Después de que Feng Nuoyi se topara con su archienemigo de la universidad y, sin medir sus propias fuerzas, le diera una paliza al otro, Zheng Moyang había dicho que lo mandaría a aprender boxeo.
Ese plan todavía no se había concretado cuando ya habían puesto pie en la hermosa y polvorienta tierra de Lanshan.
Era evidente que, en esa zona remota sin alumbrado público ni sistema de alcantarillado, donde todo el transporte se hacía a pie, no podía haber ningún entrenador de boxeo, y Feng Nuoyi se sintió aliviado de haberse librado de esa.
Quién iba a imaginar que, al segundo día de llegar, Zheng Moyang lo arrastraría hasta un almacén que parecía perfecto para retener a un rehén, con un saco de boxeo colgado de la viga.
—Yo te enseño —Zheng Moyang le lanzó los guantes de boxeo, quién iba a pensar que entre el equipaje había metido algo así, y Feng Nuoyi los recibió contra el pecho.
Cuando el jefe Zheng decía que iba a enseñar, era enseñanza de verdad. El entrenamiento básico de fuerza lo dejó medio muerto de cansancio, y el entrenamiento de resistencia a los golpes fue una masacre unilateral. Al aprender los movimientos básicos, solo con la postura básica lo estuvieron reprendiendo durante media hora, tanto que en su primer combate práctico, aun con todo el equipo de protección puesto, seguía esquivando con timidez.
—¿Por qué me tienes tanto miedo? —Zheng Moyang, al ver su expresión encogida, encontraba aquello incomprensible.
—¿Puedes usar un poco menos de fuerza?
—Ni siquiera estaba usando toda mi fuerza.
—Hace un momento me tenías inmovilizado en el suelo golpeándome —le recordó Feng Nuoyi—, como si fuera una cucaracha.
—Tampoco es que no te haya dado oportunidades, ¿por qué no lanzas golpes?
El cabello de Feng Nuoyi estaba empapado de sudor, colgando en mechones sobre su frente, algunos incluso goteando; si en ese momento sus manos no hubieran estado atrapadas por los guantes, de verdad habría querido agarrar al otro del cuello y gritarle “¡yo también quiero pero no puedo!”.
—Bueno— Zheng Moyang, al verlo medio moribundo, finalmente se apiadó de él, se acercó y le desató las vendas de las manos—, descansa.
Feng Nuoyi, con las manos aún como garras, lo miró desatar las vendas mientras preguntaba con curiosidad:—Con lo ocupado que estás con el trabajo, ¿de dónde sacaste tiempo para entrenar?
—Después de empezar a trabajar, claro que no tengo tiempo; esto lo practiqué cuando estaba en la escuela— Zheng Moyang movió el saco a un rincón—. Un vecino era profesor de educación física, colega de mi madre, muy cercano a nuestra familia. A él le gustaba el boxeo y el sanda, aprendí con él durante varios años, participé en el Campeonato Nacional Juvenil de Artes Marciales.
—Grandísimo jefe, creo que tienes que reconocer mis limitaciones —Feng Nuoyi intentó disuadirlo—. Mi explosividad es de verdad muy mala, sobre todo la fuerza de la cintura y el abdomen, ¿no crees que eso es fatal en un deporte como el boxeo?
—No hace falta que ganes ningún premio, es solo para defensa personal—, la mirada de Zheng Moyang recorrió su cintura un momento—. Ya me había dado cuenta de que tienes poca fuerza en el core (fuerza en la musculatura de la parte central del cuerpo).
Feng Nuoyi movió un poco las muñecas ya desatadas y fue a la cocina a calentar agua para bañarse. Eso era lo malo de la vida a la antigua: había que pasar media hora con su propio sudor pegajoso encima. Mientras metía leña en la estufa, el teléfono sonó en un momento de lo más inoportuno; Feng Nuoyi tocó la pantalla, y la voz apremiante de Gu Chengying salió de golpe:—¿Dónde estás?
Feng Nuoyi se quedó sin palabras; apenas ayer había tenido esa conversación sincera con el padre, y hoy este ya venía corriendo hacia allá:—Así te vas a ver muy desesperado.
—No importa.
Feng Nuoyi preguntó con tono de advertencia:—¿Compraste lo que te pedí que trajeras? Con lo rápido que llegaste, ¿tuviste tiempo de comprarlo?
—¡Sí lo compré! ¡Fui especialmente a una tienda de artículos para exteriores! ¡De verdad que no confías nada en mí!
Feng Nuoyi bajó la mirada hacia la camisa pegada a su pecho y murmuró, descontento:—¿Y si me esperas un rato a la entrada del pueblo? Me baño y voy.
—¡¿Quién te va a esperar?! ¡Apúrate, el auto hacia la Escuela Primaria de Banpo está a punto de irse!
—Prefieres el amor a la amistad.
—Lo mismo digo de ti.
Feng Nuoyi se agarró el pelo con las manos, indignado, y lo retorció, y aun así logró exprimirle agua. Se secó el cuerpo de cualquier manera con una toalla y salió por la puerta con desánimo. Antes de llegar a la entrada del pueblo, ya vio de lejos la figura conocida bajo el árbol.
—7X50, prisma de techo, apto para poca luz —el otro le lanzó una caja que llevaba en la mano.
—No entiendo nada de eso —Feng Nuoyi la atrapó con torpeza.
El otro pareció recién tener un momento libre para mirarlo, y se sorprendió al verlo empapado:—¿Te caíste al río?
—Son penas de amor, tú no lo entenderías.
El otro puso una expresión de “esto me da escalofríos”, como si él mismo no fuera un tonto sumergido hasta el cuello en el amor. —Hablando de eso—, Gu Chengying se acordó de alguien largamente olvidado—, ¿has visto las últimas transmisiones en vivo de Lin Xiao?
—No, aquí la señal es pésima, los videos siempre se traban— Feng Nuoyi sopesó la caja en sus manos—. ¿Qué le pasa?
—Se ríe de una manera repugnante en sus transmisiones —comentó Gu Chengying con frialdad—, con esa cara de enamorado, seguro que ya tiene novia.
—Ya le advertí— Feng Nuoyi suspiró—, pero ya se sabe que no sirvió de nada.
En aquel momento, Feng Nuoyi le había dicho a Lin Xiao, con tono preocupado, que en el futuro podría acercársele una mujer de belleza deslumbrante, tentarlo con dinero, iniciar con él un romance apasionado, y luego abandonarlo sin piedad. Feng Nuoyi había recalcado especialmente esa última parte, “sin piedad”.
Sin embargo, ese tipo solo había escuchado la primera mitad:—¡¿Existe algo tan bueno?!
—Arrastrar a una mujer de buena familia hasta el fango, o querer redimir a una mujer de mala vida, parece ser una inclinación instintiva en los hombres —le dijo Feng Nuoyi al fotógrafo Gu—. Parecen tener la ilusión de que, con ser lo bastante sinceros, lo bastante excepcionales, podrán cambiarlas; en realidad, no es más que un amor no correspondido que ellos mismos se inventan.
—Es verdad.
Gu Chengying en verdad quería preocuparse un poco por el futuro de su viejo compañero, pero en ese momento su capacidad mental ya no tenía espacio para acoger la vida sentimental de una tercera persona. Con un espíritu optimista de “confío en que saldrá de esto”, le hizo un gesto de despedida con la mano a Feng Nuoyi, indicando que ya se iba corriendo.
—Já —Feng Nuoyi, sosteniendo la caja de pie en la esquina del camino, escupió con desdén dos palabras—: los hombres.
La llevó a la habitación, se bañó, y al volver vio a Zheng Moyang sentado al borde de la cama, con sus dos piernas largas y esbeltas cruzadas, jugueteando con esa caja, como si le interesara bastante lo que había dentro.
—Eso es un regalo para ti —Feng Nuoyi, protector, tomó la caja y la abrazó, sentándose a su lado.
El cuerpo recién bañado desprendía un leve aroma a coco; Zheng Moyang dejó de pensar en la caja y se inclinó para besarle el rabillo del ojo:—¿Hoy es alguna fecha especial?
Feng Nuoyi respondió con un tono de profundo asombro:—Hoy es el Día No Festivo.
Eran solo tres palabras sencillas, pero juntas resultaban completamente incomprensibles:—¿Qué es el Día No Festivo?
—Ahora hay demasiados días festivos, el Año Nuevo Chino, el Qingming, la Navidad, y encima está el Día del Océano, el Día de los Dientes, el Día del Libro, todo el año, quedan muy pocos días que no sean festivos —dijo con tono solemne—, así que hay que celebrarlo.
Zheng Moyang soltó una risa que no paraba:—Solo a ti se te ocurre algo así.
Hizo ademán de tomar su regalo, pero Feng Nuoyi le sujetó la mano:—El lugar no es el correcto, sígueme.
Zheng Moyang salió, llevado de la mano. Ya había pasado la puesta de sol, el crepúsculo se hundía poco a poco, la oscuridad iba engullendo las montañas que parecían un cuadro de tinta china. Los dos caminaron abrazados por el camino de tierra, adentrándose hacia lo profundo del bosque.
Zheng Moyang le advirtió con toda intención:—Aquí podría haber serpientes.
Esa frase surtió un efecto extraordinario; la persona a su lado soltó de inmediato un grito de decibeles nada bajos, que hizo alzar el vuelo, agitados, a toda una bandada de pájaros en un árbol. Le apretó el brazo con fuerza, como si hubiera echado raíces sobre su cuerpo.
Zheng Moyang le pellizcó los dedos que le apretaban el brazo, para que aflojara un poco; si seguía así, con la circulación cortada, ese brazo terminaría inutilizado:—No pasa nada, las serpientes de aquí no son venenosas.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijeron los aldeanos de aquí —dijo Zheng Moyang, divertido—. Con lo miedoso que eres, y aun así te atreves a meterte en el bosque.
—De día no se veía tan aterrador —Feng Nuoyi bajó la voz, como si un volumen más alto fuera a atraer reptiles—. ¿Qué más dijeron? Aunque no sean venenosas, una mordida igual duele mucho, y aquí el hospital queda tan lejos.
—Se exprime la sangre cerca de la herida y se le pone un poco de povidona yodada, y ya está.
—Aun así suena poco seguro —dijo Feng Nuoyi, preocupado—. En este pueblo casi todos son ancianos; si una herida se infecta, ¿qué se hace? Ni siquiera hay quién pueda cargar a alguien hasta el hospital.
—Sí las hay —dijo Zheng Moyang—. En el banquete de cumpleaños conocí a varios jóvenes que decían que antes trabajaban en el sur, pero su jefe desapareció con el dinero, así que ahora volvieron a cultivar la tierra. Todos tienen teléfono, y hasta usan la aplicación de nuestra empresa para ver a chicas influencers.
Feng Nuoyi chasqueó la lengua:—Ya los está devorando la vida moderna.
Zheng Moyang, sin parecer preocupado en absoluto por los reptiles, más bien dudaba si Feng Nuoyi sabía adónde iban:—¿A dónde vamos exactamente?
—A un claro más adelante, ahí estuve charlando con Gu Chengying la última vez, me pareció un paisaje bonito.
—Es de noche, ¿qué paisaje se puede ver?
—Shh —Feng Nuoyi apagó la linterna y señaló hacia adelante—. Mira.
Puntos de luz débiles y verdosos flotaban en el aire, como los ojos de la noche. Al sentirse perturbados por las voces humanas, temblaron un par de veces y salieron volando hacia lo profundo del bosque.
—Llevaba muchos años sin ver luciérnagas —le dijo Feng Nuoyi al oído a la persona a su lado—. Pensé que, con lo bueno que es el ambiente aquí, seguramente las habría.
Zheng Moyang le apretó la mano y le recordó en voz baja que tuviera cuidado con el camino bajo los pies. Después de caminar un rato por el bosque disperso, llegaron al claro donde había estado antes.
—Bien —Feng Nuoyi volvió a encender la linterna, agitándola con orgullo—, ábrelo a ver.
Zheng Moyang rasgó el sencillo papel de envoltura:—¿Unos binoculares?
—7X50, prisma de techo, apto para poca luz —repitió Feng Nuoyi, imitando lo que había oído—. Dicen que es bueno para observar estrellas.
Zheng Moyang esbozó una leve sonrisa, se llevó los binoculares a los ojos y alzó la vista hacia el cielo tranquilo de la noche.
Sin la interferencia de ninguna luz artificial, el cielo estrellado entre las montañas era hermoso como un sueño exquisito. Estrellas que brillaban o se apagaban intermitentemente salpicaban con descuido el telón negro, rodeando la Vía Láctea que se derramaba sobre las montañas silvestres. La franja de luz de un violeta pálido parecía una grieta que rasgaba el cielo, cargada de la inmensidad y el misterio del universo, sobrecogiendo cada par de ojos que se alzaba a contemplarla.
—¿Puedes reconocer alguna constelación? —preguntó Feng Nuoyi.
—No —dijo Zheng Moyang—. Pensé que tú sí sabías.
—Mi hermano genio sí sabe —Feng Nuoyi suspiró—. Es todo un experto, pero tampoco puedo hacer que me señale las constelaciones a distancia.
Los dos, mirando esas constelaciones cuyos nombres ninguno podía identificar, asintieron con complicidad: simplemente admirarían la belleza de la naturaleza y ya.
Feng Nuoyi le puso los binoculares en las manos con solemnidad, como si fuera una ceremonia de traspaso entre líderes de estado:—Así, cuando veas las estrellas en el futuro, también te acordarás de mí.
Se rió por ese plan tan malicioso, y Zheng Moyang se inclinó para rozarle los labios con un beso:—Aunque no las vea, de todos modos me acordaría de ti.
—Tienes que llevar siempre contigo los binoculares, ¿eh? —Feng Nuoyi lo miró con esos ojos de “prométemelo, prométemelo ya”, con toda la extensión del cielo estrellado reflejada en sus pupilas, de verdad era difícil negarse—. Después del reinicio, también tienes que comprarte unos.
Aunque no quería aguarle la fiesta, Zheng Moyang de todos modos le señaló la realidad:—En la ciudad es muy difícil ver las estrellas.
Contra todo pronóstico, Feng Nuoyi frunció el ceño:—No te lo estaba dando para que vieras las estrellas.
—¿Entonces por qué me regalas unos binoculares?
—Simplemente quise regalarte unos binoculares —Feng Nuoyi le dio unas palmaditas al instrumento de precisión en sus manos—. Chaplin dijo que, si se mira la vida con una lupa, la vida es una tragedia, pero si se mira con un telescopio, la vida es una comedia.
Zheng Moyang sonrió:—¿Estos binoculares vienen con una actitud ante la vida incluida?
Bajo los lentes, las comisuras de sus labios se alzaron en alto, dejando ver una mandíbula delicada y adorable, de esas que dan ganas de tocar con un dedo:—No, es solo algo parecido a un amuleto, quiero que seas feliz todos los días.
Como amuleto, resultaba demasiado voluminoso. Aun así, Zheng Moyang extendió la mano, sujetó el cuerpo del instrumento y, poco a poco, se lo retiró del rostro.
—Lo recibo —dijo, con un tono suave y solemne.
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