El verano de sus trece años llegó a la gran mansión Whitewood.
Era un día espléndido. El firmamento lucía tan despejado, límpido y azul que daba la impresión de que uno podría sumergirse y nadar en él.
Sin embargo, el sol era abrasador.
Los robles, los fresnos y los acebos rodeaban la orilla del lago con frondosidad, proyectando una sombra refrescante. La luz solar, tras filtrarse a través del denso follaje, se impregnaba sobre el pastizal.
Las ramas de los sauces, rebosantes de savia, se mecían caídas hacia el suelo, incapaces de soportar el peso de sus propias hojas. Bajo la sombra proyectada por las ramas, los peces descansaban en el agua para guarecerse del sofocante calor.
La corriente permanecía en calma. De vez en cuando, una brisa fresca soplaba y disipaba el calor que se adhería a la frente. Sobre una frente blanca y limpia, un cabello rubio platino, pulcramente peinado hacia atrás, resplandecía y ondeaba antes de posarse con delicadeza.
El hombre remaba. A medida que el agua se agitaba, ondas de luz se propagaban sobre la superficie verdosa, semejando finas arrugas que se forman sobre una tela de seda. Sobre sus antebrazos, que llevaba con las mangas remangadas, se alcanzaban a divisar unas venas gruesas que sobresalían de forma prominente y definida.
Ethan, que se encontraba sentado en un extremo leyendo un libro de poesía, desvió la mirada para observarlo de reojo.
El hombre vestía un atuendo mucho más informal que de costumbre. Había desabrochado los botones que solían cubrirle hasta el cuello y había doblado los puños de sus mangas, recogiéndolas hasta los codos. De su anatomía expuesta se desprendía un innegable e irresistible atractivo masculino.
Siguiendo el movimiento de los brazos al remar, la camisa que envolvía sus anchos hombros se tensaba al límite. Entre el cuello de la camisa, holgadamente abierto, se vislumbraban unas clavículas rectas y firmemente marcadas.
En mitad del lago, el hombre sacó los remos del agua.
—¿Qué estás leyendo?
Ethan bajó la vista con presteza, como alguien que ha sido descubierto espiando. Sin pensarlo, buscó los versos que saltaron a sus ojos y los recitó en voz alta:
»Me parece semejante a los dioses
el hombre que frente a ti se sienta
y de cerca mientras dulcemente hablas
te escucha…1«
Mientras prestaba oído al susurro de aquella voz melodiosa y juvenil, el hombre dirigió su mirada hacia un cisne que flotaba sobre el agua.
Por norma general, los hijos de la clase alta ingresan a internados privados al cumplir los trece años. Allí no solo reciben educación y entablan amistades, sino que también tejen su propia red de contactos, la cual se gesta dentro de los límites de una clase social a la que es difícil acceder. Es en esos lugares donde da inicio el hermético y sólido mundo social exclusivo de los caballeros.
Por lo tanto, para incorporarse al mundo de la alta sociedad, resultaba mucho más ventajoso ingresar a un colegio privado.
El hombre, que contemplaba el destello de la superficie del agua en silencio, preguntó de imprevisto:
—¿No te arrepientes de haberte quedado aquí?
Se refería a si no se arrepentía de haberse quedado en la mansión en lugar de asistir a Eton.
—No me arrepiento.
—Aquí no hay niños de tu edad, y recibir instrucción de un tutor privado tiene sus límites.
—No me importa.
—Te estás perdiendo de muchas oportunidades que solo podrían construirse en ese lugar.
—Para mí, hay muchísimas cosas que puedo aprender aquí también —sentenció Ethan con firmeza.
Ethan comprendía a la perfección el significado de las palabras del hombre. Admitía que en ese internado podría haber un abanico mayor de oportunidades. Sin embargo, por encima de todo aquello, el tiempo que compartía con ese hombre era lo más valioso y sagrado para él.
¿Por qué él no era capaz de comprender ese deseo suyo de permanecer a su lado?
Ethan miró al hombre con un dejo de reproche antes de desviar la vista. Contempló fijamente la superficie del agua, que brillaba con transparencia, cuando de pronto asomó el cuerpo y soltó una exclamación, como si hubiera descubierto algo:
—¿Vio eso? ¡Mire ahí!
En el instante en que Edmund inclinó el torso, algo que permanecía sumergido en el agua emergió con fuerza, salpicándole agua directamente en el rostro.
—¡Le engañé!
Una risa cristalina estalló en el aire. Había sido una travesura de Ethan, quien había introducido el brazo en el agua.
Fue una travesura espontánea e impulsiva.
El torrente de agua que brotó como una explosión se dispersó en el aire, resplandeciendo en una gama de colores deslumbrante. Las gotas de agua, bañadas por los rayos del sol, brillaban con un fulgor cristalino. Semejaban canicas de vidrio propensas a romperse.
Al quebrarse, el agua fue succionada de vuelta hacia la superficie, provocando una densa espuma que, en un abrir y cerrar de ojos, se apaciguó como si nada hubiera ocurrido.
Ethan contemplaba a Edmund con una mezcla de nerviosismo y diversión. Sentía curiosidad por saber si él se enfurecería o si frunciría el ceño con desagrado. Deseaba ver cualquier tipo de reacción. Mientras aguardaba la respuesta del hombre, su corazón latía con violencia, semejante al de un niño que ha jugado con fuego.
El hombre se retiró el cabello desordenado del rostro. El gesto de su mano al apartarse el cabello rubio, humedecido por el agua, denotaba cierta irritación. Ethan clavó la mirada en sus labios firmemente sellados, los cuales se crisparon como si estuvieran a punto de estallar en cualquier momento.
Aquellos labios, que amagaban con soltar una reprimenda, se contuvieron. Las comisuras se tensaron levemente, como si reprimiera su enojo. Fue en ese preciso instante. Los bordes de sus labios firmes temblaron y, de pronto, una de las comisuras se elevó, dejando escapar una risa ahogada e involuntaria.
Tras apartarse el cabello revuelto, el hombre soltó una carcajada completamente inesperada.
Era una risa contenida, nacida de la incredulidad, pero Ethan fue incapaz de apartar los ojos de su semblante.
Esas cejas arqueadas con un matiz de aguda molestia, la mirada sutilmente gacha y esa sonrisa que, a pesar de sus intentos por enfadarse, se había abierto paso inevitablemente entre sus labios.
Una sonrisa que cruzó frente a sus ojos como un destello de luz, similar al impacto de un relámpago en un día de verano.
Ese cabello rubio que se adhería a su piel debido a la humedad. Las gotas de agua que se deslizaban por sus mejillas, tersas como el mármol. El rastro del agua que resbalaba por la firme línea de su mandíbula, descendiendo desde la punta del mentón hacia su pecho, impregnando la tela de su camisa.
Esa camisa de lino que, empapada por completo, se ceñía a su torso, revelando la silueta de su anatomía con absoluta nitidez.
Todo aquello, sin omitir el más mínimo detalle, quedó grabado en las pupilas de Ethan como si se tratara de una secuencia cinematográfica.
Su corazón se detuvo.
Fue un instante más radiante y extasiado que cualquier otro… un instante en el que su corazón se congeló de forma aterradora.
«No. ¿Cómo me atrevo yo a…? ¿Con este hombre? No puede ser real.»
Impresiones sobre el capítulo completo.
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