Al deambular por la mansión, uno se topaba con retratos sin importar a dónde fuera.
Los retratos no discriminaban lugares. Se encontraban en los dormitorios, las salas de estar, los pasillos y las escaleras; e incluso, por supuesto, en el vestíbulo de la entrada.
Dado que colgaban de marcos de latón grandes y pesados, daba la impresión de que, si por alguna razón una pintura llegara a desprenderse de la pared, uno moriría aplastado.
Sin embargo, a pesar de que había colgado semejante sinnúmero de pinturas, el retrato de su padre no se veía por ninguna parte.
Ethan sentía curiosidad por su padre.
En vida, su madre jamás le había hablado de él ni una sola palabra, y solo antes de morir le había revelado su nombre. Para luego añadir:
“No te pareces en nada a tu padre.”
En aquel entonces le creyó, pero fue recién tras llegar a este lugar que notó que algo andaba mal.
Los sirvientes de la mansión se alteraban cada vez que veían a Ethan por primera vez. Y una vez que descubrían su identidad, ponían una expresión de profunda añoranza. Como si estuvieran frente a un rostro familiar al que extrañaban.
Con todo, en este lugar no había ni un solo objeto que evocara a su padre. Pensándolo bien, era algo extraño. ¿Acaso lo normal cuando alguien fallece no es colgar el retrato del difunto en un lugar visible? Esto con el fin de recordar al fallecido y honrar su memoria.
Sentía curiosidad, pero nadie le daba respuestas.
Por extraño que resultara, la gente de la casa no le hablaba de su padre. Incluso si preguntaba directamente, en lugar de responderle, hacían como si no hubieran escuchado nada y cambiaban de tema. Como si una persona así jamás hubiera existido desde el primer momento.
Los habitantes de la mansión conspiraban para ocultarle algo. Ethan lo percibía por instinto.
¿Por qué tenían que ocultarlo? ¿Qué clase de historia había detrás para que guardaran tanto secreto sobre la existencia de un muerto?
La duda sin resolver no hacía más que crecer con el paso del tiempo.
Y a medida que crecía, menos ganas le daban de rendirse. Al contrario, una obstinada terquedad despertó en él, convenciéndolo de que debía encontrarlo a como diera lugar.
Por lo pronto, lo primero era buscar un retrato. Seguramente habría al menos uno en alguna parte.
Quería confirmar con sus propios ojos cuánto se parecían.
Ethan subió y bajó las escaleras de la mansión en busca del retrato de su padre. Registró minuciosamente cada rincón, desde los pasillos y los descansos de las escaleras hasta las habitaciones más arrumbadas, pero la pintura no aparecía.
Fue entonces cuando, de repente, se dio cuenta de que no había abierto la puerta ubicada al extremo final del pasillo del primer piso. Era la puerta que conducía al ala derecha de la mansión, la cual rodeaba el patio.
Una puerta colosal de madera de caoba, que parecía albergar secretos misteriosos, se erguía ante sus ojos.
Sujetó con cuidado las manijas de latón dispuestas a ambos lados.
La pesada hoja de la puerta se movió lentamente. Las bisagras, lubricadas y tersas, ayudaron a que la puerta se abriera sin emitir sonido alguno.
Cuando finalmente abrió la puerta de par en par, una intensa luz solar se derramó sobre él, como si le diera la bienvenida al intruso.
Apareció una galería de arte espaciosa y despejada.
Tapizada de seda roja, con candelabros colgando del alto techo, la galería se extendía con un aire majestuoso y estaba repleta de pinturas. Eran retratos que exhibían la crónica de un noble linaje.
Los retratos de los sucesivos condes de Leicester y sus condesas.
Aquel espacio, que hacía gala de la antigua historia de la familia, emanaba una atmósfera que trascendía el tiempo.
Sin duda era un lugar hermoso, pero Ethan sintió que no era bienvenido.
Los antepasados de la familia colgados en la pared miraban a Ethan desde las alturas, reprendiéndolo en silencio para que se marchara de allí de inmediato. Le gritaban que no tenía derecho a entrar a ese lugar.
Ethan avanzó a lo largo del pasillo, soportando aquellas miradas de muda censura.
Las miradas de los que ya habían muerto no le daban miedo. Lo importante era encontrar la pintura de su padre.
Ethan fue examinando los retratos uno por uno. Ellos parecían evidentemente enfurecidos por su presencia. Pero, ¿qué más podían hacer aparte de mirarlo con furia?
Para ahuyentar el temor, los desafió con la mirada a propósito.
«Sin duda, yo llevo la sangre de esta familia. Ustedes también deberían enterarse bien. Porque pronto aparecerá la prueba de ello.»
Sin embargo, a medida que caminaba por la galería, la pintura que esperaba no aparecía. Ethan continuó avanzando con una decepción cada vez más densa a cuestas.
«Si mis sospechas son correctas, mi rostro debe parecerse mucho al de mi padre. Así que seguro podré reconocerlo.»
Como si se burlara de sus pensamientos, vio que la pared del fondo del pasillo se aproximaba. El final no albergaba más que oscuridad.
Estando a medias descorazonado, llegó ante la última pintura, y un rostro impensable emergió de golpe ante sus ojos como una aparición.
Ethan se quedó inmóvil, como hechizado.
Un rostro desconocido, pero a la vez familiar; un hombre rubio vestido de uniforme se erigía ante sus ojos.
El hombre llevaba el uniforme de gala de la Marina. La forma en que sostenía la gorra militar de gala con detalles dorados bajo el brazo lo hacía ver exactamente como un oficial que pasa revista a las tropas.
Las hombreras bordadas con un grueso hilo de oro, la hilera de botones dorados alineados y las condecoraciones prendidas en el pecho le conferían una profunda solemnidad. Lucía sumamente imponente.
Tenía el deslumbrante cabello rubio platino pulcramente peinado hacia atrás, y su puente nasal recto junto a una línea de la mandíbula afilada y firme irradiaban una fuerte masculinidad.
Aquellas pupilas azules, tan gélidas que parecían capaces de congelar a cualquiera, seguían siendo las mismas.
Le dio la impresión de que se trataba de una pintura bastante reciente. A excepción del cabello, que llevaba un poco más corto, no parecía haber cambiado en nada con respecto a su apariencia actual.
¿Era un militar?
Ethan contempló el cuadro completamente embelesado.
Jamás se había imaginado que aquel hombre fuera militar, pero ahora que lo veía en el retrato, el uniforme le sentaba a la perfección. De la cabeza a los pies, lucía como un soldado de nacimiento. Un oficial al mando de la Marina; la sola idea resultaba fascinante.
Atraído por una tentación indescifrable, extendió la mano hacia la pintura.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Sobresaltado por aquellas palabras que resonaron como si lo despertaran de un sueño brumoso, giró la cabeza.
El hombre estaba de pie en el umbral de la puerta. Cada vez que daba un paso, sus pesadas pisadas resonaban con frialdad por el lugar. A medida que su presencia se aproximaba, el corazón del niño latía con mayor rapidez.
El hombre se plantó justo al lado de Ethan. Con la espalda erguida, clavó la mirada fijamente en la pintura que tenía enfrente.
Debido a la extrema tensión, Ethan fue incapaz siquiera de emitir el sonido de su respiración.
De pronto, le resultó difícil creer que el cuadro ante sus ojos y el hombre a su lado fueran la misma persona. En este preciso instante, el hombre que lo acompañaba era la personificación misma de un aristócrata elegante y refinado. Era imposible imaginárselo vistiendo un uniforme militar y arrojándose a un campo de batalla.
El hombre, que contemplaba su propio retrato con la misma indiferencia con la que se mira a un extraño, abrió la boca. Al escucharlo, los ojos de Ethan se abrieron de par en par.
—No creas que ignoro que andas deambulando por todas partes como una rata.
—¡…!
—Si estás buscando algo de valor, más te vale que desistas.
Al ser tratado como un ladrón que deambula saqueando una casa vacía, la mente de Ethan se quedó completamente en blanco. Le dio un vuelco la cabeza. Si hubiera podido, le habría propinado un buen golpe.
Tras decir aquello, el hombre se dio la vuelta. Ethan, que clavaba una mirada furiosa en su espalda mientras este se alejaba como si ya hubiera terminado su asunto, gritó con todas sus fuerzas. Fue un acto cometido por puro impulso.
—¡¿Y mi padre?!
Las pesadas pisadas se detuvieron en seco.
—Mi padre… ¿Qué clase de persona era?
El hombre permaneció inmóvil durante un buen rato.
Ethan lo fulminó con la mirada, con el pecho agitándose con fuerza debido a la agitación. Él no era un ladrón. Era el hijo que llevaba la sangre de un padre que había nacido y crecido en esa misma casa. Por mucho que al hombre le pesara, eso era algo que no podía negar.
—Nunca he visto a mi padre. Solo lo estaba buscando porque tenía curiosidad. ¡Eso no tiene nada de malo! —gritó articulando cada palabra con firmeza, reclamando su derecho con total legitimidad.
Fue entonces cuando el cuerpo inmóvil del hombre se movió.
El sonido de unas pisadas afiladas resonó de forma agresiva mientras el hombre se aproximaba a gran velocidad. Ethan, intimidado por un ímpetu que no se esperaba, dio un paso atrás. El hombre lo arrinconó de inmediato.
—¿Que cómo era tu padre?
En cuanto la distancia entre ambos se redujo al mínimo, Ethan se quedó completamente paralizado, como si le hubieran plantado un cuchillo en el cuello.
Un brillo insólito y perturbador envolvía los ojos del hombre. Era una luz fría y escalofriante.
Él inclinó la cabeza hacia abajo.
—Tu padre… era un ser humano abominable…
Aquella voz baja, que parecía masticar y escupir cada palabra, retumbó en los oídos del niño. Ethan se estremeció al escuchar un tono de voz que parecía provenir del fondo del abismo.
—Si tanto te intriga saber qué aspecto tenía ese infeliz…
El hombre lo sujetó con fuerza por el cuello de la camisa, levantándolo en el aire. Ethan fue arrastrado hacia arriba sin poder oponer la más mínima resistencia.
—…Mírate en un espejo —sentenció el hombre en un susurro—. Porque ahí dentro verás a tu padre sonriendo de una forma espeluznante.
Al encontrarse directamente con aquellos ojos desbordantes de aborrecimiento, Ethan sintió como si el corazón se le detuviera.
Jamás en su vida había visto un rostro tan cargado de un odio y una furia tan pavorosos.
El hombre arrojó a Ethan al suelo como quien tira un trozo de equipaje. Se dio la vuelta con determinación y abandonó el lugar. La puerta se cerró con un estruendoso portazo que pareció romper el aire. La vibración, que sacudió sus tímpanos dejándolos sordos, flotó en el ambiente durante un largo rato.
Ethan se desplomó en el suelo, cayendo cuan largo era como una muñeca a la que le han cortado los hilos. Se quedó mirando fijamente la puerta cerrada, aturdido, sin poder asimilar del todo lo que acababa de ocurrir.
Solo después de que pasó un buen rato se percató de que su cuerpo no paraba de temblar.
Apretó los puños con fuerza, pero el temblor no cesó. Al contrario, se intensificó. Ethan temblaba incontrolablemente, igual que un animal desvalido que agoniza a causa del frío.
En el instante en que se topó de frente con el odio de aquel hombre, lo único que Ethan pudo experimentar fue un terror absoluto.
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.