Chaeyi, creyendo que la reacción de Junseong no había sido más que una simple sorpresa, continuó hablando.
—Desde antes ya me parecía un poco raro. Siempre está sonriendo, pero sus ojos son tan fríos y aterradores como si quisiera matar a alguien… A veces hasta parece que el propio sunbae estuviera muerto. Me daba escalofríos.
Al oír aquello, Junseong desvió la mirada, como intentando evitar sus ojos.
Tal como decía Chaeyi, él mismo había pensado algo parecido cuando conoció a Hanseo por primera vez.
Claro que eso pertenecía al pasado.
Ahora sabía que, en los ojos de Do Hanseo, había mucho más calor que frialdad, así que sintió el impulso de defenderlo.
—Quizá simplemente nació con esa mirada. Además, ahora ya no es así.
—Es porque tú no te das cuenta. No son solo sus ojos los que dan miedo. —Chaeyi se estremeció, como si un escalofrío le hubiera recorrido el cuerpo—. No hay una sola persona que haya entrenado con ese sunbae y haya salido ilesa. Hubo un sunbae al que le dio una patada en el protector y acabó con la cabeza abierta camino al hospital. Y otro compañero terminó sangrando porque, incluso después de partirle el shinai durante un combate, siguió lanzando una estocada. ¿Y después de todo eso se queda sonriendo él solo? ¿Te parece normal?
Aquello sí que era imposible de defender.
Al ver que Junseong guardaba silencio, Chaeyi se aferró a su brazo.
—¡Tú también lo viste! ¡Cuando los zombis nos perseguían, ese sunbae no dejó de sonreír ni un momento! ¡Incluso cuando estuvimos a punto de morir, ni siquiera le cambió la expresión!
—Chaeyi, eso…
—¡Y encima solo te mira a ti!
La voz de Junseong, que intentaba tranquilizarla, se detuvo en seco. Podía sentir cómo la mano con la que Chaeyi sujetaba su brazo temblaba.
—Es como si… como si quisiera devorarte… Nunca había visto a ese sunbae mirar a alguien como si fuera una presa…
La comisura de las cejas de Junseong se crispó. Sabía que Chaeyi siempre había tenido muy buen ojo para las personas. Pero que hubiera llegado a darse cuenta de algo tan evidente en tan poco tiempo…
¿Cuánto tiempo había pasado observándolo?
«Do Hanseo… voy a tener que decirte que dejes de mirar así a la gente.»
Chasqueó la lengua para sus adentros y dio unas suaves palmadas sobre la mano con la que Chaeyi seguía sujetándolo.
—Ese tipo… No sé cómo lo veas tú, pero para mí es un aliado en el que puedo confiar completamente. Es una buena persona.
Chaeyi se mordió con fuerza el labio y alzó la mirada.
—¿Ya olvidaste que antes también dijiste algo parecido y acabaste recibiendo una puñalada por la espalda? ¡¿Cuántos de esos ‘aliados de confianza’ siguen contigo?! ¡Aparte del hermano Daeuk, todos desaparecieron!
Aquellas palabras dieron exactamente en el blanco.
Se quedó sin respuesta. Era como si una vieja herida que aún permanecía dentro de su pecho hubiera empezado a arder otra vez.
Al ver que el rostro de Junseong se ensombrecía, Chaeyi comprendió que había metido la pata.
Movió los labios un instante antes de disculparse.
—…Lo siento. No quería hacerte recordarlo. Pero, hermano, lo que intento decir es…
—Estoy bien. No hace falta que te preocupes. —Forzando una sonrisa, Junseong habló con suavidad—. A menos que yo desaparezca… ese tipo jamás hará algo así.
…Jamás.
Do Hanseo nunca abandonaría a la única persona que compartía su pasado. Aunque quisiera traicionarlo, la única persona capaz de cambiar el pasado, el presente y el futuro de Hanseo era él.
Y lo mismo ocurría con aquello que mantenía bajo control los impulsos de Hanseo.
El amo y el perro.
Tal como el propio Hanseo había dicho… Él era el amo de ese perro.
Un perro domesticado jamás podía traicionar por voluntad propia a su dueño.
Por eso… Podía confiar en él.
“Si me abandonas… me moriré”.
Recordó aquellas palabras que Hanseo le había dicho en otra ocasión y dejó escapar una pequeña risa.
Intentando aliviar el ambiente, Junseong comenzó a revolverle el cabello a Chaeyi con brusquedad.
—Por cierto, ¿ya se te pasó el enojo? Te duró bastante.
—¡Ah! ¡Te dije que no me despeinaras así! —Chaeyi apartó su mano y comenzó a acomodarse el cabello con los dedos.
Aunque le lanzó una mirada de reproche, la frialdad habitual de su expresión había desaparecido por completo. En ese momento parecía una niña.
—…Nunca estuve enfadada.
—Claro que sí. Por eso pasaste más de dos meses sin llamarme y dejaste todos mis mensajes en visto.
—No… No fue porque estuviera enfadada. Es que no sabía qué decirte… —Vaciló unos segundos antes de suspirar—. El hermano Daeuk me contó todo. Aquel día no habías salido simplemente a reunirte con alguien… Era porque te habían ofrecido el puesto de entrenador, ¿verdad? ¿Por qué no me lo dijiste?
Junseong cerró la boca con fuerza mientras clavaba la mirada en la puerta de la habitación.
Le había insistido tanto a Daeuk que todavía no se lo contara… Y al final había terminado diciéndoselo todo.
Era el aniversario de la muerte de sus padres. Aunque vivieran separados, siempre habían prometido pasar juntos ese día, pero aquel año… Junseong había roto la promesa.
La oferta de trabajo como entrenador de un famoso equipo profesional había llegado de improviso.
Y, precisamente, la otra parte había fijado la reunión para hablar del tema el mismo día del aniversario.
Después de retirarse tras haber sufrido una injusticia, Junseong no había conseguido trabajo en ninguna parte.
No estaba en posición de pedir que cambiaran la fecha ni la hora. Necesitaba trabajar.
Con el dinero que había ganado como jugador profesional no le alcanzaba para garantizar el futuro de Chaeyi hasta que terminara la universidad.
Siempre le había impedido aceptar trabajos de medio tiempo para que se concentrara únicamente en estudiar.
Quería seguir siendo para ella un hermano fuerte… Y, de alguna manera, también hacer de padre.
Aceptó la oferta. Pero no empezaría a trabajar inmediatamente.
Su labor como entrenador comenzaría al año siguiente y el contrato ni siquiera se firmaría hasta varios meses después.
Todo podía terminar cancelándose.
No quería ilusionarla con algo que quizá nunca ocurriera. Era una cuestión de orgullo. Por eso solo le dijo que tenía una ‘reunión’.
Y, después de aquello… Chaeyi dejó de hablarle.
Quizá, si ella lo hubiera enfrentado directamente o se hubiera enfadado con él, habría terminado contándole toda la verdad.
Pero Chaeyi eligió soportarlo sola.
Pensó que, si había un motivo importante para asistir a aquella reunión, algún día su hermano se lo explicaría. Y, si al final no era nada importante, también creyó que debía comprender que, después de tanto tiempo encerrado, él quisiera salir a reunirse con otras personas.
Solo que… Si hablaban antes de que lograra ordenar sus emociones, estaba segura de que acabaría gritándole.
Temía reprocharle por haber elegido precisamente el aniversario de sus padres. Temía decir cosas de las que luego se arrepentiría.
Así que decidió evitar el contacto durante un tiempo y ese “tiempo” terminó convirtiéndose en más de dos meses.
Cuando escuchó por fin las razones de Junseong, Chaeyi se sintió avergonzada por haberse obstinado tanto tiempo.
Bajó la cabeza.
—Aunque saliera bien o mal… deberías habérmelo contado.
—¿Y si no salía bien? Qué vergüenza.
—¿Qué vergüenza ni qué nada, tonto?
Frunciendo el ceño, Chaeyi le dio un fuerte golpe en la frente. El sonido fue tan limpio que dolía casi tanto como si se lo hubiera dado un hombre musculoso.
Junseong se cubrió la frente dolorida con una mano mientras hacía una mueca.
Chaeyi, completamente segura de sí misma, declaró:
—Jamás me ha dado vergüenza nada de lo que hayas hecho. Y, aunque hubiera salido mal, solo significaría que esos idiotas no supieron valorar lo que tenían delante. No tienes por qué preocuparte.
—Pero…
—Y lo mismo con lo de tus sueños. Si vuelves a ocultarme algo en lugar de decírmelo… la próxima vez no será un dedo lo que salga volando.
Ante aquella amenaza, Junseong bajó la mirada hacia el puño cerrado de su hermana.
Desde pequeños, los puños de Chaeyi habían sido muchísimo más temibles que los suyos.
Si le daba un golpe de verdad… No acabaría solo con un chichón.
Aun así, había algo que seguía sin poder contarle.
Y, de todas las cosas que se tragaba… La más grande de todas era, sin duda… Do Hanseo.
Después de tranquilizar por completo a Chaeyi, Junseong abrió la puerta pensando en los dos que seguían esperándolos fuera.
Entonces…
¡PUM!
—¡Ugh!
Un ruido pesado fue seguido por el gemido de alguien.
Junseong giró la cabeza hacia el sonido.
Junto al sofá del salón había dos personas enredadas en el suelo.
Mirando mejor…
Hanseo estaba sentado sobre la cintura de Daeuk, que permanecía boca abajo, inclinado hacia su rostro.
—¿Qué están haciendo?
Sorprendido, Junseong se acercó rápidamente. Solo entonces Hanseo se apartó de Daeuk y se puso de pie. Cuando se volvió para mirarlo, su expresión era tan tranquila como siempre.
—Mmm… Estábamos conversando un momento.
—¿Qué clase de conversación se tiene de esa forma?
Junseong le dio un ligero golpecito en el pecho, como si lo estuviera regañando, antes de extender una mano hacia Daeuk para ayudarlo a levantarse.
—¿Estás bien? Sonó bastante fuerte.
—Sí, no me hice daño. Ya sabes… Los hombres solemos conversar así. —Daeuk sonrió como si no hubiera pasado nada.
Mientras tanto, casi por costumbre, se llevó una mano al cuello.
Sin embargo… Su mirada seguía fija, afilada, sobre Hanseo.
Después de comprobar que Daeuk realmente estaba bien, Junseong levantó la vista y fulminó a Hanseo con la mirada.
—Las conversaciones se tienen hablando. No abalanzándote encima de la gente. Siéntate y usa las palabras.
Le habló igual que un adulto reprendiendo a un niño. Hanseo levantó ligeramente las comisuras de los labios e inclinó la cabeza.
—Pero contigo también nos entendíamos cuando me te echaba encima…
—¿Quieres callarte? —Junseong le cortó la frase con un gruñido.
Hanseo lo contempló con una expresión que parecía encontrarlo adorable.
Mientras tanto… Las otras dos personas presentes observaban aquella escena con una mezcla de desconcierto e inquietud reflejada en sus ojos.
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