Levantarse temprano por la mañana y descubrir que su pequeño amante había desaparecido sin dejar rastro no era, evidentemente, nada agradable.
Los vasos sobre la mesa seguían boca abajo, tal como la noche anterior; los cojines del sofá seguían tirados aquí y allá como de costumbre, junto con suéteres y camisas abandonados sin ningún orden.
Salvo por la ausencia de aquella persona, todo en la casa estaba exactamente igual que la noche anterior.
¿El amante desaparecido?
Por un instante, Zheng Moyang sintió ganas de golpear el suelo con fuerza, a ver si algún cuadro se caía de la pared como en las películas.
Abrió el armario: la ropa seguía perfectamente colocada, tampoco faltaba ninguna maleta, pero sus efectos personales —el teléfono, las tarjetas bancarias— no estaban. Zheng Moyang se quedó un momento frente al armario con los brazos cruzados, y luego volvió a cerrar la puerta.
Este tipo, ¿no se habrá escapado de verdad solo porque no soportaba los ejercicios matutinos?
De todas las cosas que podía imitar, ¿tenía que copiar a los protagonistas de esas telenovelas melodramáticas que se van de casa? ¿Acaso creía que su paciencia era tan buena como para tolerar que un amante huyera con el dinero?
Zheng Moyang desayunó y vio las noticias como de costumbre, sin que la desaparición de su amante le afectara el ánimo en absoluto, pero faltaba en el sofá aquel gato de pelo largo tirado bostezando, y algo en la casa se sentía fuera de lugar.
Hasta las cinco de la tarde, el paradero de Feng Nuoyi seguía siendo un misterio total, y por fin empezó a tomarse el asunto en serio. Este tipo no sería tan tonto como para desafiarlo así, ¿verdad? Y pensar que lo creía inteligente.
Y de todos los días para escaparse, tenía que elegir precisamente hoy.
Justo cuando estaba pensando en emitir una orden de búsqueda, apareció un mensaje nuevo. Al abrir aquel avatar tan familiar, Zheng Moyang vio que su amante, desaparecido sin explicación, le había mandado un mini-programa.
El nombre del programa era directo y sin rodeos: “Regalo de Cumpleaños”. Zheng Moyang frunció el ceño mirando un momento la imagen de portada —un regalo envuelto con un lazo de raso rojo intenso— y soltó dos palabras: “Qué cursi”.
Al abrir el mini-programa, apareció saltando un muñequito estilo chibi que corría de un lado a otro por la pantalla cargando el regalo. A juzgar por el color de los ojos, aquel debía de ser el propio Feng Nuoyi.
Zheng Moyang lo tocó y el muñequito se detuvo, sosteniendo la caja del regalo hacia él. Volvió a tocarlo, y de la caja cayó una llave.
Al observar la forma de la llave, reconoció que era la de aquel auto de lujo que le había dejado conducir a su pequeño amante en otra ocasión.
No pudo evitar sonreír, tomó la llave y salió de casa.
El muñequito esperó dos minutos en la pantalla y luego desapareció; de golpe apareció un mapa en la pantalla, con un punto rojo parpadeando en una esquina. Al mismo tiempo saltó una solicitud para acceder a su ubicación, y Zheng Moyang aceptó.
¿Quería que fuera hasta ese lugar? Zheng Moyang arrancó el auto y salió del complejo residencial.
El paisaje del camino se volvía cada vez más familiar; condujo hasta el punto rojo y descubrió que era aquel terreno baldío al que lo había llevado la vez pasada.
A lo lejos, el puente elevado proyectaba una sombra gris bajo la luz de la luna; el silencio del anochecer, combinado con la vasta desolación sin nadie alrededor, era el lugar perfecto para matar a alguien y deshacerse del cuerpo.
Cuando el punto rojo que lo representaba a él coincidió con el destino, el mapa desapareció, y el muñequito chibi volvió a aparecer, arrastrando con esfuerzo un mapa dibujado a mano de forma tosca. Zheng Moyang logró reconocer, a duras penas, que aquella cosa parecida a una coliflor era un bosque, y aquella otra parecida a una mesa era el puente elevado.
Siguió las indicaciones del mapa hasta llegar al punto señalado, tocó el botón de “Llegué” que apareció, y el mini-programa terminó. Miró a su alrededor y vio en el suelo una caja envuelta con esmero; se agachó, la levantó, y notó que la envoltura era exactamente igual a la imagen de portada del mini-programa: sin duda, obra de Feng Nuoyi.
De pronto, escuchó el crepitar de una mecha encendida, y enseguida los fuegos artificiales se dispararon silbando hacia el cielo, estallando en deslumbrantes estrellas doradas. Casi al mismo tiempo, toda clase de fuegos artificiales se elevaron a su alrededor hacia las nubes, y el cielo oscuro se volvió, de repente, tan resplandeciente como un calidoscopio.
Se quedó de pie donde estaba, con la cabeza alzada, contemplando los fuegos artificiales que no dejaban de estallar.
—¿Te gustó? —una voz alegre llegó desde su lado.
Zheng Moyang sonrió levemente al ver a Feng Nuoyi, envuelto como un tamal, correr hacia él y lanzarse a sus brazos; el brillo de los fuegos artificiales se reflejaba en sus pupilas claras, como diminutas estrellas fragmentadas en el cielo nocturno.
—Qué escena tan clásica de declaración de amor —la punta de la nariz de Feng Nuoyi estaba un poco roja—. ¿Te gustó?
—Me gustó —Zheng Moyang le subió la capucha, cubriéndole las mejillas heladas.
—¿Te conmovió?— Feng Nuoyi lo miró lleno de esperanza—. Aunque el dinero de los fuegos artificiales lo pusiste tú.
El patrocinador, el señor Zheng, dijo:
—Me conmovió.
—La vez pasada que me trajiste aquí, pensé que era un lugar perfecto para lanzar fuegos artificiales; parece un territorio sin ley— Feng Nuoyi alzó el rostro, mirando las miles de estrellas que estallaban en el cielo nocturno—. Qué hermoso, hacía mucho que no veía fuegos artificiales.
—¿Esto es para que tú lo veas o para que yo lo vea?
—Es tu cumpleaños, por supuesto que los lancé para tib—dijo Feng Nuoyi, con voz agraviada—. Y hasta hice el mini-programa, le pedí a un compañero de Bellas Artes que diseñara los dibujos animados; desde que llegamos a Anting he estado ocupado con esto.
—¿No era la carta?
—Esas pocas líneas, ¿no se escriben en media hora? —Feng Nuoyi se frotó las manos—. La carta era solo la excusa; para hacerte venir hasta aquí de verdad me costó lo mío.
—Gracias —dijo Zheng Moyang—. Es el regalo más creativo que he recibido.
Se suponía que era un momento extremadamente tierno: noche de invierno, fuegos artificiales, campo abierto; según las reglas de los dramas románticos, en el siguiente segundo debería sacar una cajita de terciopelo y arrodillarse sobre una rodilla. Pero en cambio, Zheng Moyang dijo:
—Este mini-programa sería perfecto para un secuestro. Cuando alguien tiene que entregar el rescate, el secuestrador no necesita vigilar el camino en persona; basta con hacer que la otra persona siga las indicaciones del mini-programa.
En cuanto dijo eso, el ambiente romántico se destrozó de golpe, convertido en un viento del norte silbante. Lo que debía ser la declaración de amor de un estudiante de ciencias se transformó, en un abrir y cerrar de ojos, en un programa de noticias sobre criminalidad.
Feng Nuoyi gritó con desesperación:
—¡¿Por qué cada vez que ves una tecnología nueva lo primero que se te ocurre es usarla para cometer un delito?!
Zheng Moyang, sin darle importancia a la expresión de exasperación del otro, volvió a preguntar:
—Ese último botón, ¿si lo presiono de verdad se encienden los fuegos artificiales? ¿Cómo se logra eso?
¿Presionar un botón y encender la mecha? ¿Se creía que estaban en el set de una película de James Bond?
—En los festivales de fuegos artificiales de Japón sí se pueden controlar por computadora —dijo Feng Nuoyi, resignado—. Pero yo tengo tiempo y presupuesto limitados, no es tan sofisticado. Cuando presionas el botón, a mí me llega un mensaje avisando que ya llegaste, y los fuegos los enciendo yo mismo.
Zheng Moyang lo observó largo rato sin decir nada; por un momento, a su alrededor solo quedó el sonido de los fuegos artificiales estallando. Feng Nuoyi no logró leer nada en su expresión, así que se acercó un poco más:
—¿Qué pasa?
Zheng Moyang le tomó la mano y la cubrió con la suya:
—Llevas mucho rato esperando aquí, ¿no? ¿Tienes frío?
Feng Nuoyi volvió a mirarlo con esa expresión complicada; tras un momento de silencio, apretó la mano del otro con la suya:
—No, está bien, no esperé tanto.
—Eso no es propio de ti. Normalmente ya estarías quejándote conmigo, diciendo que se te congelaron las manos.
—¿No conoces la expresión “sufrir con gusto”? —dijo él—. Ahora, quedé vinculado con los fuegos artificiales.
—¿Vinculado?
—De ahora en adelante, cada vez que veas fuegos artificiales, te acordarás de lo de hoy —dijo—. Los recuerdos despiertan ante situaciones similares, es un instinto del cerebro. Tal vez para entonces ya no estemos juntos, ni sigamos pensando el uno en el otro, pero en el instante en que se oiga el estallido de los fuegos artificiales, podremos, a través de la distancia del tiempo y del espacio, recordar el mismo momento. ¿No es ese, acaso, el sentido de haberse encontrado?
Zheng Moyang sintió que su pecho parecía latir a toda velocidad, pero el sonido de los fuegos artificiales cubría todo, y no lo escuchó con claridad.
De pronto sintió una gran pena: pena de que se hubieran encontrado justo en este año destinado al olvido, pena de que, de ahora en más, ese recuerdo de los fuegos artificiales le perteneciera solo a él.
Entonces, un pensamiento lo golpeó de repente: ¿y si era precisamente esta persona? ¿Y si él era esa probabilidad tan cercana a cero?
Se quedó callado un buen rato; Feng Nuoyi lo observó con duda un momento y decidió cambiar de tema por iniciativa propia:
—Empecé a preparar todo desde la mañana; conectar todas las mechas fue bastante difícil. Cuando te levantaste y no me viste, ¿te asustaste?
Zheng Moyang no respondió a esa pregunta, ni pensaba contarle que había estado a punto de emitir una orden de búsqueda a nivel nacional. Solo señaló el regalo perfectamente envuelto y preguntó:
—¿Es para mí?
Feng Nuoyi asintió:
—Adivina qué es.
Entre el mini-programa, el festival de fuegos artificiales y el regalo, la escala de este obsequio de cumpleaños ya era bastante considerable. Zheng Moyang, por cortesía, sacudió un poco la caja y calculó su peso:
—¿No será algún aparato electrónico?
La sonrisa de Feng Nuoyi dejó claro que no había acertado en absoluto:
—Ábrelo y mira.
Zheng Moyang, complaciente, rasgó el papel de envoltorio; adentro había un libro nuevo, todavía sin abrir. Comparado con el resto del despliegue del regalo, aquel libro parecía completamente fuera de lugar.
Feng Nuoyi buscó a tientas su teléfono, encendió la linterna e iluminó la portada, señalando con el dedo la sección del autor:
—Este es mi libro.
Esta vez, Zheng Moyang sí se sorprendió de verdad:
—¿Publicaste un libro?
—Autopublicado.
Zheng Moyang observó con detenimiento la portada; el estilo del diseño era bastante refinado, evidentemente no era un diseño barato y genérico, y tenía bastantes ilustraciones; parecía una edición de tapa dura.
—¿Cuánto gastaste? —preguntó.
—Como unos doscientos mil —respondió Feng Nuoyi.
Aquello claramente no era el nivel de gasto normal de una autopublicación. Zheng Moyang suspiró:
—Por fin entiendo por qué estabas tan pobre.
Según el sueldo anual que había tenido Feng Nuoyi antes, cuatro años trabajando en una gran empresa tecnológica deberían haberle dejado, como mínimo, medio millón en ahorros; aunque llevara cuatro años sin trabajar, tampoco debería estar tan sin un centavo. Resultaba que todo aquel sentimiento se lo había gastado en esto.
—¿Te parece que fui un poco tonto? —Feng Nuoyi le dio unas palmaditas a la portada—. Solo sentí que mi esfuerzo debía verse bonito.
—Me pareces increíble.
Qué bien hablaba, pensó Feng Nuoyi, ¿acaso existía en este mundo algo que este hombre no supiera elogiar?
—Aunque —Zheng Moyang guardó el libro con una sonrisa—, pensé que el último regalo serías tú mismo.
A Feng Nuoyi se le puso la piel de gallina de golpe. ¿A su jefe le habían poseído el cuerpo? ¿Por qué de repente se le ocurría una trama tan cursi y trillada?
—Pensé que te ibas a poner orejas de gato, te pondrías algo especial, y me esperarías acostado en la cama.
—¡¿No me digas que de verdad has estado viendo esas telenovelas absurdas?!
—No hace falta verlas para saberlo, ¿no es esa la formación básica de un buen amante?
Feng Nuoyi le arrebató el libro de las manos, se lo puso sobre el pecho, y dijo muy seriamente:
—Te estoy entregando mi mundo interior. Ya te he contado mucho de mi pasado, pero esto puede hacer que me conozcas de verdad por completo.
Zheng Moyang lo observó en silencio un momento, y luego, con solemnidad, recuperó el libro y le dio un beso suave en los labios:
—Lo acepto.
En ese momento los fuegos artificiales se detuvieron; las últimas estrellas fugaces cayeron lentamente del cielo, y las afueras nocturnas recobraron su silencio original.
—Vamos de vuelta —Zheng Moyang le tomó la mano—. Estás temblando de frío.
—Ah, cierto —antes de dejar aquel santuario de fuegos artificiales, Feng Nuoyi recordó que le faltaba decir el deseo más importante—. Feliz cumpleaños.
—Gracias.
Feng Nuoyi respiró hondo el aire helado del invierno, y en lugar de calmarse, se animó aún más:
—Sí que sabes elegir la fecha, el día seis del primer mes lunar; un día más tarde y ya estarías trabajando.
Zheng Moyang le dio un beso en la punta de la nariz, pensando que mejor no le pedía que le cantara “Cumpleaños feliz”; que este recuerdo tuviera un cierre perfecto.
Después de una noche tan entrañable, Feng Nuoyi tenía esperanzas de un final igual de entrañable. Sin embargo, al volver al departamento, no logró escapar de las orejas de gato después de todo. Porque, según Zheng Moyang, él quedaba demasiado bien con orejas de gato; le debía ese cosplay al mundo felino.
Feng Nuoyi hundió la cara en las sábanas, puso los ojos en blanco, y decidió ignorarlo, sin ganas de discutir más.
A la mañana siguiente, las cortinas se abrieron temprano como de costumbre, y la luz del sol entró de forma cegadora. Feng Nuoyi, molesto, se envolvió más apretado en la manta, tratando de usarla como escudo contra la frialdad de Zheng Moyang.
—Levántate —sonó aquella voz despiadada.
Vaya, de verdad no había nada que hacer. Después de un cumpleaños tan conmovedor como el de ayer, el gran jefe todavía era capaz de endurecer el corazón y obligarlo a hacer ejercicio; qué corazón de piedra, sin remedio.
—¿No podemos descansar solo un día?
—Levántate —dijo Zheng Moyang—. Tenemos que ponernos en camino.
—¿Ponernos en camino? —Feng Nuoyi, completamente confundido—. ¿Camino hacia dónde? ¿Vamos a salir a pasear?
Zheng Moyang negó con la cabeza:
—A la montaña Lan.
—¿La montaña Lan? —la confusión de Feng Nuoyi solo aumentaba—. ¿Por qué?
—Vamos a convertir en realidad la historia de tu carta.
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.