Ya me dio hambre 🙁
—Bien, entonces…
La cocina bien equipada de la cabaña en el bosque estaba impregnada de un aire templado.
—A preparar la cena.
Seo Ji-oh ya estaba alistando los ingredientes.
—No tener que trabajar y limitarme a comer y dormir una y otra vez… ¿Existe mayor felicidad que esta?
Era, en toda regla, la gloriosa felicidad de un desempleado.
—Ahora que por fin soy un desempleado sin obligaciones, podré cumplir a la perfección con mi deber como un cerdito perezoso… Pienso quedarme sentado a la mesa durante tres horas seguidas.
Seo Ji-oh no solo era un sibarita, sino también un comilón de cuidado. La vida como profesor; donde debía mostrar un desempeño social constante, discreto y perfectamente equilibrado según las normas, había sido demasiado cruel para alguien que, en el fondo, era un cerdo de refinados gustos.
—Siempre había querido disfrutar de mis platillos favoritos, a solas y a la hora que más me apeteciera.
Seo Ji-oh asintió para sus adentros con su habitual rostro inexpresivo.
—Esta es la verdadera vida de campo…
Aunque no estaba del todo claro si esto entraba realmente en la categoría de “vida de campo”, a él le bastaba con que así fuera.
Además, a diferencia de su apariencia física, que parecía esculpida a partir de un glaciar del mismísimo Ártico, Seo Ji-oh se había criado en las profundas montañas de la provincia de Gangwon, por lo que, desde que se mudó a la gran ciudad, solo había estado buscando el momento ideal para regresar al campo.
—Pensar que tuve que perder mi empleo y convertirme en un cuadro para poder cumplir mi sueño de una vida rural… Definitivamente, la vida es un torbellino.
Era impredecible y, por eso mismo, divertida. Aunque claro, un torbellino real no tendría nada de divertido.
—Bueno, por hoy prepararé algo sencillo…
Con una lámpara colgada en lo alto, cuya vela ondeaba sin apagarse a pesar de la brisa, Seo Ji-oh sacó los ingredientes.
Batatas.
—…
Unas batatas enormes.
Parpadeó un par de veces, como si estuviera diseñando mentalmente su banquete del día, y finalmente tomó una decisión.
—…¿Y si preparo batatas salteadas con miel?
Era un platillo que solía cocinar a menudo cuando los ancianos del pueblo le enviaban batatas. Los únicos ingredientes necesarios eran un poco de miel, sal, batatas y mantequilla. No hacía falta nada más.
Por fortuna, todos estos ingredientes estaban en la cabaña. Al igual que el manantial de agua que existía a pesar de que él no lo había planeado, los muebles y los víveres dentro de la cabaña ya venían incluidos desde el principio.
En especial, el hecho de que los ingredientes se mantuvieran siempre en un estado óptimo sin importar los días que pasaran; tal vez por tratarse del mundo de una pintura, conmovió profundamente a Seo Ji-oh.
—Mmh…
Clac.
Seo Ji-oh sacó un tarro de porcelana con miel de un gabinete que desprendía un sutil aroma a madera de ciprés.
—…Creo que los lácteos estaban en el sótano.
Tanto los lácteos como la leche, el queso y la mantequilla, así como cualquier alimento que requiriera refrigeración, se guardaban en la bodega del sótano de la cabaña.
Rodeada por paredes de hielo translúcido que mantenían una temperatura gélida, la bodega funcionaba como un refrigerador excepcional. El frío era tal que al entrar se formaba vaho al respirar, pero gracias a que había “evolucionado” a un retrato poseído, Seo Ji-oh no sentía frío en absoluto.
«Se siente templado, como una frescura agradable.»
Aunque, considerando que el resto de los alimentos no se congelaban en absoluto, se preguntaba por qué demonios salía vaho al respirar en primer lugar.
—Es un fenómeno que desafía por completo las leyes de la física… pero bueno, como es curioso, no me quejo.
Con un tazón pequeño y un cuchillo en mano, bajó las escaleras que conducían al sótano. Ante él apareció la puerta de la bodega, hecha de una madera pesada y tan fría como el metal.
Al abrir la puerta, lo primero que vio en el interior de aquella cueva de hielo fueron unos cuantos tarros pequeños y un gran estante, todo organizado de forma un tanto improvisada.
«La última vez que revisé, parecía haber bastante variedad.»
Buscó entre los distintos bloques de mantequilla alineados en el estante.
—Mejor una mantequilla de aroma suave.
De entre todos los ingredientes dulces, la miel era uno de los que tenía un aroma más fuerte y dominante. Las batatas y la miel ya eran suficientes por sí solas; si a eso se le sumaba una mantequilla de olor demasiado denso, el plato resultaría empalagoso.
Tras encontrar una mantequilla de un tono amarillo pálido entre la variedad disponible, cortó un trozo pequeño.
—Si pongo demasiada, quedará muy grasoso…
Retiró solo la cantidad de mantequilla que usaría para esta ocasión, envolvió con cuidado el resto del bloque, cerró meticulosamente la puerta de la bodega y volvió a subir a la cocina.
Las habilidades culinarias de Seo Ji-oh eran bastante buenas. De lo contrario, siendo el sibarita que era, jamás se le habría ocurrido la idea de cocinar él mismo.
—Qué frescura.
Con manos expertas, lavó y peló las batatas. Luego, se quedó pensando en cómo cortarlas.
—…Primero…
Tras parpadear dos veces, cortó las batatas en bastones rectangulares de grosor medio, dándoles la forma de papas fritas.
—…Como tampoco es tanta cantidad.
Seo Ji-oh peló y cortó diecisiete batatas gigantescas.
Colocó los trozos de batata en una bandeja de hierro y la metió directamente al horno de leña. El horno, que ya estaba precalentado, doró rápidamente el exterior de las batatas.
En cuanto el fuerte calor dejó el exterior crujiente pero el interior aún completamente crudo, Seo Ji-oh las sacó del horno.
Así, con el exterior dorado y el centro todavía firme, las batatas se deslizaron una tras otra directamente sobre un wok enorme.
—Ahora, la mantequilla y la sal.
Mantuvo el fuego bajo para que la mantequilla no se quemara y espolvoreó un poco de sal por encima. Las batatas, cocinándose poco a poco a fuego lento, se tiñeron con una capa de mantequilla que desprendía un aroma dulce y sumamente tentador.
—Y un chorrito de miel…
Chisss…
—Adentro.
Tras verter la miel con una cuchara, Seo Ji-oh hizo girar el wok con destreza. La miel y la mantequilla se mezclaron con fuerza, como si estuviera preparando arroz frito en un restaurante chino, asentándose perfectamente sobre los bastones de batata.
—…
Cuando consideró que ya estaba en su punto.
—Bien.
Apagó el fuego y agitó la sartén un par de veces más. Lo hacía para ayudar a que la mantequilla y la miel se integraran por completo en lugar de separarse.
Si se saltaba este paso, la mantequilla se cortaría soltando grasa y la miel se volvería desagradablemente pegajosa, dando como resultado un platillo incomible.
«Aunque seguro que también tendría su gracia…»
Pero, tratándose de cocina, la textura era algo que se debía cuidar. Al fin y al cabo, un mismo sabor podía transformarse en un plato completamente distinto dependiendo de su textura.
—…Listo.
Seo Ji-oh sirvió las batatas salteadas con miel en un plato e inmediatamente sumergió el wok sucio en agua.
«Por muy necio que sea el ser humano, yo no pienso cometer el mismo error dos veces.»
La miel mezclada con mantequilla que se secaba y se pegaba a la sartén era como si estuviera poseída por un espíritu maligno, diseñada exclusivamente para poner a prueba la paciencia de un hombre tan bondadoso como Seo Ji-oh.
Como sea, este era su menú para la cena de hoy.
—Qué bien.
Este plato no solo era fácil de preparar, sino que funcionaba de maravilla tanto de bocadillo como de comida completa.
Sentado a la mesa de madera, Seo Ji-oh pinchó un bastón de batata con el tenedor. Aunque el exterior brillaba tanto como si fuera mattang1, la capa de miel era mucho más delicada y, combinada con la mantequilla, desprendía un aroma bastante complejo.
—…
Al notar lo suave que se hundía el tenedor en la batata, supo que había quedado perfectamente cocida. Seo Ji-oh se llevó el bocado a la boca sin dudarlo.
—…
Ñom, ñom…
Llegó a una conclusión.
—Está rico.
Tenía un sabor deliciosamente sencillo.
«Definitivamente prefiero esto antes que el mattang. Mi abuela también lo decía…»
A diferencia del mattang, que a veces era tan duro que podía lastimarte el paladar al morderlo, este salteado de batata con miel tenía un exterior muy tierno. La combinación de miel y mantequilla simplemente le aportaba una textura tersa y suave.
Era un platillo que ofrecía un deleite completamente distinto al del crujiente mattang.
«Como era de esperarse, la batata y la miel hacen una pareja excelente.»
Y la mantequilla junto con la sal completaban el equipo a la perfección.
La mantequilla añadía una riqueza única al aroma de la miel, que de otro modo habría sido muy simple, mientras que la pizca de sal equilibraba el plato para que no resultara empalagoso ni demasiado dulce.
—Quizás no habría estado mal agregarle un toque de hierbas por encima.
Especias comunes como la pimienta, el perejil o el romero podrían haber funcionado bien.
—Aunque eso haría que el aroma fuera demasiado fuerte. Tal vez perdería esa ligereza tan agradable.
Seo Ji-oh lo prefería así, tal cual estaba.
«La textura también es perfecta.»
La superficie de la batata, que había perdido gran parte de su humedad tras su rápido paso por el horno de leña, conservaba su toque crujiente a pesar de haber sido salteada en la mezcla de miel y mantequilla.
En contraste, el centro, que antes estaba completamente crudo, parecía haberse cocinado al vapor gracias al sellado de la salsa, quedando sumamente jugoso.
«La humedad del interior debió quedar atrapada por el intenso calor del horno. Fue un acierto dorar el exterior primero.»
Cortarlas en bastones alargados hacía que fuera divertido comerlas y ofrecía una interesante variedad de texturas en cada bocado.
Si comiera demasiado seguro terminaría empalagado, pero esta cantidad era ideal para disfrutar de una buena comida. Después de todo, Seo Ji-oh era un hombre de gran apetito.
—…
Al mirar el plato vacío, donde ya solo quedaban rastros de la salsa de miel y mantequilla, Seo Ji-oh reflexionó.
«Definitivamente, soy una papa genial.»
No quería cenar pesado porque ya casi era hora de dormir, así que había sido el menú perfecto.
—Me encanta.
La linterna sobre la mesa emitía una luz cálida y tenue. Tenía un aire sumamente analógico que, al contemplarlo en silencio, le despertaba cierta nostalgia, aunque no fuera la casa de su infancia.
—Sería ideal para usarla en un campamento.
Seo Ji-oh permaneció sentado un largo rato, envuelto en esa reconfortante sensación de saciedad que invita al sueño. Disfrutando de la placentera pereza que deja un plato vacío pero satisfactorio, y escuchando el sutil susurro de la linterna que suavizaba el ambiente…
Poco después, la mirada de Seo Ji-oh se desvió hacia la ventana, donde la brisa primaveral parecía asomarse tímidamente.
—…
Tras contemplar el exterior, que se había oscurecido por completo hacía bastante tiempo, se levantó de la silla.
—…Será mejor dejar los ingredientes medicinales preparados desde ahora.
Lo hacía con la intención de elaborar la medicina para las hemorragias que el sistema le había indicado.
Por alguna razón, no sentía que fuera a necesitar usarla pronto, pero ir creando cosas una a una para ampliar su colección era uno de los grandes placeres de un artista. Era, en cierto modo, su propio catálogo de obras.
—Primero lavaré los frutos de Mandung y los dejaré ventilar. Va a tomar bastante tiempo secarlos por completo para poder hacerlos polvo. Como tienen cierto tamaño, seguro tardarán más que hacer pasas…
Aunque había estado a punto de quedarse dormido, el azúcar parecía haber activado su cerebro, haciéndolo pensar con rapidez.
—Para empezar, ¿qué tal si intento hacer unas cincuenta píldoras para el futuro? Aunque solo tengo tres flores y el jugo no sea mucho, si preparo una buena cantidad de polvo, de todos modos podré usarlo más adelante.
Tras llegar a una conclusión, Seo Ji-oh se puso en marcha.
Lavó minuciosamente los frutos con el agua potable que había traído del manantial. Los frutos de Mandung eran bastante elásticos al tacto, pero al sumergirlos en el agua, su interior se volvía ligeramente traslúcido.
«…Se parecen un poco a las grosellas espinosas.»
Por supuesto, los frutos de Mandung se diferenciaban claramente por tener el interior completamente repleto de pulpa.
Seo Ji-oh continuó lavando cada uno de los frutos mientras hilaba estos pensamientos triviales.
—…
Frot, frot.
—Muy bien.
Los frutos en forma de canicas de un rojo intenso, sumergidos en el agua cristalina del arroyo. El sonido limpio y fresco que producían al ser tallados con fuerza por las manos de Seo Ji-oh era mucho más placentero de lo que imaginaba.
Una vez limpios, los colocó sobre un colador de madera.
—Como el estómago podría pedirme algo más tarde, guardaré unos cuantos para comer como bocadillo.
Aunque ahora ya era de noche, sabía que para que se secaran bien lo ideal sería dejarlos afuera, en un lugar bien ventilado y donde el sol diera con fuerza al día siguiente. Así que acomodó el colador con los frutos justo en la entrada de la cabaña.
—Y ahora…
Al volver adentro, se acercó al hogar donde la leña ya estaba apilada.
«Llegó el momento de encender el fuego.»
Chas, chas.
Seo Ji-oh agitó una planta que tenía una esfera redonda en la punta.
De inmediato, un sonido sordo y amortiguado resonó desde el interior de la esfera y el fuego brotó con un vivo destello. Era una llama pequeña pero bastante intensa, de un tono azulado, que comenzaba a desprender una fragancia sutil.
Visualmente era tan reconfortante como una fogata en pleno invierno.
—…
Seo Ji-oh la arrojó sobre los leños del hogar para encender la fogata.
Flor de Cascabel
Propiedades: Una flor no comestible que, en lugar de los pétalos habituales, desarrolla esferas negras.
Efecto: Si se agita la flor cuando aún se encuentra en su fase de esfera antes de florecer por completo, el pistilo y los estambres chocan entre sí en su interior y generan fuego. Dado que se requiere un movimiento vertical bastante enérgico para que salten las chispas, es casi imposible que se encienda de forma natural.
Básicamente, funcionaba como un reemplazo para un encendedor o los fósforos.
—…Es ligera e incluso bonita. Si vendieran esto en la Tierra, habría sido un éxito rotundo como artículo de campamento estético…
Murmurando palabras de codicia mundana con su habitual rostro inexpresivo, Seo Ji-oh hurgó en la cesta. Sacó diez flores de Baibamunil, aquellas que se parecían a las orquídeas. Tras darles un lavado rápido, las colocó en un colador pequeño, montó la olla sobre el hogar, vertió agua en su interior y esperó a que rompiera a hervir.
—…Con esto debería bastar.
Al verificar que el agua burbujeaba a la temperatura adecuada, arrojó las flores de Baibamunil. De inmediato, la estancia se inundó del aroma profundo y dulce característico de la vainilla.
¡Plop, plop!
—Mmh…
Si tuviera la intención de comerlas aliñadas como verduras silvestres, lo correcto sería sumergirlas solo un instante y retirarlas, pero estas flores no eran verduras comunes. De hecho, si no se escalfaban correctamente, conservarían su toxicidad.
«El tiempo total necesario para que la toxicidad se elimine por completo es de diez minutos.»
Seo Ji-oh siguió fielmente las instrucciones del sistema. Mientras esperaba que el veneno se disipara de las flores, se entretuvo comiendo los frutos de Mandung que había apartado hace un momento.
—¿Ya estará listo?
Revisó el tiempo a través del sistema y, diez minutos después, se paró nuevamente frente a la olla. Con unos palillos largos, retiró las flores marchitas y las colocó sobre el colador. A pesar de haber hervido durante tanto tiempo, su estructura se mantenía completamente intacta. Les dio un enjuague rápido con agua limpia y las dejó reposar un momento.
Seo Ji-oh cambió la olla del fuego sin apagar la llama del hogar, que ya había disminuido. El agua restante donde había hervido la Baibamunil debía de estar contaminada con las toxinas.
—Estas también tendré que ponerlas a secar.
Tomó el colador con las flores y salió una vez más al exterior. Al abrir la puerta…
—…
Fuuu…
Una delicada brisa primaveral lo recibió.
—…Qué refrescante.
Tenía la textura y la temperatura de una nube tibia que envolviera suavemente su rostro. Era un viento sumamente agradable.
«Suave y fresco.»
El viento, impregnado de una sutil somnolencia que hacía latir el corazón de forma extraña, hizo que Seo Ji-oh parpadeara con lentitud.
«Sería el momento perfecto para quedarse dormido.»
Esa brisa, que no era ni fría ni calurosa, era tan delicada como la seda o el papel artesanal, y dejaba una sensación de cosquilleo en las yemas de sus dedos.
—…
Disfrutando al máximo de esa pequeña felicidad que había llegado sin previo aviso, Seo Ji-oh finalmente dio un paso al frente.
—…Espero que se sequen bien.
Acomodó el colador de las flores junto al de los frutos de Mandung y regresó al interior de la casa. Aunque ya se acumulaban dos cestas en la entrada, todavía le quedaban más ingredientes por procesar. Esta vez, lo que Seo Ji-oh tomó entre sus manos fue aquella flor translúcida llamada Lurupu.
—…
«¿Cómo era que se hacía esto…?»
Tal vez porque la somnolencia ya lo estaba invadiendo, no lograba hilar bien sus pensamientos. Tras meditarlo un momento, Seo Ji-oh le pidió ayuda al sistema:
—Alquimia.
Alquimia (Método de refinamiento): Coloque los pétalos en agua tibia apta para el consumo y espere a que se disuelvan y liberen su jugo. Bajo ninguna circunstancia debe tocar el agua durante este proceso. El jugo resultante se puede combinar con diversos ingredientes medicinales.
Receta compatible: Píldoras de sangre (utilizando frutos de Mandung y jugo de Lurupu).
—Gracias.
Tras agradecerle al sistema, Seo Ji-oh vertió agua en la olla que acababa de cambiar.
Al entrar en contacto con el metal que aún conservaba el calor, el agua fría se templó rápidamente. Al pasar la mano justo por encima, notó cómo se elevaba un sutil vapor, indicando que ya estaba a una temperatura bastante cálida.
«Dado que especificaba agua tibia y no hirviendo, este punto debe ser el ideal.»
Con eso en mente, tomó la flor que había traído del manantial.
La Lurupu, que parecía estar hecha de agua pura pero a la vez entrelazada con la firmeza de la seda, desprendía una fragancia nítida y dulce, idéntica a la de gotas de rocío hechas de miel.
En cuanto la depositó con cuidado dentro de la olla…
—…
Un destello brillante, similar al de una galaxia o una aurora boreal, comenzó a extenderse por toda el agua.
«…Seguro que el brillo de la Lurupu se debe a que refracta la luz del sol o de las lámparas.»
¿Habría atrapado la intensa luz solar o los destellos de la linterna dentro de su propio cuerpo? Se sentía exactamente como ver un bloque de hielo hecho con purpurina disolverse dentro de agua tibia.
—…Oh.
Pronto, los destellos se calmaron y el agua de la olla comenzó a emanar un aroma aún más definido.
Por un instante le cruzó por la mente la idea capitalista de que aquello se vendería de maravilla si se convirtiera en perfume, pero Seo Ji-oh retiró el contenido antes de que el agua empezara a hervir por completo.
«Por poco llego tarde.»
Vertió el extracto de la flor en un frasco de vidrio que ya tenía preparado.
—A simple vista no da esa impresión, pero pensar que con esto se puede hacer medicina…
Aunque solo consistía en disolverlo en agua, el jugo de Lurupu poseía un brillo tan fascinante que parecía óleo en el que un artista hubiera fundido su propia alma. Le entraron serias dudas de si aquello realmente serviría para crear un remedio.
—…
Bueno, no había razón para que no funcionara si lo intentaba. Al fin y al cabo, así es la vida.
—Si un ser humano común y corriente pudo terminar convertido en un retrato embrujado, ¿qué tiene de raro que pueda fabricar una medicina con un color tan peculiar?
Con todas las tareas terminadas, Seo Ji-oh subió al segundo piso de la cabaña. El sueño, que desde hacía rato le acariciaba los párpados, lo invitaba a entregarse por completo al descanso.
Los escalones de madera bajo sus pies se sentían agradablemente cálidos. A pesar de tratarse de madera maciza, tenían una textura extrañamente mullida, y al ser de buena calidad, desprendían un aroma que relajaba la mente por completo.
Al entrar al dormitorio, la cama se sintió tan suave como si estuviera hecha de agua pura.
—Ah…
Fliup.
Se hundió profundamente en las sábanas.
—…
Parpadeó un par de veces, como pasando el balance de lo ocurrido en el día, y pronto cerró los ojos con la paz de un niño que es acariciado en el regazo de sus padres.
A través de la ventana abierta de par en par, una brisa impregnada con la esencia del bosque se filtró en la habitación; un aire tan sutil que, como si sintiera timidez, recorrió todo su cuerpo con extrema delicadeza. Primero en la frente, luego en las yemas de los dedos, después en las rodillas…
Su visión se tiñó de una profunda oscuridad. Mientras tanto, el canto de las aves nocturnas comenzó a desvanecerse en la distancia.
—…
Tomando el rítmico canto de los grillos como una canción de cuna.
Seo Ji-oh se quedó profundamente dormido.
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