Sonreí con cortesía desde el umbral.
—Por favor, descanse bien esta noche, señorita Qingxian. Si hay algo a lo que no esté acostumbrada, no dude en decírmelo mañana.
Me di la vuelta para marcharme cuando Qingxian dijo suavemente a mis espaldas:
—Joven señor, puesto que ha pagado por mi libertad, desde hoy le pertenezco. ¿O acaso me desprecia por ser una mujer que ha perdido su pureza y que ya ha entrado en años, indigna de un caballero tan virtuoso?
No tuve más remedio que volverme hacia ella.
—¿Cómo puede decir eso, señorita Qingxian? Yo solo quise tenderle una mano al redimir su libertad; el acto en sí no tiene ningún mérito que valga la pena mencionar. No necesita sentirse en deuda conmigo. Puede quedarse en mi humilde morada unos días. Si aún tiene algún pariente o alguien que le sea querido en quien pueda apoyarse, dígamelo sin dudar y haré los arreglos necesarios.
Qingxian tenía la mirada vacía al principio, pero enseguida su rostro se cubrió de llanto.
—¿Dice eso para rechazarme? Joven señor, ¿sabe que aquel día, cuando pasó frente al edificio, quedé prendada de su porte y elegancia? Por eso me atreví a usar mi pañuelo como herramienta de emparejamiento, con la esperanza de poder conocerlo. Cuando supe que había redimido mi libertad, creí que el Cielo por fin se había apiadado de mí y que Buda me había bendecido… Pero quién iba a pensar que… que usted… me diría tales palabras… Yo… yo…
Solté un largo suspiro.
—Señorita Qingxian, no ignora que mi corazón ya pertenece a alguien más. Pero estoy condenado a un destino de soledad eterna, sin esperanza alguna de matrimonio. Enjuáguese las lágrimas y descanse bien. Mañana volveré a pensar en una solución para usted.
Cerré la puerta tras de mí y caminé hacia el patio. Una vez más, no tenía dónde dormir, y hacía frío como para sentarme sobre las tejas; la brisa nocturna se volvía cada vez más fría. Recordé que en el estudio había otro diván duro, así que me escabullí allí y recité un hechizo para transformarlo en una cama grande y mullida. Cerré el cerrojo de la puerta y me acosté.
En efecto, me había buscado un buen problema al traerme a Qingxian. Ya tenía a dos acompañantes a mi cargo, y aun así ella se había enamorado de mi a primera vista. Por lo visto, no había manera de ocultar el encanto de este señor inmortal.
Cerré los ojos, a punto de dormirme cuando una melodía lastimera resonó en la lejanía. Se coló por la rendija de la puerta y se abrió paso hasta mis oídos.
Parecía que, tras el contratiempo que tuvo con este señor inmortal, Qingxian había sacado su flauta de bambú para tocar algunas melodías y distraerse. La canción era melancólica y desgarradora; me dormí escuchándola.
Al día siguiente, todos los sirvientes del patio se veían abatidos, con la mirada vidriosa mientras bostezaban una y otra vez. Fingí no notar nada. Qingxian, por su parte, se había encerrado en su habitación, y yo decidí no prestarle atención.
Durante el desayuno, incluso Hengwen y Tianshu no pudieron evitar soltar un par de bostezos.
Tianshu me dijo:
—La de ayer…
—Puedes llamarla señorita Qingxian —interrumpí con una tos.
—De acuerdo —asintió Tianshu—. ¿Por qué no ha venido la señorita Qingxian a desayunar?
—Probablemente aún no se haya levantado —aventuré—. Más tarde haré que alguien le lleve el desayuno.
Tianshu asintió, y la sirvienta que servía los platos bajó la cabeza, ocultando una sonrisa tras la manga.
Por la tarde, el cocinero me miró con cierta duda y dijo:
—Amo, no es nuestro lugar meternos en sus asuntos, pero… ¿no resulta un poco inapropiado que los dos jóvenes señores tengan que llamar «señorita Qingxian» a la señora? Al fin y al cabo, hay jerarquías que respetar. Incluso si solo fuera su compañera de alcoba, aun así…
Al principio pensé en explicarle la situación, pero los asuntos entre hombres y mujeres son difíciles de aclarar, y mucho más sin ambages. Así que me limité a responder:
—La señorita Qingxian solo se quedará aquí uno o dos días. Ustedes también deben dirigirse a ella como «señorita Qingxian». Trátenla con cortesía y según las normas de hospitalidad.
El cocinero me lanzó una mirada furtiva, asintió en señal de comprensión y se retiró.
Fui entonces a la habitación de Qingxian y le pregunté si aún tenía algún familiar al que pudiera acudir. Qingxian se mordió los labios y mantuvo la cabeza baja sin decir palabra. Después de un largo silencio, habló al fin:
—Joven señor, sé que desea casarse con la señorita Feng. Mi presencia aquí solo lo pone en una situación incómoda. Ya soy suya, así que no tengo quejas, sea que me envíe al campo o me revenda a otro.
Intenté hablar con ella largo rato, pero sin lograr ningún avance, así que no me quedó más remedio que marcharme.
Qingxian sacó de nuevo su qin y se sentó en su habitación, tocando y cantando varias melodías melancólicas.
Cantó tanto, que el cocinero, las sirvientas y el joven sirviente terminaron huyendo al fondo del patio, mientras que los compañeros de juego de Hengwen y Tianshu apenas aguantaron un cuarto de hora antes de dispersarse.
Observé con impotencia cómo un aburrido Hengwen salía de su habitación cargando al zorro. Este estornudó, y sus orejas temblaron. Con los ojos fuertemente cerrados, hundió la cabeza en el pecho de Hengwen.
Aquella escena me resultó de lo más inapropiada. El zorro seguía siendo, al fin y al cabo, un demonio; no era correcto que se aferrara tanto a Hengwen, aunque él pareciera un adolescente.
Le dije a Hengwen:
—Si no hay nada más, déjalo a un lado para que duerma. ¿No te resulta un poco pesado estar abrazándolo todo el tiempo?
—Entonces lo llevaré de vuelta a la habitación —respondió Hengwen, y regresó al interior.
Mientras yo me quedaba bajo el alero del techo, el cocinero y el paje se me acercaron.
El paje hizo una reverencia y me miró haciendo una mueca.
—Amo, ¿no va a consolar a la señorita Qingxian?
Le respondí que por el momento la dejara tranquila, y seguí caminando.
El cocinero, sin embargo, dio un paso al frente y se inclinó también.
—Amo, perdone que nos atrevamos a hablar fuera de lugar, pero desde anoche las melodías de la señorita Qingxian… ¡nos tienen con el corazón hecho pedazos! ¡Debería ir a reconfortarla, amor!
Suspiré con desaliento.
—De hecho, he ido a consolarla esta misma mañana, pero fue inútil. Si quiere tocar, que toque.
El cocinero y el paje se marcharon, visiblemente afligidos.
Qingxian se tomó un descanso durante la hora del almuerzo, pero por la tarde, cuando la señora Lü-Hu vino de visita nuevamente, fue recibida con otra de sus tristes melodías. Después de sentarse e intercambiar algunas palabras de cortesía, fue directo al grano:
—Joven señor Song, esta vieja solo ha venido a transmitir un mensaje, espero que no le moleste. Sobre el asunto del que hablamos la última vez… le ruego que haga como si nunca se lo hubiera mencionado.
Comprendí al instante que todo era a causa de Qingxian. Pero eso, en realidad, me venía bien, así que respondí:
—Gracias por tomarse la molestia de venir a avisarme. ¿Podría también transmitirles otro mensaje de mi parte? Dígales que este humilde servidor entiende la situación y que lo siente mucho. Definitivamente no volveré a mencionar el asunto.
Sin embargo, la señora Lü-Hu cambió de parecer y dijo:
—En realidad, no es que esta anciana sea entrometida, pero usted hizo algo muy inoportuno justo cuando el matrimonio estaba por concretarse. Los Feng se sienten profundamente humillados. Temen que alguien tan distinguido como usted no valore a la joven señorita de su casa, y que parezca que fueron ellos quienes intentaron imponerle el compromiso. Si echara lejos a esa cortesana del burdel, no sería imposible enmendar la situación…
No tenía ya ánimo para gastar más energías en el asunto, así que respondí someramente:
—Tiene toda la razón. Este humilde servidor tomará en serio su consejo. Hablemos de ello dentro de unos días. —Con eso bastó para despachar a la señora Lü-Hu.
Estaba a punto de regresar a mi habitación para beber un poco de agua, pero encontré a Qingxian esperándome en la puerta, pidiendo hablar conmigo, Al entrar en mi habitación, sus primeras palabras fueron:
—Oí que la señora Lü vino esta tarde. Supongo que vino a hablar de su matrimonio. Joven señor, no necesita tenerme en cuenta. Si desea enviarme lejos, entonces…
Suspiré.
Qingxian se cubrió la boca con el pañuelo y rompió a llorar.
—Pero yo solo lo amo y admiro a usted. Joven señor…, por solo un día, o incluso por una noche, permita que Qingxian le sirva. Después, haga conmigo lo que quiera, yo…
La miré, pensando que no era más que una mujer enamorada, de esas que abundan en este mundo. Nunca habría imaginado que alguien pudiera sentirse tan fascinada conmigo antes de que me enviaran a la Terraza de la Ejecución Inmortal. Incluso aquella idea de mi destino de soledad eterna parecía haberse desmentido. Había ganado más de lo que esperaba.
La ayudé a incorporarse y, con voz suave, le dije:
—No me casaré con la señorita Feng. En cuanto a ti, también haré los arreglos adecuados. Levántate y regresa a tu habitación.
Qingxian se enjugó las lágrimas, se puso de pie e hizo una reverencia antes de obedecer lo que le pedí.
Yo estaba agotado, atormentado una y otra vez como una veleta en el viento. Ni siquiera pude evitar bostezar durante la cena.
Al principio pensé que eso significaba que por fin podría dormir bien esa noche. Pero durante el segundo turno de guardia, una melodía comenzó a flotar en el aire y a prolongarse, semejante al lamento solitario del cuco o al gemido doliente de una viuda ante la tumba de su marido. Cada nota venía acompañada de un temblor, hasta el punto de que yo mismo comencé a temblar al compás. Agucé el oído, pero pronto noté que el sonido no provenía de la habitación de Qingxian, sino del patio trasero.
Me di la vuelta y separé mi forma espiritual de mi cuerpo físico, y floté fuera del estudio para investigar. Sin embargo, el sonido de la flauta se detuvo de golpe. Bajo el manto de la noche, una sombra cruzó rápidamente la puerta lunar del jardín.
La seguí hasta el patio trasero, justo a tiempo para ver una figura saltar por encima del muro del patio. A la luz de las estrellas, junto a los racimos de flores, esa figura cruzó una mirada con otra silueta que se encontraba allí.
La persona en cuestión tenía una figura esbelta y delicada: era Qingxian. En cuanto al que había saltado el muro, supuse que era el flautista. Pero había en su porte algo familiar.
Me situé junto a ellos. El flautista sostenía las manos de Qingxian y le decía con voz apremiante:
—Qingxian, ven conmigo. Huyamos lejos, muy lejos de aquí.
—¿Que vaya contigo? —respondió ella con melancolía—. ¿Adónde podríamos ir? ¿Por qué has venido a buscarme otra vez?
—Yo… —Apenas había pronunciado una palabra cuando una voz interrumpió desde lo alto del muro.
—Eso mismo, He Jingxuan, ¿adónde piensas llevarla?
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.