Hengwen y yo nos sentamos uno al lado del otro sobre el tejado.
—Fui a alertar a Tianshu —dije—. Le insinué, de manera críptica, su destino de aquí a uno o dos días. Le dije que reconociera su error y se detuviera antes de que fuera demasiado tarde, pero se negó.
—Sabía que ese sería el desenlace —dijo Hengwen—. La naturaleza de Tianshu es la de quien prefiere romperse antes que doblarse. No admitió su falta en la Terraza de la Ejecución Inmortal; ¿por qué habría de hacerlo ahora?
Solo pude suspirar. Cambiando de tema, le pregunté a Hengwen por su paseo por la ciudad.
—Estuvo más o menos —respondió Hengwen—. Shan Shengling tiene a la ciudad entera en vilo; todo el mundo está presa del pánico. No oí otra cosa que lamentos mientras caminaba por las calles. ¿Sabías que, después de que Xuan Li revelara la verdad, Shan Shengling mató a todos los que estaban en el salón una vez que nos fuimos, para impedir que se filtrara la noticia?
Me quedé atónito.
—Eso es… demasiado cruel, ¿no crees?
—En efecto —suspiró Hengwen—. La crueldad de Nanming Dijun no ha hecho sino acrecentarse en este viaje al mundo mortal y ha arrastrado a Tianshu a sufrir su retribución junto con él. —Se recostó sobre las tejas y dijo con parsimonia—: Me pregunto qué ocurrirá mañana.
Las tejas del tejado eran irregulares y estaban llenas de protuberancias, muy desparejas.
—Hengwen, si te acuestas probablemente te resultará incómodo y te dolerá —dije—. ¿Qué tal si vamos a otro lugar? O si no, recuéstate en mí para dormir. Tú, tú no has tenido ocasión de descansar en estos días…
Hengwen se incorporó de inmediato. Sus ojos, oscuros como pozos de tinta, se clavaron en los míos. Soltó una risita.
—¿Qué te ocurre que andas tan meloso?
Estuve a punto de soltar la verdad. Por fortuna, mi fuerza de voluntad fue suficiente. Solo pude decir:
—Tú… usar tus poderes te agota físicamente. Además… yo…
Los ojos de Hengwen se acercaban cada vez más; su voz, grave y profunda, dijo:
—¿Tú qué?
Tragué saliva y despejé la cabeza pensando en el espejo de observación del mundo mortal.
—Hengwen, siempre he sentido que poder ascender a la Corte Celestial y convertirme en inmortal fue un golpe de suerte increíble que me concedió el Cielo —dije.
Hengwen alzó las cejas y se enderezó para sentarse.
—¿Tan bueno te parece?
—Sí —respondí.
La brisa a nuestro alrededor era fría; la luna clara delineaba en su luz la ciudad dormida. Sobre la cumbrera del tejado, solté un largo suspiro.
Hengwen, nunca has estado en el mundo humano, así que no sabes que aquí cien años no son más que un sueño inalcanzable, pero en la Corte Celestial uno puede esperar una eternidad sin fin.
Hengwen se había quedado dormido, recostado sobre las tejas del tejado.
Me acosté a su lado, y sin darme cuenta, también me quedé dormido. Cuando desperté, ya había amanecido, y me encontraba sobre una nube. Hengwen estaba de pie en el borde, mirando hacia abajo.
—Por fin despiertas —dijo—. Mira abajo. Me temo que pronto va a estallar el caos en la ciudad de Luyang.
Me apresuré a incorporarme y me uní a él para observar el suelo. Hengwen hizo descender un poco la nube, justo a tiempo para que viera a los soldados patrullando las calles de Luyang, revisando a cada transeúnte, uno por uno. A los forasteros y mendigos los reunían, los ataban con cuerdas y los arrastraban en fila hacia a la prisión de la prefectura mientras los golpebaan y pateaban por igual.
Ese mismo día, los ejércitos del príncipe de la Comandancia del Este y de la Corte Imperial llegaron al río Yangtsé y se enfrentaron con las unidades navales de la Comandancia del Sur. La batalla fue feroz como pocas, y el río se sembró de cadáveres.
Shan Shengling siempre había sido arrogante respecto a sus méritos en la Comandancia del Sur; aquella batalla fue la oportunidad perfecta para hacerlo bajar de su pedestal. Solo contaba con nueve mil soldados de élite bajo su mando, y el príncipe de la Comandancia del Sur le había ordenado defender Luyang hasta la muerte.
Las unidades navales de la Comandancia del Sur, incapaces de resistir el ataque combinado de los dos ejércitos, fueron casi completamente aniquiladas. Al segundo día, las tropas de la Corte Imperial y de la Comandancia del Este desembarcaron en la orilla opuesta; para el anochecer, ya se habían abierto paso hasta las puertas de la ciudad.
A la mañana siguiente, los ejércitos se alinearon en formación frente a la ciudad de Luyang. Shan Shengling salió de la ciudad al frente de cinco mil soldados para enfrentarse a sus enemigos en combate.
Desde las filas de la Comandancia del Este, Li Sixian espoleó su caballo hacia adelante y gritó:
—¡Escuchad, soldados y habitantes de la Comandancia del Sur! Nuestra Comandancia del Este ha movilizado tropas esta vez solo para buscar venganza contra Shan Shengling. No tenemos intención alguna de causar daño al pueblo llano. ¡Shan Shengling secuestró a Mu Ruoyan, un fugitivo buscado por la Corte Imperial, de la residencia del príncipe de la Comandancia del Este, y asesinó a Li Siming, mi tercer hermano menor y tercer hijo del príncipe! ¡Si no vengamos esta afrenta, en el clan Li de la Comandancia del Este no mereceremos llamarnos humano! ¡Entreguen a Shan Shengling y a Mu Ruoyan, y la Comandancia del Este retirará de inmediato sus tropas para jamás volver a invadir la Comandancia del Sur!
Entonces, un general del ejército de la Corte Imperial salió de entre sus filas y clamó:
—¡Shan Shengling, fugitivo buscado por la Corte Imperial, lleva años escondido en la Comandancia del Sur, y ahora da refugio a otro prófugo del Imperio, Mu Ruoyan! Hemos venido por decreto de su majestad a arrestarlos a ambos. ¡Esperamos que los entreguéis de inmediato; la Corte Imperial, naturalmente, otorgará una recompensa por ellos!
Shan Shengling estalló en carcajadas desde lo alto de su caballo.
—¿Acaso creen, sabandijas, que con sus intrigas podrán quebrantar la moral de mis tropas?
Agitó su espada larga en el aire, y sus soldados avanzaron con un rugido. Así dio comienzo la batalla contra los ejércitos de la Corte Imperial y de la Comandancia del Este.
Nanming Dijun, por supuesto, se mostraba incomparablemente valiente: cabalgaba en medio del enemigo, abatiendo hombres como si cortara hierba. Sin embargo, por más feroz que fuera, era difícil para sus cinco mil soldados resistir frente a decenas de miles.
Al final, Shan Shengling se replegó hacia la ciudad con apenas tres mil supervivientes. Ni la Corte Imperial ni la Comandancia del Este los persiguieron. En su lugar, levantaron sus campamentos allí mismo y enviaron mensajeros hasta las fronteras de la ciudad, exigiendo la entrega de Shan Shengling y Mu Ruoyan.
Esa noche, las calles de la ciudad se llenaron de antorchas que cercaron las residencias de Mu Ruoyan y del general. Desde lo alto de las nubes, observé a la multitud clamar por la sangre de aquellos dos traidores.
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