—¿El coloquio, dices? —dijo Hengwen—. Ya hablaremos de eso cuando llegue el momento. Un día en el cielo equivale a un año en la tierra. Para cuando se celebre ese coloquio, probablemente ya habremos terminado nuestros asuntos aquí y estemos de vuelta en la Corte Celestial.
Reflexioné un momento sobre el asunto y suspiré, asintiendo; pero un instante después lo reconsideré, y la alarma volvió a invadirme.
—¡Sería terrible si Mingge se concentrara demasiado! ¡Podría olvidarse por completo de nosotros durante cuatro o seis horas!
Hengwen bostezó.
—No hay de qué preocuparse. Haz lo que quieras.
—Cierto —coincidí—. Si algo sale mal, siempre puedo hacerme el desentendido y decir que no tenía otra opción, ya que Mingge no me dijo nada. En todo caso, no tengo por qué hacerme responsable.
El zorro alzó la vista desde la silla en la esquina de la mesa, me lanzó una mirada de soslayo y soltó un bufido de desprecio.
Este señor inmortal no iba a rebajarse a discutir con semejantes criaturas.
Me puse de pie, caminé unos pasos con las manos a la espalda, y me asomé por la ventana.
—Será mejor que sigas a Nanming y Tianshu —sugirió Hengwen—. Vuelva o no Mingge, igual tienes que vigilarlos.
Y así fue que, media hora más tarde, con todo el disfraz de maestro taoísta adivino a cuestas, salí de la Posada Ribereña con Hengwen pisándome los talones.
Hengwen colocó un lingote de oro sobre el mostrador, sacándole al posadero una sonrisa tan radiante como el sol en los días más calurosos del verano, mientras nos acompañaba hasta la puerta con extrema cortesía y atención.
El zorro y el gato montés también quisieron venir con nosotros. Movido por la compasión hacia los débiles, este señor inmortal se lo permitió. El gato montés se acomodó sobre la estantería de mimbre a mi espalda. Al principio, tenía pensado atar al zorro con una cuerda y llevarlo así, lo cual me parecía muy razonable, pero el zorro me fulminó con una mirada sangrienta y altiva, como un caballero digno que preferiría morir antes que someterse a tal humillación.
«¿En serio? Seguro que no te acordabas de que eras hombre cuando estabas mirando a Hengwen con esas intenciones veladas y sin una pizca de vergüenza».
Al final, tras algo de mediación y concesiones, el zorro acabó acostado también en la estantería de mimbre que llevaba a la espalda, con el gato montés en el primer nivel y el zorro en el segundo.
Dos demonios, que por poco no me rompen esta vieja y fatigada cintura de inmortal.
La Posada Ribereña estaba a menos de un kilómetro del Cruce de Zhoujia. Apresurándonos antes de que comenzara el cruce, divisamos desde lejos unas figuras de pie en el muelle. La ropa de una de ellas –alta y esbelta– ondeaba al viento: Mu Ruoyan.
Una vasta extensión de agua blanca se abría frente a nosotros en la distancia. Varias pequeñas embarcaciones flotaban como hojas de junco.
Una década de buenas obras en una vida pasada, un bote compartido en esta vida. Así decía el refrán. Yo había sido colega inmortal de Nanming y Tianshu por quién sabe cuántas décadas; por supuesto que había cultivado la afinidad suficiente con ellos para compartir una barca.
Al llegar corriendo al muelle, la mirada de Shan Shengling, tan afilada como cuchillas, atravesó de inmediato a la multitud y se dirigió directamente hacia Hengwen. Por el rabillo del ojo vi que Hengwen le devolvía una leve inclinación de cabeza, muy cortés. En cambio, fue Mu Ruoyan quien me miró a mí. Alcé una palma.
—Qué coincidencia, Benefactor.
Mientras hablábamos, algunas barcas se acercaron a la orilla. Las piernas de este señor inmortal eran ágiles, y al ver que Shan Shengling y Mu Ruoyan subían a una de las embarcaciones, di una gran zancada y me apresuré a abordarla también.
—Daozhang —dijo el barquero—, esta barca mía está destinada específicamente a trasladar a estos dos caballeros hasta el Cruce de Pingjiang, en Luyang. Si se dirige a otro lugar, por favor busque otra barca.
Agité mi batidor de cola de caballo.
—Qué coincidencia. Este humilde taoísta también se dirige a Luyang.
Al ver que el barquero me miraba con cierta duda, me apresuré a señalar con el batidor de cola de caballo hacia atrás.
—Este humilde taoísta viaja con este joven señor. Por favor, cóbrele a él el pasaje.
El tablón de la cubierta crujió cuando Hengwen vino a colocarse a mi lado. Con tono sereno, preguntó:
—¿Podría saber del honorable anciano cuánto cuesta el pasaje hasta Luyang?
La actitud del barquero cambió de inmediato; se inclinó con rapidez, asintiendo con respeto.
—No hay prisa, no hay prisa. joven señor, por favor tome asiento en la cabina primero. Puede pagarme a su parecer cuando lleguemos.
Me quedé junto a la entrada para dejar pasar primero a Hengwen, y luego me agaché para entrar. El interior de la cabina era muy sencillo, con bancos improvisados hechos de tablones a los lados y una mesa de madera desgastada al centro.
Shan Shengling y Mu Ruoyan ya estaban sentados de un lado, así que Hengwen y yo nos acercamos al otro. Apoyé mi estandarte negro contra la mesa y justo iba a dejar el batidor de cola de caballo cuando, por el rabillo del ojo, vi un movimiento. Hengwen se dirigía directo al tablón de madera. Reaccioné de inmediato y grité para que se detuviera.
Limpié la superficie del tablón de madera y levanté la mano para mirar. Contra todo pronóstico, no estaba sucio, pero el tablón era duro, así que ¿cómo iba a dejar que Hengwen se sentara allí?
Coloqué el estante de mimbre sobre la mesa y saqué un bulto envuelto en tela –en realidad, una simple utilería– de al lado del gato montés. Lo desaté, puse a un lado la ropa y los objetos del interior, y volví a envolver la capa exterior dándole forma de cojín. Lo coloqué sobre el tablón de madera y, juntando las palmas como en una ceremonia, dije:
—Por favor, tome asiento, joven señor.
Las cejas del joven señor Heng se alzaron. Parecía estar disfrutando de la situación mientras hacía un despliegue ostentoso al sentarse. Luego, adoptando la imagen misma de la dignidad, señaló con su abanico plegable y dijo:
—Toma asiento también.
Junté las palmas en un gesto de cortesía y respondí: «Gracias, joven señor», y me senté con lentitud sobre el tablón de madera. Shan Shengling y Mu Ruoyan ya estaban sentados frente a nosotros. Miré al zorro y al gato montés con cierta preocupación, temiendo que estos dos demonios no pudieran resistirse a lanzarse contra Shan Shengling en busca de venganza. Por suerte, aún eran capaces de mantenerse serenos. El gato montés se acurrucó en un rincón del estante, mientras la columna del zorro se movía levemente.
Tras un instante, el zorro arqueó repentinamente la espalda. Este señor inmortal se mantuvo en alerta, pero el zorro simplemente se sacudió el pelaje y se escabulló hacia el tablón de madera entre Hengwen y yo. Terminó acurrucado al lado de Hengwen.
Y así, Hengwen y yo, frente a Shan Shengling y Mu Ruoyan, nos quedamos mirándonos unos a otros a través de una mesa desgastada por el tiempo.
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.