XIAO YIMING NO DIJO nada más. Al llegar con Fang Chi a la orilla del río, buscó un lugar con sombra y se sentó a mirar a los que chapoteaban en el agua como si fueran dumplings deshechos en una olla hirviendo.
Fang Chi observaba a Chico correr de un lado a otro por la orilla; por dentro estaba tan inquieto como el agua del río. Sabía que Xiao Yiming se había dado cuenta de todo. Tal vez incluso antes de que apareciera Sun Wenqu, Xiao Yiming ya lo intuía; por eso le había dicho aquellas cosas.
Ahora, la relación entre él y Sun Wenqu debía de ser aún más evidente para Xiao Yiming.
Pero Xiao Yiming siempre fue así: si a Fang Chi algo le resultaba desagradable o le causaba rechazo, él no insistía en el tema. Incluso ahora, cuando se sentía tan desamparado y necesitaba el apoyo de alguien como él, seguía sin decir mucho más.
—Así que… —Fang Chi sacó un cigarrillo del bolsillo. Los había comprado hacía bastante tiempo y se los había ido fumando de uno en uno hasta que hoy, finalmente, solo quedaba uno. Se lo puso en los labios, lo encendió y apretó la cajetilla vacía en su mano—. Lo sabes, ¿no?
—¿Tú y el tío Sun? —preguntó Xiao Yiming.
Fang Chi se echó a reír ante el «tío» y casi se atraganta. Tosió un buen rato antes de responder:
—Sí.
—Solo estaba adivinando. —Xiao Yiming sonrió de lado—. Desde esa vez que fue a entregarte la mochila, ya…
—En ese entonces no había nada —lo interrumpió Fang Chi—. Solo fue para entregarme la mochila.
—Ah. —Xiao Yiming lo miró y, tras un largo silencio, añadió—: ¿Y ahora sí hay algo?
—Ajá —asintió Fang Chi y luego silbó hacia el río.
Chico se acercó corriendo y se echó a sus pies.
—Tú… —Xiao Yiming parecía no saber qué decir. Empezó a hablar, pero luego se calló.
—¿Mmm? —Fang Chi le acarició la cabeza a Chico.
—¿Planeas decírselo a tu familia? —preguntó Xiao Yiming en voz baja.
—Tengo que. —Fang Chi frunció el ceño—. Pero ahora no me atrevo… Aunque tendré que decirles tarde o temprano, ¿verdad?
—Y su familia… ¿lo sabe? ¿Él ya ha salido del armario?
—Sí. —Fang Chi asintió—. Pero su relación con su familia ya era bastante complicada de por sí, supongo que decirles o no da un poco igual.
Xiao Yiming dejó escapar un pequeño suspiro.
Volvieron a quedarse en silencio, mirando a la gente en el río.
—Si puedes retrasarlo, hazlo —dijo Xiao Yiming con la cabeza baja mientras jugaba con una piedra del suelo. Chico se acercó emocionada a su mano y él le dio la piedra—. Antes de eso, dales algunas pistas, no lo sueltes de golpe. Que no acabe siendo un desastre como lo mío.
—¿Tú les diste alguna pista? ¿Antes de que tu familia lo supiera? —Fang Chi lo miró.
—No. —Xiao Yiming sonrió con amargura—. Ni siquiera pensaba decirles. Tampoco tenía intenciones de tener novio ni nada, así que me daba igual decirles o no.
—Oh —soltó Fang Chi. Tomó la piedra de la boca de Chico y la lanzó; Chico fue tras ella, la trajo de vuelta y la dejó a sus pies.
Que Xiao Yiming hubiera adivinado lo suyo con Sun Wenqu —o al menos que hubiera intuido que era de los suyos— le sorprendía y, al mismo tiempo, no tanto.
Xiao Yiming parecía bastante tranquilo al respecto. No pidió detalles ni mostró demasiada conmoción.
Estuvieron charlando largo rato, hasta que los que estaban chapoteando en el río salieron del agua con la piel toda arrugada de tanto remojo. Entonces se levantaron y volvieron a casa juntos, caminando despacio.
Como todos estaban cansados de tanto jugar, decidieron que el lugar para la barbacoa nocturna sería el huerto detrás de la casa de Fang Chi. Era conveniente llevar las cosas ahí, estaba cerca del agua y tenía cierto encanto.
Los abuelos habían preparado con antelación bastante carne y verduras. Todos se sentaron en el patio a descansar mientras ensartaban la carne en pinchos. Aunque estaban agotados por el agua, seguían hablando emocionados, sin parar.
Fang Chi se quedó allí un momento y, al ver que Xiao Yiming se unía también a la tarea de preparar las brochetas, subió al piso de arriba. La puerta de la habitación de Sun Wenqu no estaba cerrada; se abrió con un suave giro del pomo.
—Voy a entrar. —Asomó media cabeza y vio a Sun Wenqu todavía sentado ante el escritorio.
—Mjum —respondió Sun Wenqu—. ¿Ya regresaste de jugar?
—Yo no jugué. —Fang Chi cerró la puerta y se acercó por detrás—. Estuve charlando un rato con Xiao Yiming.
—¿Fue bien la charla? —El lápiz de Sun Wenqu seguía moviéndose sobre el papel.
Fang Chi no respondió; pasó una pierna por encima del respaldo de la silla y se sentó a la fuerza justo detrás de Sun Wenqu, abrazándolo por la cintura.
Sun Wenqu se rio y le acarició la cara con una mano.
—La situación de Xiao Yiming no es fácil de resolver —dijo Fang Chi, apoyando la mejilla en la espalda de Sun Wenqu y cerrando los ojos—. Es muy probable que rompa para siempre con su familia.
—Todos estamos respondiendo a preguntas de opción múltiple —dijo Sun Wenqu.
—¿Mmm? —Fang Chi no entendió.
Sun Wenqu no dijo nada más, bajó la cabeza y continuó dibujando.
Fang Chi tampoco insistió. Se sentía algo somnoliento. Estar así, apoyado en la espalda de Sun Wenqu, le resultaba muy cómodo; podía sentir los pequeños cambios en sus músculos cuando se movían…
Sun Wenqu tenía los brazos apoyados en la mesa, concentrado en los últimos retoques del dibujo.
Fang Chi parecía haberse dormido. Llevaba unos veinte minutos sin moverse, pegado a su espalda. Los brazos que lo abrazaban por la cintura también se habían relajado y las manos descansaban sobre sus piernas.
Sun Wenqu suspiró. Su carácter se estaba volviendo demasiado blando. Le dolían los brazos y los hombros y aun así no lo había apartado.
Quizá fuera esa actitud de Fang Chi, atrapado y luchando entre sus contradicciones internas, lo que le partía el corazón. Antes nunca había tenido sentimientos semejantes, ni siquiera con sus exnovios. La decisión ajena de salir o no del armario, su dolor o su sufrimiento, no le despertaba nada especial.
Cosas como estas, donde no hay elección posible y el camino es inevitable, se enfrentan y ya está. Cualquier muestra de compasión o ternura le parecían cursilerías.
Sin embargo, ante Fang Chi, no era capaz de mantener esa actitud.
Fang Chi estaba muy confundido, su confusión era evidente a simple vista, pero a la vez era tan… serio. Este chico era de hecho una persona seria. Incluso tratándose de un contrato de venta casi burlesco, si accedía a ello, cumplía con total seriedad.
No podía decidir si tener esa personalidad era algo bueno o no.
En cualquier caso, viviría de forma más sacrificada que aquellos que «se lo toman con calma».
Un muchacho joven: alguien que amaba con cautela, alguien perdido pero firme, alguien serio.
Sun Wenqu dejó el lápiz y se recostó sobre la mesa.
—Oye, Fang Xiao-Chi.
Fang Chi se inclinó hacia adelante siguiendo su movimiento, pero permaneció pegado a su espalda sin moverse.
—A tu padre se le va a partir la espalda —dijo Sun Wenqu, apoyado en la mesa, sin fuerzas—. ¿Crees que no te puedo tirar al suelo de un codazo?
—No lo creo —respondió Fang Chi, con la voz aún nasal por el sueño.
Sun Wenqu sintió de pronto un calor repentino e inexplicable cuando lo oyó. Deslizó la mano hacia la pierna de Fang Chi y este apretó los brazos, abrazándolo con más fuerza.
Su mano subió desde allí hasta su cintura.
La cintura de Fang Chi era muy bonita: líneas limpias, sin nada de grasa de más. Pasó la mano desde su cintura hacia adelante, bajando por el vientre.
Fang Chi dejó escapar un gemido muy bajo. Al mismo tiempo, las manos que lo abrazaban también bajaron, primero acariciando por encima del pantalón y luego metiéndose dentro.
—¿Eh? —Liang Xiaotao ensartaba carne con calma mientras miraba alrededor—. ¿No han visto a Fang Chi? ¿Dónde se metió?
—Se habrá ido a escaquearse —dijo Xu Zhou riendo.
—Ese pequeño revoltoso. —La abuela salió de la cocina y se dirigió a la sala—. Vienen sus compañeros de visita y él no hace nada, deja que los invitados trabajen. Voy por él…
Xiao Yiming se levantó al instante y se limpió la grasa de las manos en el pantalón, entró volando en la sala y llamó:
—Abuela.
—¡Ah, Yiming! —La abuela se dio vuelta y lo miró sonriendo—. ¿Qué pasa?
—Pues… —Xiao Yiming lanzó una mirada hacia el piso de arriba y dijo en voz baja—: El amigo de Fang Chi, ¿no se dedica a la cerámica?
—¿Shuiqu? Sí, hace cerámica. Y muy bien, además. También escribe con pincel y toca el erhu —dijo la abuela, orgullosa.
—¿Shui… Shuiqu? —Xiao Yiming se quedó un segundo en blanco—. Ah… por eso justo ahora le pedí a Fang Chi que subiera a preguntar a Shui…qu si podría hacer un… un jarrón para mi casa.
—¿Ah, de verdad? —La abuela también miró hacia el piso de arriba—. ¿Y tanto tarda en preguntarle?
—Fang Chi dijo que estaba ocupado, que quizá no tuviera tiempo. —Xiao Yiming sonrió—. Le pedí que me hiciera el favor de insistir un poco, supongo que estarán hablando de eso.
—Bah, no hace falta insistir. —La abuela le dio una palmada antes de volver al patio trasero—. Shuiqu es muy accesible. Hasta me hizo unos platos, muy bonitos. Luego ven a verlos; si te gustan, llévate un par a casa.
—Gracias, abuela. —Xiao Yiming esperó a que la abuela cruzara la puerta antes de sacar su teléfono y enviarle un mensaje a Fang Chi.
—Pañuelos —dijo Sun Wenqu—. En la cama.
—Ah, voy. —Fang Chi se levantó de detrás de él y fue al cabecero de la cama a por ellos.
La caja de pañuelos de papel estaba en las garras de Sir Amarillo; al sacar uno, recibió un zarpazo del animal.
—Eunuco gordo. —Fang Chi lo señaló con el dedo.
Cuando terminaron de limpiarse, Sun Wenqu se palpó la ropa en la parte baja de la espalda.
—No me has manchado la ropa, ¿verdad?
—No —respondió Fang Chi con cierta timidez mientras también tocaba la zona. Luego tomó su teléfono, que acababa de sonar, y le echó un vistazo.
Era un mensaje de Xiao Yiming: «Cuando bajes, di que subiste a preguntar a tu amigo si podía hacerme un jarrón».
Fang Chi se quedó helado, pero entendió de inmediato.
—Carajo —murmuró.
—¿Qué pasa? —Sun Wenqu lo miró.
Fang Chi le puso el teléfono delante.
—Parece que mi abuela iba a subir a buscarme… Mierda, ¿qué habría pasado si llega a entrar?
—La puerta está cerrada. Tu abuela siempre llama antes de entrar a mi cuarto. —Sun Wenqu le dio unas palmaditas en la mejilla—. Tranquilo, como mucho te habría pegado un susto que te dejaba con eyaculación precoz.
—Si supiera que estoy aquí, seguro no llamaría. —Fang Chi aún no se había recuperado del susto, pero no dijo nada más. No quería que su nerviosismo volviera a incomodar a Sun Wenqu—. Voy a bajar a ver qué pasa.
—Mjum. —Sun Wenqu asintió.
—Esta noche hacen barbacoa —dijo Fang Chi—. ¿Quieres comer algo? Te lo preparo y te lo subo.
—No hace falta. —Sun Wenqu se apoyó un poco en él—. Estaré muy ocupado esta noche. Tú diviértete, no te preocupes por mí.
—Oh. —Fang Chi lo abrazó un momento.
Todo el mundo estaba en el patio. En cuanto la abuela vio bajar a Fang Chi, se acercó y le dio una palmadita.
—¡Media hora para pedir una cosa!
—Él… estaba ocupado. —Fang Chi lanzó una mirada hacia Xiao Yiming—. Tuve que esperar un rato.
—¿Entonces, se puede? —Xiao Yiming se acercó.
—Mjum. —Fang Chi asintió con fingida naturalidad—. Pero hay que esperar a que termine lo que tiene entre manos. Tardará un tiempo.
—No hay problema, yo espero —dijo Xiao Yiming—. Gracias.
—Ven conmigo. —La abuela le hizo una seña a Xiao Yiming—. Ven a ver esos platos, son preciosos. Llévate un par mientras tanto.
—Está bien. —Xiao Yiming fue con ella.
—Gracias —susurró Fang Chi a su espalda.
Xiao Yiming levantó la mano e hizo una V. Fang Chi sonrió.
La barbacoa se hizo en el patio trasero bajo unas cuantas luces que habían instalado. Vivir en el campo hacía que organizar una barbacoa fuera muy fácil. La leña estaba ahí mismo, lista para usarse. Bastaba con apilar unos ladrillos para improvisar un fogón, colocar la parrilla y listo.
—¿Hay parlantes para poner música? —preguntó alguien—. Fang Chi, ¿tú tienes?
—Seguro que no —dijo Xu Zhou—. ¿No has visto qué usa Fang Chi para escuchar música? Alguien con equipo de nivel audiophile no usa parlantes, ¿sabes? ¿Crees que todos son como tú, que llevas un parlante colgado de la cintura con música a todo volumen hasta cuando subes una montaña…?
Todos se rieron.
—¿Qué marca usa? —preguntó Lin Wei—. La verdad es que no me he fijado, solo sé que son unos auriculares enormes.
—¿Cómo se llamaban…? —Xu Zhou frunció el ceño intentando recordar—. Urbano o algo así. ¡Ah ya sé! ¡Urbanoide!
—Es Urbanite. —Fang Chi suspiró y subió por las escaleras hacia la azotea—. Voy a conseguirles un parlante.
Fang Chi entró en la casa. En realidad, sí tenían un pequeño parlante; sus abuelos lo usaban para poner música cuando hacían baduanjin.
Lo tomó, pero cuando estaba a punto de bajar, no pudo evitar desviarse hacia la puerta de la habitación de Sun Wenqu.
Justo cuando iba a llamar, la puerta se abrió.
—Tú… —Fang Chi se quedó atónito.
Sun Wenqu no dijo nada. Lo agarró por el cuello de la camiseta, lo arrastró hasta la habitación y, rodeándole el cuello con los brazos, lo besó con fuerza unos segundos. Fang Chi reaccionó y, jadeando, lo empujó contra la pared para besarlo durante mucho más tiempo.
—¿Ibas a bajar? —preguntó Fang Chi después de besarlo.
—No. —Sun Wenqu lo apartó y se arregló la ropa—. Solo sabía que, si subías a buscar algo, vendrías.
Fang Chi se rascó la cabeza, avergonzado.
—Escúchame, hijo, acabo de pedirle a la abuela que me cocine un tazón de fideos. —Sun Wenqu le tomó la cara entre las manos—. Esta noche, antes de dormir, no vengas. De verdad tengo que avanzar con el trabajo. Cada vez que entras, se me corta el hilo de los pensamientos.
—Ah… —Fang Chi sintió al instante una punzada de culpa—. Yo…
—¿Van a asar puerros hoy? —Sun Wenqu le acarició las mejillas.
—¿Ah? Sí, creo que sí —respondió Fang Chi, y luego suspiró—. No comeré puerros hoy.
—¿Por qué? —preguntó Sun Wenqu con una sonrisa.
—Ni siquiera he comido y ya soy un espíritu de puerro. Si los como, me temo que se te cortará el hilo de los pensamientos una semana entera. —Fang Chi chasqueó la lengua.
Sun Wenqu se apoyó en la mesa, riendo.
—Largo de aquí.
—Bueno, me voy. —Fang Chi sonrió y salió de la habitación.
Abajo empezó a sonar la música, mezclada con las risas y gritos de los jóvenes y las voces alegres de los abuelos.
Sun Wenqu se recostó en la silla, puso las piernas sobre el escritorio y escuchó un rato mirando al techo antes de ponerse los auriculares.
En el reproductor seguía estando toda la música que Fang Chi guardó antes, él no la había cambiado. Escuchándola, podía imaginar más o menos la vida de Fang Chi: sus experiencias particulares lo habían vuelto más maduro e independiente que sus pares, su orientación sexual lo hacía más callado y reservado entre la gente. Fuera de eso, Fang Chi era un chico normal, lleno de vitalidad.
Alguien que bromeaba con sus compañeros, comía barbacoa y escuchaba música en un altavoz externo que sonaba como si estuvieran ahorcando al cantante…
Sí, había una brecha generacional.
Sun Wenqu sonrió para sí mismo.
Desde su época de estudiante ya le fastidiaba el alboroto de estar con sus compañeros. Más tarde, aunque solía juntarse con gente en el bar de Li Bowen, nunca llegó a integrarse de verdad. Se sentía como un mero espectador, sentado al margen con el corazón vacío, fingiendo serenidad en silencio mientras observaba su propia vida caótica y carente de sentido.
Fang Chi era como un rayo de sol, que rasgaba su existencia confusa y desordenada, dejando entrar un haz de luz.
Pero ¿cuánto tiempo podía darle calidez y hasta qué punto podía seguir brillando? Aunque Fang Chi hubiera dicho «no voy a huir» y eso le diera cierta tranquilidad, seguía sin albergar grandes expectativas. Después de todo, seguía siendo un niño; un niño que además tenía una familia a la cual Sun Wenqu, bajo ninguna circunstancia, se atrevería a lastimar.
El abuelo había encargado cerveza en la tiendita de la entrada del pueblo, todas bien frías. Cuando se acabara, solo había que ir a buscar más. El grupo estalló en vítores y los chicos empezaron a empinar las botellas en cuanto las tuvieron.
—No beban mucho —dijo el abuelo riendo—. Encargué según el número de personas, tres botellas por cabeza y ni una más.
Fang Chi tomó una cerveza y se apoyó en la pared del patio trasero para beber. Xiao Yiming se acercó con unas brochetas recién asadas y se las ofreció.
—¿Esto va a servicio a la habitación?
—No es necesario, él comerá fideos. —Fang Chi mordió un trozo de carne—. Sigo interrumpiendo su hilo de pensamientos cuando subo.
—Oh. —Xiao Yiming alzó la vista hacia la ventana del piso superior—. Entonces, con el alboroto que tenemos aquí, ¿no lo molestaremos?
—Eso no debería ser un problema —dijo Fang Chi—. Es cuando entro en la habitación que… lo molesto.
Xiao Yiming no dijo nada. Después de beber un par de tragos de cerveza mirando al cielo, se echó a reír.
—¿De qué te ríes? —Fang Chi lo miró y bajó la voz—: ¡Tu imaginación está volando muy lejos!
—Pues yo creo que más bien muy cerca. —Xiao Yiming sonrió.
Fang Chi chasqueó la lengua y ya no habló.
—Te envidio. —Xiao Yiming dejó de reír y bajó la cabeza para morder un trozo de carne—. De verdad. Es genial.
—Tú… —Fang Chi pensó un momento—. ¿Por qué no intentas calmar las aguas primero? Vuelve y dile a tus padres que has cambiado, que ya no te gustan los hombres. Primero vuelve y ya verás más adelante.
—No. —Xiao Yiming lo miró—. Aunque no quiera hacerlo así, una vez que das este paso, no puedes echarte atrás. Si ahora digo que ya no soy así, pero luego vuelvo a serlo, ¿no sería un ciclo sin fin?
—… También es verdad. —Fang Chi suspiró, mirando la botella en su mano.
—No le des tantas vueltas a lo mío —dijo Xiao Yiming—. Ninguna familia es igual a otra. Además, tú aún no has llegado a ese punto; si te obsesionas con esto, ni siquiera podrás disfrutar de tu relación con tranquilidad.
Lo que decía Xiao Yiming se parecía bastante a lo que solía decir Sun Wenqu. Fang Chi sonrió.
—Oigan, ¿quieren puerros? —Xu Zhou se volvió hacia ellos con un plato de puerros asados—. También hay espinacas de agua y pimientos. Recién sacados del huerto. ¿Quieren?
—Yo no —dijo Fang Chi—. Ya estoy harto de comerlos.
—Yo quiero pimientos. —Xiao Yiming se acercó con su plato para servirse algunos.
—Oye… —Fang Chi comió un rato en silencio y luego se volvió hacia Xiao Yiming—. Dime una cosa, cuando dos personas están juntas… ¿ser demasiado empalagoso termina siendo molesto?
—¿Eh? —Xiao Yiming lo miró—. No debería. Cuando todo va bien, lo normal es querer estar pegados, ¿no?
Fang Chi siguió comiendo carne con la cabeza baja, sin responder.
—En realidad, no tengo mucha experiencia —susurró Xiao Yiming—. Fue solo esa vez… ya sabes.
—Mmm. —Fang Chi asintió—. Ese imbécil.
—Yo creo… que no deberías darle tantas vueltas. Tú siempre piensas demasiado, en lo que sí, en lo que no. En realidad, si no piensas, es más fácil.
—¿Ah, sí? —Fang Chi sonrió; lo cierto era que sí pensaba demasiado.
—Tener a alguien que camine a tu lado —dijo Xiao Yiming— es algo muy bueno de por sí. Solo tienes que seguir caminando con él y ya está.
Fang Chi le dio unas palmaditas en el hombro y luego un par de apretones.
El pequeño parlante reproducía las canciones del MP3 de Xu Zhou; era todo música de discoteca a todo volumen, pero al salir por aquel aparatito, el sonido resultaba casi agónico.
A los demás parecía no molestarles, pero Fang Chi estuvo a punto de ir a apagar la música varias veces.
Cuando por tercera vez el parlante chilló «¡Vamos! ¡Todos a mover el cuerpo!», la barbacoa por fin se dio por terminada y todos decidieron irse a dormir.
Fang Chi se apresuró en ir hacia el parlante y lo desconectó.
Las dos chicas dormirían en la habitación de Fang Chi, mientras que los chicos se repartieron entre el sofá, la cama de bambú y las esterillas.
Después de asearse, Fang Chi roció repelente de mosquitos por toda la casa y encendió un espiral de incienso antes de subir al piso de arriba.
La luz de la habitación de Sun Wenqu estaba encendida. Fang Chi llamó a la puerta, pero no hubo respuesta. Al abrirla, descubrió que ya estaba durmiendo en la cama.
Fang Chi apagó la luz y se metió en la cama con cuidado. Tomó a Sir Amarillo, que dormía muy campante sobre su almohada, y lo apartó a un lado.
—¿Se acabó? —Sun Wenqu se dio la vuelta y abrió los ojos.
—¿Te desperté? —Fang Chi se acostó.
—No. —Sun Wenqu sonrió—. Estaba despierto cuando tocaste.
—¿Y por qué no respondiste? —preguntó Fang Chi, aunque luego asintió para sí mismo—. Ah, ya sé. Te daba pereza responder, ¿verdad?
Sun Wenqu sonrió sin decir nada.
Fang Chi se quedó mirándolo un rato, luego se acercó y lo abrazó.
—Oye, ¿estás cansado?
—Más o menos —respondió Sun Wenqu—. ¿Qué quieres hacer?
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.