N/T aclaratorio del título: Puerta del vacío es un término que hace referencia al budismo. Ingresar a la “puerta del vacío” significa convertirse en monje y cortar todos los lazos con el mundo mortal.
En el quinto año del ascenso al trono de Lie Chengchi, la sequía en el sur era grave; el Hijo del Cielo debía venerar al cielo y honrar a los ancestros para suplicar protección.
En los últimos diez días, muchos en la corte habían estado organizando este asunto.
Hoy el emperador estaba enfermo, por lo que rara vez había faltado a la corte matutina. Estaba recostado en su lecho, y Fu Yan se encontraba sentado a su lado.
—Padre adoptivo, Zhen tiene una enfermedad del corazón.
—¿Enfermedad del corazón?
—El sur sufre de una larga sequía, y Zhen es incapaz de hacer algo.
—Tú y tu imperio cuentan con la bendición y protección celestial, no hay necesidad de preocuparse.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que viniste a ver a Zhen.
Al escuchar estas palabras, Fu Yan guardó silencio por un largo rato.
Recientemente, él había entrado en el período crucial de ascensión y cultivo. Durante este ciclo, su cuerpo se enfriaba y sus extremidades se helaban, sus manos y pies carecían de calor; comía por la mañana y vomitaba al anochecer, sintiéndose excepcionalmente débil. Afortunadamente, una vez superado este período, le nacería una nueva cola y su hechicería demoníaca alcanzaría un nivel superior. Una cola de un demonio zorro no tenía precio: era capaz de resucitar a los muertos y devolver la vida, siendo un tesoro sumamente raro y codiciado.
Por esta razón, Fu Yan había buscado con antelación una cueva oculta para pasar el período de ascensión, pero debido a esto, no se mostraba con frecuencia.
El día propicio se acercaba, y el emperador debía ir a venerar al cielo y honrar a los ancestros.
La caravana imperial avanzaba con majestuosidad y estruendo; los oficiales de ritos con túnicas rojas, los guardias militares con armaduras cian y los caballos de color azufaifo oscuro los seguían de cerca. Continuaron hasta llegar al palacio de paso al sur de la Ciudad Ziwei; como el cielo ya estaba oscureciendo, todos se detuvieron a descansar por esa noche.
Al día siguiente, el Hijo del Cielo lideró a sus ministros en el ascenso a la montaña espiritual, ingresando por la Puerta Celestial del Norte.
Cuando llegó la hora propicia, los tambores y los instrumentos de viento cesaron, y todos los sonidos de la naturaleza quedaron en absoluto silencio.
Lie Chengchi, vistiendo la túnica imperial ceremonial, pasó de la Puerta Celestial del Norte a la Puerta Beicang, avanzando hasta subir al primer nivel del altar de sacrificios. Subió los escalones uno a uno hasta llegar a la cima del altar, donde el viento del norte silbaba, ondeando sus ropas con fuerza.
Cien funcionarios civiles y militares se postraron al pie del altar, gritando al unísono para rezar que el próximo año el viento fuera favorable, la lluvia oportuna, y los ríos y mares estuvieran tranquilos y pacíficos.
Esta escena, comparada con su ascenso al trono de hace cinco años… los viejos amigos seguían allí, pero lamentablemente el presente ya no era el ayer. La persona de pie en la cima ya no era aquel joven que se escondía en las afueras viviendo una vida ociosa y cómoda.
Los designios del cielo moldeaban el destino; él no deseaba matar, pero ahora tenía en sus manos la vida y la muerte de las doce provincias.
El palacio de paso al sur de la Ciudad Ziwei no era pequeño; los patios del emperador eran comparables a los de una inmensa mansión. Contaban con senderos sinuosos que conducían a lugares apartados, y pequeños bosques y pabellones construidos con un ingenio excepcional.
Esa noche, el canto de las cigarras resonaba fuera de la ventana, la luz de la luna brillaba con claridad, y Lie Chengchi se sumió lentamente en un profundo sueño.
En sus sueños, al compás del sonido de la flauta Dongxiao, regresó nuevamente a la ciudad de Jinyou. La señorita Leng estaba sentada en el bosque de melocotoneros rascando la barbilla de un gatito, mientras Fu Yan alimentaba perezosamente a las carpas en el estanque, casi haciéndolas reventar hasta flotar con las panzas blancas.
Los años se volvieron gradualmente distantes. Vagamente, escuchó los gritos e insultos de Liu Fugui, quien blandía un encendedor de yesca en la mano, alardeando de su poder.
Justo cuando sintió un olor asfixiante en la nariz, alguien lo agarró del brazo con tanta fuerza que casi le cortó la circulación.
Lie Chengchi abrió los ojos de golpe y vio una silueta borrosa en la oscuridad. Recuperó la conciencia abruptamente; su visión se llenó de un rojo cegador, con lenguas de fuego bailando desenfrenadamente frente a él.
—¡Rápido, vete!
La silueta tiró de él, arrastrándolo de la cama, y justo a sus espaldas, una pesada viga transversal se derrumbó con un gran estruendo.
El corazón de Lie Chengchi dio un vuelco. Siguió a la silueta hacia el exterior; sombras afiladas danzaban con locura por las cuatro paredes, y las vigas talladas y los pilares pintados se habían convertido en un mar de fuego. El biombo ardía por sí solo formando una encantadora y siniestra pared de llamas; a sus pies yacía el cadáver de una sirvienta, y fuera del salón alguien gritaba desesperadamente: “¡Su Majestad!”.
Sin embargo, las pesadas puertas lacadas de rojo estaban cerradas a cal y canto.
Lie Chengchi giró la cabeza y, entre el vacilante resplandor del fuego, vio con claridad la apariencia de la silueta en el salón.
Esa persona tenía el cabello rojo como el fuego, recogido ligeramente con una corona de oro, una marca de llamas fluidas en la frente, cejas largas y finas, y unos ojos que le resultaban extremadamente familiares.
¡Era Fu Yan!
Fu Yan sostenía el brazo de Lie Chengchi, sin percatarse de su mirada. Soltó un par de maldiciones contra el feroz incendio e intentó abrir las enormes puertas de una patada, pero no pudo lograrlo. Luego, Fu Yan levantó la cabeza con ferocidad y fulminó con la mirada un punto específico en la parte superior del marco. Allí, impresionantemente, había un talismán amarillo pegado, escrito por un maestro supremo para proteger al venerable dragón, impidiendo así que demonios, monstruos o fantasmas se acercaran.
Solo entonces Lie Chengchi notó que por las comisuras de los labios de Fu Yan ya se filtraba débilmente un rastro de sangre.
En ese momento, los guardias del exterior finalmente lograron derribar la puerta. Buscaron por todas partes en medio del espeso humo y rápidamente encontraron al emperador de pie en el salón. El cabello oscuro del emperador estaba suelto, y a su lado se encontraba un hombre pelirrojo con un aspecto demoníaco y perverso.
—¡Salga rápido de aquí! ¡Su Majestad!
Los guardias irrumpieron, cubrieron la nariz y la boca del emperador con telas húmedas, y lo escoltaron para sacarlo de allí.
Lie Chengchi caminó unos pasos siguiéndolos, hasta darse cuenta de que Fu Yan, a sus espaldas, no se había movido en absoluto. Giró la cabeza bruscamente para mirar.
Las lenguas de fuego en el salón se elevaban, lamiendo los tobillos de Fu Yan, trepando por su ropa e intentando envolver su fuerte cintura. Aquel cabello rojo parecía fundirse con el fuego. Se podía ver a Fu Yan con el ceño ligeramente fruncido y sangre roja brillante en las comisuras de sus labios, manteniéndose simplemente de pie en medio de las llamas.
El fuego se volvió cada vez más feroz. El emperador, de repente, se negó a marcharse, por lo que los guardias, sin otra alternativa, tuvieron que arrastrarlo por la fuerza fuera de aquel mar de fuego.
Poco después, se escuchó un grito agudo y desgarrador proveniente del interior del salón. Todos giraron la cabeza y se quedaron petrificados en su lugar.
El hombre pelirrojo había desaparecido por completo; en medio de las llamas se erguía un zorro de un rojo fuego intenso, de postura imponente, azotando su larga cola entre las llamas.
—¡Cielos! ¡Un monstruo! —gritó alguien aterrorizado a viva voz.
—¡¿Qué clase de monstruo es este?!
—¡Qué zorro demoníaco tan grande! —A su alrededor, no dejaban de surgir gritos estridentes y murmullos llenos de pánico.
—¡¿Qué hacen ahí pasmados?! ¡Sálvenlo rápido! —Lie Chengchi parecía no estar en absoluto sorprendido por lo que veía. Al notar que la gente estaba demasiado asustada para moverse, rugió furioso.
Pero todos estaban aterrorizados; nadie se atrevió a acercarse.
Al escuchar el alboroto del exterior, el zorro levantó la cabeza. Bastó con que diera una sola mirada para que las dos enormes puertas lacadas de rojo se movieran sin que soplara viento, cerrándose con un pesado golpe.
El rostro del emperador cambió drásticamente. Ordenó de inmediato que embistieran la puerta para abrirla. Los guardias recobraron la compostura y se apresuraron a levantar un ariete para golpear la entrada; la gente no dejaba de acarrear agua en cadena para apagar el fuego. Sin embargo, las pesadas puertas no cedieron ni un milímetro, y la intensidad del incendio no mostró la menor señal de debilitarse.
En medio del caos y la devastación, todos escucharon un gemido de zorro sumamente doloroso, parecido al llanto de un recién nacido.
De repente, el graznido de un ave resonó hasta las nubes. Una sombra blanca pasó frente a la luna, bajó en picada y se estrelló directamente contra el techo del salón, rompiéndolo, y desapareció de la vista en un instante.
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