Una hora después, Hengwen y yo estábamos de pie en el salón principal de la prefectura de Luyang. Guangyunzi había sido colocado en una camilla que los guardias llevaron hasta allí. Lo tendieron en el salón principal como prueba material, justo al lado de Hengwen y de mí.
Este señor inmortal y Hengwen Qingjun bien podríamos habernos esfumado con una ráfaga de viento en la posada, pero sin haber cumplido aún la misión que nos encomendó el Emperador de Jade, no nos atrevíamos a revelar nuestras identidades tan pronto. No habría sido prudente manifestar nuestras verdaderas formas, mostrar nuestros poderes a plena luz del día y terminar aterrorizando a esa multitud de mortales ignorantes.
Así que decidimos que, ya que estábamos, podíamos darnos un paseo hasta la prefectura y ver qué intentaban hacer con nosotros. El zorro, mientras tanto, había aprovechado el caos en la posada para escapar.
El gato montés, en cambio, no alcanzó a huir a tiempo debido a su bajo nivel de cultivo. Mu Ruoyan, al verlo, lo acarició un momento antes de recogerlo. El animalito, que parecía ya le había tomado cariño durante el viaje en barco, ronroneó y se acurrucó contra él, dejándose llevar sin resistencia hasta el carruaje.
Hengwen, por su parte, mostró un vivo interés por las oficinas del gobierno humano y examinó el sitio de pies a cabeza. Sin embargo, yo temía que, llegado el interrogatorio, confesara el crimen solo por satisfacer su curiosidad acerca del funcionamiento interno de una prisión.
Aprovechando que los alguaciles estaban bostezando y que el prefecto aún no había subido al estrado, le susurré:
—Bonita muestra de amistad la tuya. Me dejaste dando explicaciones a solas hace un rato, sin mover un dedo para ayudarme.
—Hablabas con Mu Ruoyan con una lengua tan suelta… —respondió él—. ¿Cómo podría yo robarte el protagonismo?
Negó con la cabeza, como si lamentara algo. Este señor inmortal estaba a punto de responder cuando un estruendo resonó en el salón, señal de que el juicio estaba por comenzar. Un hombre vestido con el atuendo azul de un funcionario civil –al parecer el prefecto– salió de detrás del biombo y se colocó frente a él, pero con la cabeza baja y las manos caídas a los costados. Inmediatamente lo siguió otra figura desde detrás del biombo. Esta vez era un conocido: Nanming Dijun, Shan Shengling. El general Shan, con aire gallardo, tomó asiento en la vieja silla de madera situada a la izquierda. Solo entonces se atrevió el prefecto a sentarse, dando inicio a la sesión. Golpeó con fuerza el bloque de madera que hacía las veces de mazo y exclamó:
—¡Qué osadía la de ustedes, criminales! ¿Por qué no se arrodillan ante este funcionario?
Este señor inmortal y Hengwen permanecimos de pie, con toda calma. Era la primera vez que Shan Shengling veía el cuerpo verdadero de este señor inmortal, y fingió indiferencia mientras me evaluaba. El prefecto volvió a golpear el bloque de madera.
—¡Qué atrevimiento! ¡Mostrarse tan indiferentes cuando este prefecto les está hablando! Lo repito: ¿cómo asesinaron a ese maestro taoísta? ¡Confiesen de una vez!
Este señor inmortal ya no pudo seguir contemplando semejante espectáculo.
—General Shan, ¿acaso en la prefectura de la Comandancia del Sur no examinan el cadáver antes de celebrar el juicio?
La mirada de Shan Shengling se aguzó.
—¿Me conoces?
Crucé las manos a la espalda y sonreí con un aire enigmático. Shan Shengling agitó la mano.
—¡Llamen al forense para que examine el cuerpo! —ordenó.
Sus ojos se apartaron de mí para posarse en Hengwen, y se quedaron fijos allí tanto tiempo que este señor inmortal se sintió profundamente disgustado. ¿No le bastaba a Nanming con pasarse el día entero mirando a Tianshu, que ahora tenía que clavar los ojos también en Hengwen?
El forense llegó y examinó el cuerpo de Guangyunzi de pies a cabeza.
Usando nuestra técnica telepática, Hengwen me dijo:
—Los funcionarios del mundo mortal son tan torpes… No es de extrañar que los plebeyos ofrezcan tanto incienso y ofrendas a la Corte Celestial. De verdad, no les resulta fácil vivir.
Le respondí del mismo modo:
—También hay funcionarios decentes, pero los ineptos y los corruptos siempre son mayoría. En efecto, la vida del pueblo es dura. Por eso la Corte Celestial considera el destierro al mundo mortal un castigo y una tribulación.
—¿Por qué hay tantos funcionarios corruptos? —se preguntó Hengwen.
—Tú también tienes parte de culpa en esto, Qingjun —dije en voz baja—. Toma por ejemplo al prefecto de este salón: tuvo que superar los exámenes imperiales y figurar entre los aprobados de más alto rango antes de poder convertirse en un prefecto de cuarto grado. El auge y la decadencia del destino de las letras, así como el destino de los exámenes imperiales, deben pasar primero por los escritorios de tu Salón Wensi.
Hengwen guardó silencio. Al cabo de un momento, dijo:
—Cuando regrese a la Corte Celestial, revisaré personalmente los archivos sobre la ética literaria y pondré en orden todo este desastre.
—Nada más te estaba molestando antes. No te lo tomes a pecho —repuse—. En realidad, hay un dicho en el mundo mortal que lo expresa bastante bien: «Treinta por ciento es destino; setenta por ciento, obra del hombre». Piensa en tu escritorio y en el del Viejo Mingge, por ejemplo. ¿Cuántos libros pueden caber en ellos? La gente va y viene, nace y muere en el mundo mortal. En un solo instante ocurren incontables nacimientos y muertes humanas. ¿Cómo podría alguien intervenir en cada uno de ellos? Puedes dejar registrado en los libros que un hombre ético, sabio y virtuoso asumirá una responsabilidad todo lo que quieras, sin embargo, aunque logre superar los exámenes imperiales, si no consigue ganarse el favor del emperador ni de los funcionarios en el poder, seguirá sin poder ocupar un cargo y poner en práctica su talento. Por eso, a lo largo de las eras, las dinastías ascienden y caen, florecen y se marchitan sucesivamente.
—Quién diría que existen tantos principios en el mundo de los mortales. Ahora sí que hablas como un inmortal. Qué raro, qué raro —comentó Hengwen.
—He vivido en la Corte Celestial durante varios miles de años —respondí—. ¿He dicho alguna vez algo que no suene propio de un inmortal?
Hengwen chasqueó la lengua.
El forense, que por fin había terminado de examinar el cuerpo de Guangyunzi, informó temblando:
—Informo al general Shan y a su excelencia que no hay nada anormal en el cuerpo de este maestro taoísta… Este humilde servidor no ha encontrado huellas de asesinato.
—¡Estos dos inútiles deben de haber empleado algún método especial! —exclamó el prefecto—. ¡Soldados, traigan los instrumentos de tortura!
—Parece que tú y yo tendremos que salir volando como el viento —le dije a Hengwen, por medio de nuestra técnica.
—Esperemos a que traigan los instrumentos de tortura —respondió él—. No será tarde para irnos después de que les eche un vistazo.
Los alguaciles entraron cargando un juego de varas de apriete; luego encendieron un brasero y metieron en él un hierro al rojo vivo. Hengwen negó con la cabeza.
El prefecto volvió a hacer chocar el bloque de madera contra la mesa.
—¡Apliquen la tortura!
Los alguaciles alzaron las varas y avanzaron. Justo cuando Hengwen y yo estábamos a punto de escabullirnos con toda tranquilidad, una voz helada resonó desde fuera del salón:
—Deténganse.
Alguien cruzó el umbral de un paso largo, y con un solo movimiento de su manga hizo volar por los aires a los alguaciles que habían corrido a detenerlo. Avanzó con calma hasta el centro del salón y se plantó delante de Hengwen para protegerlo.
—¿Quién se atreve a tocar a mi joven señor? —dijo, con una voz gélida.
Bola de Pelos había elegido el momento justo para presentarse ante Hengwen.
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