—Joven señor Song, ¿estos dos jovencitos son sus…? —Mi vecina, la Tercera Abuela Huang, se hallaba de pie en la entrada del pequeño patio de este señor inmortal, observando fijamente a los niños que estaban detrás de mí.
Reí con torpeza sin darle respuesta. La Tercera Abuela Huang era la esposa del Tercer Abuelo Huang, el médico que vivía al lado del pequeño patio que acababa de comprar. Había traído a Tianshu y a Hengwen a esta ciudad, y como no era ni seguro ni conveniente alojarse en una posada con dos niños a cuestas, había adquirido un pequeño patio.
Después de gastar una buena suma de plata, el comerciante sin escrúpulos que me lo vendió actuó con gran rapidez y reunió a decenas de personas para trabajar dentro y fuera de la residencia. En medio día, el pequeño patio había quedado completamente limpio. Nuevas mesas, sillas y camas estaban ya instaladas, y las habitaciones laterales tenían ropa de cama recién puesta y reluciente. En la mesa reposaba un juego de té impecable, con una fresca infusión de jazmín en la tetera.
Al terminar su labor, la multitud se retiró, quedándose únicamente un cocinero, un joven criado y dos sirvientas para atendernos de momento.
Yo estaba a punto de cerrar las puertas del patio cuando una anciana se asomó parcialmente por el marco y, tras intercambiar unas presentaciones, comenzó a conversar conmigo.
Los ojos viejos pero vivaces de la Tercera Abuela Huang se iluminaron en cuanto se posaron sobre Hengwen y Tianshu.
Al ver que no respondía, siguió especulando con gran asombro:
—Joven señor Song, usted es tan joven… ¿cómo podría tener ya dos hijos así de grandes?
—Este humilde servidor se casó muy joven —respondí.
La Tercera Abuela Huang chasqueó la lengua.
—Vaya, joven señor Song, su esposa sí que sabe dar a luz. Los dos jovencitos son realmente… —los observó de arriba abajo con detenimiento—. Este joven señorito es tan apuesto que esta vieja no sabría ni con qué compararlo. Y el otro también es de extraordinariamente bello, de una hermosura delicada. Tsk, tsk. Con lo bien parecidos que son ambos, su esposa debe de ser una belleza aún más deslumbrante que Xi Shi y Diao Chan, de las Cuatro Grandes Bellezas. Esta vieja aún no ha visto a su señora. La madama, ¿ella está…?
—Muerta —respondí lentamente.
La Tercera Abuela Huang quedó atónita por un momento y luego suspiró con pesar. Aquella misma tarde envió una decena de bollos recién cocidos al vapor y una olla de verduras al vapor también.
Los jóvenes Tianshu y Hengwen jamás habían visto bollos al vapor en su vida.
Cuando la sirvienta los llevó a la mesa a la hora de la cena, ambos tomaron asiento y los contemplaron con ojos llenos de asombro. Cuando la sirvienta se retiró, Tianshu adoptó una expresión pensativa, sin mover un músculo, mientras Hengwen tomó los palillos y se inclinó para pinchar uno de los bollos.
—Son blandos —comentó con curiosidad, y luego se llevó los palillos a la boca para probarlos—. ¿Hm? —frunció el ceño—. No tienen sabor.
Tianshu examinó los bollos al vapor y luego a Hengwen. Imitándolo, alzó sus palillos y pinchó con cautela uno de ellos.
Hengwen, con los palillos entre los dientes, me preguntó:
—Eh, ¿qué es esta cosa?
—Esto se llama bollo al vapor —respondí con toda seriedad.
Hengwen parpadeó.
—Oh —exclamó Tianshu, como si de pronto comprendiera—. Así que esto es un bollo al vapor. Taiyin Xingjun me dijo una vez que en el mundo mortal hay una comida llamada «bollo al vapor». Los hay grandes y pequeños. Y también hay otra clase, más pequeña aún, que se llama «dumpling relleno». Resulta que esto es un bollo al vapor.
Yo estuve a punto de decirle que los bollos y los dumplings eran en realidad muy diferentes: unos se cuecen al vapor, los otros se hierven, y que además hay otra clase que se prepara en vaporeras de bambú. Pero aquellas dos caritas tontas me miraban con tanta expectación que temí que siguieran dándole vueltas al asunto hasta el día siguiente, de modo que di una respuesta vaga:
—Sí, sí, eso es. Este tipo es el bollo grande al vapor. Los pequeños se comen en el desayuno. Luego están los dumplings; ya los verán más adelante.
Tomé un bollo, le di un mordisco, mastiqué y tragué.
—Así es como se come. La masa exterior no tiene mucho sabor, pero dentro lleva relleno.
Hengwen enseguida tomó el bollo que había pinchado antes, mientras Tianshu agarró uno con delicadeza y lo colocó sobre su plato. Hengwen lo sostuvo en la mano, lo apretó un poco y lo miró de un lado a otro.
—Pero, ¿no es poco elegante comerlo como tú lo hiciste? —preguntó.
No me quedó más que responder:
—No. Como dicen, «adonde fueres, haz lo que vieres», y en el mundo mortal se come así.
Hengwen levantó el bollo al vapor hasta los ojos y lo examinó varias veces; luego asintió y le dio un mordisco. Después lo sostuvo de nuevo frente a sí para observarlo mejor. Al tragar, anunció:
—En efecto, tiene relleno. —Acto seguido, partió el bollo en dos y apartó la masa con los palillos para mirar más de cerca. Eligió un trozo con relleno y lo probó.
»Delicioso —declaró con una sonrisa radiante.
Tianshu, por su parte, tomó el suyo y lo comió con delicadeza, de pequeños bocados. Él y Hengwen habían crecido en la Corte Celestial desde la infancia, así que hasta al levantar y morder el bollo lo hacía con porte y elegancia.
Tianshu comió uno, tomó con los palillos unas cuantas porciones de verduras al vapor, bebió un pequeño cuenco de gachas y dio por terminada su comida.
Hengwen, en cambio, se comió uno, parpadeó y enseguida tomó otro. Aunque comía con modales refinados, lo hacía con rapidez: apenas había terminado el segundo bollo cuando ya tomaba el tercero. Para cuando empezó con el cuarto, este señor inmortal empezó a preocuparse de que fuera a empacharse, y cuando extendió la mano hacia el quinto, se la detuve para impedírselo.
—Si comes de más, acabarás demasiado lleno —le dije—. Veamos cómo amaneces mañana.
Hengwen retiró la mano con una expresión de renuencia.
—Está bien.
Estaba a punto de llamar a alguien para que retirara los platos y los utensilios, cuando Hengwen dijo:
—Le llevaré un bollo al zorro blanco.
—Los zorros no comen bollos al vapor —respondí.
—¿Por qué no? —preguntó Hengwen.
—Los zorros sólo comen carne —le expliqué—, y su favorita es la de gallina. Haré que en la cocina preparen su cena. ¿Por qué no te das un baño mientras tanto?
Hengwen reflexionó un instante y luego asintió.
—De acuerdo.
El joven criado y las sirvientas eran avispados y ya habían preparado agua caliente para el baño en la cámara. Hengwen y Tianshu se detuvieron ante las puertas de la habitación lateral, cediéndose el paso con cortesía.
—No tengo prisa —dijo Hengwen con gentileza—. Debes de estar cansado, ¿no? Ve tú primero.
Tianshu negó con la cabeza.
—No estoy cansado. Hoy cargaste al zorro, pesa bastante, y seguro te llenaste de tierra también. Deberías ir tú primero.
La sirvienta que estaba frente a las puertas se cubrió la boca y sonrió.
—A decir verdad, maestro —me comentó—, los dos jóvenes maestros entienden más de cortesía que muchos adultos.
«Por supuesto, ¿dónde crees que fueron criados?».
Al verlos cederse el paso una y otra vez, no me quedó más remedio que buscar una manera de hacerlos llegar a un acuerdo. Preparé dos palitos para que jugaran a ver quién sacaba el más corto. Hengwen ganó, así que entró primero a bañarse.
Ya había mandado al joven criado a llamar, esa misma tarde, a alguien de la tienda de ropa para que le tomara las medidas a Tianshu y Hengwen y trajeran algunos conjuntos que pudieran usar provisionalmente.
Las ropas de Hengwen y de Tianshu habían sido conjuradas y encogidas mediante magia divina para ajustarse a sus cuerpos, y ahora que Hengwen se había cambiado a las vestiduras de un joven mortal, con las mangas largas arremangadas, parecía todavía más infantil. Una sirvienta lo acompañó luego de vuelta a su aposento para que descansara, y aquella escena me resultó francamente divertida.
Poco después, Tianshu salió también, ya bañado y vestido con un conjunto nuevo, conservando el mismo aire encantador de la infancia. Pensé en Tianshu, luego en Mu Ruoyan y, por último, miré al Tianshu que tenía delante. Cada vez se me hacía más evidente que poder contemplar aquella visión, aun si dentro de unos días me enviaban a la Terraza de Ejecución de Inmortales, valía absolutamente la pena.
Mientras me lavaba, pensé en cómo se vería Nanming si también se hubiera convertido en un muchacho o en un niño más pequeño. Me pregunté si me enviarían a la Terraza de Ejecución de Inmortales después de que Nanming y Tianshu regresaran al ciclo de la reencarnación. De ser el caso, ¿me daría tiempo de pedirle a Mingge un favor y tomar prestado su Espejo de Observación del Reino Mortal para echar un vistazo a Nanming en pañales?
Ya entrada la noche, me deslicé sigilosamente en la habitación de Tianshu para echar un vistazo. Estaba arropado hasta el cuello, durmiendo profundamente, con la ropa doblada con cuidado sobre la silla. Era la viva imagen de la inocencia despreocupada. Cuando aún era Mu Ruoyan, seguramente rara vez había disfrutado de un sueño tan apacible.
Entré en la otra habitación y Hengwen también dormía profundamente. Con cuidado, lo moví un poco hacia el interior de la cama, luego levanté el edredón y me acosté, pero sin querer lo desperté. Restregándose los ojos aún turbios de sueño, se incorporó a medias y me miró con asombro. Con voz cansada, preguntó:
—¿Por qué estás durmiendo en la misma cama que yo?
Me quedé inmóvil un instante, todavía con una esquina del edredón en la mano.
Solté una risita seca y dije:
—Hoy ha sido un día ajetreado y sólo se despejaron dos cámaras laterales, por lo que solo hay dos camas disponibles.
Miré la silueta infantil frente a mí. El Hengwen de ahora todavía no me reconocía. Solté un suspiro resignado, lo acomodé de nuevo en la cama y lo arropé con el edredón.
—Duerme bien.
Luego me levanté, me puse la túnica exterior y me dispuse a buscar algún lugar sobre la cumbrera del techo o en la rama de un árbol donde pasar la noche encaramado.
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