El zorro, creyéndose todo un caballero encantador, se había envuelto en una larga túnica blanca. Había ocultado sus orejas de zorro y vuelto negra su cabellera plateada, ofreciendo una imagen etérea mientras se erguía frente a Hengwen. Sin ánimo de ofender, pero este señor inmortal podría haber reducido su insignificante cultivo a polvo con un solo chasquido de dedos, y con más razón aún Hengwen. La aparición de Bola de Pelos era, sencillamente, innecesaria.
El prefecto montó en cólera y el salón se sumió en el caos. Shan Shengling, sin embargo, entrecerró los ojos al mirar al zorro.
—Parece que ya nos conocemos.
El zorro permaneció en helado silencio, y solo al cabo de un rato dijo:
—Es ridículo que el general Shan acuse a mi joven señor de asesinato y pretenda arrancarle una confesión mediante tortura. ¿Cuántas vidas pesan sobre las manos del general Shan? Y, sin embargo, no veo que nadie lo arreste.
El zorro deslizó una mirada siniestra sobre los alguaciles y el prefecto. Luego prosiguió, con la misma voz fría:
—Ya que hablamos de eso, ¿no tienen el general Shan y el joven señor Mu otra vida más sobre sus conciencias, ocurrida hace poco en la Comandancia del Este? ¿Saben por qué su Luyang se halla ahora sitiada por todos lados, con dos grandes ejércitos avanzando sobre ustedes? —El zorro volvió a dirigir la mirada a los alguaciles y al prefecto, y luego echó un vistazo de soslayo a Shan Shengling—. Para salvar al joven señor Mu, fugitivo buscado por la Corte Imperial, el general Shan que está aquí presente se infiltró en la residencia del príncipe de la Comandancia del Este y mató a su tercer joven señor, Li Siming. Por eso la Comandancia del Este se alió con la Corte Imperial. Por eso han reunido un gran ejército que ahora se cierne sobre Luyang. Desdichados mortales insensatos, que pagarán con incontables vidas una disputa nacida del asesinato de un hombre que el Shan Shengling cometió por puro egoísmo.
Los alguaciles se quedaron lívidos de espanto, mientras el prefecto, con la mano temblorosa, hacía golpear el bloque de madera contra la mesa.
—¡Q-qué… qué osadía la tuya al d-de… calumniar al gran general!
—¿Calumniar? —escupió el zorro con desprecio—. ¿Por qué no le preguntan a Shan Shengling, entonces? O mejor esperen a que el ejército de la Comandancia del Este llegue a las puertas de Luyang para preguntárselo a ellos.
En verdad había sido astuto por parte del zorro desenmascarar a Shan Shengling y hacer que la gente perdiera la fe en él. La expresión de Shan Shengling no cambió mientras entrecerraba los ojos.
—¿Quedaron fragmentos de hueso en tu cueva cuando regresaste ese día? —preguntó.
De pronto, los ojos del zorro se enrojecieron y ardieron con el fuego del odio. Un viento ominoso se levantó, y nubes fantasmales se alzaron sobre sus cabezas. El cabello negro del zorro se erizó y dejó ver su color originario, plateado; un par de orejas de zorro surgió entre su melena.
Los alguaciles y el prefecto gimieron y corrieron, acurrucándose unos contra otros.
—¡Mortal! —espetó el zorro—. Has herido a los que provienen de mi guarida. ¡Hoy saldaré esta deuda de sangre!
Shan Shengling se incorporó, riéndose a carcajadas mientras desenvainaba su reluciente espada de acero.
—Por fin muestras tu verdadero rostro, demonio. El otro día fui negligente al darte clemencia. ¡Observa cómo hoy elimino tu existencia bestial!
Retiré a Hengwen unos pasos, fuera del ojo de la tormenta. Shan Shengling era un simple mortal, incapaz de sostener una ventaja significativa sobre el zorro.
Este señor inmortal se sentaría a contemplar la batalla, y si a Shan Shengling lo hicieran pedazos y encontrara su fin aquí, difícilmente podría culparseme. Si el zorro matase a Shan Shengling, ¿sería acusado del crimen de asesinar a un inmortal? Aunque no fuese así, hacer daño a un mortal dificultaría aún más que lograra la inmortalidad en el futuro. ¿Debería este señor inmortal intervenir y detener la pelea?
Hengwen ya estaba preocupado por el zorro.
—Quizá deberíamos detener esto primero —dijo—. No es bueno que inocentes resulten heridos en medio del fuego cruzado. Además, Xuan Li podría ser acusado si hiere a Shan Shengling.
—En ese caso, pondré fin a esto —respondí—. Quédate aquí y no hagas nada.
Hengwen sonrió ante eso. Solté su brazo y estaba a punto de lanzar un hechizo cuando una voz tenue llegó flotando desde lo alto.
—Song Yao Yuanjun, Song Yao Yuanjun. Hengwen Qingjun…
«¿Esta voz…? ¡¿Acaso no es Mingge?!».
Este señor inmortal alzó la vista con alegría, como quien encuentra una lluvia oportuna tras una larga sequía. Oculto entre varios rayos de luz dorada, Mingge Xingjun exclamó apresurado:
—¡Song Yao Yuanjun, rápido, separa a Shan Shengling y al zorro! ¡No pueden pelear! ¡El destino decretado por el Cielo tiene sus propios designios para ellos!
«Maldición, ahora vociferas sobre los designios del Cielo. ¡¿Dónde estaba el decreto celestial todos estos días que este señor inmortal lo estuvo esperando?!».
Pero entre el Cielo arriba y la Tierra abajo, el decreto del Emperador de Jade era el más absoluto de todos.
Me elevé en un destello y agité mi manga en el aire, arremolinando una gran ráfaga de viento divino que barrió las nubes demoníacas del zorro. Luego dejé caer un relámpago celestial para separar a ambos hombres.
Tras forzar al zorro a recuperar su forma original, lo agarré por el cogote y desaparecí. Aterricé en una montaña muy lejos de la ciudad de Luyang. Hengwen ya esperaba en un precipicio. Dejé al zorro en el suelo, y este de mala gana se transformó en su forma humana, mostrando una actitud profundamente afligida y desafiante, con la cabeza gacha y sin decir palabra.
—Sé que Shan Shengling mató a todos los de tu guarida y que quieres matarlo para vengarte —dijo Hengwen con voz bondadosa—. Sin embargo, si deseas cultivar la inmortalidad, no puedes dañar a los humanos ni quitarles la vida. Shan Shengling recibirá su merecido algún día, según decrete el destino. No puedes herirlo en este momento. Por eso Song Yao Yuanjun te detuvo. Espero que puedas comprenderlo y no culparnos.
El zorro mantenía la cabeza baja, sus orejas caídas por una aflicción e indignación inconsolables.
Hengwen continuó:
—Y gracias también por lo que hiciste allá. En realidad, Song Yao Yuanjun y yo podemos ocuparnos de este asunto. No deberías haberte arriesgado tanto.
El zorro alzó la mirada para clavarla en los ojos de Hengwen y respondió suavemente:
—Sé que los poderes divinos de Qingjun son inmensos y que no me necesita para salvarlo, pero, Qingjun, espero que recuerde también que yo siempre daré un paso al frente cuando usted esté en problemas, aunque mi mísero cultivo no sea de gran utilidad. Así de grandes son mis sentimientos hacia Qingjun.
Su tono era tan empalagosamente dulce que a este señor inmortal se le dolieron los dientes. El zorro continuó con emoción:
—Quizás ante los ojos de los señores inmortales, los demonios y espíritus sean lo más bajo. Cuando un mortal mata a un demonio, se considera un mérito, pero cuando un demonio hiere a un mortal, es un pecado imperdonable. Pero si solo poseo esta vida insignificante y mis exiguos poderes demoníacos, protegeré a quien desee proteger hasta el final, incluso si he de ser completamente obliterado…
Este señor inmortal aspiró una bocanada de aire frío y lo atajé:
—Qingjun sin duda es consciente de tus sentimientos hacia él, pero debes saber que quien escucha a unos metros con las orejas alerta es Mingge Xingjun. Si la Corte Celestial llegara a enterarse de tus sentimientos homoeróticos hacia Hengwen Qingjun, no serías solo tú el obliterado. Si no quieres implicar a Qingjun, deja este tipo de conversación para otro día.
Las puntas de las orejas del zorro temblaron y levantó la cabeza, para luego bajarla de nuevo.
—En ese caso, me retiraré, señores inmortales, para no demorarlos más. —Clavó su mirada en Hengwen, una vez más con unos sentimientos tan profundos que a este señor inmortal se le erizó el vello. Solo entonces se transformó en una ráfaga de viento y se marchó.
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