Ethan siempre había pensado que, si llegaba a enamorarse de alguien, probablemente sería de una chica pequeña, rubia y linda.
Recordaba esas miradas de las niñas que se posaban en él incluso mientras reía y charlaba con alguien más; las cartas que aparecían sobre su escritorio y la sonrisa tímida de alguna jovencita que se sonrojaba mientras se retorcía las trenzas con los dedos.
Eran lindas, desde luego, pero nada más. Solía imaginar vagamente que algún día conocería a una muchacha que le haría dar un vuelco a su corazón, una fantasía teñida de una mezcla de curiosidad y expectativa. Al menos, no era algo que le provocara pánico o le congelara el corazón de forma aterradora con solo pensarlo.
Sin embargo, de repente, una realidad imprevista se había desplomado ante sus ojos.
«No», pensó Ethan. «No, no, no». Intentó negarlo a ciegas, con desesperación, sin siquiera saber con exactitud qué era lo que estaba rechazando. «Es un error. Es absurdo. No puede ser verdad».
«Es imposible que algo así sea factible».
Como si se burlara de su frenética negación, esa misma noche tuvo un sueño.
El hombre apareció en sus fantasías. Lo miraba desde arriba, completamente empapado por el agua del lago. Su cabello rubio y mojado caía con suavidad sobre su frente. Al inclinar la cabeza, su cálido aliento rozó la piel de Ethan. A una distancia tan corta que sus narices casi se tocaban, él susurró:
“Ethan.”
Fue un susurro lánguido, dulce y profundamente seductor.
Se despertó sobresaltado, como si lo hubiera partido un rayo.
Tenía el cuerpo hirviendo. Sentía como si una bola de fuego incandescente se hubiera instalado en su vientre. Incapaz de soportar aquel calor sofocante, apartó las mantas de golpe, pero se tensó al instante al percibir una sensación fría y húmeda entre las sábanas. Ethan bajó la mirada para comprobarlo y sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Has dormido bien?
«No.»
—Pareces cansado.
«Estoy confundido. Esto está mal.»
—Anoche hacía demasiado calor, así que no pude conciliar bien el sueño.
—¿Ah, sí?
«No puede ser real.»
El hombre, sentado a la mesa del comedor, lo miró de reojo.
Anoche había soplado un viento gélido. El aire había estado tan fresco que a cualquiera le habría preocupado pescar un resfriado. Ethan sentía los ojos del hombre fijos en él, pero se obligó a no levantar la cabeza.
La radiante luz del sol estival entraba por la ventana, iluminando el mantel que caía con elegancia hasta el suelo y la vajilla minuciosamente dispuesta. Las copas de cristal, los platos de porcelana y el ramo de rosas en el jarrón resplandecían con un brillo deslumbrante, como objetos sagrados que habían recibido una bendición.
El viento transportaba una fragancia exquisita desde el jardín: lilas en pleno esplendor, hortensias cubiertas de rocío y rosas que florecían con opulencia a lo largo del sendero. El aroma fresco y vibrante del verano impregnaba la atmósfera por completo. El canto de las aves posadas en las ramas rebosantes de savia rompía la quietud de la mañana.
Todo se adhería a su piel de una manera abrumadoramente vívida. Como si sus sentidos, dormidos durante mucho tiempo, hubieran despertado de golpe, Ethan se volvió agudamente consciente de cada pequeño estímulo visual y táctil.
Contemplaba los cubiertos que tenía delante como si se tratara de objetos extraños que jamás hubiera visto en su vida. No lograba recordar cómo comportarse con naturalidad; sentía la mente por completo en blanco. Reprimió el impulso instintivo de mirar fijamente al hombre. Le resultaba imposible comprender esa paradoja: ansiaba contemplarlo y, al mismo tiempo, le aterrorizaba hacerlo.
Temeroso de cometer algún desliz al hablar, selló los labios. A diferencia de sus desayunos habituales, solo el leve y solitario tintineo de los cubiertos chocando contra la porcelana resonaba en el silencio.
El hombre, tras tomar una cesta de manos de un sirviente y servirse un trozo de pan en su plato, le extendió la cesta a Ethan. En el instante en que Ethan la recibió, las yemas de sus dedos se rozaron sutilmente. Eso fue todo.
Sin embargo, fue como si estallaran chispas ante sus ojos.
Ethan abrió los ojos desmesuradamente.
La cesta se le escurrió de las manos y voló por los aires. Se dio la vuelta como un navío naufragado que pierde el equilibrio y cayó en picada hacia el suelo, hundiéndose. Los panes salieron despedidos y rodaron por el entablado de madera. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos.
—Ah… —Un gemido de consternación escapó de los labios de Ethan mientras contemplaba la escena estupefacto.
No alcanzaba a comprender qué demonios había pasado.
Estaba seguro de haber extendido la mano para tomar la cesta, pero en el instante en que sus dedos entraron en contacto con los de él, su mente se nubló por completo. Cuando recobró la lucidez, ya había retirado la mano bruscamente.
El aspecto de los panes desparramados por el suelo resultaba lamentable.
—…Lo siento —articuló, apretando los puños con fuerza. La zona de los dedos que se había rozado con la de Edmund todavía le escocía con un cosquilleo eléctrico.
—Realmente parece que no has podido dormir bien esta noche.
Ante esas palabras, Ethan se mordió el labio inferior.
Desde que se había instalado en la mansión, Ethan jamás había cometido la menor falta de etiqueta en la mesa. Siempre se había comportado de manera serena y pulcra, como si los modales refinados formaran parte de su propia naturaleza. Aquello era el fruto de un esfuerzo titánico y riguroso.
Sin embargo, el blindaje que con tanta tenacidad había construido se había desmoronado en un solo segundo.
Ethan clavó una mirada fulminante en el suelo. Se sentía profundamente furioso consigo mismo por haber cometido un error tan estúpido. No lograba descifrar el porqué de su estado. Preso de la frustración y la ansiedad, apretó aún más los puños.
El hombre no le hizo ningún reproche. Continuó con su desayuno como si nada inusual hubiese ocurrido.
Tras un momento de vacilación, Ethan levantó la cabeza.
A pesar de haberlo reprimido con todas sus fuerzas, en el instante en que alzó la mirada, fue incapaz de evitar que sus ojos se dirigieran de forma magnética hacia el hombre. Era una fuerza irresistible, como las mareas que son arrastradas por la Luna. No tenía escapatoria.
La mano del hombre tomó una copa de cristal fino, minuciosamente labrada. Ethan no pudo apartar la vista de sus dedos largos y estilizados, ni de sus labios que se posaban en el borde de la copa, inclinándola despacio para beber el agua. Vio cómo su nuez de Adán subía y bajaba. Luego, el hombre depositó la copa de vuelta con delicadeza, como si sostuviera a un ave frágil.
Presionó el pesado cuchillo con un movimiento firme pero fluido. Pinchó un trozo de carne jugosa y se lo llevó a la boca. Sus labios, perfectamente esculpidos, se entreabrieron, dejando entrever por un efímero instante la lengua carmesí que se ocultaba en su interior.
De repente, la vista de Ethan se nubló por el vértigo y las fuerzas abandonaron su cuerpo por completo.
Un sonoro estallido de vajilla rompiéndose resonó en la sala.
El hombre desvió la mirada con rapidez hacia él. Mientras lo escrutaba con fijeza, el ceño de sus cejas se contrajo levemente en una señal de extrañeza.
—¿Ethan?
Ethan permanecía petrificado en su silla, con los ojos abiertos de par en par, sumido en un estupor absoluto.
Pasó un largo rato antes de que se atreviera a bajar la vista hacia el plato frente a él. El pesado cuchillo yacía tirado de forma lamentable sobre la vajilla. Ethan apretó sus manos temblorosas.
—…Lo siento.
Su voz se quebraba con un sutil temblor.
«No. Esto no puede ser el sentimiento que creo que es. No, no, no.»
Cada vez que despertaba de sus sueños, lo hacía sobresaltado, con el alma en vilo. Se hundía el rostro entre las manos, bajaba la cabeza y se ovillaba sobre sí mismo. No podía dar crédito a lo que sentía.
«¿Por qué me pasa esto? Yo solo siento respeto por mi tío. Lo venero, lo admiro y lo único que deseo es seguir sus pasos con fidelidad. ¿Por qué tengo que sufrir estos sueños tan repulsivos que ni siquiera puedo articular?»
«Es sucio. Es asqueroso. Me da náuseas haber tenido una fantasía así con él.»
«No puedo perdonármelo.»
—Ethan.
Se estremeció al escuchar su voz.
—Es tu turno.
El hombre lo estaba esperando. El tablero de ajedrez ante ellos destellaba al reflejar el fuego de la chimenea.
Ethan vagó entre las piezas de ajedrez con la mirada perdida, como si acabara de despertar de un sueño profundo. «¿Hasta dónde había jugado? ¿Qué pieza debía mover…?»
—Últimamente no logras concentrarte.
Los ojos del hombre estaban fijos en él, escudriñándolo con absoluta precisión.
—¿Tienes alguna preocupación?
Su tono era reflexivo y bondadoso. Aquella generosidad que él le brindaba le oprimió el corazón con violencia. La culpa lo invadió por completo.
—No, no es nada. Solo que no me siento bien…
—¿No te sientes bien?
El hombre repitió la pregunta, preocupado.
—Si te sientes mal, deberíamos llamar al médico…
—…Ah.
Ethan se encogió involuntariamente ante el roce inesperado de la mano de Edmund. Al notar aquella reacción tan sutil, la mano del hombre se detuvo en el aire.
El silencio se apoderó de la estancia.
—Estoy bien —dijo Ethan, forzando una sonrisa en sus labios. Rogaba a Dios que aquel gesto pareciera natural—. No es nada grave. Solo tengo un ligero resfriado.
No hubo respuesta.
—No querría que usted se contagiara, tío.
Aunque intentaba mantener una sonrisa alegre, Ethan fue incapaz de sostenerle la mirada en todo momento.
—Que descanse bien.
—Ethan.
El hombre lo llamó antes de que pudiera cruzar el umbral de la puerta. Su voz era baja y silenciosa.
—Si algo sucede, recuerda que debes pedirme ayuda antes de actuar por tu cuenta.
Lo observó como si instara a una respuesta. La mirada recta y firme del hombre hizo que el corazón de Ethan diera un vuelco.
—…Sí.
—Duerme bien.
Las palabras tiernas y la mirada del hombre le desgarraron el corazón. Se odiaba a sí mismo por albergar pensamientos tan impuros hacia él. Ethan huyó de la habitación como si escapara de una amenaza.
No tenía la menor idea de qué debía hacer.
Impresiones sobre el capítulo completo.
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