Ethan sufrió una fiebre terrible.
Tenía ambas mejillas tan rojas que parecían arder, y su frente era una auténtica bola de fuego.
Era febrero y, por más que el clima hubiera templado un poco, era natural que enfermara tras haberse arrojado a unas aguas donde el hielo fino aún no se había derretido del todo.
Hacía muy poco que había escapado de la desnutrición. Sus defensas, que apenas se estaban recuperando, se desplomaron por completo, obligándolo a pasar tres días enteros postrado en la cama, gimiendo de dolor.
Tuvo pesadillas. En sus sueños, el rostro de su madre y los de personas conocidas se entrelazaban alternadamente. De repente, un enorme ataúd apareció ante él y se cerró con un estruendoso impacto, mientras una tormenta de nieve caía de golpe, nublándole la vista.
Ethan se vio a sí mismo desplomado frente a la mansión, en medio de aquel vendaval de nieve.
Copos silenciosos se acumularon en una capa gruesa sobre su cuerpo. El frío desapareció y con él, toda sensación en su anatomía. Un sopor abrumador lo invadió. «No debo dormir…», se dijo, pero, en contra de su voluntad, su conciencia se fue distanciando más y más.
Los recuerdos posteriores no quedaron grabados en su mente. Fueron las palabras que le contaron las doncellas y los lacayos las que, como hilos de urdimbre y trama, se tejieron para llenar los vacíos de su memoria.
Ethan creyó escuchar el sonido de unas pisadas firmes aproximándose a través de la nieve. Sintió que una mano grande y elegante, enfundada en un guante de cuero, le sacudía la nieve de encima y levantaba su cuerpo inerte fácilmente.
El regazo del hombre, donde halló un refugio seguro, era tan cálido como una cueva con una hoguera encendida. Una calidez tan acogedora que le daban ganas de hundir el rostro en ella, acurrucarse y dejarse mimar.
El viento helado y cortante, así como la sensación de la nieve fría contra sus mejillas, se esfumaron. De pronto, Ethan abrió los ojos al percibir la sutil sensación de una gota de agua cayendo en alguna parte.
Por encima de su cabeza, alcanzó a ver la mandíbula firme del hombre.
Una gota de agua, deslizándose por aquella línea de la mandíbula fuerte y afilada, pasó el contorno de su nuez de Adán y se impregnó en su camisa. A través de la prenda empapada y completamente ceñida, se apreciaba el leve ascenso y descenso de su robusto pecho.
La mirada del hombre apuntaba hacia el frente.
Daba la impresión de que sería capaz de plantarle cara a cualquier tormenta sin el menor asomo de temor. Daba la sensación de que vencería cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino, sin amedrentarse jamás.
Extrañamente, eso lo tranquilizó.
Ethan abrió los ojos. Un sudor frío, que empapaba su frente por completo, le humedeció las pestañas antes de deslizarse mejilla abajo. Unos dedos largos y elegantes le apartaron con suavidad el cabello mojado por el sudor. Era una caricia sumamente afectuosa. «Debió de ser un sueño», pensó. Si no fuera un sueño, era imposible que fuera tan tierno con él. Por puro impulso, aferró aquella mano grande y frotó su mejilla contra ella. La sensación fresca al contacto con su piel febril le resultó reconfortante.
Deseó con el corazón que esa mano permaneciera a su lado para siempre…
Como si hubiera sido capaz de leer ese anhelo tan ferviente, los dedos acariciaron su mejilla. Sin percatarse siquiera de que las comisuras de sus labios, antes rígidas, se curvaban en una leve sonrisa, Ethan se sumió en un sueño profundo.
Cuando volvió a abrir los ojos, no había nadie. La habitación, caldeada por la leña, estaba inundada de un calor sofocante. Sobre una bandeja de plata descansaban un cuenco de porcelana, paños húmedos y una taza con la infusión que debieron de haber vertido en su boca a intervalos.
Al incorporarse apoyando el codo, rozó algo sin querer. Junto a la almohada había una caja del tamaño de la palma de una mano.
Abrió con cautela la caja hecha de madera de caoba. Al comprobar lo que había en su interior, los ojos de Ethan se abrieron de par en par.
Envuelto en terciopelo rojo, se apreciaba un collar de oro. Era el collar completo, sin rastro alguno de la cadena rota.
Al presionar el cierre, este cedió con un leve clic, y el retrato en miniatura resguardado en el relicario de latón quedó a la vista.
Ethan enmudeció.
Al encontrarse con la imagen de su madre en la fotografía, se le inundaron los ojos de lágrimas.
Si su madre estuviera viva, tendría tantas cosas que preguntarle, pero ya no podía formularle ni una sola pregunta.
El sonido de la puerta al abrirse anunció la entrada de Phoebe, que traía los brazos cargados de leña.
—¡Joven amo, ha despertado! Qué alivio que haya recobrado el conocimiento. ¡No, no haga eso, no se mueva! El doctor dijo que debía guardar reposo absoluto. Por favor, acuéstese de inmediato —exclamó Phoebe con su habitual agitación.
Poco después, William entró acompañado por el doctor Harrison. Mientras conversaban con el médico, una frase que William soltó de pasada atravesó la bruma de su débil conciencia y se grabó con nitidez en su mente:
—El Señor veló su cama durante toda la noche.
«¿No fue un sueño? ¿Esa mano que acariciaba mi mejilla fue real?»
Le costaba creerlo.
Sin embargo, el hecho de que aquel hombre se hubiera arrojado al lago para salvarlo era una verdad innegable. Incluso había cancelado sus compromisos para quedarse a custodiar su cama.
—El collar fue encomendado a un célebre joyero de Londres. Es un artesano con una reputación intachable en Bond Street. El Señor Edmund le encargó personalmente, y con insistencia, que debía repararlo a la perfección, de modo que no quedara ni el más mínimo rastro del daño.
Cuanto más escuchaba, más irreal le parecía todo.
«¿Que él mismo se lanzó al agua para salvarme? ¿Que veló mi cama durante toda la noche?»
¿Por qué?
Los presentes abandonaron la habitación y el silencio volvió a reinar en los cuatro costados. A excepción de la lámpara situada en la mesa de noche, el entorno permanecía a oscuras. Solo el fuego de la chimenea ardía sin emitir un solo ruido.
Ethan se recostó de lado sobre la almohada y contempló absorto el collar que sostenía en la mano. Bajo el reflejo de la lumbre, la joya destellaba con un tenue fulgor dorado.
¿Por qué?
Por más que escudriñaba el objeto, no había respuesta alguna en su interior.
Al día siguiente, la familia de Harold abandonó la mansión.
—Me alegra ver que te has recuperado. Lamento profundamente lo que te ocurrió —dijo Harold, expresándose como si el incidente no tuviera absolutamente nada que ver con él. Antes de marcharse, no obstante, le dejó una advertencia a Ethan—: Muchacho, más te vale ser cauteloso.
Pronunció aquellas palabras esbozando una sonrisa que pretendía ser afable, pero que resultaba extrañamente perturbadora.
—Porque, verás, Edmund deseará que te ocurra una desgracia de una forma u otra. Vaya, mirándote de cerca, eres el vivo retrato de Richard. Qué lástima. En cualquier otra familia habrías recibido montones de amor por ser tan bien parecido.
Dejando atrás una risa cargada de malicia y una semilla de mal agüero cuyo significado era indescifrable, Harold abandonó la mansión.
En el pórtico flanqueado por columnas de estilo corintio, los dos hombres se estrecharon la mano brevemente.
Pateando los adoquines del patio mientras esperaban la partida, los hermanos divisaron a Ethan, que había salido al exterior.
—¡Oye!
Jacob agitó la mano como si nada hubiera pasado, pero Martin fue incapaz de sostenerle la mirada a Ethan hasta el último instante de su partida.
—Edmund.
Harold, ya subido en el asiento del conductor, asomó la cabeza como si se acordara de un asunto de última hora. Levantó levemente el sombrero y lo volvió a colocar mientras exclamaba con tono jovial:
—Me alegra ver que tienes buen aspecto. Pensé que no podrías vivir en paz debido a la culpa por lo de Richard. Ya sabes, por lo que le hiciste. Aunque, a decir verdad, ningún ser humano podría vivir en paz después de eso.
Aquellas últimas palabras que añadió sonaron casi como una maldición.
—En fin, ¡nos vemos luego en Londres!
Tras soltar semejante bomba, el Ford verde arrancó a toda velocidad por el sendero de entrada, despidiendo un humo negro como si batiera en retirada.
El entorno quedó sumido en el silencio hasta que el automóvil, que descendía la colina a toda velocidad, cruzó el lago y se desvaneció como un punto borroso en la distancia. Era un silencio gélido y profundamente denso que traía a la mente las criptas subterráneas de una capilla. Los sirvientes que habían salido al portal para despedir a las visitas se quedaron con el rostro pálido, incapaces de articular palabra.
Edmund se dio la vuelta. Los sirvientes bajaron la mirada e inclinaron la cabeza, apartándose con deferencia para dejar pasar a su Señor. Era una actitud sumisa, pero impregnada de un temor evidente.
Ethan contempló la espalda del hombre mientras subía las escaleras de mármol y desaparecía en el interior del vestíbulo. A los ojos de Ethan, que permanecía de pie en el patio inundado de sol, la vacía oscuridad de la mansión parecía tragarse al hombre por completo.
«¿De verdad fue él quien me salvó?»
A Ethan no se le permitió dar un solo paso fuera de la habitación debido a su condición de paciente. Incluso recibía sus alimentos en la cama.
Tras la cena, se encontraba sentado frente a la chimenea, envuelto en una abrigadora manta de lana. El intenso fuego de los leños ardía con fuerza. Su cuerpo comenzó a relajarse y un rubor saludable tiñó sus mejillas.
Se escuchó un golpe en la puerta.
—Adelante.
Dio por sentado que sería Phoebe, pero la silueta que apareció fue de alguien completamente inesperado. Sobresaltado, Ethan se puso de pie de un salto.
—Siéntate —lo retuvo el hombre. —¿Cómo se encuentra tu cuerpo?
Ethan vaciló un instante antes de responder en voz baja:
—Bien. He mejorado mucho.
—Me alegra saberlo.
Aquellas palabras, que sonaban a una preocupación sincera, le provocaron una extraña sensación. Sin embargo, al segundo siguiente, ese ánimo reconfortante se esfumó sin dejar rastro.
—¿Qué ocurrió en el lago?
Ethan, que había estado contemplando el fuego con rostro inexpresivo, clavó la mirada en el hombre.
—¿Acaso los niños no se lo contaron?
—Te lo estoy preguntando a ti.
Era evidente que Martin habría testificado que él, por cuenta propia y como un estúpido, se había caído al agua. El lacayo también debió de perderse ese preciso instante por estar cuidando de Jacob. Por esa razón lo estaba interrogando de esta manera. Quizá debería considerarse afortunado de que, al menos, ese tonto testarudo no insistiera en que se había robado el collar; aunque creer semejante mentira tras ver la fotografía del interior sería aún más estúpido.
—Ethan.
—Si se lo digo… —Soltó Ethan, rompiendo el prolongado silencio con un tono mordaz—, ¿me va a creer?
«No me va a creer de todos modos.»
«Va a creer la palabra de ese sujeto antes que la mía. Porque él es un pariente que lleva la sangre del linaje familiar, mientras que yo no soy más que un sucio bastardo.»
Ethan no había olvidado las palabras que el hombre le había infligido. El hombre lo había despreciado y, bajo el argumento de que un bastardo no tenía derecho a poner un pie en la familia, había intentado mandarlo a un orfanato sin dudarlo un segundo. Lo había humillado hasta la médula.
¿Acaso no le había advertido que no llamara la atención? ¿Acaso no lo había tratado como a un vulgar ladrón cuando solo buscaba el retrato de su padre? Cuando su único deseo era saber qué aspecto tenía.
La crueldad del hombre había dejado una herida punzante en el alma de Ethan. Por eso, en el fondo, se resistía a creer que él lo hubiera salvado.
«Sabiendo que había demasiados ojos observando, no le quedó más remedio que intervenir. Si me hubiera dejado morir allí mismo, habría cargado con un estigma espantoso.»
Lo que el hombre buscaba era evidente: quería obtener la confirmación de que el niño había dado un mal paso estúpidamente por su cuenta y riesgo. Solo así nadie saldría perjudicado.
Ethan se negaba a darle la respuesta que él deseaba escuchar.
Ethan fulminó al hombre con la mirada. Tensó cada músculo de su cuerpo, preparándose para la tormenta que estaba a punto de desatarse ante sus ojos.
No huiría. Tampoco se rebajaría a ser servil.
Ese era el único método que Ethan conocía, el único que tenía para protegerse a sí mismo.
Fue justo cuando cerró la boca con fuerza y respiró hondo, preparándose para lo que venía, que escuchó:
—De acuerdo.
Ethan se quedó atónito.
El hombre no estaba enfadado.
El hombre, que permanecía de pie junto al umbral de la puerta, se movió. Ethan se tensó instintivamente, temiendo que se aproximara de golpe para sujetarlo por el cuello de la camisa o arrastrarlo fuera del sillón.
Sin embargo, ocurrió algo completamente inesperado.
El hombre se arrodilló a los pies de Ethan. Apoyando una rodilla en el suelo, bajó su estatura para quedar a la altura de sus ojos. Tomó la manta que se había deslizado y la subió para cubrirle los hombros. Sus manos se movieron con una delicadeza sumamente afectuosa mientras lo envolvía con esmero para abrigarlo bien.
Ethan, que contemplaba aquellas manos en su campo visual como si estuviera hechizado, levantó la cabeza. Sus miradas se cruzaron.
—Te creo.
Su voz fue un suave murmullo.
Unas pupilas de un azul límpido, desprovistas de cualquier asomo de duda o de mala intención, acariciaron el corazón de Ethan. Una onda de conmoción se propagó en su pecho.
«Es mentira.»
Sus labios se entreabrieron para articularlo, pero las palabras se negaron a salir de su boca.
—Te pido disculpas por haberte tratado de manera tan injusta hasta ahora.
Ethan contuvo el aliento. No podía dar crédito a lo que escuchaban sus oídos.
—Aun sabiendo que tú no tenías la culpa de nada, me dejé arrastrar por un juicio erróneo y fui cruel contigo. Es ahora cuando finalmente lo comprendo.
Sin buscar excusas ni pretextos, reconoció su falta con total serenidad. El hombre no intentó defenderse a sí mismo. Tampoco utilizó la autoridad que poseía para justificarse o para forzarlo a otorgarle el perdón.
—Te lo digo una vez más. Lo lamento.
La mirada del hombre se posó en Ethan.
—Si cambias de opinión, puedes buscarme en cualquier momento. Estaré dispuesto a escuchar lo que tengas que decir.
Tras contemplar a Ethan durante un momento, el hombre se incorporó. Parecía haber intuido que el niño no diría nada por el momento.
—Descansa bien.
Se dio la vuelta antes de que Ethan pudiera formular alguna reacción.
Dio la impresión de que si cruzaba la puerta en ese instante, jamás regresaría.
—¡Aquel día!
Ante aquel grito que estalló de improviso, el hombre se detuvo en seco. Ethan se puso de pie de un salto.
—¡Aquel día no me metí al lago a propósito! —Tragó aire con dificultad—. Martin arrojó al agua el recuerdo que me quedaba de mi madre. El único que tenía. No tuve otra opción si quería recuperarlo.
Su corazón latía con tanta fuerza que parecía a punto de perforar sus costillas y salirse del pecho.
—¡Es la verdad! —exclamó Ethan alzando la voz al no obtener respuesta—. Hicimos una competencia de lanzar rocas en el agua y yo le gané.
El hombre lo miró. Ethan añadió:
—Desde que vivía en Bethnal Green, jamás hubo un solo niño que pudiera ganarme en ese juego.
Aquellas palabras albergaban un orgullo singular.
Ethan sabía que ganaría, y aun si hubiera perdido, no habría tenido remordimientos porque sabía que había dado lo mejor de sí.
«Yo no soy un cobarde que se niega a aceptar la derrota como ese sujeto.»
«Tampoco soy un miserable que ataca los puntos débiles de los demás arrastrado por un retorcido complejo de inferioridad.»
«Si alguien comete una falta, pero es capaz de disculparse como es debido… entonces, yo puedo aceptarlo.»
El hombre lo contempló. Ethan aguardó su reacción con el corazón en un puño.
Él se aproximó y posó una mano sobre la cabeza de Ethan.
—Te agradezco que me lo hayas contado con tanta franqueza.
Sus dedos acariciaron su cabello de forma tan apacible como una suave brisa que roza la hierba del campo. Era exactamente el mismo tacto que, cuando se encontraba delirando por la fiebre, le había apartado el cabello empapado de sudor.
Ethan lo miró con fijeza, completamente estupefacto.
—Martin no volverá a poner un pie en esta mansión. Al menos no hasta que reconozca su falta y prometa que te pedirá disculpas.
Aquella declaración lo dejó consternado. Significaba que estaba prohibiendo la entrada a un sobrino que compartía la sangre de su linaje formal, todo por la dignidad de un simple hijo ilegítimo.
Ante una medida que jamás habría imaginado, su corazón dio un vuelco de alegría.
El hombre lo miró desde su altura.
—En el futuro, antes de actuar por tu cuenta, pide ayuda. De ser posible, a un adulto que sea capaz de protegerte.
—¿Y qué pasa si pierdo la oportunidad por hacer eso?
Si se hubiera dado la vuelta en el lago con la intención de buscar ayuda, existía la posibilidad de que hubiera perdido el relicario para siempre.
—Si eso ocurre, mandaré a vaciar todo el lago con tal de encontrártelo.
Ethan, que esperaba escuchar que en ese caso no habría habido otra opción o que no debía obsesionarse con el resultado, abrió los ojos de par en par ante la inesperada respuesta.
No había rastro de burla en el rostro del hombre.
No era una broma; hablaba completamente en serio. Si llegaba a ser necesario, estaba dispuesto a dejar al descubierto el mismísimo fondo del lago con tal de encontrarlo.
—Promételo. Promete que, antes de actuar por tu cuenta, me buscarás a mí.
No alcanzaba a comprender por qué aquellas palabras resonaban en sus oídos de una forma tan embriagadora. Ethan se estremeció.
El muchacho no había sido consciente de cuán exhausto se encontraba tras haber tenido que valerse por sí mismo durante tanto tiempo. Cada vez que tropezaba con un obstáculo y caía, asimilar la realidad de no tener un lugar donde apoyarse, y tener que incorporarse apoyando las manos sobre sus propias rodillas ensangrentadas, era una experiencia amarga y dolorosa.
Quizá fue por esa razón que Ethan asintió con la cabeza, como si estuviera hechizado.
—Sí.
El hombre acarició la cabeza de Ethan con un gesto de aprobación y, acto seguido, abandonó la habitación.
—Descansa.
La puerta se cerró con un leve clic.
Ethan permaneció de pie, completamente estupefacto durante un buen rato. Tan pronto como volvió en sí, corrió hacia la cama y se arrojó sobre ella. Se abrazó al mullido edredón y comenzó a rodar de un lado a otro. Se sentía como si flotara entre las nubes.
«Mi tío me pidió disculpas. Me acarició la cabeza con dulzura. Dijo que me creería.»
Todo aquello carecía de realismo.
“Promételo. Promete que antes de actuar por tu cuenta, me buscarás a mí.”
Aquella voz baja, firme y reconfortante, en la que se percibía una voluntad inquebrantable de protegerlo.
Con el rostro hundido entre las sábanas, el rubor se extendió por las mejillas de Ethan hasta teñirle la punta de las orejas de un rojo intenso.
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