Inesperadamente, unos días después, quien tocó el timbre no fue Gu Lin, sino los padres de Shang Yu, a quienes Shi Wen no conocía.
Como se esperaba del Duque del Imperio, incluso estando frente a este apartamento ordinario, parecía tener el aura de comandar miles de tropas. Shi Wen sintió que esos ojos de halcón lo estaban viendo a través de ellos.
Ya fuera de pie o sentado, Shi Wen se sentía incómodo, así que se sirvió dos tazas de agua caliente.
«Lamento no poder atenderlos como se debe.» dijo Shi Wen. En realidad, en el armario todavía quedaban dos bloques de hojas de té1, pero ese té, delante del duque y la duquesa, claramente no era nada del otro mundo.
«¿Eres Shi Wen?» La duquesa era muy encantadora, vestía de manera impecable y tenía un porte delicado y elegante. Sólo las líneas finas en las esquinas de los ojos revelan un leve indicio de envejecimiento.
«‘Con la pluma congelada da pereza escribir poemas nuevos, junto a la estufa fría el buen vino se calienta a cada rato’2. Es de verdad un buen nombre que encaja con la persona. Se nota que es un chico dulce», dijo la duquesa, y en su entrecejo parecía haber acumulado mucha tristeza.
«Shang Yu», dijo en voz baja, el corazón de Shi Wen tembló y el Duque del Imperio sentado a su lado resopló pesadamente cuando escuchó el nombre.
«Te ha causado un montón de problemas. Con este hijo mío, a medida que va creciendo, nuestros corazones se van distanciando cada vez más… Shi Wen, su estado actual es muy malo, todos estamos muy preocupados por él. Como madre, te suplico de todo corazón que vayas a verlo, ¿está bien? Ayúdame a convencerlo.»
Todos dicen que un padre tigre no tiene un hijo perro3, así que no se entiende cómo un hijo que criaron tan bien puede estar debatiéndose entre la vida y la muerte por puras cosas del amor.
Shi Wen miró a la mujer que tenía enfrente, cuyos ojos mostraban cansancio y tristeza, y las palabras para rechazarla simplemente no le salieron de la boca.
«Lo entiendo.»
«Gracias, hijo», suspiró la duquesa.
Después de despedirlos, Shi Wen se sentó en el sofá y se quedó mirando embobado las cajas y cajas de tónicos que había traído el repartidor. Él también intentó devolverlos, porque al fin y al cabo estas cosas eran carísimas y no se veían normalmente en las tiendas. Pero el repartidor solo dijo con disculpa: —Este es mi trabajo. El hecho de que no las hubieran sacado delante de él era seguro por miedo a que Shi Wen no supiera cómo rechazarlas y se armara un momento incómodo. De verdad que… estaba mal si las aceptaba y también estaba mal si no las aceptaba. Si las aceptaba, se quedaba comprometido con ellos, pero si no las aceptaba, era como darles una bofetada sin querer. Siendo un duque de todo un país, no tenía lógica que alguien viniera a rechazarle un favor.
Shi Wen suspiró. Había estado suspirando cada vez más estos últimos días, como si cuanto más intentaba distanciarse de Shang Yu, más los ataba una red invisible. Cuanto más luchaba, más se apretaba el lazo, desgarrándole la piel.
Realmente duele.
Shi Wen pensó. Su corazón ya era un páramo desolado, pero la sombra de Shang Yu lo atormentaba constantemente. Desde lo de Gu Lin… Tras esas palabras aquel día, no podía dejar de pensar en Shang Yu. Pensaba en él mientras hacía los deberes, mientras comía, e incluso en sus momentos de ensimismamiento, parecía verlo ante sus ojos. Se encerró en aquella pequeña habitación, cerrando la puerta con fuerza, reprimiendo el impulso de correr a verlo. Pero… no esperaba que vinieran los padres de Shang Yu. La condición de Shang Yu… ¿es realmente tan mala?
Quizás… debería ir a verlo. Sería bueno aclarar las cosas…
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