En mi sueño, estaba sentado bajo una lámpara en una habitación, con un tablero de ajedrez extendido ante mí. El mundo frente a mis ojos parecía envuelto en una neblina; no alcanzaba a ver bien la partida, ni tampoco a mi contrincante, pero sabía, en lo más hondo, que había perdido.
—He vuelto a perder —solté—. ¿Llegaré alguna vez a vencerte en esta vida?
La mecha de la vela chisporroteó, aunque la primera luz del amanecer ya se filtraba por el papel de la ventana.
La persona frente a mí alzó una mano para apagar la lámpara. Luego empujó el panel de la ventana, y los rayos del alba inundaron la estancia.
Pero, en un abrir y cerrar de ojos, me encontré de pie en un patio. Había tanta niebla que apenas podía ver, aunque tenía la clara sensación de conocer bien cada rincón de aquel lugar.
Frente a mí debía de haber un estanque, donde los nenúfares acababan de sacar sus hojas redondeadas. Al borde de la orilla se alzaban unas cuantas rocas decorativas de taihu y dos plataneros, y, en la orilla opuesta, un pabellón; dentro de él había una mesa de piedra con un tablero de ajedrez grabado en la superficie.
Debía de ser primavera. La fragancia de las rosas amarillas sin espinas en la neblina matinal despejaba la mente. Sin duda, las enredaderas de rosas trepadoras que cubrían los muros del patio estaban en plena floración.
Él se hallaba justo a mi lado. Detrás de mí estaba aquella misma ventana de antes.
—Perfecta es la brisa de primavera, cuando el rocío de la mañana se disipa —le dije.
Aun así, no podía ver con claridad su rostro, aunque sabía que sonreía, complacido.
Las flores despedían su aroma, la brisa de la mañana era fresca y vivificante. Pero la niebla se hacía cada vez más densa. Miré su rostro con ansiedad, deseando saber quién era, pero toda su figura quedó envuelta en la niebla, invisible, irreconocible.
Extendí la mano, queriendo sujetarlo para preguntarle, pero en el instante en que mis dedos rozaron la esquina de aquella tela levemente fría, desperté de golpe.
Estaba aferrando la manga de Hengwen, y él se hallaba recostado contra la cabecera, con la cabeza ladeada, mirándome. Me incorporé apresuradamente.
—Tú… deberías dormir un poco más… Acuéstate otra vez.
—No soy un mortal —respondió Hengwen con pereza—. No soy tan débil. Después de un buen sueño, casi se me ha pasado el cansancio.
Este señor inmortal no pudo evitar preguntarle de inmediato:
—¿Dónde… aprendiste que los mortales son débiles?
—En los libros —bostezó Hengwen—. En cuanto a ese tipo de libros, los que solo tienen ilustraciones no son tan buenos como los que vienen con ilustraciones y texto.
¡Hengwen… él…! ¡¿Cuánta literatura erótica había leído?!
Hengwen bajó la mirada.
—¿Qué pasa con tu mano izquierda? Parece que no la puedes mover muy bien.
Me encontraba frotándome el meñique.
—Quizá me lo lastimé hace algún tiempo. Se siente un poco raro.
Desde la mañana había sentido un dolor punzante en la base del dedo, como si me hubiera cortado con un cuchillo. Hengwen tomó mi mano para examinarla y de pronto dijo:
—Voy a regresar primero a la Corte Celestial.
Se rio al ver mi expresión.
—No te alarmes. No voy a presentarme a declarar mi culpa. Es solo que encuentro demasiado forzadas muchas de las razones de tu descenso esta vez. Hay algo turbio en todo esto. Estoy pensando en ir a ver al Emperador de Jade para despejar esas dudas. En cuanto a la confesión de culpa… —las puntas de su cabello rozaron suavemente mi hombro— iremos juntos.
Jamás podría detener a Hengwen si él decidía volver al Cielo, así que solo dije:
—Está bien, entonces.
Siguiendo su ejemplo, me cubrí con la ropa y bajé de la cama. Le alisé los pliegues delantera de su túnica, y cuando Hengwen se dirigía hacia la puerta, se volvió ligeramente y preguntó:
—Song Yao, ¿quién crees que preparará nuestras pruebas de amor, del mismo modo que tú lo hiciste para Tianshu y Nanming?
Con una risa seca, respondí:
—No lo he pensado realmente.
Hengwen sonrió y, bañado por los rayos de la mañana, se volvió. Con un leve movimiento de sus mangas, se transformó en un haz de luz y desapareció.
Por un momento quedé allí, inmóvil, en la habitación vacía. Luego, con un suspiro, metí la mano en mi manga. Extendí una hoja de papel sobre la mesa y preparé un pincel con el que podía escribir sin tinta.
Al final, doblé mi trabajo –una hoja repleta de escritura– y recité un encantamiento. En el mismo instante, el papel se convirtió en una luz dorada y se desvaneció sin dejar rastro
Cuando descendí por primera vez al mundo mortal, el Emperador de Jade me la había otorgado en secreto. Se llamaba Memorial de Presentación. No importaba dónde estuviera: ese memorial podía llegar al escritorio del Emperador de Jade al instante.
Salí del estudio, frotándome las sienes. Hengwen no conocía las costumbres del mundo mortal; por eso aún actuaba sin pensar en las consecuencias.
Esa mañana, en el patio, faltaban Qingxian y el joven señor. ¿Cómo iba este señor inmortal a explicar su desaparición a los sirvientes y al pequeño Tianshu?
Por muy veloz que fuera Hengwen, no podría serlo tanto como aquel memorial.
En ese memorial informé al Emperador de Jade que el inmortal transgresor Song Yao había fallado a su decreto al comunicar en secreto información a Tianshu Xingjun. Además, había sucumbido ante el amor secular. Consciente de que no había excusa posible para un pecado tan imperdonable, me declaré culpable por propia voluntad.
Con el memorial enviado, el trágico destino de este señor inmortal quedó sellado. Sin duda no escaparía al castigo por haber intervenido en las pruebas de Tianshu, y, dado que ya sería enviado a la Terraza de Ejecución de Inmortales, ¿para qué arrastrar a Hengwen conmigo?
El precedente de Tianshu y Nanming estaba ante mis ojos. Así que pensé que, incluso si me desterraban de nuevo al mundo mortal, sería mejor que Hengwen permaneciera en la Corte Celestial a que ambos fuéramos exiliados.
Avancé por el corredor cubierto y me crucé con una doncella, que me saludó con una reverencia. Estaba considerando si debía ganar algo de tiempo diciéndole que la señorita Qingxian y el joven señor aún dormían y no debían ser molestados, cuando un sirviente joven corrió hacia mí, visiblemente alterado.
—S-señor, el salón principal… en el salón principal… debería ir a verlo, ¡rápido…!
Este señor inmortal se dirigió a grandes zancadas hacia el salón principal, donde un hombre y una mujer, situados en el centro, cayeron de rodillas al verme entrar. ¿Por qué habían regresado Qingxian y el flautista?
Seguían postrados en el suelo, llorando desconsoladamente ante mí. Con la delicada mano de Qingxian entre las suyas, el flautista sollozaba:
—Joven señor Song, usted es el gran benefactor de este humilde joven y de Qing’er. Cuando nos casemos, levantaremos una tablilla de longevidad en su honor y ofreceremos incienso ante ella cada día…
Ambos lloraban al unísono. Pero ¿por qué, en el nombre del Cielo, no se habían puesto a llorar ayer en el patio trasero en vez de venir hoy expresamente a hacerlo aquí?
Resignado, me incliné y los ayudé a levantarse.
—De verdad no merezco tal honor. La unión de dos amantes en matrimonio es la dicha más plena bajo el cielo. Este humilde servidor… este humilde servidor no ha hecho más que seguir la voluntad del Cielo.
Después de despedirlos, regresé al salón principal y vi al pequeño Tianshu de pie junto al biombo. Me miraba con ojos claros y brillantes.
—¿Por qué lloraban así Qingxian y ese hombre? —preguntó—. ¿Es eso el amor de los mortales?
Le despeiné el cabello con suavidad y tomé asiento.
—Así es.
—¿Pero no se supone que el amor hace felices a los mortales? —preguntó Tianshu—. Si es así, deberían sonreír. ¿Por qué lloraban, entonces?
—Cuando uno se involucra en algo así, hay tanto lágrimas como sonrisas —le expliqué.
Tianshu murmuró un «oh».
Di instrucciones a las sirvientas de no despertar todavía al joven señor, pues hoy parecía más dormilón de lo habitual. Ganaría todo el tiempo que pudiera.
Después del desayuno, Tianshu me preguntó en voz queda:
—¿Dónde está Hengwen?
—Se adelantó a la Corte Celestial—respondí con franqueza.
Tianshu frunció el ceño. Estaba a punto de explicarle con más detalle cuando, de pronto, una luz resplandeciente iluminó el interior de la estancia.
Beiyue Dijun apareció suspendido en el aire, al frente de cinco o seis soldados celestiales. Con voz fuerte y clara, proclamó:
—¡Song Yao Yuanjun! Estoy aquí por decreto del Emperador de Jade para conducirlo a usted y a Tianshu Xingjun de regreso a la Corte Celestial de inmediato.
Tianshu aún no comprendía lo que ocurría. Confuso, alargó la mano y se aferró con fuerza al frente de mis ropas.
Beiyue Dijun descendió al suelo y dijo con cortesía:
—Song Yao Yuanjun, por aquí, por favor.
Los soldados celestiales avanzaron hacia Tianshu, pero este señor inmortal dio un paso al frente, colocándose entre ellos.
—Dijun, le ruego que permita que Tianshu Xingjun permanezca a mi lado por el momento.
Beiyue Dijun le dirigió una mirada a Tianshu.
—Está bien.
Con una leve señal de sus ojos, los soldados retrocedieron y atravesaron la pared para inspeccionar los alrededores. Al cabo de un momento regresaron. Uno de ellos traía al zorro entre las manos.
—Para informar a su eminencia —dijo—, enviamos a esos mortales al mundo de los sueños. Cuando despierten, creerán que esta familia ya se ha mudado.
Beiyue Dijun asintió ligeramente con la cabeza.
—Vámonos.
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.