—¿ESTA NOCHE? —Sun Wenqu se quedó un instante perplejo—. ¿No estás cansado?
—No mucho. —Fang Chi se frotó la nariz y frunció el ceño—. Solo quería… charlar un rato.
—De acuerdo. —Sun Wenqu no preguntó más y asintió.
Por lo visto, el «conflicto» entre Xiao Yiming y su familia no era poca cosa, ni algo pasajero; parecía tan serio que podía afectar el ánimo de Fang Chi.
Fang Chi permaneció en silencio durante el resto del trayecto, hasta que aparcaron en el patio trasero. Vaya uno a saber en qué estaba pensando.
Los abuelos no sabían que volverían a esa hora; estaban recogiendo todo para acostarse.
Chico, que estaba detrás de la casa, debió de oír el ruido en el patio delantero —o quizá los olió—, vino corriendo hacia ellos ladrando.
—¡¿Quién anda ahí?! —El abuelo agarró la azada y fue detrás.
—¡Yo, yo, yo, yo, yo! —gritó Fang Chi a toda prisa—. ¡Abuelo! ¡Soy yo! ¡Yo y Shuiqu!
—¿Xiao-Chi? —El abuelo encendió la luz del patio. La sorpresa aún no se había borrado de su rostro, pero ya asomaba una sonrisa—. ¡Ah, caray! ¿Cómo vuelven a esta hora?
—¿Qué? —La abuela salió corriendo—. ¿El pequeño revoltoso ha vuelto?
—No podía esperar más. —Sun Wenqu cerró el auto con llave—. Insistió e insistió en volver, así que nos pusimos en camino de inmediato después de que salió del examen.
Los abuelos probablemente también extrañaban mucho a Fang Chi. En cuanto lo vieron, se alegraron tanto que perdieron el sueño y enseguida quisieron prepararles algo de comer.
—¡Seguro no han comido! —dijo la abuela, dirigiéndose hacia la cocina.
—Comimos, en serio. —Fang Chi abrazó a Chico y sonrió—. Comimos antes de salir.
—Pero con tantas horas de camino seguro tienen hambre —insistió la abuela—. Shuiqu fue quien manejó, ¿no? Aunque tú no tengas hambre, él seguro sí.
—No tengo hambre. —Sun Wenqu dejó el transportín del gato sobre la mesa. Chico se acercó de inmediato, apoyó las patas delanteras en el borde y asomó la cabeza. Desde dentro, Sir Amarillo soltó un bufido siseante muy suyo.
—¡Seguro que sí! —repitió la abuela con tono firme, y se metió en la cocina.
El abuelo no sabía mucho del examen de ingreso a la universidad, ni había intercambiado impresiones con otros padres del pueblo. Solo sabía que era un examen muy difícil. Ahora, por fin, se sentó con Fang Chi a preguntarle.
Aunque él siempre decía que daba igual cómo le fuera en el examen, al oír a Fang Chi decir que creía que le había ido bien, una sonrisa le iluminó la cara.
—¿Entonces vas a la universidad? —preguntó el abuelo—. ¿Ya te aceptaron?
—Todavía no, primero hay que esperar los resultados. Después uno elige las opciones y, si te admiten, recién te avisan —le explicó Fang Chi con una sonrisa.
—¿Y cómo se eligen esas opciones? ¿Uno pone donde quiere ir y ya? —volvió a preguntar el abuelo.
—No, no es tan simple, ¿cómo te explico…? —Fang Chi se rascó la cabeza—. Déjalo, ya veré cómo hacerlo. Aún no lo tengo claro.
—Que Shuiqu te ayude —dijo el abuelo—. Él sabe más.
—Yo nunca fui a la universidad. —Sun Wenqu sonrió—. Solo terminé el bachillerato. No soy tan listo como él.
—¿De verdad? —El abuelo lo miró, sorprendido, y luego se volvió hacia Fang Chi—. Entonces, ¿eres más capaz que Shuiqu?
—Así es —respondió Sun Wenqu con total seriedad.
—¡Anda ya! —Fang Chi se sintió incómodo ante la seriedad de Sun Wenqu. Bajó la cabeza y se fue con Chico a la cocina—. ¡Abuela, haz unos jiaozi, por favor!
La abuela coció los jiaozi. Sun Wenqu comió apenas dos o tres, pero Fang Chi, que parecía haber agotado bastante energía mental en los últimos días —y a pesar de sus preocupaciones—, se inclinó sobre el plato y devoró entre veinte y treinta antes de detenerse.
—No puedo más. —Se sobó el estómago—. Hacía siglos que no comía tan a gusto.
—Te dije que comieras algo nutritivo; no me hiciste caso, ¿verdad? —La abuela le acarició la cara con algo de pena—. Estás tan flaco que pareces puro hueso.
—Exagerada —se rio Fang Chi—. ¿Dónde vas a encontrar huesos con tanta carne? Es solo que aquí en casa todo sabe mejor.
—¡Pues come mucho ahora que has vuelto! —dijo ella, dándole una palmada en el brazo.
Después de cenar, los abuelos se fueron a dormir. Solo entonces Sun Wenqu abrió el transportín y, al sacar a Sir Amarillo, se sorprendió.
—¡Santo cielo! ¿Cómo se puso tan gordo?
El enorme y rollizo Sir Amarillo maulló con coquetería, abrazando su muñeca con las patas.
—Dicen que después de castrarlos engordan, que comen más que antes. —Fang Chi estaba un tanto desconcertado por haber convertido a Sir Amarillo de un esbelto jovenzuelo en un eunuco obeso—. Para cuando me di cuenta, ya había subido de peso.
—¡Dios mío! —Sun Wenqu lo alzó en brazos para observarlo mejor, muerto de risa. Acercó entonces al gato a Chico, que al instante echó las orejas hacia atrás y retrocedió varios pasos de un salto—. ¡Menuda aura imperial!
—¿Y ahora qué hago? —Fang Chi miró a Sir Amarillo con preocupación—. Me da miedo que le suba el colesterol…
—Dámelo a mí —dijo Sun Wenqu—. Yo lo pongo a dieta.
—Te lo presto —respondió Fang Chi, mirándolo de reojo.
—Tacaño. —Sun Wenqu chasqueó la lengua, se llevó a Sir Amarillo en brazos y subió las escaleras.
Fang Chi entró en su habitación y se puso a ordenar un poco. Revisó el armario para asegurarse de que no quedara ningún rastro de Fang Hui, luego presionó la nariz contra la cama: olía a limpio, probablemente porque la abuela acababa de cambiar las sábanas y las fundas. Tenían ese aroma fresco a sol.
Xiao Yiming decía que ese olor también se podía llamar «cadáveres de ácaros explotados». Al pensar en él, frunció el ceño, sacó su teléfono y le mandó un mensaje.
Fang Chi:
¿Te has instalado? Estaré en casa de mis abuelos unos días, puedes quedarte allí mientras tanto.
Xiao Yiming:
Sí, ya estoy aquí, gracias.
Fang Chi quiso preguntarle más, saber qué había pasado exactamente, pero terminó guardando el teléfono. No lograba entender cómo los padres de Xiao Yiming podían seguir tan inflexibles incluso durante los exámenes de ingreso a la universidad. ¿Qué tan enojados podían estar?
Sintió una opresión en el pecho.
Desde la azotea, al otro lado de la puerta, llegaron los alegres jadeos de Chico. Fang Chi supo que Sun Wenqu estaba afuera.
Abrió la puerta y salió, encendiendo la luz de la azotea y también el pequeño ventilador. Por las noches hacía bastante fresco en el campo; el ventilador servía sobre todo para ahuyentar a los mosquitos.
Las dos hileras de macetas que antes estaban en el alféizar de la ventana ahora se alineaban a lo largo del borde de la azotea, verdes y frondosas. Ya no tenían flores, pero las hojas lucían tan densas que parecían pompones de terciopelo.
—Qué bonitas se pusieron. —Fang Chi se sentó en una silla—. Incluso pueden llegar a tener una forma redonda.
—Vaya IQ. —Sun Wenqu estaba calentando agua en una tetera para hacer té—. Papi se pasó varios días podándolas con cuidado para que quedaran así.
—¿Ah, sí? —Fang Chi se acercó, tomó una maceta y la examinó—. Sí que sabes hacer de todo.
—Eso lo puede hacer cualquiera —respondió Sun Wenqu.
Fang Chi le sonrió.
Después de un rato en silencio, Sun Wenqu se sirvió una taza de té y, mientras jugaba con Chico con el pie, lo miró y preguntó:
—Ese mejor amigo tuyo… se llama Xiao Yiming, ¿verdad?
Fang Chi lo miró y asintió.
—Sí.
—¿Qué le pasó?
—Es que… —La voz de Fang Chi era apenas un murmullo; dudó un buen rato antes de decir en voz baja—: Es que… él es… como tú.
Sun Wenqu lo miró sin decir nada.
—Como yo… —Fang Chi se dio una palmada en el muslo y Chico corrió enseguida a poner las patas delanteras sobre sus piernas—. Como yo también.
—¿Mmm? —respondió Sun Wenqu, bajando también la voz—. ¿Su familia lo descubrió?
Fang Chi asintió.
Sun Wenqu no dijo nada más. Fang Chi seguía acariciando la cabeza de Chico, pasándole los dedos entre las orejas, y al cabo de un rato volvió a hablar:
—Lo saben desde hace tiempo. Desde aquella vez que viniste a verme.
—Mmm. —Sun Wenqu bebió un sorbo de té.
—No sé cómo se enteraron. Creo que discutió con su mamá. —Fang Chi frotaba las orejas de Chico, sin darle descanso—. Y lo echaron de casa. Ha estado viviendo con su tía desde entonces. El otro día, después del examen de lengua, le dije que si quería comer con nosotros…
—¿No habían ido a buscarlo sus padres?
—Pues no fue así. Me mintió. —Fang Chi alzó la mirada—. Ahora está viviendo en mi apartamento. No tiene adónde ir.
—Ya veo. —Sun Wenqu frunció el ceño, se recostó en la silla y se meció suavemente.
Fang Chi arrastró la suya más cerca, bajando aún más la voz:
—Yo… me siento fatal por todo esto.
—Lo sé —dijo Sun Wenqu, girando la cabeza para mirarlo—. ¿Te ha hecho pensar en ti mismo?
—Bastante, sí. —Fang Chi apoyó un codo en el reposabrazos y se frotó la sien—. Siempre… siempre he tenido miedo de esto. Ya sabes… con mi situación familiar, de verdad… me aterra.
Sun Wenqu suspiró, sin decir nada.
—¿Puedes contarme? —Fang Chi lo miró—. Tú… ¿cómo lo…?
—Para mí no fue difícil soltarlo. —Sun Wenqu esbozó una sonrisa—. Mi relación con mi padre nunca fue buena. Cuando se lo dije, no consideré nada más. Que se enfadara, que me pegara… nada de eso… me importaba.
Fang Chi se mordió el labio.
Sun Wenqu no había experimentado jamás esa sensación de miedo y preocupación entrelazadas que atormentaban a Fang Chi. Nunca fue muy cercano a sus altivos progenitores, y su enfrentamiento con su padre comenzó desde bastante joven. Ese temor a decepcionar o herir a una familia a la que se ama, era un sentimiento que él no conocía.
Pero podía imaginárselo. Si sus padres, su familia, hubieran sido como la de Fang Chi, en especial, si hubiera tenido unos abuelos como los suyos, él también se habría visto atenazado por esa misma contradicción.
Solo que, en este caso, no podía dar consejos ni ofrecer consuelo. No le quedaba más que mirar a Fang Chi en silencio.
Le partía el corazón.
—Nunca he querido pensar en estas cosas —dijo Fang Chi, tomando al azar la taza de Sun Wenqu y bebiendo un sorbo—. Pensaba que, cuando estuviera al borde del precipicio, entonces lo afrontaría. Antes de eso, podía seguir así.
Sun Wenqu sirvió un poco más de té en la taza.
—Tú has tenido novia, ¿no? —Fang Chi hizo una pausa—. Fang Ying, ¿cuenta como novia?
—Fue una tontería. Pero según los estándares de entonces, sin duda cuenta. Tener novia estaba de moda, y Fang Ying era muy guapa. —Sun Wenqu sonrió—. Pero después se acabó.
—¿Por qué? —preguntó Fang Chi, casi sin pensarlo.
—Nada en especial. Solo descubrí que, después de todo, seguían gustándome los hombres —dijo Sun Wenqu—. Esto no es algo que uno pueda cambiar a voluntad, como girar a la izquierda o a la derecha.
Fang Chi se quedó mirando las macetas del borde de la azotea un rato y suspiró.
—Sí…
Sun Wenqu se levantó y le apretó el hombro.
—Todavía no has llegado a ese precipicio. Si no quieres pensar en eso, no lo pienses. Ahora que por fin has terminado los exámenes, relájate y disfruta. Deja lo demás para después.
Fang Chi no dijo nada.
Sun Wenqu caminó hasta el borde de la azotea, se apoyó en la baranda y, después de un momento, dio un salto ligero para sentarse sobre ella. Alzó la cabeza y observó el firmamento. El cielo nocturno en el campo siempre era hermoso: las estrellas, la luna, tan nítidas que parecía que uno podía saltar y fusionarse con ellas.
Abstraído, Fang Chi permaneció sentado un momento antes de levantarse y preguntar:
—¿Quieres chocolate? ¿O pasta de sésamo? —Lo pensó y vaciló—: Aunque, con este calor, ¿no te provocará acaloramiento?[1]
—Es solo calor, qué más da. Mejor chocolate. No hay sésamo, tu abuelo no lo ha tostado.
—Mmm. —Fang Chi caminó hacia la puerta del dormitorio, pero tras unos pasos, con la mano ya en el pomo, se detuvo. Dio media vuelta y regresó, plantándose frente a Sun Wenqu.
Sun Wenqu todavía estaba sentado en la baranda con la cabeza en alto, mirando el cielo. Fang Chi levantó la cabeza también.
—Conozco esas constelaciones —dijo—. Las reconozco todas.
—Vaya, el perro salvaje tiene habilidades impresionantes. —Sun Wenqu sonrió.
—No puedo… —murmuró Fang Chi de pronto—. No puedo decir que no he saltado ya el precipicio.
Sun Wenqu hizo una pausa y bajó la mirada hacia él.
—¿Mmm?
Fang Chi no respondió. Al cabo de un momento, extendió los brazos y lo rodeó por la cintura, apoyando la mejilla contra su pecho.
Sun Wenqu se quedó inmóvil un instante, luego alzó la mano y le acarició el cabello. Aquel gesto de Fang Chi lo tomó por sorpresa. El asunto de Xiao Yiming había sido un duro golpe para él, ahondando su miedo a tener que enfrentar algún día esas mismas circunstancias.
Dada la personalidad de Fang Chi, Sun Wenqu habría esperado que siguiera conteniéndose, aguantando en silencio. Pero ese abrazo repentino lo desarmó. Le provocó una sensación extraña, difícil de poner en palabras, como si de pronto pudiera percibir con mayor claridad la lucha interna de Fang Chi.
Mientras sopesaba qué decir o cómo tratar de entender el estado de Fang Chi, este habló de repente:
—Tus latidos no son muy normales, ¿no? Van un poco rápido. Falta de ejercicio.
—… ¿Y no es obvio por qué? —replicó Sun Wenqu—. Si yo te abrazara así, seguro haría que tu corazoncito explote y se te escape por la boca.
Fang Chi soltó una carcajada. Lo abrazó y se rio sin poder parar durante un buen rato, temblando de tal forma que hizo que Sun Wenqu se meciera también.
—¿Estás bien? —Sun Wenqu le dio unas palmaditas en la espalda.
—Estoy bien. —Fang Chi lo soltó y se frotó la nariz—. Solo estaba pensando… si yo fuera a… ¿no sería muy…? Olvídalo, no sé cómo decirlo.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia su habitación.
—No pasa nada —dijo Sun Wenqu a su espalda—. Hay cosas que no se tratan de si «se puede» o «no se puede». Y ese precipicio todavía está muy lejos de ti, tan lejos que no necesitas pensar en eso ahora. No puedes pasarte la vida reprimiéndote; te volverías un rarito. Cuando llegue ese día, sabrás qué hacer..
—Tú eres el rarito —replicó Fang Chi.
—Pues al chocolate del rarito échale más nueces picadas. —Sun Wenqu sonrió.
—Mmm… —respondió Fang Chi.
Fang Chi había traído consigo todo el chocolate que le quedaba. Pero no tenía nueces, solo maní picado. De todas formas, pensó que Sun Wenqu no notaría la diferencia.
No estaba del todo seguro de qué quiso decir Sun Wenqu con sus palabras, pero ese hombre siempre parecía poder leerlo como un libro abierto. Tal vez, aunque Fang Chi no supo expresarlo con claridad, él ya lo había comprendido.
Nunca antes le había gustado nadie de verdad. Desde el día en que dio por hecho que siempre se sentiría atraído por hombres, vivía atormentado entre el miedo y la confusión, reprimiéndose con cautela.
Sin atreverse a pensar demasiado. Sin atreverse a mencionárselo a nadie. Incluso con Xiao Yiming, incluso sabiendo que había alguien como él a su lado, seguía sintiéndose aterrorizado e intranquilo. Es así: cuanto más intentas actuar como una persona «normal», más «anormal» te encontrarás. Esa sensación lo envolvía como una sombra persistente, ahogándolo, sin dejarle ver el camino.
Hasta que conoció a Sun Wenqu.
Ese hombre al que había odiado incluso antes de conocerlo.
Del odio a la tolerancia; de ahí, a pensar que era alguien interesante. Cada detalle que se revelaba poco a poco —un gesto, una palabra, una sonrisa— se fue acumulando hasta formar la imagen completa de un Sun Wenqu a veces infantil, a veces maduro, a veces excéntrico, a veces brillante. Complejo, vivo y, para él, profundamente atractivo.
Fang Chi admitía que se sentía atraído por Sun Wenqu, pero no era solo eso. Le gustaba mirarlo: cuando tocaba el erhu, cuando moldeaba arcilla, cuando le explicaba un problema, cuando se tomaba fotografías casuales…
Le gustaba él.
Sí.
Pero siempre había creído que, si te gusta alguien, debía gustarte con los huevos en la mano… No, con el corazón en la mano. Ocultar o reprimir este sentimiento no tenía sentido y desmerecía el afecto que se sentía.
Así es, todavía no estaba acorralado al borde del precipicio.
Nadie lo estaba presionando para que tuviera una novia, o para que se casara. Le quedaban muchos años por delante para vivir sin ser molestado; podía ir con precaución sin que su familia lo supiera: gustar de una persona, gustar de Sun Wenqu.
Quizás a eso se refería él.
Fang Chi suspiró en silencio y comenzó a aplastar el maní antes de esparcirlo en el chocolate. No sabía si conseguiría vivir así, con los huevos en la mano…
Y además, ¿en qué estaba pensando Sun Wenqu?
El huevo de serpiente ya había eclosionado para convertirse en un espíritu, y lo que ese viejo espíritu de serpiente estaba tramando, un perro salvaje como él —cuya experiencia era todavía superficial— no tenía manera de adivinarlo.
Fang Chi vertió el chocolate en un tazón, y justo cuando estaba a punto de agarrar una cuchara, Chico llegó corriendo y jadeando.
—¿Te mandó a apurarme? —Fang Chi le acarició la cabeza y fue al patio a lavarse la cara. Con solo preparar esa olla de chocolate había terminado empapado de sudor en la cocina.
Cuando volvió a la azotea con el chocolate, encontró a Sun Wenqu luchando contra los mosquitos. Se había cambiado a unas bermudas apenas regresaron y ahora se daba palmadas en las piernas con fuerza, pa, pa.
—Te voy a traer repelente. —Fang Chi puso el chocolate sobre la mesa.
—Es inútil —respondió Sun Wenqu mientras se daba otro golpe—. No hay repelente en el mundo que pueda socavar el encanto irresistible que ejerzo sobre los mosquitos.
—Antes usabas esos supercaros, superbuenos y superimportados, ¿no?
Sun Wenqu lo miró y se echó a reír.
—Por supuesto, nosotros los niños ricos libertinos usamos productos de alta gama.
—Pero los que te pican ahora son mosquitos chinos de campo. —Fang Chi entró en su habitación, abrió un cajón y comenzó a revolver—. Así que tienes que usar repelente para mosquitos de campo chinos. Mi abuela siempre me lo prepara cuando llega el verano.
Le puso en la mano una pequeña botella de vidrio con un líquido amarillento.
—Usa esto. Solo tienes que frotarte un poco.
—¿Qué es? —preguntó Sun Wenqu, examinándolo—. ¿Un producto sin registro ni etiqueta?
—Huele —dijo Fang Chi.
Sun Wenqu quitó la tapa y olió.
—Huele bastante bien, como a hierbas medicinales.
—Sí, es una infusión de hierbas y cosas así, la prepara mi abuela. —Fang Chi tomó la botellita, vertió un poco en su mano y lo frotó por sus brazos y piernas—. Así, y los mosquitos salen huyendo.
—Voy a probar. —Sun Wenqu también se puso un poco en las piernas y luego comenzó a tomar el chocolate.
—Y no te quejas del calor. —Fang Chi se sentó frente a él, estiró las piernas para que el ventilador le diera de lleno y, tras pensarlo un momento, sonrió—. Aunque a mis abuelos tampoco les molesta el calor. Supongo que soy demasiado joven.
—Mi corazón es un jardín zen. —Sun Wenqu se llevó una cucharada de chocolate a la boca, pero apenas la probó, se detuvo y lo miró—. ¿Estás tratando de engañarme con maní picado?
—¿Oh? —Fang Chi se rio—. ¿Te diste cuenta?
—Obvio, ¿acaso crees que es fácil engañar el paladar de un niño rico libertino? —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Pero bueno, está rico. Te lo perdono.
—No me quedaban nueces, así que usé maní —explicó Fang Chi.
—¿Los aplastaste uno por uno? —preguntó Sun Wenqu tras otro bocado.
—Claro. ¿Qué creías, que tenía maní picado listo? Cuando se acababan las nueces, también las machacaba una por una para ti —dijo Fang Chi.
Sun Wenqu lo miró en silencio.
Después de tomarse el cuenco de chocolate con calma, se recostó en la silla y se meció suavemente.
—Mañana.
—¿Mmm? —Fang Chi lo miró.
—Mañana te prepararé algo de comer.
—¿Tú? ¿Tú cocinando para mí? —Fang Chi lo miró, sorprendido—. ¿No era que tus comidas las hacía el servicio? Y cuando no, pedías a domicilio.
—¿A qué viene tanta palabrería? Si digo que te voy a preparar algo de comer, tú solo tienes que decir: «¡Guau! ¿En serio? ¡Eso suena genial! ¡Qué emoción!». —Sun Wenqu lo miró de soslayo—. Pero la verdad es que hace mucho que no lo hago.
—Guau, ¿en serio? Eso suena genial. Qué emoción —repitió Fang Chi en tono plano. Luego preguntó—: ¿Qué vas a cocinar?
—Solo sé preparar un plato, pero es muy bueno.
—Ya sé cuál. —Fang Chi asintió.
—¿Ya sabes? —Sun Wenqu sonrió—. ¿Cuál?
—Por lo general, cuando alguien dice: «Solo sé hacer un plato, lo hago desde chico y me sale buenísimo», ese plato casi siempre son huevos revueltos con tomate.
[1] Concepto de la medicina tradicional china «上火» (shàng huǒ), que literalmente significa “acaloramiento interno”. Se refiere a un desequilibrio en el cuerpo que se manifiesta con síntomas como irritación de garganta, úlceras bucales, acné o estreñimiento, a menudo provocado por comer alimentos fritos, muy especiados, o muy dulces y grasos en climas cálidos.
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