Capítulo 23: Abrázame
—¿¡Qué carajos te pasa!? —Zhong Han corrió nervioso hacia la cancha, apretando los dientes mientras increpaba a Kong Jie.
Aunque Kong Jie no era precisamente alguien noble, la situación de hace un momento fue repentina; no había tenido la intención de golpear a Zhuo Yiran. Al ver el estado en que se encontraba el otro, su expresión también mostró algo de desconcierto:
—¿Tú, siendo beta, para qué compites conmigo por un rebote?
—¿Y todavía tienes la cara de decirlo? —la furia de Zhong Han aumentó al escuchar eso—. ¿Tres rondas ya jugadas y tú vas y te robas un rebote? ¿Estás enfermo o qué?
Kong Jie quería replicar, pero justo en ese momento se topó con la mirada que Lu Chen le lanzó al girar la cabeza. Se asustó tanto que cerró la boca al instante.
Zhuo Yiran estaba recostado en los brazos de Lu Chen, rodeado por un grupo de compañeros. Tosió un par de veces y, mientras recuperaba el aire, sonrió mostrando los dientes:
—Dejen de mirarme así, ¿quieren? Pareciera que me estoy muriendo.
Cuando recibió aquel codazo feroz de Kong Jie, Zhuo Yiran pensó instintivamente que se le habían roto las costillas. Pero después de unos segundos se dio cuenta de que el dolor desaparecía poco a poco. Como jugaba seguido al baloncesto, sabía que los golpes y choques eran inevitables. Podía sentir claramente que no había sido un golpe en un punto vital; en realidad, no era nada grave.
En cuanto levantó la vista, lo primero que vio fueron las cejas fruncidas de Lu Chen. Al notar que seguía con esa expresión de preocupación excesiva, Zhuo Yiran insistió otra vez:
—De verdad no es nada, los beta no somos tan frágiles como piensas.
La mayoría de los que juegan baloncesto se han lesionado alguna vez en la cancha. Al ver que su semblante se mantenía normal y que, en apariencia, no tenía nada grave, todos soltaron un suspiro de alivio.
—Casi me matas del susto —la intención de Kong Jie era clara para todos; lo que temía era que Zhuo Yiran tuviera algún problema serio, porque entonces toda la responsabilidad caería sobre él. Como vio que no había nada grave, se apresuró a excusarse—. Cuñadita, la próxima acuérdate de esto: con ese cuerpecito, ni se te ocurra competir con un alpha por un rebote.
—¡Ah, pero bien que sabes que eres alpha! —Zhong Han, que aún no había terminado de descargar su ira, explotó de nuevo—. ¿Encima de que cometiste falta todavía te crees con razón?
—Fue solo por costumbre —Kong Jie se encogió de hombros—. Igual aunque entrara, no contaba. ¿Quién iba a pensar que el cuñadita también saltaría?
Zhuo Yiran lo entendía: aunque las palabras de Kong Jie sonaban irresponsables, no carecían del todo de lógica.
Siempre jugaba con otros beta, y como sus capacidades eran superiores, había desarrollado cierta arrogancia natural. Al ver un rebote, reaccionaba de manera instintiva, lanzándose a atraparlo. Esta vez hizo lo mismo, olvidando que su contrincante era un alpha, con mayor estatura y potencia de salto. Que terminara golpeado era inevitable.
—¿Acaso ni por un momento crees que hiciste mal? —al escuchar ese tono evasivo de Kong Jie, Zhong Han se enfureció aún más—. Si Lu-ge no te hubiera atrapado a tiempo, quién sabe qué consecuencias habría tenido. ¿Podrías cargar con eso?
Recién entonces Zhuo Yiran cayó en la cuenta de que había sido salvado por Lu Chen. Instintivamente levantó la cabeza y justo se topó con sus ojos.
En el instante en que sus miradas se cruzaron, ambos desviaron la vista con total sincronía.
Zhuo Yiran pensaba cómo agradecerle sin sentirse incómodo, cuando Zhong Han aún no había terminado de arremeter:
—Kong Jie, lo que más me revienta de ti es esa actitud: para ti todo es culpa de los demás, el mundo entero te debe algo, y tú siempre eres la pobre víctima.
—¡Y a mí me revienta a ti! —Kong Jie también se puso a la defensiva—. ¡Siempre de metido! Ni que el capitán hubiera dicho algo todavía…
—Basta —Lu Chen, al fin, los interrumpió—. Cierren la boca.
Zhuo Yiran también quería decir algo para calmar los ánimos, pero como Zhong Han estaba defendiéndolo, cualquier cosa que dijera sonaría como despreciar su buena intención. Así que decidió demostrar con hechos que estaba bien.
Tras descansar un poco, el dolor en el pecho ya casi había desaparecido. Se apoyó con una mano para ponerse de pie, pero en cuanto ejerció fuerza, un dolor agudo le atravesó el tobillo izquierdo.
—¡Carajo…! —volvió a caer, sin defensa alguna, y otra vez directo en brazos de Lu Chen.
—¿Qué le pasó a tu pie? —las cejas de Lu Chen volvieron a fruncirse, mirando de inmediato el tobillo.
Antes, toda su atención estaba en el golpe del pecho, y casi había olvidado que también se había torcido el pie al caer. Al sentir el dolor repentino, bajó a revisarlo y vio que el tobillo ya estaba rojo e hinchado.
Sin dudarlo, Lu Chen se agachó, colocó los brazos de Zhuo Yiran alrededor de su cuello y ordenó a los demás:
—Ayúdenme a levantarlo.
Al darse cuenta de lo que intentaba hacer, Zhuo Yiran se apresuró a rechazar:
—No hace falta que me cargues, puedo caminar si me sostienen entre dos.
Lu Chen lo ignoró, estirando las manos para sujetarle las piernas. Zhuo Yiran se puso ansioso al instante.
—¡Oye, soy un hombre hecho y derecho, déjame conservar un poco de dignidad!
Tal vez porque compartían esa misma dignidad masculina, Lu Chen terminó por ceder: se levantó y, junto al robusto Zhong Han, lo sostuvo entre ambos.
La enfermería del campus estaba al lado del gimnasio, se podía llegar a pie. Pero como Zhuo Yiran solo podía apoyar un pie, incluso sostenido entre dos, era imposible avanzar rápido; además, tenía que mantener la otra pierna en el aire. Apenas habían salido del pabellón y ya estaba exhausto, a punto de colapsar.
Cuando al fin alcanzaron la puerta, se encontraron con una escalera enorme que bajaba desde el segundo piso hasta el exterior. Por un instante, Zhuo Yiran pensó en decirle a Lu Chen que mejor lo cargara.
Pero el orgullo de “macho beta” no le permitió pronunciarlo. Calculó a ojo que tendría que saltar a la pata coja decenas de escalones.
Respiró hondo, dispuesto a enfrentar la hazaña… cuando, de repente, sus pies se despegaron del suelo.
Lu Chen lo levantó sin esfuerzo, sujetándolo por detrás de las rodillas, y lo cargó en brazos. Sin perder el aliento, comenzó a bajar las escaleras.
Los compañeros que seguían detrás quedaron boquiabiertos. Jamás imaginaron que el capitán tendría un lado así frente a su “cuñadita”.
En medio de esas miradas sorprendidas, Zhuo Yiran sintió como si pudiera escuchar cómo su dignidad se hacía añicos contra el suelo.
Sin exagerar, como “macho entre los beta”, jamás en su vida lo habían cargado así. Era la primera vez desde que tenía memoria.
…Y para colmo, de esa manera.
No sabía si era solo vergüenza o algo más, pero el corazón le dio un vuelco. Torpemente levantó la cabeza para mirar a Lu Chen. Este, sin embargo, mantenía la vista fija al frente, inexpresivo.
—Abrázame —dijo de pronto.
—¿Ah? —Zhuo Yiran se quedó atónito.
—Del cuello —su voz sonó muy baja—. No eres omega, no es tan fácil cargarte.
…Y era cierto. Aunque Zhuo Yiran tenía un cuerpo más bien delgado para ser beta, al final medía más de 1.80. No podía ser tan ligero. Si Lu Chen lo sostenía con tanta facilidad, era porque tenía una fuerza de brazos impresionante.
Zhuo Yiran no tuvo más remedio que extender los brazos y rodearle el cuello con cuidado. Aunque no era la primera vez que estaban tan cerca, sintió que el corazón le palpitaba con tanta fuerza que casi se le salía por la garganta. Ni siquiera cuando jugaba al baloncesto se le había acelerado tanto.
Él nunca había sido de rostro delgado ni sabía lo que era ruborizarse, pero en ese momento sentía que la cara le ardía como si estuviera a punto de incendiarse.
Zhuo Yiran no estaba seguro de si se le había puesto roja o no, pero de cualquier manera no se atrevía a levantar la cabeza para mirar a Lu Chen. El problema era que, al bajar la vista, inevitablemente su rostro quedaba pegado contra el costado de su cuello.
La piel de Lu Chen era de un blanco frío y limpio; ahora, por el esfuerzo, las venas de su cuello se marcaban levemente. Desde esa cercanía, Zhuo Yiran podía ver claramente la línea firme de su nuez y el pulso de la sangre.
Una fragancia ligera le llegó a la nariz. Reconoció que era el olor del inhibidor: fresco, limpio y agradable.
Recordó que en aquella ocasión, sonámbulo, había creído percibir olor a alcohol en el cuerpo de Lu Chen. Al parecer había sido solo un sueño, no tenía nada que ver con feromonas.
Por alguna razón inexplicable, una débil sensación de desilusión le atravesó el corazón.
Lu Chen lo cargó escaleras abajo todo el tramo. Zhuo Yiran pensó en pedir que lo bajara para caminar por su cuenta, pero solo de recordar lo difícil que había sido saltar a la pata coja, desistió.
Ya que su dignidad estaba hecha añicos, qué más daba perderla por completo.
De ese modo, camino al hospital escolar, atrajeron muchas miradas. Los que no los conocían seguramente suponían que era una lesión deportiva, pero no podían evitar dar más de un vistazo: al fin y al cabo, ver a dos chicos guapos abrazados llamaba la atención. Los que sí los conocían, ni hablar, hasta hubo quien levantó el móvil para grabar video, convencidos de que estaban haciendo alguna especie de juego íntimo.
Recordando la “misión de exhibir cariño” que siempre cargaba consigo, Zhuo Yiran pensó que, en fin, la dignidad no era algo tan valioso como una edición limitada. Así que hundió la cabeza contra el hombro de Lu Chen y, frente a todas esas miradas, prefirió cerrar los ojos y fingir que no existían.
—¿Ya no te importa la dignidad? —le llegó desde arriba la voz baja de Lu Chen—. Hombretón.
¡Y a estas alturas todavía tenía que burlarse de él! Zhuo Yiran apretó los dientes y masculló entre labios:
—Bajo el alero, uno no tiene más remedio que agachar la cabeza.
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