El flautista y Qingxian, sobresaltados, levantaron la vista. Una figura que estaba de pie sobre el muro del patio saltó con ligereza, se acercó al flautista y repitió su pregunta:
—He Jingxuan, ¿adónde piensas llevarla?
Aquella persona vestía ropas masculinas, pero tenía una voz dulce y delicada, y una figura esbelta y grácil. Era una joven.
De pronto, la escena dejó de parecer «El encuentro de los amantes mariposa» y se transformó en «Dos doncellas se topan con un héroe».
Yo me quedé a un lado, observando cómo el desconcertado flautista tartamudeaba:
—Señorita Yueying, usted… ¿por qué está…?
—Jingxuan, deberías irte ya —dijo Qingxian en voz baja—. Señorita Yueying, no se preocupe. Jingxuan no volverá a buscarme. El joven señor Song ya me ha comprado, y él mismo me aseguró que no le pedirá su mano a sus padres. Señorita Yueying, usted… puede casarse con Jingxuan en paz. Yo… El joven señor Song me salvó de una vida de cortesana y yo me pasaré toda la vida pagándole por ello. Jingxuan, yo… te deseo a ti y a la señorita Yueying una vida llena de felicidad conyugal…
Se giró para marcharse, pero el flautista la sujetó por la manga, deteniéndola.
—¡Qingxian! ¿Engañaste a ese tal Song para que redimiera tu libertad con el único propósito de unirnos a la señorita Yueying y a mí? ¡¿Cómo puedes ser tan necia?! En todo este tiempo, en mi corazón solo ha estado…
—¿Solo ha estado Qingxian? —lo interrumpió fríamente la señorita Yueying, y dio un paso más hacia él—. Vaya, He Jingxuan, hoy por fin dices la verdad.
Soltó una risa amarga y prosiguió:
—Así que era cierto. Debería haber sabido que tus ojos solo miraban a Qingxian. Debería haberlo comprendido desde el momento en que dejaste de lado tu dignidad como erudito tras aprobar los exámenes imperiales del condado y empezaste a vender cosméticos a las puertas del burdel. Es solo que… que cuando éramos niños, dijiste que me tomarías por esposa, y yo, como una tonta, te creí. No quise aceptar que acabarías enamorándote de otra.
Ella arrojó algo al suelo y se giró hacia el muro. Resultaba que el flautista era aquel joven que vendía cosméticos en la planta baja del Pabellón Zuiyue. Con razón su rostro me había resultado familiar.
Yueying caminó hasta el muro, luego volvió el rostro y continuó:
—Señorita Qingxian, por el bien de Jingxuan, incluso te ofreciste a ti misma para evitar que ese hombre llamado Song le pidiera mi mano en matrimonio a mis padres. De verdad que eres una necia. Cuando mis padres intentaron obligarme a casarme con él, les dije que prefería morir. Si me hubieran acorralado, me habría escapado y habría puesto fin a todo. Jamás le preguntaste a Jingxuan a quién amaba; sencillamente decidiste sacrificarte. ¿No pensaste en lo mucho que lo harías sufrir?
Este señor inmortal se dio cuenta entonces de que el muro del patio era en verdad bastante bajo. A la señorita Feng Yueying no le costó ningún esfuerzo treparlo y desaparecer con un salto.
Entretanto, Qingxian y He Jingxuan seguían mirándose a los ojos.
—Qingxian —suplicó él—, ven conmigo, huyamos juntos.
Qingxian negó con la cabeza.
—Ya es demasiado tarde. Engañé al joven señor Song. Tiene dinero, y seguro que también tiene poder e influencia. Si me voy contigo, solo te pondré en peligro. Xuan-lang, vete sin mí.
Floté hasta la puerta lunar, me materialicé y tosí ligeramente. He Jingxuan sostenía con fuerza las manos de Qingxian. Al oírme toser, aquella pareja de amantes desventurados comenzó a temblar como hojas en el viento.
—No teman —dije con una sonrisa afable—. He visto todo desde las sombras.
Saqué un papel de la manga y lo rompí en pedazos. Dirigiéndome a Qingxian, añadí:
—Ese era tu contrato de servidumbre.
Qingxian me miró fijamente y, de pronto, cayó de rodillas junto con He Jingxuan.
—El amor entre ustedes dos es tan conmovedor que incluso un profano como yo se siente profundamente conmovido —dije con total sinceridad—. Puede que no sea un caballero virtuoso, pero les concederé su deseo de estar juntos. He Jingxuan, llévate a la señorita Qingxian contigo.
En medio de la noche y bajo el viento helado, me quedé de pie en el extenso patio trasero y solté una carcajada. Así que este era, después de todo, el destino de este señor inmortal. Creía que había vivido dos historias de amor antes de que me enviaran a la Terraza de Ejecución Inmortal, pero resultó que seguía siendo solo un intermediario para otros enamorados.
Una voz comentó con calma a mis espaldas:
—Y bien, ¿cómo te sientes con tu reciente racha de suerte romántica con las damas?
Volví la vista atrás y lo vi de pie, muy cerca. Me sonrió. Sentí como si el corazón se me elevara, y por un instante creí que mis ojos me engañaban. No pude controlar las piernas y corrí hacia él. Hasta la voz me tembló al hablar.
Él simplemente permanecía allí, sonriendo mientras me escuchaba.
—Heng… Hengwen… —Lo tomé de la manga. Hacía tanto que anhelaba este momento, y ahora que lo tenía frente a mí, sospechaba que no era más que un sueño.
Él se inclinó un poco hacia mí y me susurró al oído:
—En realidad, aquella noche, cuando me dijiste que me recuperara pronto, de algún modo lo hice. Pero luego te vi disfrutando del cariño de esas flores de melocotón y quise ver cómo te iría esta vez con tu fortuna. —Fingió un suspiro—. Parece que había algo de verdad en tus lamentos de todo este tiempo: tu suerte en el amor deja bastante que desear.
Yo solo lo miré, sin saber qué decir.
—Es tarde, y el viento está frío —dijo Hengwen—. No sería bueno que alguien nos viera aquí, de pie en el patio. Volvamos a la habitación primero.
Avergonzado, solté su manga.
—Está bien.
Al volver a entrar en el corredor cubierto, Hengwen soltó una risita.
—Has estado durmiendo en el estudio estos dos días. ¿Puedo entrar yo también?
Solté una risa torpe y abrí la puerta del estudio. La habitación era diminuta. Había hecho que cambiaran el duro diván por una cama grande, dejando apenas un estrecho espacio libre alrededor. Justo al abrir la puerta, la luz de la luna cayó sobre la mesa. Cerré tras nosotros, y Hengwen alzó una barrera mágica con un movimiento de su manga.
—Acabas de recuperarte —le dije—, así que será mejor que no uses tus poderes divinos por ahora. ¿Y si…?
—Está bien —respondió Hengwen—. ¿No los he estado usando estos últimos días?
No pude evitar alargar la mano otra vez para sujetarle la manga.
—Aun así, mejor si los usas lo menos posible. Tú…
Hengwen se quedó mirándome. Ya se había recuperado. Estos pocos días en el mundo mortal estaban por terminar. Fuera como fuera, llegaría el día en que todo acabaría. Lo tomé por ambos brazos y lo llamé por su nombre. Antes de que alcanzara a reaccionar, lo besé en los labios.
Este señor inmortal de verdad que se admiraba a sí mismo. Qué sabio había sido yo al mandar traer una cama grande esta misma mañana.
El bosque de flores de durazno no había sido más que una ilusión, un hechizo creado por los poderes divinos de Hengwen. Siempre había sido irreal –como un sueño–, y nada tenía que ver con la vívida realidad que ahora estaba viviendo.
Las puntas de las cejas de Hengwen se habían fruncido levemente.
—Estoy siendo más gentil que la última vez —le susurré al oído, con la voz ronca.
Hengwen entreabrió los ojos, y cuando me miró, parecía que en su mirada se dibujaba una sonrisa. Luego me mordió el cuello, con fuerza.
—Disfrútalo cuanto quieras. La próxima… mmm… la próxima vez, no te dejaré salirte con la tuya…
A medida que se acercaba el rigor del invierno, sacar agua del pozo y calentarla en la tina se volvió una tarea cada vez más ardua. La intención inicial era lavarnos, Hengwen y yo, pero al final acabamos en la cama antes de terminar. Así que volvimos a cambiar el agua, a calentarla, y a lavarnos de nuevo. Una y otra vez.
Cuando este señor inmortal por fin estuvo limpio, satisfecho y de verdad dormía la siesta con Hengwen entre los brazos, ya estaba a punto de amanecer.
—Con razón los mortales se lamentan tanto de la «brevedad de las noches conyugales» —comentó Hengwen con pereza—. Es hasta esta noche que lo he comprendido.
Luego cerró los ojos y se quedó profundamente dormido.
Yo también cerré los míos, dispuesto a descansar un poco, sin embargo, acabé teniendo otro sueño.
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