—Quiero… —Fang Chi se quedó en blanco—. ¿Hacer… qué?
—¿Cuánto bebiste? —Sun Wenqu sonrió, estirándose con pereza mientras lo miraba—. ¿Con eso ya te mareaste?
—Para nada, solo fueron cuatro cervezas —dijo Fang Chi—. Ni siquiera les he sentido el gusto todavía.
—¡Vaya! Hablas con mucha confianza. El que no te conozca pensará que aguantas dos litros de licor, pero yo aún recuerdo cómo terminaste aquella vez en Año Nuevo.
—Eso fue diferente. —Fang Chi se sintió un poco avergonzado—. Lo de hoy fue solo cerveza.
—¿Y tienes sueño? —Sun Wenqu entrecerró los ojos al mirarlo.
—No… no mucho. —Fang Chi lo rodeó con los brazos y se pegó a su cuerpo—. ¿Tú estás cansado?
Sun Wenqu cerró los ojos y se echó a reír.
—Ay…
—¿«Ay» qué? —Fang Chi hundió la cara en el hueco de su hombro, frotándose contra él.
—No, nada —dijo Sun Wenqu, todavía riendo—. Decía, si quieres, te ayudo.
—Yo no he dicho que tuviera ganas de eso. —Fang Chi chasqueó la lengua, y dijo entre dientes—: Es solo que… bueno, soy joven, ¿no? Y la cerveza ha traído de vuelta al chico puerro.
Sun Wenqu no podía parar de reír; estuvo un buen rato así con los ojos cerrados hasta que le dio un empujoncito, se dio la vuelta y lo abrazó.
—Te ayudaré.
—¿Y tú, no quieres?
—No soy tan joven como tú, no bebí y tampoco soy un perro salvaje que evolucionó a puerro —susurró Sun Wenqu. Su mano masajeó el bajo vientre de Fang Chi un momento antes de deslizarse dentro de su pantalón.
Fang Chi arqueó el cuello hacia atrás y respiró hondo.
El eunuco gordo, Sir Amarillo, saltó de la cama a la mesa al oír el gemido ahogado de Fang Chi. Y, con cara de absoluto desprecio, usó su cola para barrer el lápiz de Sun Wenqu al suelo.
—En el futuro, ¿tal vez deberíamos hacer estas cosas a escondidas de Sir Amarillo? —Sun Wenqu dibujó con los dedos sobre el vientre de Fang Chi—. Es demasiado estimulante para él.
—Que se joda, no hace más que verme feo todo el día. —Fang Chi sacó algunas toallitas húmedas, tomó la mano de Sun Wenqu y empezó a limpiarla—. Que se muera de rabia. En el futuro incluso voy a… lo haré rabiar más todavía.
—¿Incluso vas a qué? —preguntó Sun Wenqu.
—Pues… —Fang Chi se incorporó para limpiar todo—. Nada.
Sun Wenqu sonrió sin decir nada.
—¿Tú de verdad no lo necesitas? —Luego de limpiar, Fang Chi volvió a acostarse pegado a Sun Wenqu; su mano buscó el frente de su cuerpo y lo palpó de manera breve—. Estás duro.
—No hace falta. —Sun Wenqu le apretó la mano con suavidad—. Aunque, si te quedaras ahí tumbado boca abajo tranquilito, tal vez hasta podría volver a la acción.
Fang Chi tardó un buen rato en procesar el significado de sus palabras. Al entenderlo, sintió que las mejillas le ardían tanto que incluso el aire frío del acondicionador parecía salir caliente al rozarle el rostro.
—Desvergonzado —dijo.
—Si tienes vergüenza, entonces no pienses en estas cosas —se rio Sun Wenqu.
Fang Chi lo abrazó sin decir nada durante un largo rato. Sir Amarillo saltó de nuevo a la cama, le pisó la cara y brincó hasta el brazo de Sun Wenqu, donde se enroscó para dormir; solo entonces Fang Chi preguntó en voz baja:
—Oye, con tus exnovios… lo hiciste, ¿verdad?
—¿A qué viene esa pregunta?
—Solo preguntaba. —Fang Chi le dio un beso en el hombro.
—Mjum —respondió Sun Wenqu—. Ojalá pudiera decir que no.
—No voy a ponerme celoso. —Fang Chi dudó un momento y luego dijo en voz muy baja—: Solo quería preguntar… eso de… tú antes… estabas… eh… eras el…
Sun Wenqu lo escuchó tartamudear un buen rato sin llegar a decir nada coherente y se rio tanto que le temblaron los hombros.
—Ambos —respondió.
—Oh…
—¿Y? —Sun Wenqu se dio la vuelta para quedar frente a él, acostado de lado—. ¿Quieres follarme o que te folle?
—Me… cago en… —Fang Chi se quedó boquiabierto. Durante un buen rato, solo lo miró sin pestañear.
—Eso es lo que querías decir, ¿no? —Sun Wenqu le tocó los labios con un dedo—. Si te dejo dar rodeos y tartamudear, se nos hace de día y aún no lo habrás soltado.
Fang Chi sonrió.
—¿No respondes? —preguntó Sun Wenqu.
—Yo… —Fang Chi sentía la brisa fría del aire acondicionado, pero aún así sudaba por los nervios y la vergüenza—. No lo sé, yo… nunca lo he intentado… supongo que…
Sun Wenqu curvó las comisuras de sus labios en una leve sonrisa.
—Supongo que… —Fang Chi se mordió el labio y lo soltó de golpe—: Quiero follarte. De todos modos, cuando sueño contigo, tú siempre estás debajo.
Sun Wenqu estalló en carcajadas, se acercó y le dio un beso en la punta de la nariz. Luego se dio la vuelta hacia la pared, abrazó a Sir Amarillo y dijo:
—A dormir.
—¿Me dejarás o no? —Fang Chi sintió que, después de decir aquello, se le había engrosado la piel. Incluso al soltar esa frase, no se sonrojó.
—Si quieres, te dejo —dijo Sun Wenqu—. Pero me temo que, aunque te deje ahora, no te atreverías. Ya hablaremos cuando no puedas aguantar más.
Fang Chi chasqueó la lengua, estiró el brazo, lo atrajo hacia sí y lo apretó con fuerza contra su pecho.
Sun Wenqu no se equivocaba: la verdad era que… no se atrevía. Ya no solo por estar en casa; sentía que incluso si fueran a un hotel, no sabría qué hacer y seguramente acabaría siendo objeto de las burlas de ese anciano experimentado. Al pensar en esa sonrisita burlona suya, le entró un arranque de molestia y pasó también la pierna sobre él, envolviéndolo por completo con brazos y piernas.
—Ay… Dios… —Sun Wenqu suspiró resignado.
Por la mañana, Fang Chi se despertó por el bullicio y las risas de abajo. Al abrir los ojos, vio que Sun Wenqu ya se había levantado y estaba de pie junto a la ventana con una taza de té, mirando hacia afuera.
—¿Tan temprano? —Fang Chi se frotó los ojos y se sentó, ajustándose el pantalón.
—Tus compañeros… ¿estarán drogados? —Sun Wenqu dio un golpecito a su taza—. Se han levantado antes de las seis.
—Todos durmieron apretados en el piso de la sala. —Fang Chi bajó de la cama, fue detrás de él y lo abrazó, apoyando la barbilla en su hombro—. Se despierta uno y no duerme nadie.
—¿Qué planes tienen para hoy? —Sun Wenqu le dio un sorbo a su té.
—Iremos a la montaña —dijo Fang Chi—. Desde el semestre pasado decíamos que iríamos al terminar los exámenes. Hoy los llevaré a dar una vuelta; calculo que estaremos fuera todo el día, llevaremos comida.
—Perfecto.
—¿Qué tiene de perfecto? —Fang Chi giró la cabeza y le mordió el lóbulo de la oreja.
—Podré tener un día entero de paz —dijo Sun Wenqu—. No soy capaz de soportar tus ocho rondas diarias.
Fang Chi se rio.
—¿Cuándo he hecho yo ocho rondas en un día?
—Si no te frenara, siento que podrías hacerlo desde la mañana hasta la noche. —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Tienes una condición física envidiable, la verdad.
—¡No soy tan insaciable! —Fang Chi le pellizcó la cintura—. Es que… me gustas demasiado, ¿sabes? Simplemente no puedo resistirme cuando te veo.
—Pues deja de mirarme y apresúrate a llevarte a esas urracas a la montaña —dijo Sun Wenqu sonriendo—. Hacen un ruido infernal.
—Bueno, ya bajo. —Fang Chi le dio un beso, se volvió y abrió la puerta, pero luego se detuvo y miró hacia atrás—. No tomes té tan temprano, no es bueno para el estómago.
—Le puse leche. —Sun Wenqu levantó la taza—. Es té con leche.
—… Bueno. —Fang Chi asintió. Justo antes de cerrar, asomó la cabeza de nuevo—. Mañana por la mañana puedo prepararte chocolate para desayunar.
—Pero hoy es hoy. —Sun Wenqu le dio una mirada.
Fang Chi soltó un par de risitas, cerró la puerta y bajó las escaleras.
Llevar a un grupo de ex estudiantes ansiosos por divertirse a la montaña era mucho más complicado que guiar a un grupo normal de excursionistas. Ninguno tenía la más mínima experiencia, sus mochilas estaban repletas de cosas inútiles, dos o tres calzaban sandalias, Xu Zhou incluso iba en chanclas y, para colmo, Lin Wei se había puesto unos shorts cortísimos.
—Ustedes dos —dijo Fang Chi señalándolos—, mejor quédense en casa y ayuden a mis abuelos en el huerto.
—¡Ni loco! —gritó Xu Zhou—. Bueno… ¿y si me prestas zapatos? Creo que usamos la misma talla.
—Agárralos tú —dijo Fang Chi, luego miró a Lin Wei—. ¿Quieres mis pantalones también?
—Seguro no pasa nada —respondió Lin Wei, retorciéndose con reticencia—. Quedan bien en las fotos.
—Mi abuelo está atrás —dijo Fang Chi, dándose la vuelta para salir—. Vámonos.
—¡Espérenme, espérenme!! ¡Me cambio! —gritó Lin Wei mientras subía corriendo las escaleras. Una vez arriba, se oyó un chillido suyo—: ¡Ay!
Luego, el sonido de una taza estrellándose contra el suelo.
—¡¿Qué pasó?! —preguntó Liang Xiaotao desde abajo.
Fang Chi frunció el ceño y subió corriendo. Vio a Sun Wenqu parado en la puerta de su habitación y, en el suelo, su taza rota y un charco de té con leche.
—No vi que alguien salía —explicó Lin Wei agitando las manos, mientras su mirada recorría de arriba abajo el rostro de Sun Wenqu—. Lo siento mucho.
—No importa —respondió él, y fue a buscar la escoba del pasillo para limpiar.
—Yo lo hago. —Fang Chi le quitó la escoba y miró a Lin Wei—. ¿No ibas a cambiarte?
—¡Ah! —Lin Wei dio un brinco y volvió a hacerle un gesto de disculpa a Sun Wenqu—. Lo siento, guapo.
Sun Wenqu no contestó.
—¿No te cortaste? —preguntó Fang Chi en voz baja, una vez que Lin Wei entró en la habitación—. ¿Ibas a bajar?
—No —respondió también en voz baja Sun Wenqu—. Te escuché decir que se iban y pensé en ir a la azotea. En cuanto salí, ella apareció corriendo.
—No hace más que dar problemas —refunfuñó Fang Chi, frunciendo el ceño.
Sun Wenqu sonrió y le dio unas suaves palmaditas en la mejilla, luego regresó a su habitación.
Fang Chi guio al grupo por la ruta de senderismo de las señoras mayores. Con el aspecto de turistas que lucían, cualquier otro camino habría significado resbalones sin fin.
Todos estaban muy emocionados: en un momento trepaban rocas, luego corrían a chapotear en un arroyo y más tarde se apiñaban en los matorrales para observar insectos. Entre paradas y distracciones, llevaban más de una hora y aún no habían vislumbrado la cima.
—Descansemos un rato —propuso Fang Chi, deteniéndose junto al arroyo que las señoras senderistas habían ensanchado a fuerza de pisadas—. Al ritmo que van, tardaremos otra hora en llegar arriba.
—¡Está bien, aquí se está fresquísimo! —exclamó Xu Zhou. Tiró su mochila, se quitó los zapatos y saltó junto al estanque, pero perdió el equilibrio y resbaló directo al agua.
Todos estallaron en carcajadas y, al verlo salir del agua empapado, nadie podía parar de reír.
Xu Zhou se quitó la ropa mojada y la extendió sobre una roca para que se secara. Los demás empezaron a sacar comida de sus mochilas.
—Hagamos un pequeño pícnic primero —dijo Liang Xiaotao aplaudiendo con alegría mientras sacaba un montón de snacks de su bolso.
—¿Eres un camello o qué? —dijo Xiao Yiming—. Vaya capacidad para cargar.
—Todo sea por la comida —respondió Liang Xiaotao con una gran sonrisa.
—Oye, Xiaotao, pásame un panecillo —pidió Lin Wei. Al recibir el que le lanzó Liang Xiaotao, se sentó junto a Fang Chi y le dio un toque con el codo—. Fang Chi.
—Mmm —respondió él.
—¿Quién era ese? —preguntó Lin Wei.
—¿Quién? —Fang Chi la miró.
—Ya sabes, el chico guapo con el que choqué antes —dijo Lin Wei con una sonrisa insinuante—. El chico guapo con el que dormiste ayer.
Lin Wei enfatizó esta última frase y, tras decirla, siguió sonriendo.
—Un amigo —dijo Fang Chi.
—¿Qué tipo de amigo? —Lin Wei estiró el brazo por detrás de él y empujó a Xiao Yiming, que estaba sentado a su lado—. Xiao Mingcito, ¿no estás celoso?
Xiao Yiming la miró sin decir nada.
—¿Estás mal de la cabeza? —Fang Chi frunció el ceño.
—Lin Wei, ¿por qué vuelves con lo mismo? —dijo Liang Xiaotao, que estaba comiendo papas fritas, girándose para mirarla de reojo.
—¡Ay, solo es una broma! —Lin Wei sacó un pequeño abanico para airearse—. Pero yo creo que hacen una linda pareja. Se ven muy bien juntos.
—Basta —intervino Xu Zhou desde un lado—. Sabes perfectamente que no le gusta que hables así.
Lin Wei se sintió algo avergonzada. Mantuvo el abanico en movimiento por un momento y luego murmuró con torpeza:
—Ya no se puede hacer ni una broma. De verdad no entiendo por qué se ponen así.
—¿Quieres que te tire al agua? —dijo Fang Chi.
A Lin Wei se le subieron los colores a la cara por la vergüenza.
—¡Pues hazlo! ¿Qué tiene de malo decir que hacen buena pareja? Yo solo…
Antes de que Lin Wei pudiera terminar la frase, Fang Chi la agarró por el brazo, la levantó y la arrastró hacia el estanque. Sin esperar a que lograra estabilizarse, la empujó al agua; ella tropezó y cayó sentada.
Liang Xiaotao no pudo evitar reírse.
—¡Oh, Dios!
—¡Fang Chi, estás loco! —gritó Lin Wei.
—Te lo repito por última vez —dijo Fang Chi mirándola—. Incluso si soy gay, incluso si estamos juntos, no soporto que la gente no deje de darle vueltas al tema justo a mi lado. Si dices una palabra más, te arrojaré montaña abajo.
—¿Delante de todos? —dijo Xu Zhou, riéndose—. Entonces seríamos testigos.
—Pues te tiro a ti también —replicó Fang Chi.
—¡Eh! —Xu Zhou se abrazó el pecho—. ¡Lin Wei, cierra la boca ya!
Fang Chi volvió a sacar a Lin Wei del agua. Esta vez ella no dijo nada.
Liang Xiaotao, que iba cargada como un camello, había tenido la precaución de traer unos pantalones de secado rápido de repuesto. Se llevó a Lin Wei detrás de una roca grande para que se cambiara.
Fang Chi volvió a sentarse junto a Xiao Yiming, sacó una barra de chocolate y le dio un mordisco..
—Eso fue —dijo Xiao Yiming en voz baja con una sonrisa— una salida del armario indirecta.
—¿Lo fue? —Fang Chi se quedó un segundo en silencio; recién entonces cayó en cuenta de lo que había dicho.
—Yo diría que sí —dijo Xiao Yiming—. Pero tampoco pasa nada. Mira, nadie de ellos tuvo una reacción especial.
—Eso parece. —Fang Chi le dio otro mordisco a su chocolate.
—Por eso, a veces no tienes que estar tan tenso —añadió Xiao Yiming—. Tal vez los únicos que sienten algo somos nosotros mismos; los que reaccionan de verdad, por lo general, son la familia.
Fang Chi soltó un leve suspiro.
Era mediodía y hacía mucho calor. Sun Wenqu no tenía mucho apetito, pero el abuelo había hecho pan a la plancha[1] y una sopa de fideos de cristal[2] con raviolis; se veía ligera y apetitosa, así que bajó a comer con los mayores en el patio trasero.
—Abuelo, con ese pan a la plancha podría abrir un negocio —dijo Sun Wenqu mientras comía.
—¡Claro que sí! —El abuelo sonrió, orgulloso—. A Fang Chi también le encantan. Aunque en verano siempre dice que hace demasiado calor y no tiene hambre, en cuanto hago pan, viene corriendo.
—Te elogian con una palabra y tú tienes que exprimirle diez —comentó la abuela.
—Bueno, elogio es elogio —replicó el abuelo, riendo con satisfacción.
—La abuela también cocina unos fideos deliciosos. —Sun Wenqu sonrió—. ¿Fang Chi aprendió de usted a cocinarlos?
—Eso lo aprendió él solo. En casa nunca ha tenido que cocinar —respondió ella, sonriendo—. ¿Has probado los fideos que él prepara?
—Sí. —Sun Wenqu dudó un segundo—. Una o dos veces. Estaban bastante bien.
—Ese pequeño revoltoso te tiene en un pedestal —dijo la abuela, mirando luego al abuelo—. A sus padres nunca les ha preparado fideos, ¿verdad?
—En casa nunca ha hecho falta que él cocine —añadió el abuelo, riendo—. Mañana podríamos pedirle que nos prepare unos.
—Me parece bien. —Sun Wenqu asintió.
—Shuiqu… —Después de comer, la abuela se llevó a Sun Wenqu del brazo a charlar junto al huerto—. Ese hueso que llevas colgado, te lo dio Fang Chi, ¿verdad?
—… Sí. —Sun Wenqu tocó el pequeño hueso sobre su pecho, algo inquieto. Aunque a él no le importaba, Fang Chi aún no estaba preparado y no podía permitir que la abuela intuyera nada a través de él—. Perdió una apuesta conmigo y me lo dio.
La abuela se rio.
—Ese pequeño revoltoso, de chico hasta jugando a piedra, papel o tijera perdía más de lo que ganaba y aun así se pone a apostar.
Sun Wenqu sonrió.
—Ese era su tesoro. Si estuvo dispuesto a dártelo, es que te considera un amigo de corazón —dijo la abuela—. Shuiqu… A Fang Chi lo criamos un poco a lo bruto desde pequeño. Sus padres no se ocupaban mucho de él y su abuelo y yo no entendemos de muchas cosas, solo nos asegurábamos de que estuviera alimentado, abrigado y no pasara penurias.
—Ustedes lo han criado muy bien —dijo Sun Wenqu—. Fang Chi es un chico muy sensato.
—Lo es. —La abuela sonrió con alegría—. Pero cuando está solo afuera, si le pasa algo, no tiene con quién hablarlo.. Si nos lo cuenta a nosotros, no entendemos. Shuiqu, tú eres muy culto y educado. Veo que Fang Chi te admira mucho. Cuando tengas tiempo, dale una mano.
—Sí, lo haré. —Sun Wenqu asintió.
Las palabras de la abuela le hicieron respirar con alivio; al menos ella no había notado nada extraño. Sin embargo, también le causaron cierta inquietud.
Era como si le pidiera que cuidara de Fang Chi. Si al final la abuela descubría que sí que le había dado una mano… pero en la cama, ¿qué pensaría? Por eso ni siquiera se atrevió a decir: «No se preocupe, abuela».
En un principio, había pensado quedarse aquí hasta que el trabajo en el que estaba concentrado tomara forma, pero ahora, viendo la situación, calculaba que tendría que irse en cuanto terminaran las vacaciones de Fang Chi. De lo contrario, cuanto más tiempo pasara con los abuelos, más profundo sería el afecto y más difícil resultaría lidiar con ello en el futuro.
O quizá… ni siquiera podría llegar al final de las vacaciones. Al estar juntos todos los días, con esa insistencia de Fang Chi de estar «pegado» a él a la menor oportunidad, era muy probable que los descubrieran en cualquier momento.
Esta situación sería sin duda un desastre catastrófico antes de que Fang Chi estuviera preparado.
Sun Wenqu regresó a su habitación y llamó a Ma Liang.
—Ayúdame a buscar una casa.
—¿Qué, qué tipo de casa? —preguntó Ma Liang.
—Para vivir, ¿de qué otro tipo hay?
—¿Para, para vivir tú solo? —Ma Liang sabía en qué punto estaban ellos dos, así que se sorprendió un poco al oír esto—. ¿No estabas vi-viviendo en la ca-casa de… tu hijo?
—Él aún no piensa decírselo a su familia. Si sigo quedándome aquí y si los abuelos se enteran, sería un lío imposible de resolver —dijo Sun Wenqu—. Búscame un departamento.
—¿Para cuándo lo ne-necesitas?
—Alquílalo primero. Cuando tenga que irme, voy directo.
—Señorito, para ser un va-vago sin oficio ni beneficio, sí que sabe malgastar el dinero. —Ma Liang chasqueó la lengua.
Fang Chi y su grupo de compañeros no regresaron hasta pasadas las seis de la tarde. Estaban empapados en sudor y con las caras encendidas por el calor; en cuanto entraron, empezaron a gritar que estaban muertos de cansancio.
Las chicas fueron a bañarse a la ducha, mientras que los chicos se refrescaban en el patio trasero con la manguera que usaban para regar el huerto.
Sun Wenqu observó aquella «danza de demonios» desde la ventana durante un rato. Al poco tiempo, vio a Fang Chi corriendo hacia el interior de la casa mientras se secaba el pelo con una toalla.
Apenas diez segundos después, la puerta de su habitación fue golpeada suavemente dos veces.
—No está cerrada —dijo Sun Wenqu, volviéndose y apoyándose contra la mesa.
La puerta se abrió y Fang Chi entró como un torbellino, envuelto en una ráfaga de aire y cubierto de gotas de agua aún sin secar. En cuanto cerró la puerta, se lanzó hacia él y lo abrazó con fuerza.
—¿Me estás usando de toalla? —Sun Wenqu intentó esquivarlo echándose hacia atrás.
Fang Chi soltó un par de risitas tontas y lo sujetó con más fuerza, llenándole la cara, la boca y el cuello de besos.
—Te extrañé. Estuve pensando en ti todo el camino, estuve pensando en ti todo el día.
Sun Wenqu levantó los brazos para abrazarlo y le revolvió un poco el cabello húmedo.
—Dime —susurró Fang Chi en su oído—, si ahora ya es así, ¿qué voy a hacer cuando tenga que ir a la universidad?
Sun Wenqu inclinó la cabeza y le dio un beso en la comisura de los labios, sin responder.
Había pensado en hablar hoy con Fang Chi sobre el hecho de no seguir viviendo allí, pero al escuchar esas palabras, no pudo encontrar la forma de decirlo.
[1] Pan plano (烙饼 – Laobing): Un tipo de pan sin levadura cocinado en sartén, muy común en el norte de China y zonas rurales.
[2] Fideos de cristal (粉丝 – Fensi): Fideos transparentes hechos de almidón (generalmente de frijol mungo), populares en sopas por su textura ligera.
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