LA ABUELA TERMINÓ de cocinar los fideos y Fang Chi se sentó en el patio a comer. Chico estaba sentada a su lado moviendo la cola; por cada bocado que tomaba con los palillos, le daba un poco.
Justo cuando terminaba de comer, Sun Wenqu bajó las escaleras bostezando con pereza.
—Mira eso, no dormiste bien, ¿verdad? —La abuela suspiró nada más verlo—. Siempre andas sin dormir por estar con tus cosas de barro y tierra. Y ahora además trasnochas por charlar… ¿Es que ya no te importa tu salud?
Sun Wenqu se quedó un momento en blanco y guardó silencio.
—Tú, pequeño revoltoso, hoy duermes solo —le dijo la abuela a Fang Chi—. Deja de estar molestando a otros para charlar a cada rato.
Fang Chi se rascó la cabeza.
—No charlamos toda la noche…
—No fue gran cosa —dijo Sun Wenqu mientras se acercaba al lavabo y apretaba el tubo de pasta de dientes—. Yo siempre tengo sueño, me siento y me duermo. Él vino sobre todo a aprovechar el aire acondicionado.
—¿Tenías calor? —La abuela se acercó a Fang Chi y le tocó la espalda—. ¡Ay, desde tan temprano y ya estás sudando a mares! ¿Cómo es que otros años no te hacía falta el aire acondicionado?
—No es para tanto —dijo Fang Chi.
—¿Y si… instalamos uno en tu habitación? —sugirió la abuela con tono de preocupación.
—No, no hace falta —negó Fang Chi de inmediato—. Casi no estoy en casa, sería un desperdicio.
—Entonces, cuando tengas calor, ¿qué? ¿Irás de nuevo al cuarto de Shuiqu? —insistió la abuela.
Fang Chi no contestó. Mientras jugaba con Chico, soltó un murmullo incomprensible que ni siquiera él mismo sabía bien qué significaba.
Sun Wenqu volvió la cabeza, lo miró y sonrió.
Cuando la abuela se alejó, Fang Chi se dejó caer en la silla como si por fin pudiera respirar.
—Eh. —Sun Wenqu se acercó con el cepillo de dientes en la boca y le dio un puntapié en la espinilla.
—Mi abuela debió entrar en mi cuarto esta mañana y no me vio ahí —susurró Fang Chi—. Casi me da algo.
—Un día de estos habría que medir si tus agallas son más grandes que el ojo de una aguja… —dijo Sun Wenqu antes de volver al lavabo para enjuagarse la boca.
—Pero esto no es cualquier cosa. —Fang Chi echó un vistazo hacia dentro de la casa y bajó aún más la voz—. Con algo así, ¿cómo no voy a asustarme?
Sun Wenqu lo miró, pero no dijo nada.
El abuelo estaba arreglando el soporte de las judías en el patio trasero y la abuela llamó a Fang Chi para que ayudara.
Cuando terminaron, Fang Chi se dio cuenta de que Sun Wenqu ya no estaba en la casa. Tampoco se veía a Chico por ninguna parte.
—Se fue a correr con Chico —dijo la abuela—. Es muy constante. Siempre corre por la mañana… bueno, no siempre por la mañana; a veces se levanta por la tarde y también sale. Debería decirse que «corre al despertarse».
—Oh. —Fang Chi sonrió.
El hecho de que Sun Wenqu, una persona tan perezosa, pudiera mantener la rutina de correr todos los días era en verdad sorprendente; él mismo llevaba mucho tiempo sin entrenar de manera sistemática.
Era solo que… Sun Wenqu se fue a correr sin avisarle. ¿Estaría enfadado? Fang Chi se puso en cuclillas en el patio. ¿Sería por su actitud de antes? ¿Por su comportamiento nervioso y siempre cauteloso?
Y si estaba enfadado, ¿qué debía hacer?
Nunca se lo había planteado. Si tenía que decirlo, Sun Wenqu no tenía el mejor carácter —sobre todo en sus primeros encuentros—, pero tampoco parecía haberse enfadado de verdad nunca.
¿Debería pedir disculpas?
¿O dar explicaciones?
¿O tratar de persuadirlo directamente?
Después de quedarse absorto mirando al suelo del patio durante diez minutos, Fang Chi se levantó y entró en la casa, tomó una gorra y se la puso antes de salir corriendo.
—¿A dónde vas? —alcanzó a preguntar la abuela.
—A correr —contestó Fang Chi.
—Anda. Y cuando vuelvas, trae un par de pescados —le dijo ella en voz baja—. No digas que yo te mandé.
Fang Chi se volvió para mirarla y asintió con una sonrisa.
No tenía muy claro cuál era la ruta que Sun Wenqu seguía ahora para correr, pero supuso que iría por caminos fáciles de transitar y donde refrescara un poco; después de todo, era un tipo frágil y delicado.
Fang Chi fue directo hacia el bosque. Entre los árboles hacía más fresco y más adelante estaba el arroyo. La última vez que volvió en Año Nuevo, lo encontró justo allí.
Apenas llevaba cinco minutos corriendo por el bosque cuando vio a Chico defecando junto a un árbol más adelante. Le hizo una seña con el dedo para que no ladrara y siguió caminando.
Sun Wenqu estaba, en efecto, junto al arroyo.
Pero no estaba ni corriendo ni descansando. Cuando Fang Chi lo vio, estaba de pie en un claro junto al agua… bueno, no exactamente de pie: estaba haciendo un movimiento.
Con ver uno solo, Fang Chi supo al instante lo que estaba haciendo. Era lo que sus abuelos practicaban todos los días.
Baduanjin.
¿Sun Wenqu estaba practicando baduanjin junto al arroyo?
Fang Chi se quedó quieto donde estaba. Le entraron ganas de reír, pero al mismo tiempo le pareció algo increíble. La sensación era igual a la primera vez que vio a Sun Wenqu tocar el erhu.
Sin embargo, después de mirar por un rato, ya no tuvo ganas de reír. Los movimientos de Sun Wenqu no eran de alguien que estuviera jugando sin más; se veían bastante correctos. De hecho, si debía ser sincero, eran mucho más elegantes que los de sus abuelos: amplios y relajados.
Fang Chi se apoyó en el árbol y se quedó mirándolo. Chico se sentó a sus pies y también lo observó con atención.
Sun Wenqu no notó que había alguien detrás hasta que se dio la vuelta y lo vio bajo el árbol.
—¿Cuándo llegaste? —Arqueó una ceja.
—¿Te asusté? —preguntó Fang Chi mientras se acercaba.
—Sí —respondió Sun Wenqu.
—Entonces, ¿por qué pareces tan tranquilo? —Fang Chi lo miró.
—En teoría, debería haber saltado del susto. —Sun Wenqu estiró el cuello para mirar al cielo—. Pero me dio pereza saltar…
Fang Chi se echó a reír. Después de reír un rato, se rascó la cabeza, un poco avergonzado.
—¿Por qué… no me llamaste para salir?
—Te vi ayudando al abuelo con el soporte. —Sun Wenqu apoyó una mano en su hombro y le acarició el cuello con los dedos.
—¿Estás…? —Fang Chi le agarró la mano—. ¿Estás enojado?
—¿Por qué iba a estarlo? —Sun Wenqu le dio una mirada.
—Es que… creo que me puse demasiado nervioso. —Fang Chi soltó un pequeño suspiro—. ¿Te enojaste?
—No realmente. —Sun Wenqu le pellizcó la punta de los dedos—. Es normal, todos los niños son así.
—¿Todos? —Fang Chi levantó la cabeza—. ¿Tú también fuiste así?
—Excepto cuando tenía que enseñarle a mi padre la cerámica que hacía, nunca he estado nervioso en mi vida. —Sun Wenqu chasqueó la lengua.
—Entonces, ¿quién más es todos?
—No eres el único niño que conozco. —Sun Wenqu se sentó en una gran roca a un lado y estiró las piernas.
—¿Quién más? —Fang Chi lo siguió y se paró a su lado—. ¿Tu… exnovio?
Sun Wenqu sonrió. Lo miró de reojo y no dijo nada.
—¿Cuántos años tenía tu exnovio? —preguntó Fang Chi con voz áspera.
—¿A cuál te refieres?
—¿Cuántos tienes? —La voz de Fang Chi se elevó varios tonos de golpe.
Chico se asustó con ese grito, giró la cabeza y salió corriendo varios pasos. Recostado en la roca, Sun Wenqu no podía parar de reír.
—Olvídalo, no pregunté nada —dijo Fang Chi, avergonzado después de haber gritado, y se sentó a su lado—. Es normal que un anciano tenga un historial amoroso algo complicado.
Al oír esto, Sun Wenqu se rio tanto que empezó a toser. Se incorporó y lo abrazó por la espalda.
—Oye, Fang Xiao-Chi.
—¿Mmm? —Fang Chi ladeó la cabeza.
—¿Te molesta eso? —La mano de Sun Wenqu se deslizó al frente y dibujó pequeños círculos sobre su pecho.
—En realidad, no me importa. —Fang Chi lo pensó un momento—. Es algo sobre lo que no puedo quejarme. Si de verdad me molestara eso, tendría que buscarme a alguien más joven.
—¿Entonces por qué lo de antes? —Sun Wenqu sonrió.
—¿Qué hice? —Fang Chi se frotó la nariz—. Solo pregunté, nada más. Si no quieres contarme, tampoco pasa nada. Total, ahora estás conmigo.
—Me alegra que digas eso. —Sun Wenqu le dio un beso en el cuello—. En realidad, no hay nada que no pueda contarte.
Fang Chi se giró para mirarlo.
—No tengo muchos exnovios, dos o tres. —Sun Wenqu volvió a recostarse en la roca, usando el brazo de almohada—. Ninguna relación duró mucho, uno o dos años fue la más larga. La mayor parte del tiempo estuve solo.
—¿Por qué?
—Salir con alguien es agotador.
—¿Ya eres perezoso al punto de resultarte molesto tener pareja? —Fang Chi suspiró.
Sun Wenqu sonrió con los ojos entrecerrados.
—Eres tan lindo.
—No me interesa saber sobre los demás —dijo Fang Chi—. Solo quiero saber por qué rompiste con ese exnovio más joven.
—No fui yo quien rompió con él. —Sun Wenqu echó la cabeza hacia atrás—. Fue él quien rompió conmigo. Tampoco hubo un motivo concreto. Cuando el camino por delante es largo e incierto, sin un destello de luz, son muchos los que, creyendo que no podrán resistir hasta el final, deciden retirarse antes.
Fang Chi guardó silencio.
—Eso fue hace muchos años. —Sun Wenqu lo miró—. En ese entonces le dije a Liang-zi que los niños estaban prohibidos. Son demasiado inestables, nunca sabes en qué momento podrían huir.
—Entonces ¿por qué… —Fang Chi le sacudió el polvo del pantalón— te involucraste conmigo…?
—Esto no tiene un porqué que pueda explicar. —Sun Wenqu recogió una piedrecita del suelo y la lanzó al aire—. Solo, tú eres diferente.
—¿Mmm? —Fang Chi volvió la cara hacia él de inmediato.
—Cuando fuiste a pedir dinero prestado para Fang Ying —continuó Sun Wenqu con una sonrisa—, pensé: «Vaya, este niño sabe cómo hacerse cargo de las cosas». Sabes saltar muros, desmontar ventanas y además eres responsable. Un poco torpe, pero no estás mal.
—¿Podrías no meter en el mismo saco lo de escalar muros y desmontar ventanas? —Fang Chi suspiró.
—Nop —respondió Sun Wenqu, sonriendo.
Fang Chi lo miró en silencio. Pasó bastante tiempo antes de que dijera:
—Yo no voy a hacer eso. Quiero decir… no voy a… huir de repente. Si dije que me gustas, es porque lo he pensado bien antes de decirlo.
—Lo sé.
—No voy a huir.
—Mmm. —Sun Wenqu lo miró y asintió.
Fang Chi parecía no saber qué más decir. Guardó silencio un buen rato y luego preguntó:
—Entonces, ¿hoy te has enojado o no?
—No —respondió Sun Wenqu.
—¿Dónde aprendiste baduanjin?
Sun Wenqu se sorprendió un momento y luego sonrió.
—Con el padre de Li Bowen. El tío Li es igual que mi padre, a los dos les gustan esas cosas: la música, el ajedrez, la caligrafía, la pintura, las flores, las aves, los peces, los insectos… Su hijo no le hace compañía, así que me buscó a mí.
—Con razón la tiene contra ti —masculló Fang Chi.
—Que se muera de rabia. —Sun Wenqu se rio de buena gana—. Ahora estoy demasiado ocupado, si no, iría a marcar territorio por su casa.
—El niño aquí eres tú. —Fang Chi bajó la cabeza y le dio un beso en la comisura de los labios.
La ruta de carrera de Sun Wenqu no era larga. Básicamente, consistía en correr hasta el arroyo, hacer algunos estiramientos o ejercicios y luego dar una vuelta y volver corriendo al pueblo por el otro lado del bosque.
Fang Chi lo acompañó en una vuelta, sin dejar de mirar dónde pisaba.
—Corro por este camino todos los días, no me voy a torcer el tobillo. Deja de mirarme así —dijo Sun Wenqu—, voy a acabar caminando como un pato.
Fang Chi soltó un par de risitas.
—Tus compañeros deben estar por llegar, ¿no? —Sun Wenqu sacó su teléfono y miró la hora.
—Sí, ya casi —asintió Fang Chi—. Luego vamos a casa del anciano Jiang, mi abuela me pidió que llevara unos pescados.
—¿Comerán todos en casa al mediodía?
—Supongo. Quieren hacer una barbacoa, pero al mediodía hace demasiado calor, así que será por la tarde o la noche —dijo Fang Chi, y luego añadió, volviéndose hacia él—: No vas a bajar a almorzar, ¿verdad?
—Me conoces tan bien. —Sun Wenqu recogió una piedra y la lanzó hacia adelante. Chico salió corriendo tras ella, ladrando—. Comeré en mi habitación. Tengo que terminar los planos hoy; tu tío Liang-zi me traerá arcilla estos días; debo empezar a trabajar con la cerámica.
—Oh. —Fang Chi asintió.
Xu Zhou y los demás llegaron poco después de las once. Fang Chi estaba esperando en el cruce; cuando el autobús se acercó, varias cabezas se asomaron por las ventanillas con sonrisas enormes.
—Seguro los del bus ya están hartos de ustedes —dijo Fang Chi.
—Nosotros sí que estamos hartos: tres pollos, un pato y dos niños no han cerrado el pico en todo el camino —dijo Xu Zhou riendo. Entonces le dio una palmada en el hombro—. ¡Ya llegamos!
—Bienvenidos… —respondió Fang Chi. Miró hacia atrás y vio a Xiao Yiming, que venía al final del grupo.
Se sorprendió al notar que, en apenas dos días, la cara de Xiao Yiming se había vuelto mucho más delgada y parecía sin energía.
—Oye, Fang Chi —le gritó Liang Xiaotao, con gotitas de sudor en la punta de la nariz—. ¿La casa de tu abuelo tiene espacio para todos? ¿O tenemos que buscar un hotel?
—No hay hoteles aquí. —Fang Chi los guió hacia la entrada del pueblo y volvió la cabeza para contarlos: siete en total—. Podemos acomodarnos más o menos, durmiendo en el suelo.
—¿Hay aire acondicionado en la casa? —preguntó Lin Wei, soplándose con un pequeño abanico.
—No. —Fang Chi la miró de reojo. Lin Wei le caía bastante mal, pero ella siempre se las arreglaba para mezclarse con su grupo.
—Sin aire acondicionado nos vamos a asar —refunfuñó ella
—Entonces quédate aquí —dijo Fang Chi.
—¿Por qué? —preguntó Lin Wei.
—Dentro de una hora pasa otro autobús. Por seis yuanes te lleva de vuelta —dijo Fang Chi.
—¡Oye! —gritó Lin Wei—. ¡Fang Chi, eres un odioso!
—Aunque no haya aire acondicionado, tampoco hace tanto calor —dijo Liang Xiaotao—. En la montaña es bastante fresco; con un ventilador pequeño es más que suficiente.
Cuando Fang Chi regresó a casa con estos compañeros de clase —emocionados como si acabaran de salir de la cárcel y hubieran vuelto a la vida—, el abuelo ya estaba en la cocina preparando la comida.
La abuela había arreglado su habitación y todos dejaron sus mochilas allí.
—Tengo tanta hambre. Acabo de pasar por la cocina y huele riquísimo —dijo alguien.
De inmediato, todos bajaron corriendo las escaleras y se apretujaron en la cocina, llamando «abuelo, abuela».
Al pasar por la habitación de Sun Wenqu, Fang Chi se detuvo y llamó a la puerta.
—No está cerrada —respondió Sun Wenqu desde dentro.
Fang Chi asomó la cabeza por la puerta.
—Ey.
—¿Mmm? —Sun Wenqu estaba sentado frente al escritorio; se volvió para mirarlo.
—Ven rápido —dijo Fang Chi.
Sun Wenqu dejó el lápiz y se acercó.
—¿Qué pasa?
—Dame un beso. —Fang Chi se inclinó y le dio un beso fuerte y rápido en los labios.
Cuando iba a cerrar la puerta para bajar, cambió de opinión a último momento y entró del todo en la habitación. Cerró la puerta y abrazó a Sun Wenqu, empujándolo contra la pared. Lo besó otra vez, revolviendo con fuerza en su boca antes de soltarlo.
—Te estabas muriendo, ¿no? —dijo Sun Wenqu, limpiándose los labios—. Baja con el arma cargada a ver a tus compañeros.
—En un rato se pasa. —Fang Chi soltó una risa tonta y dio un par de saltitos en su lugar antes de salir corriendo escaleras abajo.
Sun Wenqu fue a cerrar la puerta y se acercó a la ventana para mirar hacia abajo. Varios chicos y dos chicas estaban en el patio, riendo y armando alboroto mientras se organizaban para ayudar en la cocina. Chico corría en círculos alrededor de ellos, emocionada.
Fang Chi había sacado la mesa grande al patio y la montó. El grupo empezó a entrar y salir llevando sillas, platos y cubiertos desde la cocina.
Era bastante ruidoso.
Sun Wenqu chasqueó la lengua.
Este tipo de bullicio y energía desbordante pertenecía solo a esta edad. Un poco más joven o un poco más mayor, la sensación no era la misma. Solo entre los dieciocho y diecinueve años existía esa vitalidad tan intensa, mezclada con un bullicio que podía llegar a ser irritante.
En comparación, Fang Chi era mucho más maduro que estos niños. Cuando estaba con él, Fang Chi hablaba bastante, pero entre sus compañeros de edad, en cambio, apenas decía nada.
¿Brecha generacional?
Sun Wenqu sonrió.
Pero si de hablar poco se trataba, había uno que, desde que entró, no había dicho ni una palabra. Siempre a un lado, de vez en cuando jugando con Chico, la mayor parte del tiempo con una sonrisa forzada en los labios, perdido en sus pensamientos.
Era Xiao Yiming.
Sun Wenqu lo observó. Este chico probablemente no había estado pasando por un buen momento. No esperaba que viniera; quizá no tenía otro sitio a dónde ir y se unió al grupo para distraerse un rato.
Sun Wenqu corrió la cortina y volvió a sentarse frente al escritorio. Extendió una por una las hojas llenas de bocetos y las miró con atención. Qué impacto podría tener Xiao Yiming en Fang Chi era algo imposible de prever. En cualquier caso, no tenía intención de darle ninguna opinión a Fang Chi sobre este asunto. Cada idea, cada decisión, debía salir de él mismo.
Fang Chi estaba en la cocina. Antes de que los platos salieran, siempre apartaba una o dos pequeñas porciones en un tazón. Como Sun Wenqu era quisquilloso y comía poco, le puso unas costillas, un poco de cerdo estofado y algo de verduras. La abuela añadió además un cuenco de sopa.
Cuando todo estuvo listo, Fang Chi aprovechó que nadie prestaba atención y entró con la bandeja en la casa. Nada más entrar, casi choca con Xiao Yiming, que salía con un vaso de agua.
—Tú… —Xiao Yiming se quedó un segundo mirando la bandeja.
—Es para mi amigo. —Fang Chi sonrió—. Está ocupado, no bajará a comer.
—Oh. —Xiao Yiming asintió y salió con el vaso.
Sun Wenqu estaba dibujando. Fang Chi dejó la comida sobre la mesita.
—¿Quieres beber algo? Ellos trajeron bebidas. Si quieres, te subo una.
—No, gracias. —Sun Wenqu giró la silla y olfateó la comida—. Huele muy bien.
—Pensaba traerte pescado —respondió Fang Chi, dándole un beso en la cara—, pero hoy lo hicieron frito…
—No importa. —Sun Wenqu le acarició la cara—. Si me apetece, otro día le pido al abuelo que lo prepare. Hoy tengo más interés en el cerdo estofado.
—¿Bajo entonces? —Fang Chi lo miró, con cierta renuencia a irse.
—Mjum.
—¿Quieres que te acompañe a comer algunos bocados?
—Son solo unos bocados en total. —Sun Wenqu se recostó en la silla y sonrió—. ¿O es que estás pensando en volver a recoger champiñones después?[1]
—Bajo ya. —Fang Chi chasqueó la lengua, se acomodó el pantalón y salió.
El almuerzo fue muy animado, dominado por una lucha constante de charlas y risas. La función de comer en ese momento era básicamente para dar un descanso a la boca.
Ahora que los exámenes acababan de terminar y tenían unos días de descanso, empezaba la fase más desenfrenada. Más adelante, a medida que se acercara la fecha de los resultados, esa euforia iría siendo reemplazada poco a poco por la tensión.
En cuanto terminaron de comer y ayudaron a los abuelos a recoger la mesa, todos empezaron a gritar que querían ir a jugar un rato al río.
—A nadar un poco —dijo Xu Zhou—. ¿Trajeron bañadores?
—¡Sí, sí! —respondieron, y subieron corriendo a buscar ropa.
Los chicos y las chicas se dividieron en dos grupos para cambiarse los bañadores y corrieron como locos desde el patio trasero hacia el río.
Fang Chi no tenía planeado nadar. Caminaba despacio; el río no le despertaba demasiado entusiasmo. Si quería meterse al agua, podía hacerlo cuando quisiera.
Xiao Yiming tampoco se cambió de ropa. Caminaba con él, sin prisa.
—¿Cómo está la situación en tu casa ahora? —preguntó Fang Chi.
—Casi sin cambios. —Xiao Yiming miraba al suelo, sin muchas ganas de hablar—. No ceden, y yo no sé cómo llegar a un compromiso con ellos.
—¿Y después del verano? ¿Y la universidad? —Fang Chi frunció el ceño—. ¿Tampoco pagarán la matrícula?
—No lo sé. —Xiao Yiming suspiró—. He ahorrado algo, suficiente para un año académico. Si no, buscaré trabajo o algo, aprenderé de ti.
Fang Chi no respondió. Sentía una opresión en el pecho.
—Ese amigo tuyo —Xiao Yiming cambió de tema—, ¿vino a buscar inspiración?
—¿Eh? —Fang Chi se sorprendió—. ¿Inspiración?
—Sí. Lleva bastante tiempo aquí, ¿no? —Xiao Yiming sonrió—. Cuando la gente viene a pasar tanto tiempo a la montaña, ¿no suele ser para buscar inspiración?
—Oh. —Fang Chi sonrió—. Podría decirse. Hace cerámica; vino a buscar inspiración.
—¿Cerámica? —Xiao Yiming lo miró y luego bajó la vista hasta el trébol de cuatro hojas que colgaba de su cuello. Dudó un momento antes de preguntar—: Eso… ¿lo hizo él?
—Ah… —Fang Chi tocó el trébol—. Sí.
—Te conozco desde hace muchísimo —dijo Xiao Yiming, mirándolo— y es la primera vez que te veo llevar algo colgado durante tanto tiempo. Antes, el jade que te compró tu padre, ¿no te lo quitaste a los pocos días diciendo que no te gustaba llevar cosas al cuello?
Fang Chi apretó el trébol entre sus dedos y no respondió.
Era cierto. Él dijo eso. Nunca le había gustado llevar nada en el cuello. Pero este trébol, durante todo ese tiempo, no se lo había quitado ni siquiera para bañarse.
[1] Recoger champiñones = masturbarse.
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