La primera en comprenderlo todo fue la Duquesa de Gloucester.
En cuanto presenció el debut de Ethan en la alta sociedad, intuyó de inmediato cuáles eran las intenciones del Conde de Leicester y, actuando con más presteza que nadie, envió una invitación a la gran mansión Whitewood.
Poco después, se propagó la noticia de que la mismísima Duquesa de Kent se había convertido en la madrina del muchacho.
—¿La Duquesa de Kent?
Una integrante de la Familia Real, una figura de peso absoluto que dominaba la escena social londinense, había decidido tomar bajo su protección al sobrino bastardo del Conde de Leicester.
Aquellos que hasta entonces se habían mantenido al margen, evaluando la situación con cautela, se apresuraron torpemente a tenderle la mano a Ethan Graves en un intento desesperado por darle la bienvenida.
—¿Ha visto usted a Ethan Graves?
—¡Lo vi en el banquete de la Duquesa de Gloucester! Parecía haber saltado directamente de un retrato de Sir Thomas Lawrence. Es un muchacho de una belleza extraordinaria.
—Yo también lo vi bailar el vals en la gala. Su destreza era soberbia.
Por su parte, los padres se aseguraban de instruir a sus propios hijos:
—Procura entablar amistad con Ethan Graves. Es el sobrino predilecto del Señor Edmund. Quién sabe, tal vez en el futuro puedas sacar un buen provecho de ello.
Así, los jóvenes de las familias más ilustres, aquellos educados con tutores privados en lugar de asistir a los internados, comenzaron a juntarse con Ethan.
—¿Qué clase de persona es el Señor Edmund? Por lo que he oído, dicen que es increíblemente cruel.
—Dicen que le arranca el corazón crudo a los animales que caza y se lo come, ¿es verdad?
Cuando Ethan soltó una carcajada ante lo absurdo de la pregunta, ellos evadieron el tema disimuladamente, como si solo hubieran estado bromeando.
—Mi tío no es un demonio salido de la Edad Media —dijo Ethan, conteniendo la risa—. Parece que todos tienen el absurdo concepto de que es algo así como un Bloody Mary.
A los jóvenes también les terminó agradando Ethan, pues no solo poseía una sonrisa cautivadora, sino que también sabía expresar sus opiniones con aplomo y seguridad.
A menudo se recostaban a la sombra de las hayas del jardín para comer uvas, observando el chorro de agua de la fuente elevarse hacia el cielo mientras escuchaban la música que brotaba del gramófono.
En ese momento, sonaba el aria “Mi corazón se abre a tu voz”, interpretada por Marian Anderson.
⟨Mi corazón se abre a tu voz, al igual que las flores se abren a los besos de la aurora…⟩
—¿Escucharon la radio de la BBC anoche? “No hay noticias esta noche1”. Al principio creí que era una broma.
—Y luego, de verdad, se pasaron quince minutos poniendo música sin parar.
Los muchachos buscaban incesantemente motivos para burlarse de algo. Entre todos ellos, el blanco más común de sus mofas eran los adultos, principalmente los hombres que ostentaban puestos de autoridad.
—Al Señor Walter le queda fatal ese bigote. Siempre da la impresión de que bebe el té con el bigote en lugar de con la boca. De hecho, ¿no será el bigote el verdadero dueño de su cuerpo?
—Si le quitaran el bastón al Señor Johnson, se desplomaría como un saco de arpillera vacío. Dicen que hasta se acuesta en la cama abrazado a su bastón cuando duerme. En pocas palabras, es como su muñeco de apego.
Sin embargo, incluso esos jóvenes, que reían a carcajadas tomando a todos los adultos de su entorno como objeto de sus chistes, se quedaban completamente mudos en cuanto se mencionaba al Conde de Leicester.
A pesar de las atrocidades y actos depravados que había cometido, y de todos sus crueles escándalos que habían manchado el honor de la alta sociedad, el Conde era, curiosamente, un objeto de temor y reverencia entre los muchachos.
—Ethan, ¿no te resulta intimidante?
—¿Quién? —respondió Ethan, recostado sobre la hierba con ambos brazos cruzados detrás de la cabeza a modo de almohada.
—Bueno, me refiero a él. Parece ser alguien sumamente frío y estricto… —Jeremy midió sus palabras con suma cautela. Era una actitud radicalmente distinta a la que había mostrado al burlarse del bastón del Señor Johnson.
—Mi tío es dulce.
—Espera, ¿estás bromeando? —replicó Nicol, incorporándose a medias para mirar a Ethan.
—Es muy dulce y atento. Más que cualquier otra persona que yo conozca.
—Mentira.
Benjamín, que había soltado la refutación sin pensar, se tapó la boca de inmediato. Jeremy observó a Ethan con extrañeza.
—Dicen que hasta al Rey se le critica a sus espaldas, ¿no estás siendo demasiado leal?
Era evidente que no daban crédito a sus palabras. Pero a él le daba exactamente igual si le creían o no. Ethan cerró los ojos.
Una ráfaga de viento sopló, revolviendo su cabello y acariciando sus mejillas. Las hojas de los árboles susurraron. El aria de una pagana jurando un amor eterno resonó en el aire como un dulce sueño.
⟨¡Oh, responde a mi ternura! ¡Cólmame de éxtasis…!⟩
Un sirviente apareció en el jardín y anunció que el chófer había llegado para recoger a Ethan.
El joven abrió los ojos de golpe y se puso de pie de un salto.
—Me voy.
—Seguro que el Señor Edmund le da mucho terror —Benjamín murmuró al verlo marcharse apresuradamente sin siquiera mirar atrás.
Jeremy no reaccionó a ese comentario; se limitó a mirar fijamente la espalda de Ethan antes de gritarle:
—¡Ethan! ¿Qué tal si vamos a dar un paseo en bote el próximo jueves?
—¡Me parece bien! —respondió Ethan, volviéndose fugazmente hacia ellos—. Primero tengo que preguntarle a mi tío.
Acto seguido, esbozó una amplia sonrisa y reanudó su marcha a paso vivo. Mostraba un extraño aire de excitación.
—Por Dios, si alguien lo viera, pensaría que va a una cita romántica —dijo Nicol, negando con la cabeza.
Ethan subió al automóvil que aguardaba frente a la gran mansión de la familia del Duque de Gloucester. La voz del hombre se dejó oír de inmediato.
—Espero que no te arrepientas de haberte despedido tan temprano de tus amigos, habiendo pasado tanto tiempo sin juntarse.
—Para nada. —Ethan se giró hacia él y le dedicó una sonrisa resplandeciente—. Ya me divertí bastante. Prefiero mil veces estar con usted.
El chófer puso el coche en marcha y comenzaron a avanzar por la avenida de Kensington High Street. Tenían previsto asistir esa noche a una representación de la obra teatral Hamlet en el teatro Old Vic.
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