Resulta que lo que el aviso había anunciado no era una catástrofe provocada por el hombre, sino un desastre natural.
Aquella zona de montaña era escarpada, el clima húmedo y lluvioso, y los deslizamientos de tierra eran frecuentes. A juzgar por la escena, el 12 de enero debía haber ocurrido un gran desastre natural.
—También tiene sentido —dijo Feng Nuoyi—. Quizás la divinidad sabía que una parte de la montaña era inestable y que los días previos al 12 hubo fuertes lluvias, así que…
Zheng Moyang asintió: —Mejor lo confirmamos.
Claramente no podían molestar al personal de rescate mientras trabajaba, así que Zheng Moyang miró a su alrededor y, entre los curiosos, eligió a la anciana de aspecto más amable. Se acercó y preguntó: —Perdone, ¿podría decirme qué ocurrió ayer?
La anciana levantó el rostro para mirar a Zheng Moyang; sus profundas arrugas parecían cicatrices grabadas en la piel. Frunció el ceño y no dijo nada.
Zheng Moyang hizo una pausa y volvió a hablar, reduciendo aún más la velocidad: —¿Entiende lo que le digo?
La anciana lo observó un rato más, y entonces abrió sus labios resecos y dejó escapar una sarta de palabras ásperas y rápidas.
Feng Nuoyi cayó en la cuenta: —Aquí es un pueblo yi, no hablamos el mismo idioma.
Aprender una lengua de una minoría étnica en tan poco tiempo era claramente imposible; los dos jóvenes con educación superior se miraron sin saber qué hacer.
—¿Quiénes son ustedes? —una voz clara y aguda interrumpió el silencio.
Feng Nuoyi se giró y vio a la chica que cargaba la leña, de pie detrás de ellos, con la cara manchada de barro y unos ojos tan brillantes que daban miedo. Quizás porque se había quitado la carga de encima, parecía mucho más alta.
—¿Hablas mandarín? —Feng Nuoyi se sorprendió.
Nota: En el texto original encontramos 汉语 (Hànyǔ) = literalmente “la lengua de los Han”, que es el término estándar en China continental para referirse al chino mandarín (la lengua oficial).
—Lo aprendo en la escuela —dijo la chica, colocándose delante de su abuela—. Mi abuela no entiende. ¿Qué quieren preguntar?
Con esa actitud, la chica no parecía dispuesta a alargar la conversación. Feng Nuoyi organizó sus ideas: —Disculpa, solo queríamos saber si ayer hubo un desprendimiento… quiero decir, si cayeron piedras de la montaña.
La chica lo miró fijamente por un momento, y luego respondió con descontento: —Sé lo que es un deslizamiento de tierra.
—Bueno —dijo Feng Nuoyi, rascándose la nariz con vergüenza—, ¿fue un deslizamiento de tierra?
—Sí —respondió la chica—. Cuando llueve varios días seguidos, pasa esto. Ha aplastado a mucha gente.
Esas aldeas solían ser clanes familiares, donde todos los hogares estaban emparentados de una forma u otra. —Lo siento —dijo Feng Nuoyi con tono grave—. Mis condolencias.
La chica se encogió de hombros, como si ese pésame protocolario no le importara, y se limitó a mirarlos en silencio, como diciendo que ya podían marcharse.
Como si el cielo quisiera acompañar el ambiente tenso, un trueno retumbó y grandes gotas de lluvia empezaron a caer. Feng Nuoyi miró a Zheng Moyang; este negó con la cabeza, indicando que no llevaban paraguas.
Los aldeanos se refugiaron en sus casas, y los senderos del pueblo quedaron vacíos. Algunos se asomaban a las ventanas para observar a los dos forasteros, curiosos por ver qué harían. Feng Nuoyi pensó que nunca había tenido que hacer de animal de exposición bajo la lluvia; vaya que ese día estaba lleno de primeras veces.
Zheng Moyang, sin prestar atención a las miradas, se agachó ligeramente y dijo con mucha suavidad a la chica: —Los tíos no tenemos paraguas. Si no es mucha molestia, ¿podríamos refugiarnos un rato?
La chica miró fijamente a Zheng Moyang sin pestañear, y al cabo de un rato asintió.
Feng Nuoyi se quedó impresionado: tener a un seductor de todas las edades al lado era muy útil en momentos clave.
La puerta de la casa de adobe era muy baja; Zheng Moyang tuvo que agacharse para entrar. El interior tampoco era muy amplio; su cuerpo alto apenas se movía y ya estaba a punto de derribar algo.
La decoración seguía siendo la de la centuria pasada: cama de tierra, brasero y fogón de leña. Había una mesa de madera en el lugar con mejor luz de la casa, junto a la ventana, y sobre ella, un cuaderno de ejercicios de matemáticas de noveno grado para las vacaciones de invierno. Feng Nuoyi, al ver el dibujo de la portada azul, viajó de repente a su tercer año de secundaria—bueno, en realidad él no tuvo tercero de secundaria.
La abuela murmuró algo y se fue a la habitación de atrás. De repente, solo se oía el golpeteo de la lluvia contra los marcos de las ventanas; un silencio abrumador. A juzgar por la situación, en esa casa solo vivían la abuela y la nieta, así que Feng Nuoyi preguntó: —¿Tus padres? ¿Están trabajando fuera, o han salido a trabajar y no han vuelto? —La pregunta sonaba demasiado a interrogatorio.
La chica parecía no tener interés en él; se sentó ante la mesa, abrió el cuaderno de ejercicios y se puso a hacerlos como si ellos no existieran, con una frialdad distante.
Feng Nuoyi, que desde pequeño se había salido con la suya gracias a su buena apariencia, no estaba acostumbrado a ese desaire. Se arrimó un poco a Zheng Moyang y dijo en voz baja: —Parece que en este pueblo la mayoría son ancianos y niños.
Recordando a la gente que los había observado en el camino, y los cabellos canosos que asomaban en las camillas, el pueblo exudaba un ambiente de vejez. Era lo habitual en las zonas pobres: los jóvenes se iban a trabajar fuera y dejaban atrás a los ancianos y a los niños.
—Qué difícil debe ser la vida aquí, sin comodidades y sin mano de obra en casa —dijo Feng Nuoyi, pensando en aquella leña de más de un metro; desde el punto de vista de la física era casi inexplicable cómo un cuerpo tan pequeño podía cargar tanto peso—. Y para ir y volver de la escuela, ¿tendrán que subir esa escalera todos los días? Dios mío…
Con sus pies sobre ese abismo, era como jugarse la vida para obtener conocimiento. Al lado de eso, cualquier historia de estudiosos que se colgaban de una viga o se hacían agujeros en la pared para leer parecía un método de estudio bastante seguro.
De repente recordó otra cosa: —¿Cómo pueden pagar la escuela?
—El trabajo contra la pobreza ha dado buenos resultados —dijo Zheng Moyang—. Además, la educación obligatoria ya es gratuita.
—¿No hay viviendas de reubicación? —preguntó Feng Nuoyi—. Viviendo en un lugar así, ¿cómo van a salir de la pobreza?
—Sí las hay —intervino de repente la chica—. Hay un terreno a las afueras del condado destinado a nosotros, pero mi abuela quiere quedarse en la casa vieja.
Feng Nuoyi, sintiéndose como una cotilla sorprendida en pleno chisme, dijo con una sonrisa avergonzada: —¿Te estamos molestando? Mejor me pongo en la puerta…
—No importa —la chica golpeteaba el bolígrafo contra la mesa—. De todas formas, estoy atascada.
—¿Hay algún problema que no sepas hacer? Puedo echarte un vistazo.
La chica lo miró de reojo: —¿Tú sabes hacerlos?
Feng Nuoyi conocía bien esa mirada: era la de una buena estudiante que no podía creer que alguien pudiera resolver un problema que ella no entendía, y se negaba a aceptarlo.
—No es por presumir, pero esto es justo mi especialidad —Feng Nuoyi, encantado de ser útil, se acercó a la mesa y se inclinó—. Geometría plana…
Para una niña de esa edad, el carisma de un buen estudiante era infinito. A medida que Feng Nuoyi avanzaba en la explicación, la actitud de la chica se suavizaba visiblemente; cuando terminó con un conjunto de técnicas de resolución, su expresión rayaba casi en la admiración.
—Qué increíble —dijo con sincera admiración.
Feng Nuoyi, feliz de haber sido útil, inició el intercambio de halagos: —Eres muy lista, reaccionas rápido; en cuanto lo explico, lo entiendes.
La chica correspondió al elogio con entusiasmo: —El tío debió de sacar muy buenas notas.
Feng Nuoyi, con falsa modestia, respondió: —Bueno, más o menos. Si estudias bien, seguro que entras en una buena escuela.
Era una frase hecha, un cumplido genérico; normalmente, el alumno elogiado sonreía, daba las gracias, y el ritual social concluía. Pero la chica no siguió el guion. Solo dijo: —El instituto ya es de pago.
Feng Nuoyi sintió un remordimiento inmediato. Quizás era su mentalidad de persona privilegiada: daba por sentado que con suficiente capacidad se podía conseguir todo lo que uno quisiera. En realidad, el promedio de años de educación en el país no llegaba a diez; haber llegado hasta tercero de secundaria en Lanshan ya era una suerte enorme; hablar de más parecía un lujo.
Pero, en realidad, la matrícula del instituto no era tan cara. ¿Acaso sus padres, trabajando fuera, no podían pagar la escuela de su hija?
De todas formas, en medio de aquel aguacero, después de un trabajo tan pesado, sentada junto a la ventana con la poca luz del día, haciendo los deberes con esmero, que esa niña abandonara la oportunidad de seguir estudiando para emprender el mismo camino que sus padres y marcharse lejos a trabajar sería una pérdida demasiado grande.
—¿Se puede recibir correo en tu pueblo? —preguntó de repente Feng Nuoyi—. O mejor, dame la dirección de tu escuela.
La chica lo miró con recelo: —¿Para qué?
Buena capacidad de prevención; la maestra le había enseñado bien. Feng Nuoyi asintió con satisfacción y extendió el meñique: —¿Quieres hacer un trato conmigo?
—¿Qué trato?
—Si consigues entrar en el instituto, yo pagaré la matrícula —dijo Feng Nuoyi—. Y si llegas a la universidad, también estaré encantado de seguir apoyándote. Pero solo pago la matrícula, ¿eh? Y cuando la pague, quiero ver el recibo oficial de la escuela.
Los ojos de la chica se abrieron como platos; parecía un animalito electrocutado, llena de asombro e incredulidad.
Zheng Moyang comentó sin emoción: —Tú, que estás casi en la ruina, ¿y todavía piensas en hacer caridad?
—Son unos pocos miles al año; en cualquier momento los gano. ¿Acaso estás insultando a mi alma máter?!
Mientras los dos discutían, la chica seguía en estado de shock. Feng Nuoyi, al ver que la interesada aún no reaccionaba, pensó que su oferta había sido demasiado brusca, y añadió unas cuantas explicaciones más: —Sé que suena sospechoso, pero yo soy de los que creen que el estudio cambia el destino. No soporto ver a una buena estudiante sufrir. Piensa lo que quieras…
Esperaba que ella se negara, pero al instante siguiente la chica le agarró la mano con tal fuerza que Feng Nuoyi dio un respingo y contuvo el aliento.
—¿De verdad? —los ojos de la chica brillaban—. ¿De verdad? ¿De verdad?
No hacía más que repetir esas palabras, aferrándose a la mano de Feng Nuoyi como si soltarla significara perder aquella esperanza para siempre.
El brillo en sus ojos era tan ardiente que a Feng Nuoyi le dio un vuelco el corazón.
—De verdad. Primero escríbeme la dirección y tu nombre —dijo Feng Nuoyi apretando los dientes—. Afloja un poco la mano, que la del tío se va a romper.
La chica lo soltó rápidamente, escribió unas líneas en un papel, lo arrancó y se lo entregó.
—Tienes buena letra —dijo Feng Nuoyi mirando el papel—. Si tienes un sueño, persíguelo sin miedo.
—Sí —la chica apretó el puño—. Quiero entrar en la Universidad P.
Como si a un personaje de cómic se le hubiera ido el color, la figura de Feng Nuoyi se apagó de repente. Con una expresión que decía “qué mala elección”, dijo, a regañadientes: —Bien, bien.
—Cuando cumpla dieciocho, podré trabajar yo misma —dijo la chica—. Para la universidad, yo busco la forma.
Feng Nuoyi negó con la cabeza: —Trabajar te va a consumir mucha energía; si llegas a clase todos los días agotada, no rendirás bien. No todo el mundo es como el protagonista de una serie, que trabaja de día y estudia hasta la madrugada. El tiempo en la universidad es muy valioso; creo que no deberías gastarlo en trabajos físicos. Lo más importante es estudiar bien las asignaturas. Con una buena formación profesional, a partir de segundo o tercero puedes empezar a hacer prácticas; esa experiencia te será mucho más útil para tu futuro laboral.
Hizo una pausa y añadió: —Cuando encuentres un buen trabajo, me devolverás el dinero mucho más rápido.
Los dos estuvieron hablando largo rato sobre este asunto de la ayuda. Durante todo ese tiempo, Zheng Moyang se mantuvo en silencio a un lado, observando con el rostro impasible.
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