Cuando llega cierto día, la mansión Whitewood se sume en el silencio. El habla de los sirvientes mengua y la alegría se desvanece de sus rostros, como si hubieran pactado que así debe ser.
Las manos de las sirvientas se vuelven minuciosas al descorrer las cortinas para no emitir el menor ruido, y los criados avanzan sobre el encerado entablado de madera con la cautela de fantasmas. Incluso el vestíbulo de los sirvientes, habitualmente propenso al bullicio, queda en absoluta quietud.
En una fecha como esta, ni siquiera Phoebe, la doncella encargada de arreglar el dormitorio de Ethan, le daba los buenos días. Se limitaba a entrar con una sonrisa silenciosa, descorría las cortinas sin hacer ruido y estiraba con pulcritud las sábanas blancas y arrugadas.
El mutismo que se cernía sobre la inmensa residencia era tan profundo que rayaba en lo litúrgico.
El único capaz de desgarrar aquel invisible velo de silencio era el dueño de la casa.
Cada vez que llegaba ese día, el hombre se volvía excepcionalmente irascible. Su mirada se tornaba punzante y su semblante se enfriaba hasta evocar las ventiscas del círculo polar. Cada una de sus palabras y acciones venía cargada de espinas.
El año pasado por estas fechas, mientras cenaban, formuló de imprevisto una pregunta:
“¿No hay champán?”
Al mencionar la bebida que se reserva para los brindis de celebración, el rostro del sirviente se crispó como si hubiera escuchado una impertinencia.
“Lo lamento, Señor.”
“Qué peculiar. Precisamente por estas fechas siempre se agota el champán.”
Un silencio sepulcral y aterrador se instaló ante aquel comentario de un cinismo retorcido.
Cuando eso sucedía, William intervenía.
“El cargamento que solicitamos llegará en el transcurso de esta semana. Si es de su agrado, ¿qué le parece un poco de brandi, mi Señor?”
Edmund le clavó una mirada feroz.
Aun así, en las facciones del fiel mayordomo que aguardaba la respuesta de su amo no se vislumbraba el menor rastro de insolencia.
“…Trae Courvoisier”, sentenció el hombre en un tono bajo. “Supongo que no te atreverás a decirme que tampoco queda de eso”.
El criado regresó con el coñac contenido en una pequeña frasca de cristal. El hombre llenó su copa con aquel licor dorado y, tras paladear lentamente su aroma, la vació de un solo trago, sin pausas. Parecía un apóstata1 que se entrega al placer del deleite carnal frente a un sacerdote que guarda el ayuno de la Cuaresma, solo para provocarlo.
Acto seguido, encendió un cigarro con la parsimonia de quien disfruta de un banquete opulento.
Desplegaba el humo denso y acre en el aire como si soltara una madeja de hilos, y a través de esa niebla de nicotina escrutaba con detenimiento a la servidumbre. Mientras lo hacía, una sonrisa de burla incomprensible se dibujaba en su rostro.
La temperatura de la mirada que dirigía a Ethan también difería de la habitual.
Sus ojos, afilados y glaciales de la cabeza a los pies, recorrían la anatomía de Ethan. Evocaba a un soldado que somete a un prisionero a un cacheo corporal, como si buscara con persistencia algo oculto en su interior.
Finalmente, cuando alcanzaba la certeza de que no encontraría nada, esbozaba una sonrisa gélida y tenue en sus labios y pronunciaba:
“Buenos días, Ethan.”
Eran las palabras que los sirvientes jamás se atrevían a pronunciar en un día como ese.
“Pobre joven amo Ethan”, murmuraban las criadas que se juntaban por ratos en los rincones de los pasillos. La actitud de la servidumbre, que lo trataba como si fuera una pieza de vidrio vulnerable a quebrarse, y esas miradas cautelosas que seguían sus pasos a sus espaldas.
Ese día era el aniversario luctuoso de su padre.
Sucedió durante el primer año de su estancia en la mansión, cuando tenía diez años y afrontó aquel aniversario por primera vez. Ethan abrió los ojos en medio de la penumbra al percibir que alguien lo sacudía suavemente para despertarlo.
“Joven amo.”
Aún no había despuntado el alba. Una oscuridad densa y fría se extendía por doquier.
“…¿Phoebe?”
“Debe levantarse de inmediato. Hay un lugar al que debemos ir.”
Aun entre el sueño y la vigilia, se dejó guiar por la mano de Phoebe fuera del dormitorio.
Los pasillos permanecían en penumbra y silencio. Phoebe se abría paso en la profunda oscuridad valiéndose de una linterna. Abrió la puerta de servicio situada en un rincón y descendió por una estrecha escalera de caracol. El entorno era tan tenebroso que daba la impresión de bajar a una sepultura.
Finalmente, llegaron al vestíbulo de los sirvientes en el sótano.
Aquel sótano que cada mañana solía volverse bullicioso se encontraba en un mutismo sepulcral a esas horas de la madrugada. Solo el resplandor de las velas encendidas iluminaba el lugar.
Ethan se quedó atónito al ver a los criados congregados en el salón. A pesar de lo intempestivo de la hora, todos vestían sus ropas pulcras y formales. Sus expresiones eran solemnes y mantenían los labios sellados con una reverencia unánime. Daba la impresión de asistir a un funeral.
Una anciana de edad avanzada se aproximó. Era la señora Sutton, la ama de llaves de la mansión.
“Joven amo Ethan, qué bueno que ha venido”, dijo la señora Sutton mientras tomaba la mano de Ethan. “Con diez años ya no se es un niño pequeño. Es importante que nos acompañe en un acto como este”.
La señora Sutton hizo que Ethan se sentara en una silla dispuesta en la primera fila.
Cada vez que las llamas de las velas oscilaban, las sombras que cubrían las paredes danzaban de igual manera. Aquel lugar evocaba el santuario de los antiguos paganos que se ocultaban huyendo de las persecuciones de los romanos.
“Al llegar el momento, nuestros cuerpos terrenales han de retornar a la tierra. Sin embargo, las almas reciben el perdón de sus pecados y son llamadas al reino de los cielos…”
El reverendo Collins, párroco de la comunidad, encabezaba el oficio religioso.
“Richard Whitewood fue en vida un joven sumamente prometedor. Luchó incansablemente contra una terrible y devastadora enfermedad, sin perder jamás la sonrisa…”
Richard Whitewood.
Solo al escuchar aquel nombre, Ethan comprendió que se trataba de una misa en memoria de su difunto padre. Todos los que se encontraban congregados allí se habían reunido con el único propósito de honrar la memoria de su progenitor.
Sin embargo, ¿por qué motivo debían rendirle tributo ocultándose en un sitio como ese? Sin la presencia de su propio hermano, el único miembro de la familia que por derecho correspondía asistir.
“»Si alguno dice: Yo amo a Dios, pero aborrece a su hermano; es mentiroso. Porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ha visto?«.2”
Los sirvientes murmuraron al unísono: “Amén”. Ethan, en cambio, no los secundó.
“Pobre joven amo. ¿Acaso extraña a su padre?”
Inquirió la señora Sutton mientras envolvía las manos de Ethan entre las suyas, tras haber despedido al párroco al finalizar el servicio.
“Joven amo Ethan, usted es el vivo retrato de su padre. El joven Richard era, verdaderamente, el ser más alegre y entrañable que he conocido en mi vida.”
El joven Richard.
Por extraño que pareciera, aquellas palabras daban la impresión de referirse a alguien que aún se encontraba con vida.
“Prohibir incluso que se guarde luto por su único hermano… El señor Edmund es, sin duda, un hombre sumamente cruel.”
Ethan pudo percibir el vivo resentimiento que la mujer albergaba hacia su tío a través de ese comentario.
“Sé perfectamente que en esta mansión no hay ningún adulto al que usted pueda entregarle su afecto sincero, joven amo. Sin embargo, le aconsejo que procure no estrechar lazos con el Señor Edmund.”
“…¿Por qué motivo?”, preguntó Ethan, sumiso en una especie de fascinación hipnótica.
“Porque terminará por lastimarlo”, sentenció la mujer con una firmeza que no admitía réplicas.
Ethan contempló el rostro de la señora Sutton, cuyas mejillas lucían caídas y surcadas por profundas arrugas. Bajo el titileo de las velas, sus facciones proyectaban una certeza inquebrantable, a la par que se veían envueltas por un sombrío halo de misterio.
“…Mi tío es un buen hombre”, repuso Ethan, sintiendo la imperiosa necesidad de contradecir sus palabras. Le invadió un vago sentimiento de rechazo. “Él me rescató y me acogió cuando me quedé huérfano. No deseo escuchar que se hable mal de su persona”.
“No es lo que usted cree, joven amo.”
La mujer apretó las manos de Ethan con vehemencia. A pesar de tratarse de unas extremidades esqueléticas, poseían una fuerza tan descomunal que le infligieron un leve dolor.
“El hecho de que el Señor Edmund lo trate con tanta consideración no se debe a que sea un alma noble. Lo hace por venganza. Desea que usted se olvide por completo del joven Richard, sin darle la oportunidad de recordarlo.”
“¿Venganza?”
“Porque la mayor de las venganzas consiste en borrar la existencia de una persona de este mundo. Señorito Ethan, la realidad es que él…”
En ese preciso instante, el agudo tintineo del timbre de llamada de los sirvientes resonó en el lugar. Una criada echó a correr de inmediato. El arrastrar estridente de una silla rompió la calma y el entorno se sumió en el ajetreo. Alguien llamó a la señora Sutton con urgencia. Como consecuencia, Ethan se quedó sin conocer el desenlace de aquella frase.
Esa desagradable experiencia dejó un regusto sumamente amargo en el paladar de Ethan. Las palabras de la señora Sutton martillearon su mente durante todo el día.
«“El hecho de que el señor Edmund lo trate con tanta consideración no se debe a que sea un alma noble. Lo hace por venganza”.»
«Venganza… ¿Por qué diría una locura semejante? Como si mi tío fuera un villano despiadado.»
Ethan optó por no dar crédito a las palabras de la señora Sutton.
Aquel hombre lo había rescatado. Había tomado su mano cuando se encontraba en el más absoluto desamparo y lo había guiado hacia la luz en medio de una oscuridad donde no se alcanzaba a divisar el menor porvenir.
Incluso si fuera cierto que su tío había aborrecido a su padre en vida, le resultaba inconcebible pensar que pretendiera hacerle daño a él.
¿Acaso no le había otorgado un sinfín de privilegios y atenciones como para dudar de sus intenciones?
Ethan estaba, incondicionalmente, del lado del hombre.
Desde aquel primer verano en que se instaló en la propiedad, Ethan jamás volvió a hacer acto de presencia en los servicios luctuosos. A pesar de recibir noticias de que la señora Sutton había derramado amargas lágrimas por su ausencia, se mantuvo firme en su postura. Consideraba que guardar un secreto ante el hombre equivalía a perpetrar una traición en su contra.
Ethan no deseaba ocultarle absolutamente nada.
El alba comenzó a abrirse paso y el firmamento se iluminó paulatinamente. Una delgada franja de una tonalidad rojiza como la sangre emergió sobre la línea del horizonte, tiñendo la penumbra blanquecina e iluminando el mundo silencioso. Las vastas áreas verdes, el lago y el despejado cielo recobraron sus colores primigenios.
Edmund se encontraba despierto.
Permanecía de pie junto al ventanal con los brazos cruzados, oculto tras las cortinas. Vestía un atuendo de descanso confeccionado en suave seda y una bata de un tono violáceo que desprendía un brillo sumamente aristocrático. Siguiendo el trayecto de la luz solar translúcida que bañaba su anatomía, la tela de seda arrugada destellaba con intensidad. Apoyando la cabeza contra el marco de la ventana, el hombre entornó los ojos. Su cabello rubio platino, sutilmente desordenado, caía con suavidad sobre su pálida y tersa frente. A pesar de lucir una postura desarmada y vulnerable, la atmósfera que emanaba de su ser distaba mucho de ser pacífica.
El viento infló las cortinas de encaje blanco. Más allá del ondular del tejido, se alcanzaba a divisar el panorama que se desplegaba en el interior del jardín.
El párroco, que se había escabullido no por la entrada principal, sino por la puerta lateral de la mansión, se despidió de la señora Sutton. Se caló un sombrero raído y subió al carruaje. Las viejas ruedas descendieron por el camino de acceso de la colina emitiendo un agudo chirrido. El eco del galope de los caballos se fue desvaneciendo a lo lejos.
El hombre se dio la vuelta, apartándose del ventanal.
El sirviente que entró en el dormitorio tras llamar a la puerta se quedó atónito al ver a su Señor de pie en la estancia. Lucía un aspecto impecable, pulcro de la cabeza a los pies. «¿Acaso se habrá despertado antes del amanecer?». Por un instante, una ráfaga de temor cruzó el rostro del sirviente.
—Trae los periódicos al estudio.
El hombre abandonó la habitación sin dignarse a dirigirle una sola mirada.
William entró al estudio.
—¿Ha descansado bien esta noche, mi Señor?
—Gracias a ti, sí.
Edmund leía los periódicos en el estudio, inundado por una claridad resplandeciente. El sirviente los había planchado minuciosamente para evitar que la tinta se corriera en los dedos de su amo. The Times, The Telegraph, Financial Times, Continental Daily Mail.
—¿Qué está haciendo la servidumbre?
—Pronto comenzarán con los preparativos del desayuno.
—¿Y tú? —indagó—. ¿A qué hora te has levantado?
—Me he levantado al alba. Como de costumbre, señor.
—Ya veo.
William aguardó en silencio. Sabía perfectamente que su señor no daba crédito a sus palabras.
—¿Está todo listo para recibir a los invitados?
—Por supuesto, mi Señor. Hemos tomado todas las disposiciones necesarias.
—Supongo que hoy, al menos, no saldrán con la excusa de que se ha agotado el champán —comentó con evidente cinismo.
William inclinó la tetera para verter el té humeante sobre una taza de porcelana fina con detalles dorados y motivos florales. Deslizó el platillo sutilmente hacia el frente mientras susurraba:
—Atenderlo a usted es mi labor más importante, mi Señor.
El hombre levantó la vista. Escrutó fijamente el rostro del fiel mayordomo con sus ojos oscuros y profundos, para luego devolver la mirada a sus papeles.
—Te lo agradezco —repuso con total indiferencia—. Te llamaré si te necesito.
Ante aquella inequívoca orden de retirada, William inclinó la cabeza y cerró la puerta sin hacer el menor ruido.
Edmund pasó la página del periódico y dio un sorbo al té.
Él no confiaba en nadie dentro de esa mansión.
Los seres humanos son propensos a dejarse cegar por las apariencias; para ellos lo trascendental no es la verdad en sí, sino aquello que eligen creer de manera voluntaria. Al fin y al cabo, lo que la gente denomina “verdad” no es más que una voz seleccionada entre muchas otras.
El hombre, que desplegó el periódico con un crujido seco, soltó de pronto una risa burlona.
«Ser amado incluso después de la muerte… Qué magnífico es el ser humano, ¿verdad? Y más tratándose de alguien tan abominable.»
La mueca de desprecio que coronaba sus labios se disipó como si la hubieran borrado por completo. Al segundo siguiente, Edmund clavó una mirada fija y gélida en la nada, como si alguien estuviera de pie en ese espacio vacío.
Él jamás perdonaría a Richard.
Aunque la costumbre implícita de la mansión dictaba pasar este aniversario luctuoso en el más estricto y silencioso recogimiento, ese día fue la excepción.
A media tarde, bajo el denso sopor del verano, una comitiva de automóviles Mercedes-Benz, Cadillac y Packard cruzó en hilera la entrada principal, ascendiendo por el camino hasta llegar a la residencia.
Los vehículos de lujo, equipados con amplios asientos tapizados en cuero de vaca y faros resplandecientes, destellaban con un brillo impecable desde los guardabarros hasta el capó.
En cuanto los invitados cruzaron el imponente vestíbulo flanqueado por un arco señorial, dejaron escapar ligeros suspiros de admiración.
—Es imponente.
En una época crepuscular donde numerosos linajes y familias nobles comenzaban a desmoronarse, la gran mansión Whitewood se alzaba imperturbable, como si desafiara al propio tiempo, despertando el asombro y la reverencia de los presentes.
Todos los asistentes vestían de etiqueta, pulcramente ataviados, y calzaban elegantes zapatos hechos a medida. Se trataba de personalidades ilustres de la alta sociedad: ministros del Gabinete, senadores, duques, marqueses y directores de corporaciones siderúrgicas.
—Le agradezco la invitación, Conde.
Nadie se habría atrevido a rechazar una invitación para un almuerzo tras abrirse las puertas de una fortaleza que se consideraba inexpugnable. ¿Quién sería capaz de desairar a este hombre? Más allá de los oscuros y escabrosos rumores que empañaban su reputación, el poder que ostentaba era algo que bajo ninguna circunstancia se podía pasar por alto.
El Marqués de Salisbury, tras estrecharle la mano, le presentó al resto del grupo que lo había acompañado en el trayecto.
—Es su primo. Me dio la impresión de que se había olvidado por completo de incluirlo en la lista de invitados.
Harold sonrió con suficiencia.
Edmund clavó la mirada directamente en el intruso que había aparecido de la nada, pero no dijo una sola palabra.
Los temas de conversación durante el almuerzo de ese día saltaron con total libertad y sin fronteras entre la política, la economía, los chismes y los deportes.
—El año pasado cacé un elefante en el Congo. Jamás en mi vida había visto unos colmillos de marfil tan grandes y magníficos.
—Tengo entendido que el Conde también es todo un experto en la caza. ¿Qué nos dice al respecto?
—Edmund es un prodigio de la caza —intervino Harold rápidamente, aprovechando la oportunidad—. Es capaz de acertar con precisión a un objetivo a más de cien yardas de distancia. Es, verdaderamente, un tirador nato.
—¿Es eso cierto?
Miradas llenas de sorpresa e interés se dirigieron hacia Edmund.
—Por supuesto. En plena temporada de caza, los animales que Edmund conseguía se apilaban como montañas, al punto de que el olor rancio de la sangre inundaba los campos.
Edmund, en silencio, encendió un cigarro.
—¡Ah! Aunque hubo una única vez en la que cometió un error —exclamó Harold, como si de repente lo hubiera recordado—. Debió ser poco después de que entrara al ejército. Salió a cazar al bosque y, quizás porque había pasado mucho tiempo, cometió un error garrafal.
La voz de Harold se volvió insinuante.
—Y eso que la distancia era de apenas unas diez yardas. Fue algo realmente inesperado. Mire que haberle acertado con tanta precisión a un ciervo que estaba muchísimo más lejos… Resulta que, mientras cazaba, sin querer… Estuvo a punto de matar a su propio hermano mayor de un disparo.
La atmósfera, que hasta hace un momento era relajada, se congeló instantáneamente.
—Por fortuna, la bala solo le rozó la mejilla y no pasó a mayores. Por un pelo casi pierde a su único hermano. ¿Lo recuerdas, Edmund?
Harold esbozó una amplia sonrisa.
El comedor quedó sumido en un silencio de muerte. Ninguno de los presentes ignoraba el rumor en cuestión.
Edmund no pronunció palabra. Al percibir el ambiente inusual, algunos invitados intercambiaron miradas. El Duque de Gloucester intervino para mediar:
—Hasta el mejor cazador pierde la liebre. Es común que ocurran percances inesperados durante la caza. Es como si Dios se divirtiera gastándonos bromas pesadas.
—Qué lástima —Edmund rompió a hablar—. Si tan solo hubiera disparado una vez más, habríamos presenciado algo muy interesante.
Él mantenía la mirada fija en Harold.
Su mirada, alarmantemente serena y fría, era como la de alguien que apunta con el cañón de un arma directamente hacia su presa.
Como si se hubieran puesto de acuerdo, todos los invitados cerraron la boca a la vez. Un silencio gélido inundó la sala.
—Parece que Harold tuvo anoche un sueño en el que era cazado. Después de todo, la memoria humana tiende a distorsionarse y alterarse a su antojo según la inestabilidad de su estado mental.
El hombre dio una profunda calada a su cigarro encendido.
—Yo jamás he dejado escapar a una presa que he fijado como objetivo.
Exhaló un denso humo. La espesa humareda se elevó como la niebla.
—La caza no es un juego. Jugar con la vida de otros es una idea infantil, propia de un mocoso odioso que le arranca las alas a los insectos. ¿No lo cree así?
—¡Exacto, bien dicho! La caza es algo sagrado —exclamó el Marqués de Salisbury. Él era un devoto y ferviente defensor de la caza.
El rostro de Harold se encendió de rabia. Antes de que pudiera rebatir algo, Edmund hizo una seña con la mirada.
—¿Gustan un vaso de ponche?
Las puertas se abrieron de par en par y los sirvientes uniformados entraron cargando poncheras de cristal llenas de un ponche dulce. Se sirvió champán y whisky añejo. Se descorcharon las botellas y el vino tinto de Burdeos llenó las copas hasta el borde. Además, se distribuyeron uno a uno habanos de alta calidad guardados en sus cajas, por lo que la incómoda rigidez del ambiente se disolvió en un instante, como el hielo fino que se derrite.
—Un momento, ¿acaso esto no es un Château Lafite de 1916?
—¡Un Macallan de cincuenta años! ¡Jamás pensé que llegaría a ver esto con mis propios ojos mientras estuviera vivo!
Al ver aparecer de golpe licores tan difíciles de degustar, los invitados de paladar refinado se entusiasmaron sobremanera. Era un espectáculo digno de ver que no se encontraba en ninguna otra fiesta o banquete. En estos tiempos, donde la gente organizaba bailes incluso a base de deudas, un lujo tan “aristocrático” era difícil de ver. Los caballeros, hambrientos de codicia, se sumergieron en aquel fastuoso banquete de placeres como si la tensión de hace un momento jamás hubiera existido.
Absortos por el festival de Baco3 que se desarrollaba ante sus ojos, olvidaron tanto la conversación previa como la ligera desazón que les había quedado en el fondo del corazón.
Harold, por su parte, fulminaba al hombre con una mirada asesina.
Ethan contempló el estanque. Los lirios de agua flotaban sobre el agua que brillaba con un destello deslumbrante. Su rostro demacrado se reflejaba en la superficie.
Había pasado la noche en vela para evitar tener pesadillas, pero en el momento en que cerró los ojos, la barca de su consciencia naufragó y el sueño lo invadió de forma interminable, como el oleaje de un mar embravecido. Le fue imposible resistirse.
Lo más terrible, más allá de tener pesadillas, era que dentro del sueño experimentaba un éxtasis de origen desconocido. Después de eso, el sentimiento de culpa que lo invadía lo dejaba completamente aturdido.
«Recibiré un castigo. Tener un sueño tan sucio y sentir éxtasis… Dios me impondrá un castigo terrible.»
Pensó que casi prefería recibir el castigo para poder descansar en paz. Ethan se quedó mirando fijamente la superficie del agua y luego bajó la cabeza. No podía soportar lo terrible que se sentía consigo mismo.
A lo lejos, se escuchó el crujido de unos pasos.
Ethan se puso de pie de un salto, miró a su alrededor y se apresuró a esconderse entre los matorrales de rosas.
Vio a dos personas que se aproximaban caminando por el sendero rodeado de bojes. Se detuvieron a la orilla del estanque.
—Sé muy bien lo que hiciste —dijo Harold—. Richard siempre fue enfermizo de nacimiento, pero su salud no era tan precaria como para poner en riesgo su vida. No había razón alguna para que muriera por enfermedad de la noche a la mañana. Su médico de cabecera afirmó que contrajo una fiebre mortal. Sin embargo, cuando indagué sobre el paradero del médico tras el funeral, descubrí que se había esfumado sin dejar rastro. Al principio, todos murmuraban que Richard se había suicidado; decían que lo habían encubierto porque, si se sabía que era un suicidio, la Iglesia no habría permitido celebrar su funeral. Pero yo lo sé. No fue un suicidio ni una muerte por enfermedad. ¿Verdad?
No hubo respuesta.
—Vamos, Edmund, sé sincero conmigo. Después de todo, ya han pasado seis años. Aunque lo admitas ahora, no es como si te fueran a enviar a la Torre de Londres4.
—Tienes una imaginación desbordante, Harold —replicó el hombre—. Podrías cambiar de profesión y convertirte en novelista.
Su tono de voz era de una burla fría y despectiva.
—¡Edmund!
Oculto entre los matorrales, los ojos de Ethan se abrieron de par en par al observar la escena.
Harold lo agarró abruptamente por las solapas del saco, gritando lleno de furia:
—¡Fuiste tú!
Su rostro, alterado por la agitación, estaba tan rojo que parecía a punto de estallar.
—¡Tú lo mataste!
Las venas de su cuello se tensaron al dar aquel alarido.
—¡Admítelo, bastardo, admítelo de una vez!
Sacudió frenéticamente a Edmund por el cuello con ambas manos, como si estuviera sacudiendo un saco vacío para limpiarlo.
Fue en ese instante. De repente, la mirada del hombre cambió.
El hombre aferró las muñecas de Harold y las apartó a la fuerza. Fue un movimiento firme y tajante, como si se sacudiera un insecto pegado a la ropa. Acto seguido, empujó con fuerza el pecho de Harold con la palma de la mano. Aprovechando el tropiezo de Harold, lo sujetó por la nuca, lo arrastró de un solo tirón hasta el estanque y lo hundió de cabeza en el agua.
Se escuchó un sonoro chapuzón.
Harold pataleó y se retorció. Intentaba zafarse desesperadamente, pero cuanto más luchaba, la poderosa fuerza de aquella mano aplastaba su cabeza con más saña contra el fondo.
Burbujas ruidosas brotaban violentamente de la superficie del agua.
El ruidoso croar de las ranas cesó de golpe, y un silencio aterrador se apoderó de los alrededores. Los lirios de agua fueron desplazados por el vaivén de las ondas de agua.
Justo en el momento en que los espasmos de su cuerpo comenzaron a debilitarse hasta quedar lánguido, la mano que lo sujetaba por la nuca tiró de Harold hacia arriba. Un jadeo violento y desesperado rasgó el aire: ¡Pfff-ah!
El hombre arrojó a Harold a un lado como si fuera un trozo de equipaje viejo.
Harold, tirado en el suelo, tosía con fuerza mientras le daban arcadas.
Ethan se tapó la boca apresuradamente. Por poco se le escapa un grito. Su cuerpo, conmocionado, temblaba incontrolablemente.
Era la primera vez que veía al hombre comportarse de esa manera.
—Tienes razón. Tal como dices, han pasado seis años, pero nada ha cambiado.
—Cof… —Harold jadeó.
El hombre volvió a levantar a Harold tomándolo del cuello. Harold forcejeó débilmente.
—Estoy harto y asqueado de tus sucios juegos pasionales.
—Cof, cof… ¡Suéltame!
—Si tanto te gustaba Richard, ¿por qué no te vas a revolcar con su cadáver? Seguro que Richard lloraría lágrimas de sangre de la felicidad desde el infierno.
Al pronunciar esas palabras, las pupilas del hombre, afiladas como navajas, brillaron con una sed de sangre implacable.
—No sé dónde aprendiste a ponerle las manos encima a otra persona sin su permiso.
—¡Gaj…!
—Deberías mantener los modales básicos si no quieres que la gente ande diciendo por ahí que no tienes educación.
El hombre soltó el cuello de Harold con un desdén que pareció un empujón. Sin siquiera mirar el cuerpo que se desplomaba al instante en el suelo, le dio la espalda.
—¡Jamás podrás escapar de la verdad! —gritó Harold a su espalda, consumido por el rencor.
—¿La verdad? —El hombre se dio la vuelta—. …Sí, de hecho, a mí también me da mucha curiosidad saber qué demonios es esa bendita verdad de la que hablas.
Esbozó una fría sonrisa burlona con la comisura de los labios.
El hombre dobló la esquina del sendero y desapareció de la vista. Su presencia se esfumó por completo.
Harold comenzó a soltar una sarta de maldiciones mientras sacaba un cigarrillo del bolsillo. Le dio un par de caladas y arrojó la colilla al suelo con evidente irritación.
El humo seguía elevándose de la colilla abandonada en la tierra.
Cuando Harold finalmente se marchó, la paz regresó al perturbado jardín. El reyezuelo, que se había mantenido oculto entre las ramas de los árboles, comenzó a cantar de nuevo.
Ethan salió del matorral de rosas. Las afiladas espinas le arañaron el rostro, pero no sintió el más mínimo dolor. Su mente estaba completamente aturdida por la conversación que acababa de escuchar a escondidas.
“¡Fuiste tú! ¡Tú lo mataste!”
Aquel grito lleno de rencor, como si estuviera escupiendo sangre.
“Si tanto te gustaba Richard, ¿por qué no te vas a revolcar con su cadáver?”
Y los ojos de aquel hombre, brillando con una frialdad espeluznante que recordaba a la de un reptil.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Una sensación lúgubre, muy cercana al terror absoluto, le bajó por la columna vertebral. Su corazón latía con un ritmo inquietante y desbocado.
Ethan agachó la mirada al sentir una punzada de dolor.
Debido a que había apretado el tallo de la enredadera de rosas con demasiada fuerza, la sangre ya brotaba de su puño cerrado.
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