Hermosas nubes rojas adornaban el horizonte. El crepúsculo se acercaba.
En la ladera había un bosquecillo, y frente a él, una extensión de hierba amarillenta salpicada de hojas secas del mismo tono. Desde ese punto, el cielo parecía aún más lejano.
Hengwen y yo encontramos un lugar donde sentarnos a contemplar el paisaje. Hengwen bostezó y comentó:
—La verdad, tengo un poco de sueño.
Cerró los ojos y se acostó sobre la hierba. Yo me quedé mirando el cielo a lo lejos, y de pronto, sin motivo, me invadió un aire poético. Tan alto allá arriba, tan distante, y pensar que había pasado incontables años en ese lugar. Qué buena suerte me había tocado.
Cuando cayó la noche, Hengwen me preguntó adónde podríamos ir a matar el tiempo.
—Quiero pasar por la residencia de Mu Ruoyan —respondí.
—Oh —dijo Hengwen con calma—. ¿Vas a ver cómo está el gato montés?
—No —le aclaré—, quiero ver a Mu Ruoyan. Me quedé algo intranquilo después de lo que dijo Mingge esta tarde. Es una suerte que no me haya contado nada concreto, porque si lo hubiera hecho, ya estaría por ahí soltando todo. Ahora… no tengo nada que decir… pero sigo con las ganas de ir a ver cómo está.
Hengwen suspiró.
—Está bien, ve. Yo estoy pensando en dar una vuelta por Luyang con otra apariencia, así que no te acompañaré. Nos vemos en la azotea de la posada donde nos hospedamos.
Llegamos sobre Luyang montados en las nubes; cuando Hengwen las hizo bajar, no pude evitar llamarlo:
—Hengwen.
Bajo la luz de las estrellas, Hengwen se volvió hacia mí.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Pero yo no sabía qué decir, así que tartamudeé:
—Pasea todo lo que quieras. Te esperaré en la azotea de la posada.
Hengwen sonrió y respondió:
—Entendido.
Este señor inmortal adoptó la apariencia de un erudito y fue a hacer algunas averiguaciones por las calles de Luyang. Un cuarto de hora después, ya me encontraba de pie sobre la cumbrera del tejado de Mu Ruoyan.
Para mi sorpresa, Shan Shengling había sido muy cuidadoso en mantenerlo todo en secreto. Su propia residencia estaba en el norte de la ciudad, mientras que había instalado a Mu Ruoyan en el este. La vivienda no era grande, pero tenía flores y árboles por todas partes, lo que le daba un aire exquisito.
Desde donde estaba, sobre el tejado, vi que en el patio trasero había varias habitaciones laterales iluminadas con brillante luz. Apenas me oculté, ubicándome en medio del patio, cuando vi a una sirvienta atravesar el corredor con pasos ligeros. Llevaba una bandeja entre las manos y entró en una de las habitaciones. No pude resistirme a seguirla para echar un vistazo.
El aposento estaba decorado con gusto y bien iluminado; la ropa de cama de brocado y la colcha bordada estaban preparados ordenadamente para dormir. Sobre ella, el gato montés descansaba plácidamente, jugueteando con sus patitas con aquel tubo de bambú mío. Se veía de lo más cómodo allí.
Ese debía de ser el dormitorio de Mu Ruoyan.
La sirvienta dejó el plato sobre la mesa, hizo una reverencia y se retiró, cerrando la puerta. Miré lo que parecían ser bocaditos en el pequeño plato, todos envueltos en forma de cubos. Manchas de aceite traspasaban el papel de colores, despidiendo un aroma dulce. A Hengwen no le gustaba mucho comer cosas azucaradas, pero al parecer ese no era el caso de Tianshu. Pensé en el trágico desenlace de Mu Ruoyan –aún imposible de prever– que ocurriría en un par de días, y me sentí desolado. El gato montés en la cama se incorporó, con el hocico moviéndose mientras estiraba el cuello hacia el plato sobre la mesa. Saltó al suelo y de allí brincó a la mesa, donde miró fijamente los bocados, luego tomó uno con el hocico, lo dejó caer y comenzó a empujarlo con una garra. El bocadillo estaba bien envuelto y no se abría. Ladeó la cabeza, se lamió los bigotes y, tras varias miradas furtivas a su alrededor, por fin bajó al suelo, transformándose al instante en un niño de ocho o nueve años.
Con cuidado, caminó hacia la puerta para correr el cerrojo, luego regresó de puntillas a la mesa y quitó uno de los envoltorios para meterlo en su boca. Una persona salió caminando desde detrás del biombo: Mu Ruoyan. Como si hubiera sentido su presencia, el gato montés volvió la mirada. Su rostro perdió todo color y se giró para escapar, pero Mu Ruoyan lo agarró del hombro. Al instante, el gato montés gritó y comenzó a retorcerse para zafarse de su agarre. Alzó una mano para arañar el brazo que lo sujetaba. Actuando con rapidez, extendí la mano y con calma le sujeté la patita delantera. La mano del gato montés se detuvo un momento, la fuerza de su golpe disminuyó, pero aun así, se escuchó un sonido de desgarro al momento de que rasgó varias tiras de tela de la manga de la túnica de seda color claro de Mu Ruoyan. Recité un hechizo de atadura que amarró las manos del gato montés con un hilo invisible.
Al no poder ejercer fuerza, sus intentos se redujeron a retorcerse y forcejear. Bajó la cabeza intentando morder la muñeca de Mu Ruoyan, pero siempre fallaba por un pelo.
—No temas —le dijo Mu Ruoyan al gato montés con voz amable—. No voy a hacerte daño. Solo deseo hacerte un par de preguntas. No te forzaré si no quieres responder, y después te soltaré. ¿De acuerdo?
Al ver que no podía sacar ventaja sobre Mu Ruoyan, el gato montés parpadeó con sus verdes ojos llorosos. Con vacilación, al final asintió y se quedó quieto obedientemente. Mu Ruoyan soltó lentamente su hombro y lo llevó hasta la mesa para sentarse. Puso un puñado de los bocadillos frente al gato montés, quien se encogió mientras lo miraba, gimoteando. Entonces, de pronto, rompió a llorar.
—No me entregues a ese malvado, Shan…
Mu Ruoyan alzó una manga para enjugarle su rostro redondo y dijo suavemente:
—Tranquilo, te dejaré ir cuando haya hecho mis preguntas. No se lo diré a nadie. Si realmente quisiera entregarte, ya lo habría hecho antes, ¿verdad? ¿Por qué iba a esperar hasta ahora?
El gato montés contuvo los sollozos.
—P-prométemelo…
—Te lo prometo. —Mu Ruoyan asintió.
Solo entonces el gato montés se limpió los mocos. Aún seguía gimoteando, pero dejó de llorar. Este señor inmortal, observando desde la mesa, se sintió un tanto resignado. Podría decirse que el zorro era un hombre astuto. ¿Por qué todos los pequeños demonios que él enseñó resultaron tan tontos? Mu Ruoyan le acarició la cabeza, luego quitó el envoltorio de un bocadillo y se lo puso en la mano.
—Tú eres… ¿A-Ming? —preguntó con delicadeza. Las orejas en la cabeza del gato montés se estremecieron. Asintió.
—Es un nombre encantador. ¿Quién te lo puso? —preguntó Mu Ruoyan.
—El Gran Rey —respondió el gato montés en voz muy baja.
Mu Ruoyan sonrió.
—En realidad, solo quiero preguntarte… ¿de dónde sacaste ese tubo de bambú que está en la cama?
El gato montés respondió vacilante, con un hilo de voz:
—Es del viejo maestro taoísta del que el inmortal Song se disfrazaba. Lo tomé para jugar.
Sus palabras fueron un golpe tan inesperado que me hicieron ver las estrellas. Desde el lugar donde observaba, invisible, estuve a punto de golpearme el pecho y dar un pisotón. ¡Tantos días esforzándome en construir mi identidad, solo para que todo se desmoronara por la revelación de este mocoso! La expresión de Mu Ruoyan cambió ligeramente, sus cejas se fruncieron, aunque su tono aún se mantenía neutro.
—¿Te refieres al viejo maestro taoísta que estaba con ese joven señor?
Tras comerse un bocadillo de Mu Ruoyan, el gato montés se envalentonó.
—Ese mismo, el inmortal con el otro inmortal, Qingjun, que se disfrazaba del joven señor. Al Gran Rey le gusta ese apuesto Qingjun, así que no me deja ir a que Qingjun me abrace. Ese inmortal Song da muchísimo miedo cuando se disfraza de viejo maestro taoísta. No le gusta que el Gran Rey le pida abrazos a Qingjun, y es muy feroz con el Gran Rey, así que nunca juega conmigo. Por eso me puse a jugar con su tubo de bambú.
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