jadeando, y Sun Wenqu le hizo un gesto de silencio.
—Shh, no ladres.
Detrás del patio trasero había un terreno abierto. Allí, desde el inicio de la primavera, el abuelo había sembrado una buena cantidad de verduras. Cuando querían comer algo fresco, solo tenían que salir y recolectar lo que hiciera falta.
Sun Wenqu llevó a Chico al huerto; quería recoger algunas hortalizas.
—¿Qué haces por aquí? —preguntó el abuelo, que estaba recogiendo vainas. Al verlo, señaló sus zapatos—. Vas a llenarte de barro en un segundo.
—No importa —respondió Sun Wenqu, caminando hacia el emparrado detrás del abuelo—. Voy a recoger algunas cosas para cocinar. Al mediodía voy a preparar algo para que prueben.
—Vaya. —El abuelo se rio—. ¿Sabes cocinar?
—Solo un plato, aunque hace muchos años que no lo preparo.
—¿Qué necesitas?
—Tomates. —Sun Wenqu señaló el emparrado de tomates—. El otro día vi que ya había algunos maduros.
—Tómalos. —El abuelo soltó una carcajada al oírlo—. ¿Vas a hacer huevos revueltos con tomate, verdad?
—Sí… —Sun Wenqu asintió.
—¡Qué bien! —El abuelo seguía riendo—. Ese debe de ser el único plato que aprendiste de tu madre, ¿no?
Sun Wenqu sonrió.
—Ajá.
Así es. Tal como dijo Fang Chi, lo que iba a preparar eran huevos revueltos con tomates.
Pero no era un plato que hubiera aprendido de su madre. Ella, criada en una familia de eruditos, siempre había vivido en una torre de marfil y apenas pisaba la cocina. Cocinar estaba fuera de su mundo.
Ese plato lo había aprendido de Ma Liang.
Durante los años en que Ma Liang aprendía alfarería con su padre, lo que más disfrutaban ambos era cocinar algo en la pequeña cocina del taller cuando su padre salía.
Sun Wenqu no sabía cocinar, y el único plato que Ma Liang dominaba era los huevos revueltos con tomates. Lo preparaban una y otra vez, ya fuera para mezclarlo con fideos o para ponerlo sobre el arroz. Sun Wenqu siempre había pensado que sabía mejor que cualquier comida preparada por el servicio doméstico.
Quizá porque, siempre que la comía, su padre no estaba presente.
Eran cuatro personas en total. Sun Wenqu calculó que cinco tomates bastarían, pero luego dudó un poco y sacó uno más. Los tomates que cultivaban no tenían pesticidas ni fertilizantes, así que no eran muy grandes, pero sí muy frescos y dulces.
Llevó los tomates a lavar y se comió uno para probar. Estaba bueno.
También había huevos, todos de gallinas de campo.
Y ahora…
Sun Wenqu alineó los tomates y los huevos sobre la encimera, formando dos filas. Ahora, ¿qué seguía?
«Ah, sí. Cortar».
Sun Wenqu extendió la mano hacia el soporte de cuchillos, pero se detuvo a medio camino.
Aquel soporte debía de haber sido hecho a mano por el abuelo: simple, práctico y bien ventilado. Sin embargo, los cuchillos que contenía… eran enormes. Tres cuchillos de cocina, cada uno más grande que el anterior.
Dudó un momento y los levantó uno por uno para sopesarlos. Todos eran pesados y no podía distinguir para qué servía cada uno. Después de observarlos un buen rato, se dio la vuelta, dispuesto a preguntarle al abuelo.
Al girarse, encontró a Fang Chi apoyado en el marco de la puerta, observándolo mientras bostezaba, con Sir Amarillo colgando de su brazo.
—¿Cuándo te levantaste? —preguntó Sun Wenqu, sorprendido. Luego miró al gato, que pendía del brazo de Fang Chi como si lo estuvieran estrangulando—. Lo vas a asfixiar.
—No, lo tengo sujeto por las axilas. —Fang Chi levantó a Sir Amarillo para demostrarlo—. Está tan gordo que ya no hay manera cómoda de cargarlo.
—Oye, en tu casa —dijo Sun Wenqu—, ¿cuál de estos cuchillos sirve para cortar verduras?
—Ni idea. —Fang Chi echó un vistazo a la encimera y se rio—. ¿De verdad estás haciendo huevos revueltos con tomate?
—Ajá. —Sun Wenqu sonrió.
—¡Abuelaaa! —Fang Chi volvió la cabeza y gritó hacia el patio—: ¡¿Qué cuchillo se usa para cortar verduras?!
Luego de dormir a pierna suelta, Fang Chi parecía de buen humor. Ese grito fue tan estruendoso que Sun Wenqu quiso taparse los oídos, y el pobre Sir Amarillo, que colgaba de sus brazos, empezó a retorcerse como loco.
La abuela entró a la cocina, le explicó a Sun Wenqu cuál cuchillo servía para cortar verduras y cuál sartén era para saltear. Luego, aún preocupada, añadió:
—¿Seguro que sabes? No toques el fogón a leña, mejor usa la estufa eléctrica. No vaya a ser que incendies la cocina…
—Sí, lo sé —respondió Sun Wenqu—. No te preocupes, abuela.
—Cómo no voy a preocuparme… Solo un platillo y faltando una hora para comer ya empiezas con tanto alboroto. ¿Es así alguien que sabe cocinar? —refunfuñó ella saliendo de la cocina—. Si te toma una hora hacer un plato, es que no sabes hacer nada…
—¿Quieres que te ayude? —Fang Chi no dejaba de reír.
—Tú, toma a ese eunuco gordo y a la que está afuera babeando y llévatelos. —Sun Wenqu tomó un cuchillo y se preparó para cortar los tomates—. No espíes.
—Entendido. —Fang Chi asintió y abrazó a Sir Amarillo, le silbó a Chico y se fue con ellos al patio trasero.
Sun Wenqu empuñó el pesadísimo cuchillo de Goliat, acomodó un tomate y lo cortó de un tajo. No estuvo mal. Buen agarre.
Antes, tanto él como Ma Liang usaban cuchillos de fruta para cortar los tomates. Ahora, con este cuchillo de cocina grande, sentía que cortar resultaba mucho más fácil.
En el huerto, Fang Chi conversaba con el abuelo mientras atendía llamadas: en media hora respondió siete u ocho, todas de compañeros que querían aprovechar los días antes de que salieran las notas para divertirse a lo grande.
Fang Chi no sentía ese impulso de un último hurra antes de que se dictara sentencia. Estaba bastante relajado. En el fondo, nunca había tenido mucha presión, y tras darlo todo estos últimos meses, aunque albergaba expectativas, cualquier nota, alta o baja, sería una sorpresa para él.
Y parte de esa tranquilidad provenía de la charla que tuvo el día anterior con Sun Wenqu.
En teoría, solo habían intercambiado unas palabras al azar, nada trascendental. Pero aun así, era como si hubiera logrado apartar el algodón que le obstruía el pecho.
Por fin se lo había dicho a alguien, no con silencios o insinuaciones, sino de forma clara, hablándolo. Aunque no hubiera solución, en ese momento, él se sentía más liviano.
Sun Wenqu empezó a cocinar casi una hora antes de la comida, pero cuando la abuela terminó de preparar todos los platos, recién entonces salió con ella de la cocina.
—¡A comer! —anunció ella—. Vengan a ver lo que cocinó Shuiqu.
Fang Chi entró enseguida, fue directo a la mesa y vio los huevos revueltos con tomates servidos en el plato con forma de pétalos que Sun Wenqu había hecho antes. Tenía buena pinta: rojo y amarillo entremezclados, con un aroma que abría el apetito.
Fang Chi miró a Sun Wenqu.
—¿Se ve rico?
—Eso creo yo también —asintió Sun Wenqu, sonriente—. Cuando lo estaba friendo, me entraron ganas de probarlo. Pero me contuve.
—Dame las gracias a mí, que estuve ahí. Este agarró el tarro de azúcar y quería vaciarlo como si fuera gratis —dijo la abuela—. Si no lo paro, te hace una cazuela de tomate caramelizado que te raspa la garganta.
—Gracias, abuela —dijo Sun Wenqu de inmediato.
Fang Chi tomó los palillos. Su primer bocado fue del plato de Sun Wenqu. Era la primera vez que probaba algo hecho por él, que parecía la última persona en el mundo que se pondría a cocinar.
El sabor no estaba nada mal. Aparte del corte de los tomates —bestial, de tamaños desiguales y sin orden alguno—, todo lo demás era bueno. Fang Chi tomó un poco más, lo mezcló con el arroz y se zampó el cuenco en unos pocos bocados.
—Este plato de Shuiqu está bastante bueno, me gusta —comentó el abuelo mientras comía.
—Dijo que antes lo cocinaba seguido, que lo fue perfeccionando —comentó la abuela con una sonrisa.
—Cada oficio tiene su arte; diez años de talla forjan una espada —dijo Sun Wenqu. Luego se inclinó hacia Fang Chi y le susurró al oído—: ¿Te gustó?
Fang Chi asintió.
—Sí —susurró de vuelta.
Después de comer, Fang Chi empezó a sentir algo de calor. En días como este, solía refugiarse junto al río en las montañas para nadar, dejarse llevar por el viento, perder el tiempo a gusto.
Se detuvo al pie de la escalera, dudando si llamar a Sun Wenqu para ir juntos. Apenas terminó de comer, este subió enseguida. Parecía tener trabajo pendiente; ¿sería buena idea llamarlo para salir a jugar?
Ese rincón de la escalera era el más cálido de la casa en invierno, pero en verano se convertía en un horno. Después de un rato allí, Fang Chi ya sentía las gotas de sudor, así que subió corriendo.
La puerta de la habitación de Sun Wenqu estaba entreabierta. Al asomarse, lo vio sentado frente al escritorio, examinando un montón de planos de diseño.
—Oye… —Fang Chi carraspeó bajito—. ¿Estás trabajando?
—¿Hmm? —Sun Wenqu se volvió—. No, ¿por qué?
—¿No tienes calor? —Fang Chi tiró del cuello de su camiseta y lo agitó para ventilarse—. Si quieres… yo iba a dar una vuelta por la montaña. ¿Vienes?
—¿A escalar? —preguntó Sun Wenqu, sorprendido.
—No… Es que allá está más fresco, y hay agua —Fang Chi se rascó la cabeza.
—De acuerdo. —Sun Wenqu se levantó—. Ese repelente de mosquitos de ayer, el de la abuela, ¿te queda?
—Sí, te traigo una botella. —Fang Chi sonrió mientras salía para ir a su habitación—. ¿Funcionó bien?
—Ajá. Solo me picaron dos en toda la noche —respondió Sun Wenqu, mirándolo alejarse.
Hoy hacía calor, así que después de comer, Fang Chi se había cambiado a una musculosa negra y un pantalón deportivo gris. Las piernas se le veían… sorprendentemente largas.
Y los músculos… demasiado bien definidos.
Al principio, Fang Chi había pensado en llevar a Sir Amarillo, pero desde que engordó, a Sun Wenqu se le cansaban los brazos cada vez que lo cargaba. Con el calor, además, no tenía dónde meterlo en su ropa, así que solo llevaron a Chico.
No es que a Sir Amarillo le importara, no parecía tener muchas ganas de salir. Se quedó echado sobre los planos de Sun Wenqu, hecho una masa de carne redonda, respirando con un ronroneo satisfecho.
Los dos, junto a Chico, se dirigieron hacia la parte trasera del pueblo, saludando a la gente que encontraban por el camino.
Sun Wenqu llevaba medio año viviendo allí. Muchos del pueblo lo conocían. En varias puertas de las casas todavía permanecían los pareados del Festival de Primavera que él había escrito.
—Ya casi eres uno más del pueblo —dijo Fang Chi.
—Y qué bien. —Sun Wenqu sonrió—. Estos meses han sido muy tranquilos. Me han servido para calmarme, cultivar la mente. La verdad, me va a costar irme.
—Pues no te vayas —soltó Fang Chi sin pensar, aunque de inmediato rectificó—: O bueno, aunque te vayas, siempre podrás volver.
Sun Wenqu le dio un pellizco suave en la nuca.
—Oye, ¿has pensado ya cómo rellenar la solicitud de ingreso a la universidad? Seguro que ni siquiera has mirado los materiales que te dieron en la escuela.
—No sé. No lo tengo claro. —Fang Chi bajó la cabeza—. Antes había pensado en estudiar algo relacionado con el deporte.
—Eso está bien. Si vas a la Universidad de Deportes, podrías regresar a casa los fines de semana para ver a tus abuelos —dijo Sun Wenqu con una sonrisa. En realidad, aunque aquella universidad estaba en la ciudad vecina, y quedaba cerca, probablemente no le daría tiempo los fines de semana normales, pero con un puente o vacaciones de tres días, el viaje de ida y vuelta sería factible.
—Nunca lo había considerado, esa es una universidad de primer nivel. —Fang Chi se rascó la cabeza—. Yo estaba pensando en postularme a una facultad de deportes de segundo nivel o algo así…
—¿Y eso? ¿No decías que ibas a ser el campeón nacional? ¿Por qué tienes tantas dudas sobre entrar a una de primer nivel? —Sun Wenqu le pasó un brazo por el hombro—. Y sobre la especialidad, ¿has pensado en algo?
—No. —Fang Chi se sentía perdido cada vez que salía el tema—. Tal vez… ¿podrías ayudarme a revisar las opciones cuando tengas tiempo?
—Quiero comer pescado, de esos grandes —dijo Sun Wenqu de pronto—. Tus abuelos llevan semanas ocupados con el huerto y no han ido al mercado. No hay pescado.
—¿Eh? —Fang Chi parpadeó, desconcertado por el giro repentino—. ¿Pescado?
—Sí, quiero pescado, uno grande —repitió Sun Wenqu, mirándolo.
Fang Chi le sostuvo la mirada durante unos diez segundos antes de entender.
—¿Quieres que te lleve al mercado o que vaya a la casa del abuelo Jiang por uno?
—Ya es tarde para ir al mercado, ¿no? —Sun Wenqu sonrió.
—Con estas vueltas que me haces dar, podría haber escalado dos montañas —suspiró Fang Chi—. Aunque no me ayudes con lo de la universidad, igual te conseguiré el pescado si quieres comerlo.
—Es más divertido así —se rio Sun Wenqu—. Una carpa está bien. Tiene pocas espinas.
—Ajá. —Fang Chi asintió—. Braseada, en salsa agridulce o al vapor, mi abuelo las prepara de maravilla en todas las versiones.
—Braseada, braseada.[1] —Sun Wenqu se frotó el abdomen—. Ah…
Al adentrarse en la arboleda al pie de la montaña, los rayos del sol que antes les hacía entrecerrar los ojos se filtraron ahora en una lluvia de manchas doradas. La temperatura descendió de inmediato, creando una agradable frescura.
—Ese día tu abuelo y yo subimos por este camino —dijo Sun Wenqu, señalando la senda que conducía montaña arriba—, pero no llegamos a la cima.
—Hoy no vamos a escalar, hace demasiado calor. —Fang Chi estiró los brazos—. Te llevo a jugar al agua; solía venir cuando era niño.
—¿Al arroyuelo? —Sun Wenqu lo miró con escepticismo.
—¿Qué vas a hacer en ese arroyito? No da para moverse —respondió Fang Chi, tomando un desvío—. Este camino no sube a la montaña, rodea hasta la parte de atrás; allí el agua es más profunda.
La montaña era alta, pero no muy extensa. Aunque la ruta que bordeaba la ladera era escarpada, pronto llegaron a la vertiente trasera, donde se extendía un extenso bosquecillo de bambú.
Una ráfaga de viento descendió de la montaña y Fang Chi se detuvo.
—Escucha.
Cuando el viento pasaba entre los bambúes, los tallos se balanceaban suavemente y el roce de las hojas producía un susurro constante, interrumpido de vez en cuando por el chasquido hueco de las cañas al golpear entre sí.
Un sonido sereno, refrescante.
—Bonito, ¿no? —dijo Fang Chi.
—Mjum. —Sun Wenqu sonrió—. No imaginé que prestaras atención a estas cosas.
—Crecí aquí. Estos sonidos son mi… —Fang Chi lo pensó un momento—. Nostalgia, ¿cierto?
—Sí —asintió Sun Wenqu mientras se adentraba en el bambusal. Caminó sobre el manto de hojas secas hasta oír el murmullo del agua—. ¿Delante está el agua?
—Sí, hay una cascada súper chiquita y súper delgada. —Fang Chi se rio—. O al menos yo la llamo cascada.
Lo que él llamaba «cascada» no era más que el mismo arroyo que bajaba de la montaña. En ese punto, una gran roca interrumpía su curso, haciendo que el agua cayera unos dos metros hasta un pequeño lago.
Esta cascada era, en realidad, apenas un delgado hilo de agua. El lago no era grande —quizás un cuarto de una cancha de baloncesto—, aunque parecía profundo. Sobre la superficie flotaban algunas hojas de bambú, dándole un aire casi poético. Sun Wenqu se quedó junto a la orilla, con la vaga sensación de haber pintado algo similar alguna vez: un bosque de bambú, un arroyo, una calurosa tarde de verano. Pero no lograba precisar cuándo.
—¿Sabes nadar? —La voz de Fang Chi llegó desde arriba.
Sun Wenqu alzó la vista. Fang Chi había trepado a la gran roca y se encontraba en lo alto, en la «cima» de la cascada.
—Sí… No… Quizás… —Sun Wenqu lo miró—. ¿Supongo?
—O sea, ¿sí o no? —Fang Chi se rio.
—Sí, en una piscina —dijo por fin Sun Wenqu—. Pero nunca he nadado en aguas abiertas… No pensarás meterte, ¿verdad?
—¿Y cómo se supone que se juega con el agua si no te metes? —Fang Chi se quitó la musculosa sin más—. Voy a saltar desde aquí.
—¿Y si te golpeas la cabeza? —Sun Wenqu se alarmó; ni siquiera tuvo cabeza para apreciar los hermosos abdominales de Fang Chi. Bajó la mirada primero hacia el lago—. ¿Qué tan profundo es?
—Dos o tres metros. —Fang Chi sonrió—. Nunca me he golpeado… ¿Quieres subir y probar?
Sun Wenqu no le tenía miedo ni al agua ni a las alturas, pero eso de lanzarse desde una roca cualquiera, en medio del monte, le despertaba cierto recelo. Cuando subió y miró hacia abajo, con el agua corriendo a sus pies, sintió, sin saber por qué, un leve vértigo.
—No es tan alto, ¿verdad? —Fang Chi se paró detrás de él.
—En teoría, no —admitió Sun Wenqu, mirando hacia abajo—. Apenas me supera una cabeza… Pero parado sobre el agua la sensación es distinta. Y saltar dentro lo cambia todo aún más. Sobre todo porque no es una piscina… Dime, ¿y si me resbalo y caigo?
—Si te caes, pues te caes. —Fang Chi sonrió—. Con un impulso sales a flote. —Dicho eso, apoyó una mano en la cintura de Sun Wenqu—. ¿Tienes un poco de miedo?
—Mjum. —Sun Wenqu giró la cabeza para mirarlo—. Tienes que saber que, desde pequeño, yo nunca he hecho cosas así de salvajes.
—Lo sé. —Fang Chi sonrió—. Eres bastante delicado.
—No irás a empujarme, ¿verdad? —Sun Wenqu chasqueó la lengua.
—¿Crees que soy capaz de hacer algo así? —Fang Chi también chasqueó la lengua.
Sun Wenqu lo miró de nuevo, esta vez con atención.
—Tú… aunque eres joven, eres bastante confiable. Es solo que… déjame pensar cómo decirlo.
—Incluso si resbalas ahora mismo, podría agarrarte y sacarte —dijo Fang Chi.
—Sí, a eso me refiero. —Sun Wenqu sonrió—. Pero de verdad creí que con «jugar en el agua» te referías a… jugar con el agua.
—¿Qué, los dos sentaditos en la orilla, con los pies remojando, salpicándonos con los dedos? —Fang Chi lo miró de reojo—. ¿Hasta para jugar en el agua los niños ricos libertinos son tan… princesitas?
—¿Acaso te hiciste discípulo de tu tío Liang-zi? —Sun Wenqu soltó una carcajada.
Fang Chi se rio con él, con una risa tonta. Tal vez era porque, de repente, el examen de ingreso a la universidad había terminado; de repente, él y Sun Wenqu habían hablado de ciertas cosas; de repente, se sentía un poco más ligero.
De repente, le daban muchas ganas de reír. Y una vez que empezó, le costaba parar.
Temiendo reírse tanto que terminara empujando a Sun Wenqu al lago, lo rodeó con un brazo por la cintura y lo atrajo hacia sí. Ya estaban bastante cerca y ahora la espalda de Sun Wenqu quedó pegada contra su pecho.
La risa de Fang Chi que no cesaba, poco a poco se volvió entrecortada, luego se convirtió en una risa forzada y, tras unos sonidos secos, se apagó por completo.
—¿Ya no te ríes? —preguntó Sun Wenqu, ladeando la cabeza.
—… No puedo reír más. —Fang Chi se aclaró la garganta.
Esta vez fue Sun Wenqu quien no pudo contener la risa. Se rio de verdad, con alegría, como si tampoco pudiera detenerse.
—Ya para —dijo Fang Chi.
—Creo que mastiqué un chicle de esos que no se acaban[2] —contestó Sun Wenqu entre risas.
Fang Chi soltó un leve suspiro. Luego de una breve pausa, rodeó a Sun Wenqu con ambos brazos y lo besó en el cuello.
La risa de Sun Wenqu se interrumpió.
Fang Chi observó su cuello, su hombro, su clavícula.
Sun Wenqu aún llevaba colgado aquel hueso, atado con una cuerda de cuero negro. Sobre su piel clara, junto a la línea de las clavículas, resultaba profundamente sensual.
Fang Chi levantó la mano y trazó con los dedos la hendidura de su clavícula.
Sun Wenqu entrecerró los ojos y sus dedos arañaron el brazo que Fang Chi mantenía alrededor de su cintura.
—Yo… saltaré primero —dijo Fang Chi de pronto.
—¿Ah? —Sun Wenqu parpadeó, desconcertado. La sensación se parecía un poco a la de aquella vez, cuando Fang Chi lo provocó y luego se quedó dormido.
—Voy a saltar para que veas. Una de… demostración —balbuceó Fang Chi.
—¿Ah? —Sun Wenqu pensó que haber conocido a alguien tan singular como este chico era digno de conmemoración.
Antes de que pudiera añadir nada, Fang Chi ya lo había soltado y se paró delante de él. Luego, se quitó el holgado pantalón deportivo que llevaba puesto y, quedándose solo en ropa interior, saltó sin dudarlo ni un segundo.
El salto de Fang Chi fue tan repentino, tan carente de cualquier preparación, que Sun Wenqu aún estaba paralizado en su lugar sin articular sonido, cuando el cuerpo del chico ya estaba trazando un arco en el aire antes de hundirse en el lago.
Sun Wenqu había supuesto que en un sitio así, en medio de la naturaleza, saltar al agua debía ser una cosa tosca: de cabeza, con las piernas por delante, o encogido, rompiendo la superficie con el trasero. Nunca esperó que Fang Chi hiciera un salto casi perfecto, con una postura de clavadista. Apenas levantó agua al caer.
—¡Nada mal, eh! —gritó Sun Wenqu asomando la cabeza hacia el lago.
Pero antes de que emergiera la cabeza de Fang Chi, lo primero que apareció flotando en la superficie fue… su ropa interior.
El elogio de Sun Wenqu se transformó al instante en carcajadas. Al ver la mano de Fang Chi salir del agua para atrapar rápidamente la prenda, la risa lo dobló hasta hacerle caer en cuclillas sobre el arroyo.
—Baja. —La cabeza de Fang Chi emergió, sacudiéndose las gotas de agua. Su cuerpo permanecía sumergido; debía estar terminando de ponerse la ropa interior—. Salta, prometo no reírme de ti.
[1] También conocido como (estofado en salsa de soja – hóng shāo), un método de cocción en el que la carne, el pescado o las verduras se saltean ligeramente con azúcar y salsa de soja hasta que se doren y luego se cuecen a fuego lento con agua o caldo, y luego se espesa para reducir el jugo.
[2] Xuanmai (炫迈): marca de chicle muy popular en China, conocida por su eslogan “根本停不下来” (“simplemente no puedes parar”).
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