Dos semanas después de que terminara la boda, la fundación ya había encarrilado su funcionamiento, y Zhèng Mòyáng, sin ánimo para seguir administrando un negocio que no le interesaba, decidió regresar sin dudarlo a la capital; los dos pasaron una temporada tranquila en las afueras de Pekín.
Luego, en una mañana cualquiera de principios de otoño, le anunció a Féng Nuòyī que se iría a pasar una temporada a Estados Unidos.
—Tiene que ver con el rumbo de mi carrera este año —dijo—, este año, después del reinicio.
—Está bien —Féng Nuòyī tocó con la punta del pie la maleta en medio de la habitación—, ¿de verdad no puedo meterme dentro de esa maleta para que me lleves contigo?
—Voy a estar muy ocupado, no podré prestarte atención —Zhèng Mòyáng le revolvió el cabello despeinado—. Ya te has hecho una idea de cómo soy cuando trabajo, ¿no?
—Está bien —le rodeó el cuello con los brazos, alzó la cabeza y le robó un beso—. Te haré llamadas muy indecentes.
Zhèng Mòyáng se echó a reír:
—Toma en cuenta la diferencia horaria, no me llames de noche, hora de Pekín, o no podré trabajar en todo el día.
—¿Entonces tengo que llamarte en la mañana? Eso es demasiado injusto para mí, ¿qué hago yo con el resto de mi día?
Zhèng Mòyáng le recordó que todavía tenían un acuerdo laboral olvidado en algún rincón, según el cual su tiempo debía someterse a las disposiciones del propio Zhèng Mòyáng. Esa era la razón por la que Zhèng Mòyáng insistía en conservar ese contrato: en ciertas ocasiones especiales, podía usar las cláusulas del acuerdo para ponerse en ventaja.
Malvado capitalista.
—Está bien —Féng Nuòyī chasqueó la lengua—, en la mañana entonces.
Se suponía que era un momento tierno, pero de pronto, con un “clic”, Zhèng Mòyáng le colocó algo alrededor de la muñeca.
Miró hacia la derecha, y sus pupilas se contrajeron de golpe:
—¿Una pulsera de actividad física?
—Acuérdate de correr —Zhèng Mòyáng le ajustó la hebilla—. Tus datos de ejercicio diario se enviarán automáticamente a mi teléfono; ni un metro menos está permitido.
Esto es exactamente igual que antes, carajo, ¿entonces de qué me sirve que te vayas al extranjero?!
—Puede registrar la frecuencia cardíaca en tiempo real, así que ni se te ocurra colgarla en algún lado para inflar el conteo de pasos—. Zhèng Mòyáng, con toda calma, destruía lo poco que le quedaba de voluntad—. Claro que, si encuentras la manera de hackear el programa y falsificar los datos, no tendré nada que decir.
Féng Nuòyī soltó las palabras apretando los dientes:
—Lo voy a intentar.
Zhèng Mòyáng le acarició suavemente la espalda, alisándole el pelaje figurado:
—Cuídate bien, no te quedes todo el tiempo tirado y flojo en casa.
—Tengo cosas que hacer —giró la muñeca con incomodidad—. Quiero ir a visitar a esa niña.
—¿Quién? —Zhèng Mòyáng tardó un momento en reaccionar—. ¿La niña a la que patrocinas?
—Sí, me dijiste que la incluiste en el programa “Cumpliendo Sueños” de la fundación.
—Así es —preguntó Zhèng Mòyáng—, ¿por qué quieres verla?
—Tú dijiste que crear un vínculo con una persona en concreto motiva más a la gente; voy a comprobar esa hipótesis —dijo—. Voy a ver qué cambios ha traído la donación para ella, a ver si eso me anima a donar más.
Zhèng Mòyáng sacó su teléfono y le envió una serie de números:
—El encargado del proyecto tiene su información de contacto, puede organizar un encuentro entre ustedes.
Luego se inclinó y le dio otro beso:
—Bueno, todavía tengo un vuelo internacional que alcanzar.
—Puedo llevarte al aeropuerto —le guiñó un ojo—. Gritaré tu nombre en el control de seguridad, y diré llorando: “te espero a que vuelvas”.
—Mejor no —Zhèng Mòyáng, sonriendo, lo soltó, y arrastrando su maleta caminó hacia la puerta—, no quiero terminar siendo la noticia principal de mi propia aplicación.
Féng Nuòyī lo acompañó hasta la puerta, y cuando ya no podía verlo más, de pronto notó que tenía algo parecido a un trozo de cartulina rígida en el bolsillo. Lo sacó para mirarlo: era un separador de libros hecho con una flor del paraíso seca. Junto con eso venía una nota: “Intenté sembrar flores del paraíso en el jardín, pero fracasé. Esta la compré en la florería. Dijiste que tenía el color de mis ojos”.
Durante todo el trayecto hacia el aeropuerto, el chofer no dejaba de mirar por el retrovisor a su jefe, preguntándose de qué se estaría riendo.
Féng Nuòyī, de regreso solo a Lánshān, comprendió de pronto que lo interesante nunca había sido el tren de vagones verdes, sino la persona con la que solía viajar en él; ir solo, dando tumbos durante horas en un vagón lleno de olor a ajo, era una experiencia cercana a la tortura.
Estiró sus extremidades entumecidas y llegó a la Primera Escuela Secundaria del condado de Lánshān.
Era sábado por la tarde, y los estudiantes tenían medio día libre. Se quedó de pie a la entrada de la escuela, recorriendo con la mirada la multitud en busca de ese rostro conocido. Menos mal, la niña lo reconoció primero a él, porque incluso con lentes de contacto, su visión apenas se corregía a 5.1.
No sabía si era porque ya no tenía la presión de recoger leña, o porque estaba en plena etapa de crecimiento, pero se veía bastante más alta; con aire genial, se metió las manos en los bolsillos e hizo un gesto de asentimiento hacia Féng Nuòyī:
—Hola.
—Cuánto tiempo sin verte —dijo Féng Nuòyī—. Como no tienen tiempo libre muy seguido, mejor vamos directo a comer algo, podemos hablar mientras tanto.
La niña se debatió un momento y dijo:
—Cerca de aquí abrieron una nueva tienda de postres.
Se sentaron en la modesta tiendita, con un letrero afuera de fondo amarillo y letras rojas que decía “Palabras Dulces”. Féng Nuòyī pidió sencillamente un té con leche natural, y observó a la niña frente a él, que bebía con satisfacción su sagú con leche de coco.
Así que el té con leche finalmente había llegado también a esta pequeña ciudad.
—¿Cómo va la vida en la secundaria? —Féng Nuòyī picaba con el popote las perlas del fondo del vaso.
—Las matemáticas son difíciles —dijo ella—. Se siente como si fuera de otro nivel comparado con la primaria; últimamente hay muchas cosas en clase que no entiendo bien.
—Ah… —él alzó la cabeza, confundido—. ¿Qué se veía en el primer semestre de primero de secundaria, otra vez?
—Funciones —ella soltó lentamente el popote—. ¿Todavía te acuerdas?
El ritmo de la clase de talentos especiales era distinto al de una secundaria normal, así que él en realidad no tenía ni idea de qué se enseñaba en primero de secundaria.
—Ya se me olvidó casi todo —bebió un trago táctico de su té con leche—, fue hace ya muchos años. Pero de algo sí me acuerdo bien: el contenido de ciencias al inicio de la secundaria es el más difícil de todos.
—¿De verdad?
—De verdad —dijo con la voz más firme que pudo—. Química inorgánica, las leyes de Newton, eso ya es la cumbre de toda la secundaria. Después todo se vuelve cada vez más fácil, te lo prometo.
La niña soltó un largo suspiro:
—Pensé que ya no tenía remedio.
—Cómo crees —dijo Féng Nuòyī—. Tú eres parte de ese cinco por ciento.
—¿Qué?
—Tu director de la primaria me dijo una vez que solo el cinco por ciento de los estudiantes de aquí logra seguir estudiando sin rendirse, sin abandonar el esfuerzo —dijo él—. Ese cinco por ciento, en cualquier lugar del mundo, ya forma parte de la cima de la pirámide. Tienes que creer en ti misma.
—¿En serio? —la niña recuperó un poco de ánimo.
—Y además —Féng Nuòyī alargó la voz, intentando sonar misterioso—, te tengo preparado un paquete especial.
—¿Qué es?
—Mi colección personal de ejercicios de secundaria —sacó de su bolso un fajo de materiales de referencia—. Cada uno de estos lo resolví por completo en su momento; te garantizo la calidad y el nivel de los ejercicios, sin duda harán tu estudio mucho más eficiente.
¿Por qué esto suena tanto a un comercial?
La niña se quedó mirando fijamente ese montón de cuadernos de ejercicios, y después de un buen rato, extendió la mano y, dudando, los tomó:
—Gracias.
Féng Nuòyī suspiró:
—Vaya, resulta que cuando uno mismo es el que da las cosas, se siente mucho mejor.
Karma va, karma viene, de generación en generación, sin fin.
—La vida en la secundaria es monótona y también dura —dijo él—, pero mirando hacia atrás, esa etapa fue bastante plena.
La niña alzó la cabeza y le lanzó una mirada de reojo:
—No es dura.
Los recuerdos de juventud de Féng Nuòyī quedaron interrumpidos, y se sintió algo desconcertado:
—¿No es dura?
—Estoy haciendo lo que mejor se me da —abrazó los cuadernos contra su pecho—. De las que se graduaron conmigo, algunas ya se casaron y hasta quedaron embarazadas, con la panza abultada lavando ropa y cocinando en casa. Otras se fueron a trabajar fuera, de pie más de diez horas al día en una línea de producción. Yo ahora estoy feliz, me gusta resolver ejercicios en el salón de clases.
La persona frente a ella se quedó un instante desconcertada, y luego mostró una sonrisa muy hermosa:
—Perdón, en realidad no tengo ninguna autoridad para transmitirte experiencias de vida como si fuera un veterano.
—No, no, para nada, de verdad te lo agradezco… —la niña fue golpeada de lleno por esa sonrisa—. Darme dinero…
—Gracias a ti por darme las gracias.
Cuando la niña regresó a la escuela, él se quedó de pie en la esquina, observando su espalda alejarse durante un buen rato.
Era verdad, después de todo, pensó; establecer un vínculo con una persona en concreto hace que el sentido de logro se sienta más real y tangible; un individuo de carne y hueso conmueve mucho más que millones de cifras frías.
Debería contarle esto a Zhèng Mòyáng.
Féng Nuòyī sacó su teléfono, y solo entonces se dio cuenta de que en ese momento era la madrugada, hora de la Costa Este de Estados Unidos, así que tuvo que desistir. Caminó de un lado a otro frente al hotel, y de pronto recordó que todavía tenía dos conocidos en el condado, así que llamó a Hán Chén.
—Bienvenido —la voz de Hán Chén sonaba ligera, como si lo ocurrido tres meses atrás no hubiera dejado ninguna sombra—. Justo mañana hay una clase de experiencia laboral, puedes venir a verla.
Por supuesto que le encantaría, como buen inútil, pasar una clase de carpintería junto a los niños, así que a la mañana siguiente trotó hasta la parada del autobús —maldita pulsera de actividad física— y, mientras esperaba, aprovechó para hacerle una llamada apropiada a Zhèng Mòyáng.
—Tenías razón, esto es mucho más efectivo que un simple recuerdo conmemorativo —se paró de espaldas al viento, con el abrigo inflándose hacia arriba por las ráfagas—. Aunque no creo que mucha gente tenga tiempo de venir hasta aquí.
—Claro —dijo Zhèng Mòyáng—, pero escribir una carta de agradecimiento y tomar algunas fotos también tiene su efecto.
Se recostó contra el poste de la parada de autobús:
—¿Cómo va el trabajo?
—Muy interesante —esa era, probablemente, la máxima calificación que daba Zhèng Mòyáng—. Este año me voy a dedicar a esto.
—Qué bien —preguntó Féng Nuòyī—, ¿alguna otra novedad?
Zhèng Mòyáng lo pensó un momento y respondió:
—Hace un par de días pasé por el Parque Washington, había una banca llena de jóvenes fumando marihuana.
Ese tema era realmente difícil de continuar, así que Féng Nuòyī se quedó en silencio; luego, como si el otro tuviera que ir a asearse, se dieron las buenas noches y colgó.
El autobús llegó con retraso, como un anciano agonizante que apenas se arrastraba; él bajó de la parada y subió al vehículo. Después de dos horas de tormento físico y mental, llegó a la Escuela Primaria de Nàwān.
Hán Chén lo saludó agitando la mano desde la entrada de la escuela, y ambos se dieron un abrazo propio de viejos amigos reencontrados.
—Adivina qué traje —le tendió la mochila.
—¿Nǎigài? —Hán Chén abrió mucho los ojos—. ¿De dónde sacaste esto?
(*Nota): 奶盖 (nǎigài) es el “cobertura de queso/nata” que lleva el té con leche, esa capa espumosa y ligeramente salada que se pone encima de la bebida.
—Abrieron una nueva tienda de té con leche en el condado, el nombre es bastante cursi, pero la receta está a la vanguardia —Féng Nuòyī la siguió hacia el interior—. Puedes calentarlo un poco en agua caliente si quieres.
—No hace falta, tampoco hace tanto frío —insertó el popote en el vaso, ligeramente deformado—. Así ya está delicioso.
Cuando ambos entraron a la oficina del director, Chén Niàndōng todavía estaba absorto corrigiendo exámenes, con las arrugas de su entrecejo tan profundas que podrían contener la Fosa de las Marianas. Alzó la cabeza, y su mirada se dirigió rápidamente hacia esa rareza que llevaba Hán Chén en las manos:
—¿Té con leche?
—Mira —Hán Chén sonrió, dándole un empujoncito a Féng Nuòyī—, ¿cómo es que otros lo consiguen tan fácilmente?
Ese comentario llevaba un tono de reproche, prueba de que la relación entre los dos se había vuelto mucho más cercana que antes. Féng Nuòyī se sentó en una silla y preguntó cómo iba el nuevo semestre.
—El comedor se terminó de construir durante las vacaciones de verano —dijo Chén Niàndōng—. Dale las gracias de mi parte al presidente Zhèng.
Féng Nuòyī miró de reojo su pulsera:
—Bien, dentro de seis horas se lo diré.
Los tres charlaron un rato de cosas sin importancia, y Féng Nuòyī sacó a relucir un tema que le preocupaba mucho:
—¿Cómo está la seguridad por aquí?
Chén Niàndōng comprendió de inmediato lo que quería decir, e intercambió una mirada extraña con Hán Chén, como si hubiera algo difícil de expresar con palabras:
—Durante estos meses que no estuviste, pasaron algunas cosas.
—¿Cosas? —la mirada de Féng Nuòyī se movió de un rostro a otro—. ¿Qué cosas?
—El factor de peligro desapareció.
—¿Desapareció? —Féng Nuòyī tuvo un presentimiento vago de que lo que vendría a continuación rompería la tranquilidad de su vida. En ese instante, deseó poder pulsar el botón de avance rápido, e ir directo hasta el final de este año. Que terminara así, sin más; así sería perfecto.
—Esos dos hombres murieron —dijo Hán Chén, con un tono mucho más sereno que el de Chén Niàndōng—. Se suicidaron. La policía acaba de cerrar el caso hace un par de días.
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