—¡Ah…!
Las nalgas sujetas entre las dos manos de Hanseo se tensaron con fuerza. Junseong tragó saliva al sentir cómo el interior, que ya estaba estimulado, se llenaba por completo y cómo el calor ardiente de sus nalgas era tan intenso como el del orificio, que ya estaba hinchado.
Hanseo bajó la mirada hacia las nalgas de Junseong, que engulleron su miembro hasta la raíz. Tenía una expresión feroz.
Las redondas nalgas, enrojecidas por las palmadas y el calor. Su propio miembro encajado entre ellas sin dejar el menor espacio.
Para Hanseo, aquello era un estímulo tan intenso que era imposible no perder la cabeza.
Era una excitación distinta a la que sentía al embestir a Junseong, mientras veía su rostro; un deseo diferente se alzaba en su interior. Uno que hacía imposible quedarse quieto.
El miembro de Hanseo, que había salido de un tirón como si fuera a arrancar consigo las paredes internas del ano, volvió a penetrarlo con violencia, como si quisiera empujar hacia dentro el orificio que se aferraba obstinadamente a él mientras lo seguía.
La humedad que cubrió tanto las paredes internas como a su miembro actuó como un lubricante, permitiendo que volviera a entrar sin dificultad. Sin embargo, para Junseong que era quien lo recibía, era como si la oscuridad cubriera su vista para luego despejarse de golpe una y otra vez.
Entre el insoportable volumen y el sufrimiento que provocaba aquel objeto grande y ardiente, surgía un placer tan intenso que hacía estremecer todo su cuerpo. Cada vez que rozaba su próstata, se le escapaba un gemido agudo de forma involuntaria, y cuando la aplastaba mientras golpeaba lo más profundo de su interior, un hormigueo que nacía en la punta de sus pies atravesaba su cabeza, dejándolo completamente aturdido.
—¡Ah…! ¡Hngh! ¡Ugh… aaah…!
Al igual que los gemidos empapados que no podía evitar dejar escapar sin siquiera cubrirse la boca, de su propio orificio también brotaban sonidos húmedos y obscenos.
Sus nalgas, que se habían vuelto aún más blandas tras recibir los golpes, emitían un sonido seco y húmedo cada vez que chocaban contra la piel de Hanseo.
Todos aquellos sonidos que salían de su propio cuerpo llenaban por completo el baño, y la vergüenza que le provocaban impedía que Junseong pudiera abrir los ojos o levantar la cabeza.
Lo curioso era que, al tener bloqueada la vista, los sonidos se oían todavía con mayor claridad.
Sin proponérselo, sintió que quizá podía comprender un poco mejor a los zombis.
Mientras era atravesado una y otra vez por aquella feroz arma que embestía rápida y violentamente, las piernas con las que apenas conseguía mantenerse en pie comenzaron a temblar como si fueran a ceder de un momento a otro. Si Hanseo no le hubiera sujetado firmemente la cadera con ambas manos mientras no dejaba de embestir, las piernas se le habrían doblado por completo tras apenas un par de estocadas.
Como la postura de Junseong seguía desmoronándose, Hanseo levantó una mano.
¡Paf!
—¡Hah!
Las nalgas de Junseong, que se mecían sin fuerzas con cada embestida, volvieron a tensarse de golpe.
Comparado con lo fuerte que sonó el golpe, el impacto fue menor, pero como volvió a golpear exactamente el mismo lugar que ya había recibido un castigo, era imposible que aquella piel no estuviera extremadamente sensible.
Al tensarse con fuerza desde las nalgas golpeadas hasta los muslos, el efecto también se transmitió naturalmente al miembro de Hanseo, que permanecía atrapado dentro. El orificio, que hasta entonces se movía suavemente a su alrededor, lo apretó con tanta fuerza que parecía querer cortarlo por completo, mientras las paredes internas se contraían frenéticamente, estrechándolo de forma tan deliciosa.
Ante aquella inesperada presión y el intenso placer que la acompañó, la respiración de Hanseo se quebró sin remedio.
Excitado, Hanseo descargó la mano sobre la otra nalga. Las nalgas, que apenas comenzaban a relajarse, volvieron a tensarse de inmediato con un fuerte sonido.
—¡Ah…!
Las nalgas, que se habían vuelto tan rojas como los labios de Junseong al gemir, temblaban lastimosamente. En los ojos de Hanseo, que las contemplaban desde arriba, se mezclaban una locura difícil de describir, sadismo y un deseo oscuro y muy profundo.
—Hic… ngh…
Junseong, que permanecía encorvado con la cabeza baja, dejó escapar un gemido parecido a un sollozo.
Sin sacar pene del interior, donde seguía enterrado hasta la raíz, Hanseo inclinó el cuerpo y extendió la mano hacia el rostro de Junseong. Le sujetó la barbilla y le obligó a girar la cabeza; gruesas lágrimas caían una tras otra de sus ojos.
—Deja… de pegarme, maldito… loco… Me duele…
Al verlo llorar mientras tragaba saliva y sollozaba, tan hermoso como estaba, aquello que ya era lo bastante grande volvió a palpitar dentro de las ardientes paredes internas, aumentando aún más de tamaño.
Sorprendido por la presión que aumentaba en su interior, las lágrimas que apenas se sostenían en los grandes ojos de Junseong terminaron por rodar una tras otra.
—Parece que nuestro amo está decidido a volver loco a este maldito hijo de puta, ¿verdad?
—Ugh… ¿De qué… estás hablando…? ¡Haaah!
El cuerpo de Junseong giró sobre sí mismo, igual que cuando había caído boca abajo sobre la bañera. Solo que esta vez fue obligado a girar bruscamente mientras seguía tragándose el miembro, haciendo que toda la pared interna se rozara de un extremo a otro.
Al dar media vuelta, su próstata fue aplastada sin piedad y las paredes internas fueron raspadas frenéticamente hasta provocar una sensación casi insoportable de cosquilleo; lanzó un grito silencioso.
Tras girar por completo, Junseong quedó tendido boca arriba, con la cabeza cayendo débilmente por fuera del borde de la bañera. Aunque quería levantarla, estaba demasiado exhausto para reunir fuerzas, de modo que lo único que pudo hacer fue jadear, dejando completamente expuesta su nuez de Adán.
En esa posición, Hanseo continuó embistiendo de verdad. Colocó cada una de las piernas de Junseong sobre sus hombros y comenzó a penetrarlo sin la menor misericordia, llenando el baño con el sonido de sus embestidas.
—¡Hah… ah…! ¡Ha… aaah…!
Después de recibir embestida tras embestida, llegó un momento en que lo único que quedaba por debajo era placer.
El escozor que se extendía cada vez que la carne golpeaba contra sus nalgas se transformó en un hormigueo agradable, una sensación muy parecida a la que producían las paredes internas al rozarse rápidamente contra el miembro.
Cada vez que ese cosquilleo se aliviaba por un instante debido a los impactos y la fricción, un placer feroz lo recorría. Le aterraba pensar que, si seguía siendo penetrado así, terminaría perdiendo la cordura por un placer que ni él mismo sería capaz de soportar.
—Ugh… Do Han… seo… ngh… más despacio… haa… basta… ugh…
Apenas lograba pronunciar aquellas palabras entre gemidos cuando algo irrumpió de pronto en su boca. Por la sensación de cómo presionaba su lengua y la removía, debía tratarse de los largos dedos de Do Hanseo.
Como si quisiera impedirle hablar, Hanseo introdujo el índice y el dedo medio en la boca de Junseong y los movió por encima de su húmeda lengua como si lo estuviera besando.
—Ojalá también hubiera tenido una polla en la mano. ¿No crees?
Ante aquel escalofriante comentario de Hanseo, Junseong quiso preguntarle qué demonios estaba diciendo, pero los dedos que removían el interior de su boca le impedían hablar correctamente. En su lugar, como acto de rebeldía, mordió con fuerza todos los dedos de Hanseo de una sola vez.
—Haa…
En vez de un gemido de dolor, lo que escuchó fue una exhalación grave y placentera.
Aunque no lo mordió con suficiente fuerza como para hacerlo sangrar, sí lo bastante para dejar marcadas las huellas de sus dientes durante un instante. Sin embargo, lo único que recibió a cambio fueron unas embestidas todavía más rápidas, alimentadas por la excitación, y unos dedos que se movían con aún mayor destreza.
—No duele. Muérdeme hasta hacerme sangrar.
Mientras sentía los dientes de Junseong clavándose en sus dedos, Hanseo experimentó un estremecimiento. Más que dolor, era el hormigueo natural que producía la presión sobre la piel lo que estimulaba todavía más su deseo.
—Muérdeme fuerte, como un maldito perro que se resiste.
—¡Mmh!
Entre los dedos que había metido en la boca de Junseong, sujetó la lengua, la atrapó y tiró de ella. Después hundió los dedos hasta la base de la lengua y presionó con fuerza, haciendo que la nuez de Adán de Junseong se moviera visiblemente mientras gemía.
La nuez de Adán, húmeda bajo la luz del baño, parecía una fruta viva.
Como si hubiera quedado completamente hechizado por aquella hermosa nuez de Adán que sobresalía con elegancia, Hanseo acercó el rostro hacia ella. Primero la acarició suavemente con la punta de la lengua, haciéndole cosquillas, y enseguida entreabrió los labios. La nuez de Adán, que no dejaba de moverse transportando gemidos, quedó atrapada por completo dentro de la boca de Do Hanseo.
—¡Ah!
Con un fuerte tirón de la piel, crac, la mordió con fuerza, arrancándole un agudo grito.
Cuando apartó los labios, alrededor de la nuez de Adán habían quedado grabadas con claridad las marcas de sus dientes, rodeándola por completo. Aunque la nuez seguía moviéndose cada vez que tragaba saliva o dejaba escapar un gemido, lo hacía únicamente dentro del área donde habían quedado impresas la mordida, así que aquello le resultó suficientemente satisfactorio.
Hanseo sacó los dedos de la boca de Junseong y sostuvo la parte trasera de su cabeza. La cabeza, que antes colgaba sin fuerzas, volvió a levantarse, y Junseong se encontró frente a Hanseo con los ojos empañados por las lágrimas y el placer.
El rostro descompuesto de Junseong avivó el deseo retorcido de Hanseo.
Las marcas de dientes en su nuez de Adán, mordida como si fuera un zombi; sus pequeños pezones, hermosamente endurecidos; su adorable miembro, que no dejaba de estremecerse y sacudirse en ese mismo instante; sus nalgas, enrojecidas como si fueran a estallar…
No había una sola parte de él que no resultara excitante.
De entre todas ellas, lo que más llamaba la atención era la ligera protuberancia que sobresalía en la parte baja de su abdomen.
Hanseo exhaló un aliento agitado mientras apoyaba la mano sobre el bajo vientre de Junseong. A través de la fina piel de su abdomen sintió con toda claridad, bajo la palma de su mano, el duro objeto que lo levantaba desde dentro.
—Ugh… ah…
Cuando presionó con fuerza el bajo vientre con la mano, comprimiendo lo que había en su interior, Junseong se estremeció y se retorció.
Hanseo se relamió antes de sacar su miembro; el relieve del abdomen volvió a hundirse. Pero, en cuanto volvió a embestir de un golpe, la protuberancia se alzó otra vez, como si fuera a atravesar la piel y salir al exterior. Cada vez que eso ocurría, de la boca de Junseong escapaban gemidos aún más intensos que hasta entonces.
El estremecimiento de su próstata, aplastada sin piedad tanto por dentro como por fuera, se transmitía con total claridad al miembro de Hanseo.
—¡Espe…! ¡Hic! ¡Quita la mano…! ¡Aaah…!
Dominado por un placer excesivo que parecía golpearle directamente la cabeza, Junseong forcejeaba sin fuerzas. Sin embargo, muy distinto a lo que deseaba, la mano que lo presionaba terminó apretando con aún más fuerza, arrancándole un grito. Cada vez que era penetrado mientras le oprimían el bajo vientre, una extraña sensación parecía apoderarse no solo de todo su cuerpo, sino también de su mente. Aquella sensación se entrelazaba con un placer extremo, obligándolo a emitir gemidos incontrolables.
—¿Lo sientes? La polla de este maldito perro te está hurgando justo aquí. Si la meto un poco más profundo, hasta te va a romper la piel del abdomen y va a salir por fuera, ¿no crees?
—Hic… n-no… quiero… ah… ¡Basta…! ¡Ugh… ah…!
—¿Que no quieres? Mierda. Si ya estás escurriéndote como un perro.
El líquido que se había acumulado en el miembro de Junseong ya había formado un pequeño charco sobre el dorso de la mano de Hanseo, la misma con la que le presionaba el abdomen.
Como Hanseo sostenía la cabeza de Junseong con la otra mano, este no tuvo más remedio que contemplar aquella escena casi a la fuerza, y todo su cuerpo tembló por una mezcla indescriptible de vergüenza y excitación. Incluso en ese momento, su miembro seguía moviéndose, embriagado por el placer.
Entre los labios rojos de Hanseo asomó una lengua de un rojo intenso que se deslizaba lentamente. Igual que un perro salvaje hambriento frente a su presa, un hilo de saliva transparente resbaló por la comisura de sus labios.
—A estas alturas… ¿Quién dirías que es el perro, eh?
Quiso responder: ‘Tú, obviamente.’ Pero antes de que pudiera hacerlo, lo único que salió de su boca fue otro húmedo gemido.
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