LA CENA FUE MUY abundante. Además del pescado braseado que pidió Sun Wenqu, había char siu, el favorito de Fang Chi; pollo y pato, que no podían faltar, y una gran olla de sopa de costillas.
—Esto es demasiado —dijo Fang Chi mientras roía una costilla—. No podremos terminarlo ni en tres días.
—No vuelves tan seguido —dijo la abuela—. Si sobra, sobra. Cuando te vayas a la universidad, volverás todavía menos. Mira al nieto de la familia Li: se fue a estudiar y no volvió ni siquiera para Año Nuevo.
—Es que fue a casa de su novia —aclaró el abuelo.
—Yo no podría no volver en Año Nuevo. —Fang Chi sonrió—. Volveré cada vez que tenga tiempo.
—Eso dices ahora —suspiró la abuela—. Si te consigues novia, también tendrás que quedar bien con ella, acompañarla, ir a su casa…
—Yo… —Fang Chi lanzó una mirada rápida hacia Sun Wenqu, que estaba concentrado quitándole las espinas al pescado—. Yo no haría eso.
—Qué tonto eres. —La abuela chasqueó la lengua.
—Tan tonto que quizá pase cuatro años en la universidad sin conseguir novia —dijo Sun Wenqu mientras seguía con las espinas.
—¡Ajá! —Fang Chi asintió enseguida—. Sí, soy muy… tonto.
Sun Wenqu sonrió y alzó la mirada hacia él.
Aunque comieron en el patio, terminaron empapados en sudor. Apenas dejó el plato, Sun Wenqu fue directo a ducharse y parecía que tardaría un buen rato en salir. Fang Chi, muerto de calor, no aguantó y fue al patio trasero a darse una ducha rápida con la manguera que usaba el abuelo para regar el huerto.
—¡Siempre te bañas con agua fría después de comer! —La abuela frunció el ceño—. ¡Eso no es bueno para el cuerpo!
—Me estaba muriendo de calor —dijo Fang Chi, balanceándose en la silla de bambú. El agua fría lo dejó completamente refrescado.
En el baño del patio delantero seguía oyéndose el agua correr. La abuela fue hasta allí y golpeó la puerta.
—¡Shuiqu!
—¡Abuela, ¿qué haces?! —Fang Chi se sobresaltó.
—¡Shuiqu! —La abuela volvió a golpear—. ¡No uses agua fría, usa agua caliente!
—Está bien —respondió Sun Wenqu desde dentro—. Abuela, estoy usando agua caliente.
Solo entonces la abuela se alejó. Fang Chi la siguió y dijo en voz baja:
—Abuela, si es un hombre bañándose, no está bien que golpees la puerta.
—¿Qué tiene de malo? No va a abrir. Además, tiene la misma edad que mi nieto. —La abuela lo miró de reojo—. Si fueras tú el que está adentro, entraría sin llamar.
—Oh… —Fang Chi no sabía qué responder a eso, así que volvió a sentarse en la silla de bambú.
El agua del baño seguía sonando con fuerza, splash, splash. Sun Wenqu era increíble; llevaba casi veinte minutos duchándose y aún no salía.
Splash, splash.
De repente, Fang Chi comenzó a sentir de nuevo una cierta agitación. Cuando la imagen del cuerpo de Sun Wenqu, solo en calzoncillos junto al estanque, cruzó por su mente, suspiró resignado y dobló las piernas, apoyando los pies en la silla.
La verdad era que antes de hoy, había pensado en Sun Wenqu muchas veces, pero nunca como ahora, cuando cualquier cosa trivial podía provocar una reacción. La frase de Sun Wenqu «¡vaya, la caja se abrió!» no andaba muy equivocada.
«Fang Chi, sí que abriste la caja».
Sun Wenqu finalmente salió del baño. Iba con el torso desnudo y unos pantalones deportivos holgados; el cabello mojado y el cuerpo todavía desprendiendo calor. Fang Chi lo miró de reojo y la calma que había recuperado se desarmó en un instante. Apartó la mirada a toda prisa y se quedó mirando a Chico, que se estiraba con pereza a un lado.
—¿Qué haces? —Sun Wenqu se acercó y le dio un golpecito en la cabeza.
—Tú… —Fang Chi no lo miró—. Después de bañarte así, ¿no vuelves a sudar enseguida?
—Nop —respondió Sun Wenqu—. Me siento muy bien. Al principio también pensé en usar agua fría, pero casi me congelo. El agua de tu casa viene de la montaña, ¿verdad? Está helada.
—Mmm. —Fang Chi se rascó la cabeza—. Sí.
Sun Wenqu subió las escaleras sin decir nada más.
Fang Chi se quedó sentado en el patio, como en meditación. Solo cuando el sol se puso por completo y los mosquitos comenzaron a revolotear, se levantó y entró a la casa.
A excepción de la habitación de Sun Wenqu, ninguna otra tenía aire acondicionado. Los abuelos no lo necesitaban y a Fang Chi le bastaba con un ventilador. Pero el delicado Sun Wenqu no podía soportar el calor, así que a principios del verano compró e instaló uno. A la abuela le dolió bastante el dinero derrochado.
Fang Chi subió las escaleras y entró a su habitación, donde dio vueltas sin saber qué hacer.
Una vez que el examen de ingreso a la universidad terminó, aquel «estado de repaso» en el que se luchaba por cada minuto y cada segundo se desvaneció de golpe. De repente, se sentía como una gárgola petrificada con mucho tiempo libre.
Después de toquetear un poco aquí y allá en el cuarto, Fang Chi terminó parándose frente a la puerta de Sun Wenqu y llamó.
—No está cerrada —respondió Sun Wenqu desde dentro.
Fang Chi empujó la puerta y entró. Vio que Sun Wenqu estaba sentado frente al escritorio, ya no con el torso descubierto, sino con una camiseta holgada. Parecía que iba a ponerse a trabajar.
—Tú… —Fang Chi dudó. Sabía que Sun Wenqu se tomaba el trabajo muy en serio.
—No pasa nada. —Sun Wenqu lo miró—. Quédate. No me molestas.
—Es que… —Fang Chi caminó hasta la cama y, de un tirón, atrapó al gordo Sir Amarillo justo cuando intentaba escapar y comenzó a acariciarlo—. Estoy sin hacer nada y no sé qué hacer.
—Mírame trabajar. —Sun Wenqu esbozó una media sonrisa.
—Mmm. —Fang Chi asintió.
Sun Wenqu volvió a bajar la cabeza y siguió dibujando. Fang Chi se acomodó en la cama, apoyado contra la pared y tironeando de la pata de Sir Amarillo, que luchaba por escapar.
Esta vez, al volver, no se había fijado bien en la habitación de Sun Wenqu: ahora había más frascos y jarrones. Sobre el torno de cerámica del rincón estaba un florero de forma extraña, a medio terminar.
Todo eso, junto con Sun Wenqu inclinado sobre los planos, creaban una atmósfera muy agradable. Aunque Fang Chi sentía que algo dentro de él se inquietaba si se quedaba mirándolo demasiado tiempo, por ahora todavía estaba disfrutando de esa sensación.
Era muy relajante.
Ya no tenía que pensar en montones de ejercicios pendientes.
Ya no debía preocuparse por exámenes.
Tampoco tenía que reprimir más esas emociones que llevaba en el pecho.
Lo había dicho. A pesar de que seguía habiendo mucha incertidumbre y tal vez una buena dosis de desesperanza esperándolo más adelante. Había obtenido una respuesta. Eso ya era suficiente para tranquilizarlo.
Así, observando el perfil de Sun Wenqu, no pensaba en nada.
No fue hasta que sonó su teléfono que recuperó sus sentidos. Contestó al instante y saltó de la cama para salir del cuarto; no quería molestar a Sun Wenqu.
El qué llamaba era Xu Zhou, con un tono muy animado:
—¡Eh, Fang Chi! ¿Volviste a casa de tus abuelos?
—Sí —respondió él, entrando en su habitación—, ¿por qué?
—Estamos hablando entre varios y hemos pensado en ir a tu casa a divertirnos un poco —dijo Xu Zhou—. ¿Qué tal, tienes tiempo?
—¿Quiénes? ¿Llamaron a Xiao Yiming? —La primera reacción de Fang Chi fue pensar en él; era quien más necesitaba distraerse.
—Sí, también va —confirmó Xu Zhou—. Tú no tienes problemas, ¿verdad?
Llevaban todo el semestre diciendo que iban a salir a divertirse; ahora que por fin estaban de vacaciones, seguro estaban emocionadísimos. Pero Sun Wenqu estaba ahí y Fang Chi dudó un poco.
—Todavía no estoy seguro. —Fang Chi lo pensó un momento—. Le preguntaré a mi abuelo si hay algo estos días y luego te llamo.
—Okay —dijo Xu Zhou.
Regresó a la habitación de Sun Wenqu. Este había cambiado de postura, pero seguía concentrado en el dibujo. Como no encontraba un buen momento para hablar, Fang Chi no dijo nada y se quedó de pie detrás de él, esperando.
Después de un rato, Sun Wenqu volvió la cabeza de repente.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Ah… —Fang Chi se frotó la nariz—. Es que… me llamó un compañero. Dicen que un grupo quiere venir a pasar el rato.
—¿Mmm? —Sun Wenqu lo miró—. ¿Eso no es bueno? Por lo que vi, pareces tan aburrido que en cualquier momento te vas a poner a contar los pelos del gato.
—No es eso. —Fang Chi se rio—. Me preocupa que, si vienen… Ellos son muy ruidosos, ¿no te molestarán?
—No —respondió Sun Wenqu sin dudarlo—. No es como si fueran a venir a armar alboroto a mi habitación.
—Entonces… —Fang Chi aún dudaba.
Sun Wenqu dejó el lápiz y se levantó. Se acercó, lo rodeó con los brazos y le susurró al oído:
—No pasa nada. Si tus compañeros quieren venir, que vengan. Mientras tú no le des vueltas al asunto, a nadie le importará.
—Mmm. —Fang Chi asintió y envolvió los brazos alrededor de la cintura de Sun Wenqu con fuerza—. Es que yo… bueno, no es para tanto.
—Eso mismo, no pasa nada. —Sun Wenqu le sonrió.
—¿Es un poco patético de mi parte? —Fang Chi suspiró, frotándole la espalda.
—Eso no tiene una relación directa con ser patético o no. —Sun Wenqu le dio un beso en el cuello y de repente soltó una risita—. Vaya, en realidad sí que eres bastante capaz. Solo unas pocas palabras y ya izaste la bandera.
—Yo… —La cara de Fang Chi se puso roja al instante. Quiso sacar el trasero, pero la postura le pareció demasiado ridícula y se quedó quieto—. Es que soy muy joven.
—Ajá. —Sun Wenqu asintió con mucha seriedad, pero su voz aún contenía una risa que no lograba contener.
—Oye. —Fang Chi lo miró con rencor—. ¿Qué a ti nunca te ha pasado? ¿Por qué te ríes?
—No me río, de verdad que no. —Sun Wenqu lo soltó, dio un paso atrás y le dio una palmada en el hombro—. Esa es tu naturaleza, espíritu de puerro.
—¿Espíritu de qué? —preguntó Fang Chi, desconcertado.
—Lo dice tu tío Liang-zi. —Sun Wenqu se apoyó en la mesa—. Chico puerro.
—¿Puerro? ¿Qué pasa con los puerros? —Fang Chi no entendía.
—El puerro es afrodisíaco. —Sun Wenqu chasqueó la lengua.
Fang Chi contuvo la risa un momento y luego soltó una carcajada.
—Ay, si ese tipo no fuera tartamudo, ¡sería insoportable!
—Por eso el cielo lo hizo tartamudo, para que no le partan la cara.
Después de reír un rato, Fang Chi se acercó a Sun Wenqu, se inclinó y lo besó, abrazándolo mientras lo empujaba hacia la cama.
—¿Mmm? —Sun Wenqu se quedó mirándolo.
—Un beso nada más. —Fang Chi lo presionó sobre el colchón—. Solo un beso. Chico puerro, ¿recuerdas?
Sun Wenqu se rio y se quedó tumbado sin moverse.
Fang Chi besó su cara y cuello como si estuviera buscando un tesoro. Luego, abrazándolo, suspiró con fuerza:
—¿Con esta condición mía no debería tomar alguna medicina?
Sun Wenqu, que se estaba sintiendo bastante estimulado por los besos, al oír esto soltó una risa que disipó por completo cualquier emoción.
—¿Qué medicina necesitas? —preguntó entre risas—. Si una sola frase tuya puede matar toda mi pasión.
—Esta noche. —Fang Chi seguía encima de él—. Dormiré contigo esta noche, ¿de acuerdo?
—Sí, duerme conmigo. —Sun Wenqu lo empujó—. Bájate, aplastarás a papá hasta la muerte.
Fang Chi rodó y se quedó boca arriba en la cama, dejando escapar un suspiro profundo.
Una vez que Sun Wenqu entraba en modo trabajo, podía pasarse una hora entera mirando sus planos sin mover un solo músculo. Fang Chi vio con sus propios ojos cómo dos mosquitos se posaban en su brazo. No le quedó otra que buscar un pequeño atomizador, llenarlo con el repelente secreto de la abuela y rociarlo alrededor de Sun Wenqu.
Después de más de una hora observándolo trabajar, Fang Chi salió de la habitación de puntillas y cerró la puerta.
Sus abuelos todavía conversaban en el piso de abajo. Apenas bajó, la abuela lo tomó del brazo y lo hizo sentar en el sofá.
—Antes, en cuanto volvías, te pegabas a nosotros. Estas últimas veces siempre estás detrás de Shuiqu.
—No es así… —Fang Chi sintió una mezcla de culpa y vergüenza. Rodeó con el brazo los hombros de la abuela.
—Los jóvenes tienen más temas de conversación. —El abuelo sonrió—. No pueden estar siempre charlando con los viejos como nosotros.
—Tengo muchos temas de conversación con ustedes también. —Fang Chi se deslizó un poco hacia abajo y se apoyó en su abuelo—. Y cuando no hay temas, igual me gusta escucharlos.
—Siempre diciendo cosas bonitas para agradar a la gente. —La abuela le dio unas palmaditas.
Fang Chi sonrió sin decir nada.
El abuelo y la abuela continuaron charlando; hablaban de los asuntos de la generación más joven, de la tienda de sus padres, de la casa de la tía… Fang Chi escuchaba con los ojos medio cerrados. El viento del ventilador lo rozaba de vez en cuando. Se sentía muy bien, como si hubiera vuelto a su infancia.
—Tus padres también, sí que son despreocupados. —La abuela le acarició la pierna—. Ya terminó el examen de ingreso a la universidad y hasta ahora no han llamado para preguntar, ¿verdad?
—Ellos ni siquiera saben cuándo tomé el examen. —Fang Chi soltó un par de risitas.
—Pues deberías decirles. —La abuela frunció el ceño—. Criar un hijo así sí que es fácil, no se ocupan de nada.
—Con ustedes dos alcanza, no hace falta que se ocupen ellos —dijo Fang Chi sonriendo. Pensó un momento y añadió—: Ah, por cierto, mañana vienen unos compañeros a jugar.
—¿Compañeros? Qué bien —dijo el abuelo, contento—. ¿Cuántos vienen? ¿Cabemos en la casa?
—Unos siete u ocho —respondió Fang Chi—. Sí cabemos. Con este calor, por la noche podemos poner las camas de bambú y extender un par de esteras en el suelo. Las chicas… pueden dormir en mi habitación.
—¿También vienen chicas? —A la abuela le brillaron los ojos apenas lo oyó—. ¿Son bonitas? ¿Cuánto miden? ¿Son gorditas o flacas?
—Ay… —Fang Chi se rascó la cabeza—. Son solo compañeras de clase. Abuela, estás pensándolo demasiado.
—Mañana tengo que verlas —dijo ella sonriendo, ignorando por completo sus palabras.
Charlaron un rato más. Después de ponerse de acuerdo sobre el menú para recibir a los compañeros de clase de su nieto, los abuelos se fueron a dormir.
Fang Chi jugó un poco más con Chico y luego subió las escaleras.
Al abrir la puerta, vio a Sun Wenqu de pie en la habitación, estirando los brazos.
—¿Terminaste? —Fang Chi entró y cerró la puerta.
—Mjum. —Sun Wenqu se dio vuelta—. Tengo todo el cuerpo agarrotado. Si no hiciera tanto calor, hasta saldría a correr un par de vueltas para aflojar.
—Y si… —Fang Chi vaciló—. Y si te… ¿te doy un masaje?
—¿Sabes cómo? —Sun Wenqu lo miró.
—Algo sé —dijo Fang Chi—. Mi abuela sufre de dolor de espalda; antes solía darle masajes y ella decía que hacía un buen trabajo.
—Entonces dame un masaje. Acabo de sentarme torcido, la espalda me duele bastante. —Sun Wenqu se tumbó boca abajo sobre la cama, extendiendo brazos y piernas.
Fang Chi se frotó las manos, se paró junto a la cama y pasó un buen rato buscando una postura adecuada sin éxito.
—¿Qué haces? —preguntó Sun Wenqu, girando un poco la cabeza.
—Estoy pensando cómo ponerme para masajearte mejor —Fang Chi apoyó una rodilla en la cama.
—¿Me vas a dar un masaje en la espalda —dijo Sun Wenqu, entrecerrando los ojos— o me vas a manosear?
—Masaje…
—Para la espalda, ¿qué otra postura necesitas? Te sientas sobre mis piernas y listo —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Mira cómo te complicas.
Fang Chi no dijo nada. Se subió a la cama, pasó una pierna a cada lado y se sentó sobre él.
—¿Peso mucho?
—Más o menos, puedo manejarlo.
—Oh. —Fang Chi asintió y le subió un poco la camiseta.
Cuando estaba por apoyar las manos en su espalda, Sun Wenqu añadió:
—En realidad, si quisieras manosearme, esta posición también sería adecuada.
—¿Por qué eres tan desvergonzado? —dijo Fang Chi, con las manos en alto y el ceño fruncido.
Sun Wenqu no respondió, solo cerró los ojos y sonrió.
Fang Chi mantuvo las manos en alto casi medio minuto, concentrándose a fondo, como si se estuviera preparando para volverse invencible. Recién entonces las apoyó sobre Sun Wenqu.
En cuanto las dejó caer, al tocar la espalda de Sun Wenqu, le dio un ligero mareo. Aun así, apretó los dientes y comenzó a dar pequeños golpecitos y pellizcos en su espalda y cintura.
—Más suave. —Sun Wenqu hizo una mueca—. ¿Acaso estás golpeando a un ladrón?
—Qué delicado. —Fang Chi bajó la fuerza—. Así y todo mi abuela siempre dice que no me animo a usar fuerza.
—¿Puedo compararme con tu abuela? —Sun Wenqu cerró los ojos—. El mes pasado la acompañé al mercado: cargó más cosas que yo y caminó más rápido.
—Eso sí. —Fang Chi se rio—. En eso no puedes ganarle. Las ancianas del campo, después de toda una vida de trabajo, tienen ese don.
Lo cierto es que Sun Wenqu también tenía músculos, bastante firmes incluso, pero al tacto su piel era sorprendentemente suave. Fang Chi ni siquiera se atrevía a mirar su cuerpo; mantenía la vista fija en los patrones anchos y estrechos de la sábana.
—En la cintura, como antes —dijo Sun Wenqu—. Esos golpecitos de antes se sintieron muy bien.
—Mmm. —Fang Chi siguió masajeando con suavidad.
—¿Charlaste con tus abuelos? —preguntó Sun Wenqu.
—Mmm. —Fang Chi asintió y suspiró después de pensar en algo—. Mi abuela ha estado…
—Anhelando un bisnieto, ¿verdad? —Sun Wenqu sonrió.
Fang Chi detuvo un instante sus manos y respondió en voz baja:
—Sí.
—No pienses en eso. —Sun Wenqu estiró la mano hacia atrás y le apretó la pierna—. Aunque fueras a buscar una chica y casarte, no es algo que tengas que hacer ahora mismo.
—¿Un día a la vez? —Fang Chi tomó su mano.
—Ve acumulando. Hay razones y valentía que deben ser expresadas, acumula lo suficiente antes de pensar en esas cosas.
—Mmm.
—Puede sonar parecido a «vive el momento». —Sun Wenqu le rascó la palma con los dedos—. Pero no es lo mismo. No puedes olvidar la responsabilidad; el único requisito es llegar al día en que puedas cargar con ello.
—Mmm. —Fang Chi observó su perfil.
—Aunque decir que gustar de alguien, sea hombre o mujer, no está mal —Sun Wenqu cerró los ojos—, solo son palabras. Mientras que los demás recorren el camino de la derecha, nosotros tomamos el de la izquierda. Desde ese día, llevamos esta carga que no podemos quitarnos de encima… ¿No estoy siendo demasiado pesado?
—No. —Fang Chi sonrió—. Me gusta mucho escucharte. En momentos así siento que de verdad eres diez años mayor que yo.
—¿Sientes el calor paterno, hijo mío?
Fang Chi guardó silencio. Después de un momento, se inclinó y besó su espalda.
La piel de Sun Wenqu era firme, cálida.
Los besos de Fang Chi subieron poco a poco, deteniéndose finalmente en su lóbulo. Quizá porque su aliento le acarició el rostro, Sun Wenqu cerró los ojos y sus pestañas temblaron.
Fang Chi se acercó y besó también la comisura del ojo, luego se pegó a su espalda y deslizó una mano hacia delante.
Al principio, Fang Chi pensó que con este calor, dormir apretados en la misma cama lo haría despertarse empapado en sudor a medianoche. Pero el delicado niño rico libertino Sun Wenqu no solo había encendido el aire acondicionado, sino que además lo había puesto bastante bajo. Enrollado en una mantita, dormía plácidamente.
Fang Chi se dio cuenta por la mañana, cuando el teléfono lo despertó, de que sus brazos y piernas estaban envueltas cual pulpo alrededor de Sun Wenqu.
Mientras contestaba la llamada, soltó con cuidado a Sun Wenqu, quien de inmediato se dio la vuelta, exhalando un largo suspiro, como si hubiera sido liberado.
—¡Ya salimos! —gritaba Xu Zhou desde el otro lado—. Deberíamos llegar antes del mediodía. Sal a buscarnos, no conocemos el camino.
—Ajá —respondió Fang Chi—. Cuando lleguen a la granja de pollos llámame y salgo a esperarlos al cruce.
—¿Granja de pollos? —Xu Zhou se quedó en blanco—. ¿Cómo vamos a saber dónde queda eso?
—El cobrador avisa, hay una parada allí. —Fang Chi hablaba rápido y en voz baja, para no despertar a Sun Wenqu—. Llámame cuando estén por ahí.
—¡Hecho! —dijo Xu Zhou emocionado—. ¡Esta noche, barbacoa! ¡En el patio de tu casa! ¡O podemos ir a las montañas! Tú nos haces de guía…
—Cállate y sube al autobús de una vez. — Fang Chi colgó el teléfono.
—¿Tus compañeros…? —preguntó Sun Wenqu a su lado, con voz somnolienta.
—Ajá. —Fang Chi lo abrazó y le dio un beso en la punta de la nariz—. Bajaré primero, tú sigue durmiendo un rato.
Sun Wenqu gruñó algo y volvió a dormirse.
Fang Chi se levantó, se vistió y, después de quedarse un rato más junto a la cama observándolo, salió de la habitación.
La abuela estaba en la cocina preparando fideos. Fang Chi se apoyó en el marco de la puerta, bostezando.
—Quiero fideos con salchichas.
—Justo estoy haciendo fideos con salchichas —dijo la abuela, volviéndose a mirarlo—. ¿Tus compañeros llegan al mediodía?
—Ajá, acaban de llamarme. Están en el autobús ahora mismo. —Fang Chi asintió.
—Entonces hay que ir preparando el almuerzo. —La abuela sonrió. Cuando Fang Chi estaba a punto de ir a lavarse la cara, ella lo tomó del brazo—. Oye, quiero preguntarte algo.
—¿Mmm? —Fang Chi la miró.
—¿Anoche dormiste en la habitación de Shuiqu? Esta mañana vi que tu habitación estaba vacía.
—Yo… —Fang Chi se quedó atónito. Los latidos de su corazón se desordenaron y comenzaron a retumbar sin control en su pecho—. Ah, sí.
—¿Qué hacías durmiendo en la habitación de otra persona sin ningún motivo?
—Es que… cha-charlamos, estuvimos charlando un rato. —La lengua de Fang Chi casi se ató en un nudo—. Se hizo tarde y me quedé dormido…
—Si él ya de por sí se pasa las noches en vela; ahora tú también sin dormir. ¿Pero qué tanto hablan? ¿No pueden hablar de día? —La abuela le dio una palmadita en la mejilla—. ¡Tanto tiempo sin descansar bien y ahora que vuelves no te comportas y duermes como es debido!
—Ya sé —dijo Fang Chi.
La abuela le dio otra palmadita y siguió cocinando los fideos.
Cuando Fang Chi salió de la cocina, descubrió que toda su espalda estaba cubierta de sudor frío.
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