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La ciudad de Jinyou estaba situada junto a la cordillera Xianchen. Hace un año aún era una metrópolis próspera que nunca dormía, pero este año se había transformado en una extraña ciudad fantasma bajo el manto del anochecer. Todos los días, antes de llegar la hora del perro1, cada familia cerraba sus puertas a cal y canto, dejando las calles completamente desiertas. En muchas mansiones ni siquiera quedaba un alma con vida.
Los habitantes rumoreaban que un espíritu vengativo causaba estragos en la ciudad. Cualquiera que se atreviera a salir después de la puesta del sol terminaría con su cadáver tirado en la calle, y sus cinco vísceras y seis entrañas habrían desaparecido sin dejar rastro.
El magistrado de la ciudad no sabía qué hacer. Al no encontrar ninguna pista en sus investigaciones, no tuvo más remedio que contratar a un sacerdote taoísta.
El sacerdote indagó por los alrededores, observó el flujo de las montañas y los ríos, y afirmó que a cuatrocientas millas al oeste de la ciudad de Jinyou había un lugar llamado la colina Wuchang. Este lugar fue en el pasado un campo de batalla muy disputado por estrategas militares, y el sitio exacto donde había desaparecido el príncipe heredero de la dinastía Xin. Se rumoreaba que bajo la colina había innumerables huesos enterrados; con solo cavar un poco, se podían encontrar restos humanos. El taoísta temía que el constante ajetreo y las noches en vela de la próspera ciudad de Jinyou durante la última década hubieran perturbado a un espíritu vengativo de gran cultivo que yacía bajo la colina Wuchang.
A partir de las especulaciones de aquel sacerdote, todas las familias se apresuraron a pegar talismanes amarillos en sus casas durante la noche, y nadie volvió a atreverse a salir después del anochecer.
Esta situación se prolongó durante más de medio año, cobrándose la vida de cincuenta personas. Muchas familias adineradas se mudaron, y la ciudad de Jinyou se volvió cada vez más sombría y desolada. La población disminuyó drásticamente, haciendo que incluso fuera difícil recaudar los impuestos exigidos por la corte imperial.
No fue hasta hace poco que la neblina lúgubre que envolvía la ciudad comenzó a disiparse. Al escuchar que las personas que se habían quedado afuera por la noche lograban regresar a casa sanas y salvas, los corazones en vilo de la gente por fin se relajaron un poco.
Alguien le sugirió al magistrado que debía invitar cuanto antes a un monje eminente para realizar un ritual, por lo que el gobierno local no dudó en viajar miles de millas para invitar al gran maestro Liao Xuan de la montaña Tianyu, con el fin de ayudar a trascender a las almas que habían muerto trágicamente a manos del espíritu vengativo y apaciguar las preocupaciones de los ciudadanos.
Tras recibir esta invitación, Liao Xuan se despidió del patriarca Shengyan y de los demás monjes del templo, y partió en solitario. Sin embargo, no esperaba volver a encontrarse a mitad de camino con el demonio que había salvado. El demonio tenía una expresión un tanto peculiar y se limitó a decir que él también se dirigía a la ciudad de Jinyou.
Los dos viajaron deteniéndose de vez en cuando, y para cuando llegaron a la ciudad de Jinyou, ya había pasado medio mes. Sorprendentemente, durante ese período, la ciudad había permanecido en completa paz.
Tan pronto como llegaron a las puertas de la ciudad, el magistrado se apresuró a darles la bienvenida. Creyendo que Fu Yan era otro maestro eminente que Liao Xuan había traído consigo, organizó un gran banquete para lavarles el polvo del camino. Al fin y al cabo, un monje no podía comer carne ni tocar el alcohol. Los pocos platos vegetarianos resultaban insípidos al paladar, y para Fu Yan carecían por completo de sabor. No había mucha diferencia con la comida de los últimos días en el Templo Lanruo; todo era igual de difícil de tragar.
Durante la comida, el magistrado insinuó ciertas cosas de manera indirecta, mostrando un innegable grado de avaricia. Aunque de palabra decía que quería que el gran maestro hiciera un ritual, entre líneas dejaba claro que esperaba que Liao Xuan se hiciera cargo de todo: desde ayudar a trascender a las almas que murieron injustamente y suprimir al espíritu vengativo, hasta recitar sutras para lavar los resentimientos de la ciudad de Jinyou. Quería que resolviera el asunto por completo de principio a fin.
El monje no tenía nada de temperamento. Aunque no recibiría ni una sola moneda de cobre por su labor, aceptó cada una de las peticiones.
Dado que los dos habían llegado juntos, el magistrado los instaló en la misma habitación de invitados. A Fu Yan no le importó, y Liao Xuan tampoco pronunció palabra al respecto.
Cuando cayó la noche, la oscuridad se volvió más densa. Las espesas nubes ocultaron la luz de la luna, y sin darse cuenta, ya había pasado la hora de la rata.
Liao Xuan meditó en la habitación hasta pasada la medianoche. Luego empujó la puerta y salió. La ciudad de Jinyou era completamente diferente a lo que habían visto durante el día. Cientos de calles entrecruzadas se habían convertido en callejones vacíos; todas las casas estaban a oscuras y unos pocos faroles rojos colgaban a los lados del camino, meciéndose suavemente con el viento.
Vestido con una túnica de monje del color de la luna, caminó sobre los ladrillos de piedra azul en dirección a la calle principal de la ciudad de Jinyou, observando todo a su paso.
Como Fu Yan no tenía nada mejor que hacer, decidió acompañarlo.
—¿Descubriste alguna pista? —preguntó Fu Yan de repente.
—No. Este lugar es muy ordinario, no parece estar poseído por ningún fantasma maligno.
Justo mientras hablaban, una sombra cian pasó rápidamente ante sus ojos. Era tan ligera como el viento, y en un instante dobló por un callejón cercano.
El monje fue el primero en reaccionar. Sus zapatos de tela blanca tocaron el suelo, su bastón de estaño2 zumbó en el aire y su larga sombra bajo la luz de la luna persiguió de cerca a la figura cian.
Fu Yan miró las figuras alejarse, no pudo evitar fruncir el ceño y también las siguió. Sin embargo, debido a que sus graves heridas aún no habían sanado, su velocidad ni siquiera podía superar a la de un monje mortal.
En poco tiempo alcanzó al monje, solo para descubrir que, a pesar de haber corrido tan lejos, su respiración seguía tranquila y constante. En ese momento, estaba llamando a la puerta en el patio de una casa.
—¿Qué pasó?
—Esa sombra está adentro.
—En esta ciudad de Jinyou nadie se atreve a abrir la puerta por la noche, entremos directamente.
—No podemos allanar una morada sin permiso.
—¿Y si ocurre algo malo?
—La sombra no desprendía el aura asesina de un espíritu vengativo, no parecía ser un fantasma maligno.
Realmente era una cabeza de olmo.
Fu Yan lo maldijo en su interior. Acompañó al monje a esperar amargamente en el exterior, y durante ese tiempo percibió un leve olor a incienso budista. Aquel aroma no se disipó en toda la noche.
Cuando amaneció al día siguiente, no pareció haber nada inusual con esa familia.
Sin embargo, Fu Yan y Liao Xuan atrajeron la atención de los residentes cercanos. Uno tenía la cabeza llena de cabello rojo y el otro era calvo; realmente era difícil ignorarlos.
La gente se congregó a su alrededor en pequeños grupos. Nadie sabía qué había pasado exactamente, pero al estar todos allí parados, tenían un vago mal presentimiento.
Fueron los vecinos quienes notaron primero que algo andaba mal, diciendo que esa familia solía salir temprano a instalar su puesto para vender paraguas, por lo que era imposible que no hubiera el más mínimo movimiento a esas horas.
Así que alguien llamó a las autoridades. El magistrado llevó a sus hombres para derribar la puerta del patio de tierra, y una espesa ráfaga de incienso budista les golpeó el rostro. Al entrar en la casa, descubrieron que la familia ya había muerto trágicamente en el interior. La sangre que fluía hacia el exterior había teñido de rojo los paraguas de papel aceitado que estaban tirados en el suelo.
Algunas personas gritaban aterrorizadas, otras sollozaron en voz baja. Los seis miembros de la familia habían muerto asfixiados; tenían marcas de estrangulamiento en los cuellos, los ojos tan abiertos que parecían a punto de estallar, y estaban colocados cuidadosamente en fila.