La mano de Tianshu tembló.
Este señor inmortal lanzó una mirada de soslayo a Shan Shengling, que observaba con indiferencia. Había algo extraño en aquella escena; por ello, frunciendo el ceño, este inmortal también la contempló con atención. La expresión de Tianshu volvió a la normalidad. El gato montés ronroneaba quedamente mientras se dejaba acariciar.
—Es un gato curioso —comentó Tianshu, y preguntó casi al pasar—: ¿Tiene nombre?
—Sí —solté sin pensar—. Se llama A-Ming.
Hengwen enrolló el libro que tenía en la mano y lo golpeó contra su palma.
De pronto, caí en la cuenta. «¿Acaso Tianshu… podría estar… tomando al gato montés por Li Siming? No… su imaginación no podía llegar tan lejos, ¿verdad…?».
Con una tos seca, dije:
—Este gato montés fue atrapado por los sirvientes cuando robaba pescados secos en la posada. Lo rescatamos junto con el zorro, ja, ja…
Mu Ruoyan murmuró un «oh» y volvió a acariciarle la cabeza antes de regresar a su asiento en la tabla de madera.
Una vez más, cerró los ojos.
El gato montés maulló una vez y prosiguió con su audaz labor de escarbar en busca de pescado.
Cuando el sol poniente tiñó el río de un resplandor rojizo, la barca atracó en el cruce de Pingjiang.
Las riberas del cruce ofrecían una vista imponente: una escuadra de soldados y caballos completamente armados se postraba ante Shan Shengling, dando la bienvenida a su general con el más absoluto respeto.
Este era el general Shan del territorio de la Comandancia del Sur.
Un soldado condujo hasta él un corcel rojo como el fuego y, arrodillado, le pidió que lo montara. El gran general juntó las manos con cortesía hacia este señor inmortal y hacia Hengwen, y de un ágil movimiento subió al caballo. Al menos el subordinado de Shan Shengling tenía algo de conciencia, pues había traído un carruaje arrastrado por caballos para que Mu Ruoyan pudiera sentarse.
Mu Ruoyan se despidió con toda cortesía y un «hasta que volvamos a encontrarnos». Yo alcé la palma en señal de despedida, deseando al benefactor Yan que se cuidara, con la promesa de que nos volveríamos a encontrar si el destino así lo disponía.
Entonces Mu Ruoyan dijo:
—Daozhang ya debe saber que este humilde servidor no es otro que Mu Ruoyan, así que no hay necesidad de dirigirse a mí con un apellido falso en adelante.
Y así volví a decirle al benefactor Mu que se cuidara, que nos volveríamos a encontrar si el destino así lo disponía.
Mu Ruoyan se volvió, subió al carruaje, y toda la comitiva de hombres y caballos partió al galope, dejando tras de sí nubes de polvo flotante.
De pie en la encrucijada, dije:
—Me pregunto cuán lejos estará de aquí la ciudad de Luyang.
Abanicándose, Hengwen respondió:
—Allí adelante hay un puesto de té. Vamos a tomar una taza y de paso preguntamos.
—Después de haber pasado todo el día en el barco, tú… debes de estar cansado —le susurré a Hengwen—. ¿Aún aguantas?
Él frunció el ceño, me recorrió con la mirada de arriba abajo y, tras darme un golpecito en el hombro con su abanico plegado, suspiró con cierta preocupación.
—Ay, despierta ya. Tianshu se fue hace mucho.
Le respondí con una risa amarga.
Preguntamos por el camino en el puesto de té, contratamos un carruaje en la orilla del camino y entramos en la ciudad de Luyang ya entrada la noche.
El carruaje nos condujo directamente hasta la mejor posada de Luyang. Bajamos y reservamos dos de las habitaciones más lujosas. Para cuando terminamos de asearnos, las camas ya estaban listas, con almohadas y ropa de cama recién estrenadas, y sobre la mesa humeaba una tetera nueva con el mejor té, servido y preparado. Arrojé el cuerpo de Guangyunzi en la otra habitación y dejé que Bola de Pelos y el gato montés le hicieran compañía, mientras yo me llevaba mi almohada y mi edredón al cuarto de al lado. Hengwen estaba sentado a la mesa, bebiendo té. Extendí el edredón y le dije:
—Debes de estar cansado. Acuéstate pronto y descansa como es debido.
Hengwen, con la taza en la mano, dejó que la comisura de sus labios temblara levemente.
—Se te debe de haber fundido el cerebro, después de pasar todo el día en el barco con Nanming y Tianshu. Fíjate qué empalagosas te han salido las palabras.
No me quedó más remedio que soltar otra risa amarga. Pero apenas había dejado escapar el sonido, una carcajada repentina –clara y sonora– irrumpió en la estancia:
—Exacto, exacto, tan empalagosas que me da vergüenza ajena.
En el lugar donde había caído la voz centelleó una luz dorada, y dos siluetas se materializaron de golpe.
El que iba delante vestía una túnica de brocado con dibujos de nubes y llevaba en lo alto de la cabeza una hermosa corona de jade. Con una amplia sonrisa nos saludó:
—Hengwen Qingjun, Song Yao Yuanjun, ¿cómo les ha ido este viaje en el mundo mortal? Justo pasaba por aquí, así que vine a verlos.
Al verlo, casi se me llenaron los ojos de lágrimas. Era como si estuviera viendo a Mingge.
Se trataba de un viejo amigo de este señor inmortal, el ilustre señor que se había apoderado de la llave de la Puerta Norte de los Cielos y había sembrado el caos en la Corte Celestial: Bihua Lingjun.
El que venía detrás, sin embargo, le provocaba a este señor inmortal un leve dolor de cabeza.
Vestía un impecable atuendo oficial del color de las nubes rosadas, el cabello recogido con esmero y sujeto por una horquilla. Con el rostro serio y meticuloso, sin un solo cabello fuera de lugar, primero me saludó a mí y luego se inclinó ante Hengwen.
—Qingjun, este humilde inmortal ha venido al mundo mortal porque hay documentos importantes que deben ser revisados personalmente por usted.
Los distintos funcionarios celestiales bajo el mando de Hengwen –desde los dos Kui Xing hasta Wenqu Xing y Wuqu Xing– eran todos bastante competentes. Solo el inmortal encargado de los archivos y expedientes, Lu Jing, resultaba un tanto complicado de tratar.
Impresiones sobre el capítulo completo.
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