—Qué bien.
Como siempre, el contenido de esta ocasión ha sido todo un éxito.
—Las personas deben sudar.
—¿Gurug?
—El que no trabaja, que tampoco coma.
—¿Gurung, Gung, Gurung…?
El cuerpo de Honey, el ave acuática de dulces colores, comenzó a temblar. Ante aquel chillido que parecía preguntar “Entonces, ¿qué ocurrirá conmigo, que no trabajo?”, Ji-oh negó con firmeza.
—¿Qué te preocupa si naciste con una apariencia tan adorable?
—Guk.
—Ya cumples con tu parte siendo adorable, así que deja de preocuparte por tonterías.
Por muy despreocupadamente que viviera, Ji-oh no era tan irresponsable como para negarse a cuidar de una criatura que él mismo había engendrado mediante sus pinturas. Puesto que Honey era hijo del propio Ji-oh, un gastrónomo y un glotón, nunca pasaría hambre.
—¿Entendido?
Honey lo aceptó y se tumbó cómodamente con todo el cuerpo extendido.
—Pero sal de ahí.
—Gur.
Precisamente había decidido recostarse dentro de la cesta de Ji-oh.
—Así no puedo sacar las semillas.
—Gurung.
—¿A quién habrás salido para ser tan obstinado?
—¿Guk?
—¿A mí? Vaya hijo desagradecido.
Ji-oh se inclinó y rebuscó dentro de la cesta. Como el cuerpo de Honey era agua transparente en sí misma y apenas poseía una ligera viscosidad, no había ningún problema importante. Sin embargo, la criatura había jugado con las semillas y las había mezclado todas de manera desastrosa.
—Esta…
—…
—…Creo que era una semilla de berenjena.
Por fortuna, Seo Ji-oh, originario de una aldea rural en las montañas de Gangwon, podía identificar la clase de semilla con solo observarla. No era algo que todos los originarios de Gangwon pudieran hacer; Ji-oh lo conseguía porque sentía una auténtica pasión por los cultivos.
Ji-oh, quien había disfrutado de las labores agrícolas desde pequeño, se levantó con la semilla de berenjena y la depositó en uno de los hoyos que había cavado previamente.
—Ahora será el turno de plantar las patatas.
—¿Gurk?
—¿Mmm?
Hubo un breve error de comunicación, pero Ji-oh no tardó en comprender qué le causaba dudas a Honey.
—No quise decir que fuera a plantar a papá.
—¿Gung?
—‘Patata’ es un apodo. Algo así como mi segundo nombre.
Su madre, a quien le encantaban las patatas, había visto la ecografía prenatal y, tras decir que “se parecía a una patata”, decidió que Patata sería su nombre prenatal. También existía la anécdota de que, cuando su abuela vio a Ji-oh recién nacido, asintió y dijo: “Comió tantas patatas que terminó pariendo una”.
—Como todos los adultos me llamaban Patata, hasta los cuatro años creí que realmente era una.
A veces se preguntaba si por eso había crecido tan sano e inofensivo.
—Bueno, si es así, está bien.
—Gururu.
—Tú también limítate a crecer sano.
Durante generaciones, la familia Seo había tendido a respetar el libre albedrío de las nuevas vidas.
¿Cuántos días habían transcurrido? Finalmente, Ji-oh consiguió plantar todas las semillas que Yoo Sung-woon le había regalado. Como también había sembrado patatas, batatas y maíz, cultivos famosos por salvar a la gente durante las hambrunas, ahora parecía muy remota la posibilidad de que muriera de hambre.
—Aunque, pensándolo bien, con este cuerpo sería todavía más difícil morir de hambre.
—Gururu.
—Por mucha hambre que tenga papá, jamás te comerá, Honey.
Los cultivos estaban plantados en el huerto situado detrás de la cabaña.
—Aunque, llegados a este punto, quizá su tamaño haga que resulte un poco ambiguo llamarlo huerto.
Había crecido un poco, pero aun así seguía siendo un huerto.
Como no era un campo tan grande y extenso como los de quienes se dedicaban comercialmente a la agricultura, Ji-oh- tenía una excusa razonable. En cualquier caso, era un huerto.
Ji-oh era un adulto excelente, capaz de llegar a acuerdos con la realidad.
—Entonces regresemos.
—Gururur.
—Es verdad. También tenemos que probar la conserva que preparé.
Ya debía de haber llegado el momento en que la conserva de frutas que había preparado anteriormente comenzara a madurar.
—Le puse el ácido y amargo Tarro de Sequía al dulce y agridulce fruto Mangdung, así que, por lo pronto, la combinación es excelente.
Lo único que podía preocuparle era si las cantidades de ambos ingredientes guardaban una proporción adecuada, pero no le inquietaba demasiado. Gracias a su amplia experiencia viviendo solo, Ji-oh había adquirido sin darse cuenta el toque culinario de una abuela.
—Aunque solo calculé las cantidades a ojo y con las manos, es imposible que yo me equivoque al combinar algo que voy a comer.
Como correspondía a semejante orgullo, del frasco de vidrio ya emanaba un aroma agradable.
—Mmm.
Después de entrar a la cocina, Ji-oh contempló la alacena donde estaba la conserva de frutas y parpadeó.
—Como he sudado después de tanto tiempo, ¿debería beberlo como té frío?
—¿Gurk?
—Sudé con el corazón.
Honey había señalado que el cuerpo de Ji-oh no expulsaba residuos como el sudor, pero, de todos modos, había trabajado. Todo ser humano que hubiera trabajado debía beber un té frío y refrescante para aumentar su eficiencia laboral.
—Para eso tendré que traer un poco de hielo del almacén.
Los cerdos jamás vacilaban ante la comida. Sin siquiera tomarse el tiempo para secarse el sudor que no había derramado, Ji-oh bajó inmediatamente al almacén.
Como era natural, había hielo en aquel almacén helado repleto de toda clase de ingredientes. El lugar no solo parecía una cueva, sino que era imposible calcular dónde terminaba el hielo. Por todos sus rincones se veían fragmentos de este.
—¿Hace un poco de frío?
Cuando abrió la pesada puerta y entró en el almacén, Honey se quedó completamente rígido.
—Gu, gugururuk.
—Si tienes demasiado frío, puedes esperar fuera… ¿Eh?
—…
—… ¿Te congelaste?
Honey se había convertido en hielo transparente. Justo cuando Ji-oh, pese a mantener su rostro inexpresivo, se alteró al verlo…
Aunque ya estaba congelado, Honey sacudió el cuerpo una vez con un aleteo y comenzó a arreglarse el plumaje.
—Pubung.
—¿?
—Guk.
—¿Evolucionaste?
—Gur.
—Si yo pude evolucionar de humano a retrato embrujado, no existe ninguna razón por la que un ave acuática no pueda convertirse en un ave de hielo.
Primero se sorprendió al pensar que Honey había muerto al congelarse y después volvió a sorprenderse al verlo moverse con flexibilidad pese a estar hecho de hielo. Sin embargo, si no había ningún problema, ¿qué importaba?
Honey seguía siendo adorable, aunque estuviera congelado, así que todo estaba bien.
—Un ave de hielo en movimiento me parece suficientemente interesante.
—¡Gurururururururuk!
—Este padre se siente feliz al ver que tú también te diviertes.
Honey, quien desde su nacimiento había carecido de toda sensación de peligro, igual que su creador, estaba encantado con su transformación.
Aunque cabía preguntarse si era normal que se congelara tan rápido solo porque su cuerpo estuviera hecho de agua, Ji-oh no se sorprendió demasiado, considerando que él mismo había pasado de ser humano a convertirse en un retrato.
—Como si alguna vez hubiéramos respetado las leyes de la física.
Después de vivir tantas cosas, ahora incluso podía ignorar las leyes de la física. Sin duda llevaba una vida muy entretenida.
—Por lo pronto, el hielo…
—Gururuk.
—Está por allí. Gracias.
Las alas de Honey, ahora convertido en hielo, ya no se fundían con su cuerpo para formar una sola masa como antes.
Tal vez porque ahora poseía plumas o partes del cuerpo que anteriormente no tenía, después de indicarle dónde estaba el hielo comenzó a acicalarse frenéticamente. Al parecer, ser incapaces de dejar tranquilas sus plumas era una característica racial de las aves.
«Cuando era agua no lo hacía tanto.»
Ji-oh dejó a Honey sobre su hombro y caminó lentamente por el almacén de hielo.
—…
Era refrescante.
—Ah…
De su boca salió vaho.
Un vaho tan denso que podía verse a simple vista.
Eso debía significar que hacía mucho frío. Sin embargo, por alguna razón, Ji-oh no sentía frío y los ingredientes tampoco se congelaban.
No podía saber si el almacén de hielo estaba engañando a Ji-oh o si él y los ingredientes eran más resistentes que el propio hielo.
«Probablemente sea lo segundo.»
Ji-oh bajó la cabeza y observó el suelo.
—…Mmm… —Murmuró—: Si se rompe, será una catástrofe.
Bajo él se extendía un suelo de hielo semejante a un abismo sin fondo.
«Parece una masa sólida de hielo, pero es tan transparente que da la impresión de que hay un lago debajo».
Era un suelo sumamente transparente. El hielo que se congelaba muy lentamente no era opaco, sino limpio como el cristal, y un hielo semejante cubría por completo el suelo. Ji-oh ni siquiera podía calcular su profundidad.
Era un poco resbaladizo y estaba envuelto en un tenue resplandor azul. De vez en cuando, en su interior podían verse cúmulos de luz que centelleaban. Brillaban durante unos segundos, como luciérnagas, y después desaparecían. Ji-oh sintió curiosidad por su verdadera naturaleza.
—¿Serán habitantes de una especie similar a las mariposas del bosque?
—¿Gung?
—O quizá solo sean musgo o bacterias luminosas.
No se movían. Se limitaban a iluminarse brevemente y luego desaparecían.
Se parecían a una tenue luz estelar.
—…
Era un paisaje onírico.
—El color también se parece al de un glaciar.
Aunque no desprendía el intenso aroma del mar, el transparente suelo de hielo azulado, cuya profundidad resultaba imposible de conocer, le recordó a un glaciar.
Ji-oh jamás había visto un glaciar real en la Tierra, pero la escena era tan convincente que pensó que probablemente se vería de aquella manera.
Ji-oh levantó la cabeza y contempló todo el almacén de hielo.
—¿De dónde habrá salido todo este hielo? Esta en todas direcciones.
Se lo preguntaba cada vez que lo veía.
—Para llegar a este almacén de hielo hay que bajar muchísimo desde el primer piso de la cabaña. Entonces quizá hubiera agua subterránea bajo ella.
Eso daba lugar a una contradicción.
—Exacto. Desde una perspectiva lógica, tampoco se puede explicar que el agua subterránea situada bajo un bosque con un clima tan templado esté congelada de esta manera.
Precisamente por eso resultaba todavía más misterioso.
—Qué bien.
Era divertido.
—Es como un cuento de hadas…
Le gustaba.
Ji-oh continuó caminando con su rostro inexpresivo y brusco de siempre, sin mostrar el menor cambio.
Honey parecía haberse adaptado ya a su cuerpo, que ahora no se desparramaba como antes. Volaba por el almacén de hielo, enorme como una cueva, mientras emitía alegres chillidos. Era una escena digna de una película.
Después de caminar durante mucho tiempo por aquella cavidad formada por hielo, Ji-oh encontró lo que buscaba.
—Sí, es verdad. Era aquí.
Era hielo que había crecido como las estalagmitas de una cueva.
—Esto también me gusta.
—¿Guk?
—Se parece mucho a una cueva.
Aunque resultaba absurdo, el almacén de hielo también parecía una cueva de piedra caliza formada enteramente por hielo.
No estaba claro de dónde fluía el agua, si se trataba de hielo derretido o si existían venas acuíferas semejantes a las de un árbol. En diferentes lugares del almacén caían gotas de agua que, quizá debido a la baja temperatura, formaban brotes o creaban columnas como aquellas.
—Las cuevas de piedra caliza normalmente se forman de esta manera. El agua con una gran cantidad de cal cae y levanta lentamente columnas sobre el suelo de la cueva; las gotas salpican de un lado a otro y crean protuberancias parecidas a corales o…
—…
—Aquí. También pueden quedarse con forma de perla, como esta.
De hecho, recibían el nombre de perlas de las cavernas.
—Aunque a estas no deberíamos llamarlas perlas de las cavernas, sino perlas de hielo…
¿Acaso aquello no hacía que realmente pareciera una cueva?
Un grandioso molde creado por la naturaleza.
—…
[Perla de hielo]
Perla con forma de hielo que aparece naturalmente en el almacén helado situado bajo la cabaña de Ji-oh. Es una perla transparente que emite un tenue brillo semejante al nácar y puede consumirse. Al igual que el hielo verdadero, se derrite a temperaturas elevadas y no posee aroma ni sabor.
Alquimia (Método de refinamiento): Cuando se derrite y se consume, resulta sumamente eficaz para estabilizar alteraciones mentales como la depresión y la manía.
—¿Debería llevarme estas?
Sin importar sus efectos, ¿no se suponía que sabían igual que el hielo verdadero?
—Cortar aquel enorme brote de hielo también sería agotador.
—Guruk, guruk.
Honey, el ave de hielo, salió volando y se tragó una de las redondas perlas de hielo reunidas allí. Al verlo actuar con tanta rapidez, Ji-oh exclamó admirado sin darse cuenta.
—¿Te la estás comiendo? ¿Eres un cerdo?
—¡Gururururu!
—No, es un malentendido. Si te pareció que te estaba criticando, se trata de un malentendido enorme. A papá le encantan los cerdos.
Ji-oh había pasado la mayor parte de su vida bajo el cuidado de su abuela y había adquirido algunos de sus gustos. Uno de ellos era que no soportaba ver a una persona excesivamente delgada.
En ese sentido, si Honey, a quien podía considerar su hijo, se volvía regordete, sería más bien motivo de alegría.
—Los niños deben comer mucho y crecer rápidamente.
Conviértete en cerdo. ¡Yuju!
—Entonces regresemos arriba.
—Gung, gung, gung…
—Te digo que más bien me gusta, cerdito.
—¡Gururururu!
—Los niños deben ser regordetes para crecer bien más adelante.
Ji-oh consoló a Honey mientras salían del almacén de hielo y luego se dirigió inmediatamente a la cocina.
La conserva de frutas que había sacado previamente de la alacena desprendía un aroma agradable, y Ji-oh ya estaba ansioso por descubrir qué tan delicioso sería.
Sacó un vaso de vidrio limpio y vertió en él dos cucharadas del jarabe de frutas.
—De verdad huele muy bien.
El aroma del fruto Mangdung se intensificaba cuanto más se secaba. Sin embargo, parecía que también aumentaba si atravesaba alguna clase de proceso de maduración, aunque no se secara.
Los frutos Mangdung, empapados de azúcar y cubiertos por su aroma, desprendían su característica fragancia dulce y refrescante.
—Quizá el Tarro de Sequía también posee un aroma cítrico porque es una fruta del género de las mandarinas…
¿Podría decirse que despedía el aroma amargo y ácido característico de la cáscara de limón?
—Tengo grandes expectativas.
El jarabe de frutas contenido en el vaso poseía valor artístico por sí mismo.
Las frutas, que habían absorbido el azúcar por completo y entregado generosamente todo su jugo, exhibían un lustre brillante.
La pulpa de los frutos Mangdung se había transformado en una gelatina blanda. Los Tarros de Sequía, a los que Ji-oh había retirado cuidadosamente cada membrana delgada, se habían endurecido un poco y sus gránulos se habían extendido hasta volverse visibles.
—Ahora añadiré las perlas de hielo…
—Gokkuruk.
—Esa es la perla que te comiste antes. Devuélvela.
—¿Guk?
—Paso.
Honey, que ya había vuelto a convertirse en agua, intentó ejecutar la extravagante proeza de escupir la perla de hielo que acababa de tragarse, pero Ji-oh se lo impidió haciendo valer su autoridad paternal. No era leche de pingüino y tampoco deseaba llegar tan lejos.
—Ahora solo hay que removerlo suavemente…
Clinc, clac.
El vaso de vidrio y las perlas de hielo chocaron, produciendo un sonido claro.
—Té de frutas terminado.
—Guak.
—¿Acaso eres una gallina?
—Guring.
—No sé qué eres.
El té de frutas terminado era tan hermoso que le daban ganas de pintarlo. El té bermellón que podía verse a través del vaso era sumamente transparente a pesar de su intenso color.
Tal vez por la influencia de las perlas de hielo, los resplandores azules que había visto en el almacén aparecían y desaparecían como estrellas fugaces. Entre ellos podían distinguirse trozos de pulpa con forma de luna llena y media luna.
Cuando probó un sorbo…
—…
Percibió un sabor embriagador.
—… Está delicioso.
Poseía una profundidad y un sabor sabroso que jamás había probado.
El té bermellón era suave y refrescante. Justo cuando su dulzura comenzaba a parecer demasiado intensa, se aproximaba una pausada amargura que lo calmaba cortésmente.
La intensa acidez del Tarro de Sequía, al encontrarse con los frutos Mangdung y el azúcar, se había convertido en una coquetería tan adorable como el berrinche de un niño.
«También me gusta la pulpa.»
Los frutos Mangdung, a los que el azúcar les había arrebatado todo el jugo, se parecían a una gelatina. Para ser más precisos, se asemejaban a la gelatina de konjac, aunque eran mucho más blandos.
Su textura era suave, pero poseía una elasticidad peculiar, como la pulpa de una uva a la que se le hubiera retirado por completo la piel.
El Tarro de Sequía estallaba en la boca como los gránulos de una toronja o una naranja. Al igual que el fruto Mangdung, parecía haber perdido su jugo a manos del azúcar, aunque se sentía un poco más firme.
Sin embargo, no era una firmeza desagradable. Los gránulos que se deshacían suavemente dentro de la boca proporcionaban una textura placentera.
«Es difícil distinguir los sabores y los aromas porque todos están mezclados…»
El té poseía un sabor complejo, casi como el de una sopa, que no era en absoluto unidimensional. Los trozos de fruta aportaban diversión a una textura que podría haber resultado monótona. Y, además, se producía una transformación extraña que se deshacía suavemente sobre la lengua.
Aquel pequeño cambio probablemente provenía de los cúmulos de luz atrapados dentro de las perlas de hielo.
—… ¿Perlas explosivas?
No se extendían con un cosquilleo ni estallaban como fuegos artificiales, pero los pequeños resplandores azules dispersos por el té aportaban un sabor profundo y peculiar. Producían un placer en la lengua que no podía describirse simplemente como dulce o salado.
Era un té de frutas que lo hacía relamerse sin darse cuenta.
—…
—¿Gururk?
—Es perfecto para regalarlo.
Como había preparado una gran cantidad, pensó que podría envasar un poco.
—Se lo daré al señor Yoo Sung-woon.
Desear compartir la comida que había preparado era el instinto de una abuela.
Ji-oh había crecido escuchando de su abuela, su mentora en la vida, que debía vivir siendo generoso con los demás.
Quería engordar a Yoo Sung-woon.
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