Cuando Douglas irrumpió en la habitación del hospital, el suero aún goteaba. La transparente línea de muerte se extendía hasta debajo de la mullida sábana. Se abalanzó y arrancó el tubo de plástico. Sintió que sus manos lo agarraban vacío. La aguja enganchada en un extremo sobresalía de un lado de la ropa de hospital y goteaba. Levantó la sábana: dos almohadas moldeadas para simular un cuerpo humano estaban empapadas en grandes manchas de suero.
No había nadie en la cama. Warren Langer había desaparecido.
Douglas se quedó allí un momento, atónito. Luego mostró una expresión de sarcasmo.
—Bien hecho —dijo, tirando la aguja y cerrando la llave del tubo—. Así nos ahorramos la negociación. De una vez por todas.
Descolgó la bolsa de suero, vació su contenido en el inodoro y lo descargó. Luego enrolló la bolsa y el tubo, los ató con la toalla y los tiró a la basura junto con el pijama. Llamó al personal de limpieza y ordenó que retiraran inmediatamente todo lo que había en la cama.
En ese momento, Jason y Adrian entraron y miraron sorprendidos la cama vacía.
—¿Lo han llevado a la morgue? Qué rápido —dijo Jason.
—Sí, muy rápido. Supongo que ha corrido los cien metros más rápido que Powell. O que ha saltado directamente por la ventana.
—¿No ha muerto?
—Parece que tiene cierta tolerancia a la morfina. En cuanto ha notado una ligereza y una euforia inusuales, no lo ha dudado, se ha arrancado la aguja y ha simulado una escena. Como un animal que huele el peligro y sale huyendo—. El rostro de Douglas se relajó mucho. Se volvió para preguntar—: ¿Y Simon? Voy a darle una buena lección a ese muchacho.
—En urgencias —dijo Jason, preocupado—. Se ha inyectado dextrano. Tiene una reacción alérgica grave. ¿Va a estar bien?
Douglas frunció el ceño.
—Es difícil saberlo. Si el peso molecular es alto… Oh, vaya, qué día más horrible. La diosa de la mala suerte nos ha visitado.
Dejó a los dos y se encaminó rápidamente a urgencias.
Jason suspiró y contempló la habitación en la que había estado dos semanas y media. Habían pasado tantas cosas allí. Menos mal que por fin podría librarse de ellas.
—¿Qué es eso? —Se acercó a su cama.
Sobre las sábanas blancas, se esparcían desordenadamente unas ramas de alcatraces de flores amarillas, gráciles y esbeltas. Con sus hojas anchas y verdes, parecían un cuadro impresionista de colores vivos.
—Ed, ¿qué significa esto? ¿Despedirse de mí? —preguntó Jason, tomando una rama entre los dedos y acariciando sus suaves y delicados pétalos—. Si fuera una declaración, le sugeriría que hiciera dos corazones, como en las películas.
Adrian se encogió de hombros.
—Quién sabe. Pero te aseguro que si hicieran con esto el aliño de tu cena, te dormirías hasta presentarte ante Dios.
Jason se estremeció y devolvió la flor a la cama.
—No me interesa la Última Cena, por muy abundante que parezca.
Esperaron inquietos más de una hora, hasta que por fin Douglas salió de urgencias. Se masajeó el entrecejo con la punta de los dedos, con aire fatigado y agotado. Jason sabía que aquello no era solo físico.
—Su reacción alérgica ha sido peor de lo que imaginábamos. Le hemos administrado dexametasona, lobelina y dopamina. Durante el proceso, ha dejado de respirar. El monitor de ritmo cardíaco mostraba fibrilación ventricular. Dos descargas de 200ws…
De repente se dio cuenta de que los que tenía delante no eran familiares del paciente, y no estaba obligado a detallarles los procedimientos y la medicación utilizada.
—En fin, la presión arterial ha empezado a remontar y la respiración espontánea ha vuelto. Si no hay complicaciones —Douglas esbozó una sonrisa apenas perceptible—, dentro de poco estará comprobando otra vez si los informes tienen faltas de ortografía.
—¡Gracias a Dios!— Jason, emocionado, dio dos vueltas sobre sí mismo en el suelo. Estuvo a punto de abrazarlo—. Simon siempre decía que usted era «un médico excelente». Es la primera vez que pienso que esa frase, además de ser una pelotilla al jefe, tiene algo de verdad.
—Ah, no sé si lo sabes, pero Simon sigue siendo un novato en el trabajo, en gran parte porque nunca ha aprendido a hacer la pelota a sus superiores —respondió su médico de cabecera con toda seriedad—. Ahora que por fin parece haber despertado, voy a tener que suspenderlo y que haga un informe de los hechos, hasta que me asegure de que no vuelve a añadir ingredientes extraños en la sopa de los clientes.
Jason sonrió.
—Le prometo que se corregirá. Cuando despierte, hágale llegar un recado de mi parte: que siempre pensé que era un buen médico.
Sacó un papel del bolsillo, lo desplegó y se lo tendió.
—¿Puede firmarlo, doctor? Es el último trámite. Así podremos despedirnos amistosamente.
El rostro de Douglas cambió ligeramente. Una sombra oscura y afilada osciló en el fondo de sus ojos. No cogió el papel. Solo miró a Jason con sus ojos azules, azules como el mar más profundo.
—¿Estás seguro de que estás completamente curado?
—¡Claro! ¡Mis costillas ya están tan firmes que aunque vuelva a apretarlas no se romperán!
Jason se sintió molesto por aquella obstinación inusual en él. ¿Estaba seguro de que él no era un paranoico?
Douglas guardó silencio un momento.
—De acuerdo. Según el procedimiento, tenemos que hacer una última revisión—. Se dio la vuelta— Ven.
Jason torció la boca.
—Ed, ve al coche y espérame fuera. Ahora voy.
Le siguió. No le preocupaba lo que pudiera pasar. Sus heridas estaban casi curadas. Dadas sus capacidades, Douglas no podría hacerle mucho daño. Además, no creía que el otro fuera tan estúpido como para buscarse problemas en aquella situación.
Atravesaron varios recodos del largo y silencioso pasillo. Douglas empujó la puerta de una habitación e hizo una seña para que entrara.
La habitación no tenía ventanas. Daba la sensación de un espacio cerrado. En el aire flotaba un olor a desinfectante que no se disipaba por completo. Una tenue luz natural entraba por la puerta, pronto aislada por el cierre automático de la misma. Jason se detuvo, inquieto. Una sensación de déjà-vu se apoderó de él lentamente, pero podía asegurar que no le gustaba nada esa sensación. No, para ser exactos, la odiaba y la temía.
—¿Por qué no enciende la luz, doctor? —preguntó, notando su propia voz temblorosa.
—Estoy buscando el interruptor. Ah, aquí está.
La luz se encendió de repente. El resplandor blanco e intenso deslumbró a Jason, que instintivamente se cubrió los ojos con el dorso de la mano y luego la dejó caer lentamente.
Lo que vio hizo que su corazón diera un vuelco y su rostro palideciera. En el centro de la habitación había una enorme mesa de operaciones. Múltiples lámparas de luz fría, agrupadas entre sí, la bañaban con una luz blanca y lúgubre, sin sombras. La iluminación era tan clara como la de un día soleado, pero a él le pareció caer en un profundo pozo en pleno invierno: un frío glacial y una oscuridad absoluta. Se estremeció.
Un dolor punzante en el costado derecho se extendió por cada vaso sanguíneo y cada nervio de su cuerpo. Instintivamente, se llevó la mano para cubrirse la zona. ¡Maldita sea! Estaba seguro de que no tenía ninguna herida allí.
En lo más profundo de su cerebro, una voz aguda y estridente chilló: «…Sal de aquí… corre…». Le advertía severamente. Pero sus manos y sus piernas estaban atadas como por correas de cuero, sin poder moverse en absoluto. El sudor frío le empapaba la espalda, la tela se le pegaba al cuerpo, una frialdad espesa e inorgánica. Estaba atado, sin poder luchar, sin poder escapar, como un cordero atado de pies y manos, esperando en el miedo y la desesperación que el dolor inmenso que se avecinaba lo desgarrara en pedazos.
Douglas se puso una mascarilla y un gorro blanco, dejando solo sus ojos alargados de un azul profundo. Con voz suave, se dirigió a Jason, que apenas podía mantenerse en pie.
—¿Qué te pasa? ¿De qué tienes miedo? Solo es una mesa metálica, no te va a comer. Vamos, siéntate arriba. No te preocupes, pronto habrá terminado.
—No… —El hombre de cabello rubio emitió un gemido de dolor, como quien sufre una pesadilla. Incapaz de contener su pánico, retrocedió—. ¡No! ¡No quiero subirme ahí!
El médico se acercó a él con pasos suaves.
—No seas como un niño caprichoso, Jason. No es diferente de cualquier otra cama o silla. No tienes por qué tener miedo. Tienes que aprender a cooperar con el médico. Eso es bueno para ti.
—¡No me obligues! —gritó Jason, histérico—. ¡Te dije que tengo pánico a eso! ¿Por qué me haces esto? ¡Maldita sea! ¡Me rindo, ¿vale?! ¡Reconozco que no puedo resistirme, que ni siquiera puedo recordarlo sin sentir miedo! ¡Deja de salir del agua para enredarse a mis piernas, demonios vestidos de blanco!
Douglas lo miró con compasión.
—No, Jason. Tienes que recordar todo lo que pasó, la causa de tu trauma. No, esto ya no es solo un trauma. La próxima vez, el miedo psicológico grave podría provocarte reacciones fisiológicas negativas que reducirían enormemente las probabilidades de éxito de una operación, o incluso causarte la muerte súbita. Nadie puede asegurar que nunca tendrás que volver a pasar por el quirófano. No puedo ignorar las posibles consecuencias, sobre todo tratándose de ti. ¿Lo entiendes? A esos «demonios» que se esconden en lo más profundo de tu interior tienes que enfrentarlos, resistirlos y vencerlos, sin apartar la mirada.
Le agarró del brazo y, con firmeza, lo arrastró hasta la mesa de operaciones para que sintiera su tacto frío.
—Piénsalo bien. ¿Por qué le tienes miedo? ¿Qué pasó aquí? Tienes que recordarlo todo, o si no, estarás siempre bajo su control.
—No quiero recordarlo… —El hombre, inmovilizado sobre la mesa metálica, temblaba. Su voz era débil y grave—. Cuando era pequeño y tenía pesadillas, no podía evitar querer contárselo a mi madre para que me consolara. Pero ella me lo impedía. Decía: «Si cuentas la pesadilla, revives la experiencia».
—¡Pues revívela otra vez! —ordenó el médico sin dejar lugar a discusión—. Voy a hacer que veas su verdadera naturaleza.
Le sujetó la mano izquierda y la ató con destreza a la traba del borde de la mesa, obligándole a levantar la cabeza y mirarle la cara, pero Jason tenía los ojos cerrados con fuerza. Douglas suspiró sin hacer ruido, se inclinó y le susurró al oído:
—Tienes que confiar en mí, Jason. No voy a hacerte daño. Solo quiero ayudarte. Así descubrirás que a veces lo que tememos en nuestro interior, lo que se oculta en la oscuridad, no es más que «uno mismo». Ya lo has comprobado, ¿no? ¿Te gusta sentir que no te controlas?
Jason se estremeció y abrió los ojos. En el fondo de aquel verde inquieto, de repente empezaron a brillar chispas de fuego intensas.
—No —dijo con voz grave y firme—. Nada puede controlarme. Ni siquiera ese «yo mismo».
Luego se quedó en silencio, como una estatua. Su mirada se clavó en el techo, como si quisiera atravesarlo para llegar a algún lugar recóndito, profundo y desconocido. Pero Douglas supo que no miraba nada, que no le hablaba a él. Solo examinaba su propio mundo interior, como un rey que recorre sus dominios.
Douglas esperó con paciencia hasta que salió de su estado de trance y volvió a cerrar los ojos. El médico pudo notar que aquello ya no era una señal de rechazo, sino un deseo de confesarse sin destinatario.
—Recordar el pasado a veces es una sensación extraña. Es como si tuvieras un gran cuadro en la mente, y la mayor parte, con el paso del tiempo, se hubiera desdibujado y perdido el color, y hasta el dibujo se hubiera borrado.
Pero una pequeña esquina sigue aferrándose a su sitio, nítida y a la vez fragmentada. Jason respiraba lentamente. Douglas nunca lo había visto hablar de manera tan tranquila.
—Tenía seis o siete años entonces, quizá menos, no lo recuerdo bien. Como tampoco recuerdo por qué me llevaron al hospital… Le dijeron a mi madre que tenía que operarme. Ella casi no dudó antes de firmar.
Cuando me llevaban al quirófano, me besó en la mejilla y me dijo: «duerme bien». Recuerdo perfectamente el tono de su voz, tan despreocupada como si me deseara las buenas noches. Ni siquiera me dedicó una mirada de preocupación.—de repente sonrió—. Entonces creía que solo con dormir un rato estaría bien. Me dejé atar las muñecas y los tobillos a la mesa de operaciones sin rechistar. Me dolió mucho cuando me pusieron la anestesia, pero no emití ni un quejido. Pronto me sentí débil, sin fuerzas, como si cada célula se hubiera vaciado.
No podía moverme, ni siquiera pestañear. Pero mi conciencia estaba despierta. Oí una voz que decía: «Vale, empecemos. Tenemos que ir rápido, después hay otro trabajo más pesado». «Ojalá nos dé tiempo para media hora de descanso, estoy muerto de sueño». «Querido colega, creo que no necesitas dormir, sino cafeína». «Bah, estas pequeñeces las hago hasta con los ojos cerrados».
Esas voces conversaban con despreocupación, como si yo fuera un producto defectuoso esperando que le cambiaran las piezas en la cadena de montaje, y ellas me manipularan y desmontaran…
Respiró con dificultad, como esforzándose por contener algo que le subía por la garganta. Aquello hacía vibrar su voz con un timbre agudo.
—Tengo ganas de vomitar, doctor. Necesito una bolsa…
Douglas le acarició la garganta y el pecho con los dedos.
—No, no la necesitas. Es solo una reacción psicológica. La superarás.
Se quitó la mascarilla, se inclinó y besó los labios del otro. Sintió su respiración temblorosa y nerviosa. Envolvió con suavidad la lengua de Jason y la succionó suavemente, lamiendo cada rincón de su boca con movimientos ágiles y tiernos, como queriendo calmarlo y animarlo.
Una sensación cálida y familiar lo tranquilizó. Jason respiró hondo y separó sus labios de los del otro.
—Me siento mejor… Buena técnica, doctor.
—Gracias —Douglas volvió a rozarle los labios—. Sigue, ¿quieres?
—…Entonces el dolor me desgarró. No puedo describir lo intenso que era el dolor. Fue como si me arrancaran el cerebro, un vacío instantáneo. Sentí el bisturí cortando la piel. Aquí —Jason se llevó instintivamente la mano derecha al vientre, se encogió, como temiendo que pudiera abrirse de nuevo—. Sentía cómo me cortaban, con cada cuchillada. La piel, la carne, las entrañas. La hoja fría y afilada se hundía en mi cuerpo. Cada movimiento del cuchillo producía un dolor terrible, indescriptible…
Jadeaba con fuerza, emitiendo roncos sonidos guturales.
—Grité con todas mis fuerzas, pero no salía ningún sonido de mi garganta. Las cuerdas vocales y la lengua no se movían. Ni siquiera podía abrir los labios. Estaban como muertos, sin responder.
Douglas frunció el ceño.
—Era una anestesia parcial. El anestésico no hizo efecto del todo. Pero en tus análisis no vi que tuvieras baja sensibilidad a ese tipo de fármacos… —Se quedó paralizado un instante—. ¡Dios mío! ¡Habrán confundido las dosis del anestésico y del relajante muscular!
—Más tarde supe que a eso lo llaman «vivisección en vida»… En ese momento no podía pensar en nada más que en el dolor. Solo podía tener los ojos bien abiertos, dando gritos que nadie oía…
Jason ya no jadeaba. Tenía los ojos verde esmeralda muy abiertos, quietos como dos cuentas de vidrio, transparentes y rígidos. Sus pupilas mostraban un ligero estado de midriasis.
La realidad y el recuerdo se superponían gradualmente como fotogramas. La luz, la mesa de operaciones, el hombre vestido de blanco… todas las imágenes iban encajando poco a poco, oprimiendo sus nervios por completo. La operación seguía su curso sin pausa, con una crueldad fría e inconsciente. El niño de cabello rubio miraba fijamente la cortina blanca que tenía ante sus ojos. Sobre ella se alzaban y caían sombras de formas aterradoras, como la proyección de un festín infernal. En medio de aquella blancura lúgubre apareció de repente un par de ojos, que se veían especialmente alargados porque los bordes estaban ocultos. «Qué tranquilo está. Si todos los pacientes colaboraran así, la cosa sería mucho más fácil… Es un pequeño precioso». Lo miraban, llenos de una ternura desprovista de piedad.
Eran los ojos del infierno, el origen de todo el dolor y el terror. En su interior, gritaba en silencio: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡No te acerques! ¡No te me acerques! Pero aquellos ojos se inclinaban, se acercaban más y más… Hizo un esfuerzo supremo por liberarse de aquella debilidad y de las ataduras. Pero sus cuatro extremidades no podían moverse en absoluto… ¡No! ¡Su mano derecha aún podía moverse! ¡Era libre! De repente, levantó el brazo derecho y lo lanzó con todas sus fuerzas hacia aquellos ojos. Pero su puño quedó atrapado en el aire por una mano.
—¡Jason… ¡Jason!
Los gritos golpearon con fuerza el espejo del espacio y lo rompieron. Una silueta fue emergiendo poco a poco de su campo visual, blanco y borroso. Jason sintió que despertaba de una pesadilla asfixiante. Parpadeó lentamente. Un destello de emoción y excitación asomó en medio de su profundo agotamiento.
—¡Puedo moverme! ¡Me he liberado! ¡No podían atarme! ¡Nada podrá atarme nunca!
Douglas apretó su mano derecha.
—¿Has visto al demonio vestido de blanco?
—Sí… —dijo Jason, mirándolo. Aún le quedaban restos de aquella ofuscación en la mirada.
Douglas esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Te dije que te haría ver su verdadera naturaleza.
Levantó la otra mano y empezó a desabrocharse los botones de la bata blanca, uno a uno. Luego los de la chaqueta, los de la camisa… Tenía un cuerpo esbelto y erguido, no demasiado robusto. Su piel era ligeramente morena, ya no tan tersa como la de un joven, pero sus músculos seguían mostrando una belleza firme y eficiente. La silueta de sus hombros a la cintura era tan perfecta que podría haber sido un modelo anatómico. Incluso en la postura más expuesta frente a otra persona, su semblante permanecía impasible.
—Esa es su verdadera naturaleza —dijo, tomando la mano de Jason y llevándola a su pecho, para luego desplazarla lentamente—. ¿Sientes su temperatura? No es poderosa, ni misteriosa, ni tiene una fuerza excepcional. También puede sentir contradicciones, dudar, cometer errores sin querer, sufrir cuando le hieren. También tiene las mismas necesidades, ideales, sentido de la responsabilidad… y —guió la mano de Jason a lo largo de su vientre liso hacia abajo—… el deseo.
Jason emitió un gemido nasal tembloroso. La intimidad del otro empezaba a arder y palpitar con fuerza en su mano. Conocía bien aquella vibración. En ese instante, de repente, sintió ganas de reír. Se sintió como un niño pequeño abandonado en un patio por la noche, temblando ante una silueta aterradora escondida en un rincón, a pesar de saber que no era más que un arbusto en la oscuridad.
Esbozó una sonrisa autoirónica en la comisura de sus labios, retiró la mano derecha y se desabrochó el cierre de la muñeca izquierda. Tenía los ojos brillantes.
—Creo que me he curado, doctor. Gracias —dijo con sinceridad.
—Acepto tu agradecimiento, pero también quiero pedirte un favor —Douglas se inclinó hacia él y, con un gesto cargado de insinuación sexual, le acarició la mejilla—. Tú sabes cuánto te deseo.
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