CUANDO FANG CHI alzó el rostro, un pequeño parche de sol cayó justo sobre su cara cubierta de gotas de agua.
Las gotas brillaban; entornó los ojos y ladeó un poco la cabeza.
Sun Wenqu lo miró sin decir nada, pero una sonrisa asomaba en la comisura de sus labios.
—Solo agáchate y salta —dijo Fang Chi; parecía haber terminado de ponerse la ropa interior. Levantó el brazo y le hizo señas—. ¡Te subiré ni bien toques el agua!
Sun Wenqu miró el lago y luego sonrió.
—Está bien.
—Ven. —Fang Chi abrió los brazos y golpeó el agua.
Sun Wenqu tomó aliento y sin más charla, se quitó la camiseta y los pantalones de chándal antes de lanzarse.
Él nunca antes había saltado al agua así. Como mucho, había saltado desde el borde de una piscina, pero esa sensación no se podía comparar con la de ser lanzado como un proyectil desde dos metros de altura, abriéndose paso con el trasero hacia un lago salvaje de profundidad desconocida.
Fue bastante divertido. En el breve instante que duró el vuelo, pudo sentir en su piel tanto los rayos del sol como el viento; y de pronto, el agua lo envolvió por completo.
Ante sus ojos, solo había salpicaduras revueltas que brillaban con destellos dorados; en sus oídos, el gorgoteo del agua.
Todo su cuerpo se relajó.
Era una sensación extraña, casi maravillosa.
Fang Chi se sumergió justo cuando Sun Wenqu entraba al agua y, con un rápido impulso de brazos, nadó hacia él.
La postura de Sun Wenqu al saltar fue bastante adorable; hecho bolita, como un niño. Sin embargo, aunque dijo que saltar así daba miedo, Fang Chi pudo ver que sí sabía nadar. En cuanto tocó el agua, extendió su cuerpo, aumentando la resistencia y deteniendo el hundimiento.
Fang Chi llegó a su lado. La luz ondulante del agua danzaba sobre el cuerpo delgado de Sun Wenqu. En la parte alta de sus muslos… no había ningún tatuaje.
Sun Wenqu había perdido mucho peso…
Lo agarró por la muñeca y lo sacó a la superficie.
—El impacto fue fuerte. —Sun Wenqu se limpió el agua de la cara y nadó hacia la orilla—. Ya sé por qué se te salieron los calzones.
—Antes ni siquiera usaba ropa interior al saltar. —Fang Chi lo siguió—. Saltaba con el trasero al aire. Nadie pasa por aquí de todos modos.
—Sí que eres un salvaje —rio Sun Wenqu. El lago no era muy grande y llegó a la orilla en dos o tres brazadas. Era una pendiente algo empinada, y al apoyarse, descubrió con sorpresa que el fondo no era rocoso, sino arena fina y blanda, mezclada con barro. Tocó la hierba espesa de la orilla—. El fondo es lodoso… con razón la hierba creció tan…
No terminó la frase. Detrás de él se oyó un chapoteo repentino antes de que Fang Chi se abalanzara sobre su espalda.
Las piernas de Sun Wenqu seguían en el agua, los pies hundidos en la arena blanda. Con ese peso encima, cayó de bruces en la orilla.
—Tú… —Sun Wenqu tuvo ganas de reírse. Con la caída, su cara terminó pegada contra la hierba, cubriéndose de lodo húmedo y restos verdes.
Fang Chi le sujetó los hombros, le dio la vuelta y se arrodilló sobre él, pasando una pierna por encima de su cuerpo. Apoyó una mano junto a su cabeza y lo miró fijamente.
—¿Mmm? —Sun Wenqu le devolvió la mirada, limpiándose el barro de la cara.
Fang Chi le apartó la mano y le pasó los dedos por la mejilla.
—Te has embarrado.
—Sí. —Sun Wenqu sonrió.
—Yo… —Fang Chi frunció el ceño; las yemas de sus dedos seguían limpiándole la cara—. Es… quiero decir… Bueno… ¿por qué no dices nada?
—¿Yo qué voy a decir? —Sun Wenqu parpadeó, desconcertado—. Ahora el que está hablando eres tú, ¿no?
—Pero antes siempre podías adivinar lo que quería decir.
—Creo que desde ayer ya no necesito adivinar —respondió Sun Wenqu sonriendo.
—Oh. —Fang Chi lo miró. La mano con la que aún le sujetaba la muñeca temblaba un poco. Se mordió la comisura del labio, como si tomara una decisión—. Es que yo… creo que… me gustas mucho.
Sun Wenqu entrecerró los ojos y una sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios, pero no dijo nada.
—No, no «creo». —Fang Chi apartó la mirada y observó la hierba a su lado durante un momento, luego volvió a mirarlo a los ojos—. Me gustas, sin más. Nunca me ha gustado nadie tanto como me gustas tú.
—Mmm. —La ceja izquierda de Sun Wenqu se alzó apenas; levantó la mano y le dio un toquecito en la barbilla.
—Pero… ahora mismo, yo… —Fang Chi frunció el ceño, como si le costara expresarse—. No puedo… no me atrevo a decir nada más. Solo me atrevo a decir que me gustas. ¿Entiendes… lo que quiero decir?
—No necesitas esforzarte tanto. —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Con que te atrevas a dar este paso ahora, es suficiente.
—… Ah. —Fang Chi lo miró expectante—. Entonces… ¿yo te gusto?
—¿Tú qué crees? —Sun Wenqu intentó girar la muñeca que Fang Chi mantenía presionada sobre su cabeza, pero este, quizá por nervios o por lo que fuera, no aflojó la presión. Tuvo que resignarse a seguir con un brazo en alto—. Si fuera otra persona, cualquiera, que se permitiera estas libertades conmigo, habría recibido una bofetada. E incluso si yo lo consintiera, si esa persona se escapara a mitad del juego, aunque fuera una sola vez, sería suficiente para borrarlo de mi vista para siempre.
—¿Cuándo me escapé a mitad del juego? —preguntó Fang Chi, desconcertado.
—¿Es ese el punto? —Sun Wenqu suspiró.
—¿Ah? —Fang Chi solo lo miró.
—Me gustas, me gustas de verdad —dijo Sun Wenqu—. Si no, con esa actitud tuya, no me habría molestado en mirarte ni en tres años más.
Fang Chi guardó silencio. No escuchó en absoluto lo que Sun Wenqu dijo después. Solo atrapó ese «me gustas».
Primero contuvo la respiración, luego esta se desbocó siguiendo los acelerados latidos de su corazón. En ese instante sintió que, si tuviera el pecho pegado al suelo, podría hacer que el agua del lago levantara olas.
Me gustas.
Me gustas.
Me gustas.
¡Splash!
Una ola se levantó…
—Oye —dijo Sun Wenqu, dándole un golpecito en su barbilla—, ¿no tenías muchas ganas de hacer algo conmigo?
—¿Mmm? —La cabeza de Fang Chi seguía dando vueltas: «me gustas, splash, me gustas, splash».
—Suéltame. —Sun Wenqu volvió a intentar girar su muñeca atrapada—. Si sigues así, me vas a cortar la circulación.
—¿Ah? —Fang Chi todavía no reaccionaba del todo, pero aflojó la mano.
—¿Qué tal si te enseño? —Sun Wenqu dobló una rodilla y apoyó una mano en el hombro de Fang Chi—. Te enseño lo que significa hacerlo sin titubeos, sin cortes.
Dicho esto, sin esperar la reacción de Fang Chi, ejerció fuerza y lo empujó hacia un lado. Como él también estaba apoyado en el lodo blando, sin un punto firme de apoyo, la presión lo hizo rodar con facilidad.
Entonces, Sun Wenqu se giró y lo presionó bajo su cuerpo.
Fang Chi se sintió un poco mareado. Al voltearse, un rayo de sol le dio de lleno en los ojos, deslumbrándolo con destellos dorados. En medio de ese resplandor, vio a Sun Wenqu montándose sobre él.
Cuando esquivó la luz y recuperó la vista, el beso de Sun Wenqu cayó sobre sus labios.
Sumido en un torbellino de vértigo y excitación, Fang Chi apenas vaciló o se detuvo antes de lanzarse al encuentro, enredándose con la lengua húmeda y suave de Sun Wenqu.
A diferencia de cuando él besaba a Sun Wenqu, los besos de este estaban cargados de provocación: sus labios y lengua exploraban, enredaban, incitaban. Justo cuando Fang Chi intentaba atraparlo, él ya estaba agitando un nervio sensible en otro lugar.
Su respiración se fue volviendo cada vez más pesada en medio de la constante persecución y enredo. Y cuando la mano de Sun Wenqu se posó en su costado, todo su cuerpo se tensó de golpe. Sun Wenqu acababa de salir del agua; en su palma todavía quedaban restos de humedad y un leve frescor. Al deslizarse lentamente desde su cintura hacia el muslo, la estela de escalofríos que dejó a su paso se expandió al instante por todo su cuerpo como una descarga eléctrica.
Su respiración, los latidos de su corazón, si eran rápidos o acelerados, ya no importaba. Ahora mismo, sentía que el solo roce de Sun Wenqu le bastaba para seguir viviendo.
Los labios de Sun Wenqu fueron bajando despacio, pasando por su barbilla, cuello y clavícula. Podía sentir con claridad el aliento cálido que barría su piel junto con los labios.
Los diminutos roces se detuvieron finalmente sobre la parte inferior de su abdomen. Sun Wenqu se incorporó un poco; una mano quedó apoyada en su hombro, la otra enganchó la cinturilla de su ropa interior y tiró de ella con cuidado.
Aquel lugar junto al lago tenía una pendiente; desde su ángulo, Fang Chi podía ver con claridad cada uno de los movimientos de Sun Wenqu sobre su cuerpo. Cuando aquellos dedos largos engancharon el borde de su ropa interior, por fin se dio cuenta de su propia respiración, al borde del colapso.
Miró fijamente la mano de Sun Wenqu. Era una mano que había observado incontables veces y que siempre le ofrecía una sensación visual nueva: dedos largos, delgados y fuertes.
Ahora, esa mano estaba sobre su abdomen inferior. Después de levantar la cinturilla de su ropa interior, volvió a soltarla con suavidad. dejando que las yemas de sus dedos se posaran sobre su vientre, descendieran, y descendieran aún más… Fang Chi respiraba con dificultad.
Aquella mezcla indescriptible de estímulo, excitación y nerviosismo, que no sabía si era anticipación o algo más, le nublaba la vista.
Cuando la mano de Sun Wenqu lo cubrió a través de la tela, Fang Chi echó la cabeza hacia atrás de golpe y dejó escapar un gemido muy bajo.
Sun Wenqu se inclinó despacio, con la mano acariciándolo, y murmuró junto a su oído:
—Esto es «hacerlo sin titubeos». Si me quedara dormido ahora… ¿cómo te sentirías?
Fang Chi lo miró jadeando, sin decir nada. Tras varios segundos de pausa, agarró la mano de Sun Wenqu y la metió bajo su ropa interior.
Luego, abrazándolo con fuerza, lo besó con voracidad y lo giró, lo apretó contra sí y comenzó a besar —o más bien devorar— con vigor el lóbulo de su oreja, el costado de su cuello, el hueco de su hombro, mordiendo, desgarrando. Como si el león hambriento finalmente hubiera encontrado un festín después de un mes de tormento.
La respiración de Sun Wenqu, justo en su oído, era agitada. La mano debajo de su ropa interior estaba cada vez más caliente, envolviendo y provocando sus nervios más sensibles.
Fang Chi le mordió el hombro, agarró su ropa interior y la bajó de un tirón, explorando su camino…
…
Sopló una brisa, y el agua del estanque formó pequeñas ondas que mecieron las piernas de ambos, sumergidas. A su alrededor, el susurro constante de las hojas de bambú sonaba en la quietud, como el acompañamiento musical de su respiración, que de agitada fue tornándose pausada y serena.
Fang Chi miraba fijamente las hojas de bambú que se mecían sobre ellos, incapaz de definir lo que sentía. Después de la excitación, después del estímulo, después de la tensión… Se giró de costado y rodeó a Sun Wenqu con los brazos, dándole un beso suave en la comisura de los labios.
—Ay… —Sun Wenqu tenía los ojos cerrados.
—¿Quieres limpiarte? —susurró Fang Chi—. Si te deslizas un poco más abajo, puedes quedar dentro del agua…
No terminó la frase: al barrer con la mirada el bambusal, vio de pronto un par de ojos. Se asustó tanto que se sentó de golpe.
—¡Carajo!
—¿Mmm? —Sun Wenqu lo miró con pereza.
—¡Ah, mierda! —Fang Chi se relajó de inmediato—. Casi me muero del susto, pensé que alguien nos estaba mirando.
Sun Wenqu se apoyó en un brazo para incorporarse y también miró hacia allá. Al instante, se recostó sobre la hierba y soltó una carcajada.
—¡Ay dios mío, qué miedo! ¡Chico lo vio todo!
—¡Ven aquí! —Fang Chi llamó a Chico. Ella seguía sentada al borde del bambusal rascándose con la pata trasera. Cuando lo escuchó, trotó hacia ellos. Fang Chi lo pensó un segundo y añadió en voz baja—: ¿Crees que se lo dirá a alguien?
—Sí, dah. —Sun Wenqu seguía riéndose—. Apenas vuelva, irá a buscar a Sir Amarillo y le va a decir: «Oye, ¿sabías que esos dos estaban frotando sus champiñones junto al lago?»…
Fang Chi terminó riendo también. Le revolvió la cabeza a Chico con la mano.
—Tienes que guardar el secreto. Si se lo dices a Sir Amarillo, te tiro al agua.
—¿Le tiene miedo al agua? —Sun Wenqu se acomodó la ropa interior y se sentó—. ¿No que todos los perros saben nadar?
—Sí, pero aunque sepan, le tienen miedo. Los perros del campo suelen temerle al agua; si no es para beber, prefieren no acercarse. —Fang Chi sonrió y, dando un salto hacia atrás, se dejó caer de espaldas en el agua.
—Entonces tú no eres un perro de campo —Sun Wenqu también se metió.
Después de remojarse un rato más, salieron a la orilla. Con el calor que hacía, en pocos minutos ya estaban secos. Al vestirse, una sensación perezosa y cómoda se apoderó de ambos.
Mientras observaba a Sun Wenqu, que inclinaba la cabeza para acomodarse la ropa, Fang Chi notó de pronto una pequeña marca rojiza cerca de su hombro, en el cuello.
—¿Te picó un insecto? —Fang Chi se inclinó para echar un vistazo y extendió la mano para tocarlo—. ¿Pica?
Sun Wenqu lo miró durante un buen rato antes de responder:
—De verdad eres… tan inocente.
—¿Eh? —Fang Chi parpadeó, confundido.
—No fue un insecto. —Sun Wenqu sacudió el agua de su cabello—. Fue un perro salvaje. Y después de morder, el perro perdió la memoria.
—Yo… —Fang Chi sintió de pronto cierta vergüenza. Luego, tras pensarlo, soltó unas risitas, abrazó a Sun Wenqu con fuerza y besó la pequeña mancha roja. Preguntó en voz baja—: ¿Y si alguien lo ve?
—Me picó un insecto. —Sun Wenqu le dio unas palmaditas en la mejilla, sin mirarlo—. Es pleno verano.
—¿De verdad no duele? —Fang Chi lo pensó un segundo y volvió a tocar con cuidado—. Ay mi bocota…
—No duele. —Sun Wenqu se rio.
Ambos regresaron al pueblo con Chico siguiéndolos. A esta hora del día, el pueblo estaba muy tranquilo; casi no había gente, pues todos habían salido a trabajar.
—¿Por qué no voy por el pescado de una vez? —sugirió Fang Chi—. Así no hay que volver a salir después.
—Sí, recuerda, que sea grande —dijo Sun Wenqu.
—Lo sé —respondió Fang Chi con una sonrisa—. El más grande.
—Si tu abuelo se entera de dónde salió ese pescado, ¿no se negará a cocinarlo? —Sun Wenqu frunció el ceño e, imitando el tono del anciano, dijo—: «¡El pescado de mi rival! ¡No lo como! ¡No lo cocino! ¡A la basura!».
—No lo hará. —Fang Chi se rio—. Como mucho, lo cocinará mientras se queja de que el pescado no es bueno.
El anciano Jiang criaba muy bien sus peces. El estanque tenía agua corriente, proveniente de la montaña, que entraba por un lado y salía por el otro. Por eso los peces no tenían el olor fuerte de los de criaderos comunes. Fang Chi, de hecho, disfrutaba mucho comerlos.
El anciano Jiang estaba ocupado junto al estanque. Al ver llegar a Fang Chi, sonrió.
—¿Qué haces por aquí, Xiao-Chi?
—Vine a comprar pescado. —Fang Chi se acercó sonriendo—. Abuelo Jiang, ¿me da uno grande?
—¿Cómo que comprar? Te conseguiré uno grande. Hoy vino gente a buscar pescado y justo saqué varios.
—Gracias, abuelo Jiang. Quiero una carpa grande.
Junto al estanque había una pequeña cabaña donde el anciano solía quedarse a dormir o comer cuando estaba ocupado vigilando el lugar. Después de escoger una carpa grande, la llevó a la cocina, la limpió con destreza y se la entregó a Fang Chi ya preparada, metida en una bolsa.
—Tu abuelo te va a regañar.
—No lo hará. —Fang Chi tomó la bolsa—. Él siempre dice que sus peces son los mejor criados.
—¡Mentira! —bufó el anciano Jiang—. Ese viejo lunático jamás diría algo así.
—Es la verdad —se rio Fang Chi—. Discutir es una cosa, pero hay que reconocer los hechos.
—Cuando se lo des, dile —le dijo el anciano Jiang, señalando la bolsa—: «De parte del abuelo Jiang. Si lo comes bien, y si no, también».
—Está bien. —Fang Chi asintió.
Como esa noche sería la cena de bienvenida, cuando Fang Chi regresó con el pescado, sus abuelos ya estaban ocupados en la cocina.
Apenas el abuelo vio el pescado que traía, resopló.
—Shuiqu quería comer carpa; una grande —se adelantó Fang Chi antes de que pudiera quejarse—. Así que fui a buscarle una.
El abuelo tomó el pescado; bufó una vez más y, sin decir nada, se dio la vuelta para seguir con lo suyo.
—Que sea braseada —añadió Fang Chi—. Dijo que quería comerlo así.
El abuelo respondió con otro bufido.
—Entendido. —La abuela le dio una palmada.
Fang Chi corrió escaleras arriba. Sun Wenqu ya había vuelto a su habitación y la puerta estaba sin cerrar y Fang Chi la empujó para entrar. Sun Wenqu tenía los brazos en alto mientras se quitaba la camiseta. Al verlo entrar, tiró la ropa a un lado y preguntó:
—¿El abuelo no…?
No terminó la frase. Fang Chi ya se había abalanzado sobre él, abrazándolo y derribándolo sobre la cama.
—Ay —suspiró Sun Wenqu, resignado—. Casi te orinas del susto cuando Chico te vio, ¿y ahora ni siquiera cierras la puerta?
Fang Chi se levantó de un salto, cerró la puerta y luego volvió a lanzarse sobre él, abrazándolo con fuerza, cubriendo su rostro y cuello con caricias y besos desordenados, mientras su respiración se aceleraba y su mano se deslizaba dentro de su pantalón.
—¡Vaya, la caja se abrió! —Sun Wenqu se giró para esquivar su mano.
—No voy a hacer nada. —Fang Chi le lamió la punta de la oreja—. Solo tocar un poco.
—¿Te gusta tanto? —Sun Wenqu se rio.
—No sé. —Fang Chi lo abrazó, su mano recorriendo su cintura y muslos—. Solo quiero estar pegado a ti.
—Entonces… —empezó Sun Wenqu, pero la voz de la abuela llamando a Fang Chi desde abajo lo interrumpió.
—¡Sííí! —respondió Fang Chi a gritos—. ¡Estoy arriba!
—Dios mío. —Sun Wenqu se tapó los oídos—. Me dejaste sordo
—Quizá necesite ayuda —dijo Fang Chi. Le dio dos besos más y se bajó de la cama—. Voy a ver.
El cableado de la cocina estaba algo viejo: al encender a la vez la placa de inducción y el horno, saltaron los fusibles.
—No conecten la estufa en la cocina por ahora, usen el enchufe del patio trasero —dijo Fang Chi mientras trabajaba en una escalera—. Mañana cambio el cableado de la cocina. Ya habíamos dicho que lo haríamos la última vez y no se hizo.
—Casi nunca usamos el horno —dijo el abuelo—. Hoy tu abuela dijo que te cocinaría char siu[1] y mira.
—¿Char siu también? —Fang Chi saltó de la escalera—. Qué banquete.
—Para celebrar que entras a la universidad —dijo el abuelo con una sonrisa.
—Aún no he entrado —suspiró Fang Chi. Su abuelo nunca terminaba de distinguir que los exámenes nacionales y entrar a la universidad eran cosas distintas—. Ni siquiera han salido las notas. ¿A dónde voy a entrar?
—Sea como sea, vas a entrar —intervino la abuela—. Escúchame, tú desde pequeño has sido un poco tonto. Cuando estés en la universidad, abre bien los ojos y no persigas a cualquier chica que veas. Tu abuelo siempre habla de un «lenguaje en común»; ya que vas a la universidad, no te apures, busca con calma a alguien con quien tengas ese lenguaje en común.
—… Oh —respondió Fang Chi mientras guardaba la escalera.
Cuando se iba, la abuela le dio una palmada en la espalda.
—Solo sabes decir «oh, oh, oh». Nunca sé si me escuchaste o no.
—Oh. —Fang Chi salió corriendo de la cocina.
—¡Qué fastidioso es este pequeño revoltoso! —lo regañó la abuela entre risas.
Al volver arriba, vio que Sun Wenqu ya se había cambiado de ropa y estaba recostado en la silla, leyendo algo. Fang Chi se acercó a mirar: estaba revisando los folletos de las distintas universidades que él había traído.
—¿No trabajas en lo tuyo? —Le dio unos suaves pellizcos en el hombro.
—La inspiración solo me visita por las noches —respondió Sun Wenqu, girando un bolígrafo entre los dedos—. Estuve hojeando un poco. En cuanto a la universidad de deportes, creo que es una buena opción.
—¿Y estudiar qué? —Fang Chi se inclinó, rodeándolo por los hombros—. No hay una especialidad en escalada.
—Pero tú ya eres todo un profesional en escalada, has ganado tantos premios en competencias. —Sun Wenqu golpeó el folleto con el bolígrafo—. Deberías estudiar algo relacionado, pero que tenga más campo de desarrollo.
—¿Por ejemplo? —preguntó Fang Chi.
—Esto. —Sun Wenqu trazó un círculo con el bolígrafo—. La especialidad en Entrenamiento Deportivo.
—¿Y eso para qué sirve después? —Fang Chi se inclinó para ver mejor.
—Escuelas deportivas, clubes, puedes ser entrenador o dedicarte a la gestión —explicó Sun Wenqu—. Y si más adelante quieres montar algo por tu cuenta, también está bien.
—Oh —respondió Fang Chi.
—¿Y qué significa ese «oh»? —Sun Wenqu alzó la vista para mirarlo.
—Oh es… —La mirada de Fang Chi se detuvo en la línea alargada del cuello de Sun Wenqu y en la clavícula que se marcaba por el brazo apoyado en el reposabrazos—. Es solo oh.
No pudo evitar extender la mano para rozar la clavícula de Sun Wenqu e inclinarse para besarla.
[1] Char siu, también conocido como cerdo asado chino, barbacoa china de cerdo, BBQ porki, cha siu, y char siew, es una barbacoa de carne de cerdo al estilo cantonés. Generalmente se corta en largas tiras del lomo del cerdo.
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