Capítulo 3

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

Capítulo 3

Ye Yuzhen cerró los ojos un instante y dijo:

—Vamos a mi casa.

—¿Eh?

—Mi casa está cerca. Estoy muy ocupado, así que espero que no pierdas demasiado tiempo —respondió Ye Yuzhen con frialdad.

Andrew sonrió levemente y soltó un “oh”.

No necesitaba preguntar la dirección. Y Ye Yuzhen tampoco se la dijo, porque no creía que su dirección fuese un secreto para Andrew.

La limusina Cadillac de Andrew entró en el aparcamiento de un lujoso complejo de apartamentos cercano. Él permaneció sentado sin moverse. Del coche que iba delante bajaron tres guardaespaldas que, utilizando un inhibidor, eliminaron rápidamente las cámaras de vigilancia del entorno.

—Veo que lo tienes todo bien pensado —se burló Ye Yuzhen con una sonrisa fría.

Andrew sonrió.

—Cariño, solo intento despejar tu duda de si un padrino y un inspector de policía pueden tener citas periódicas.

Mientras hablaba, agarró a Ye Yuzhen del brazo, lo sacó del coche y lo arrastró hasta el ascensor directo del aparcamiento subterráneo.

Era uno de los apartamentos más exclusivos de Londres. Cada planta tenía una sola vivienda, por lo que la selección del piso en el ascensor se hacía mediante un lector de huellas.

Andrew tomó la mano de Ye Yuzhen y presionó sus largos dedos contra el lector.

—Second floor! —anunció una agradable voz femenina.

—¿Segundo piso? Así que compraste dos plantas. Nos dejaste vigilando el ático mientras tú vivías abajo… —Andrew le mordisqueó el lóbulo de la oreja y susurró—. Qué astuto eres, cariño.

—No tengo la costumbre de dejar que me espíen con telescopios de gran aumento. El viento en el Puente de Londres sopla bastante fuerte, ¿verdad? —dijo Ye Yuzhen con una ligera y elegante curva en los labios.

Andrew apretó los dientes entre divertido y molesto.

—De verdad dan ganas de follarte ahora mismo. ¿Qué tal si lo hacemos aquí, en el ascensor?

Ye Yuzhen lanzó de pronto un puñetazo, pero para Andrew, que siempre estaba preparado para responder, volvió a fallar.

Andrew le torció el brazo a la espalda y lo presionó contra la pared del ascensor, murmurándole al oído:

—¿Qué te dije? Come más, Yuzhen.

Ye Yuzhen entró en su propia casa escoltado por Andrew y los tres guardaespaldas.

Al encender las luces, Andrew adoptó el aire de un dueño que inspecciona una reforma y comenzó a mirar a su alrededor.

La casa de Ye Yuzhen era extremadamente sencilla, un mundo completamente en blanco y negro.

Lo más inesperado en un hogar tan austero era la presencia de un perro: un shar pei que parecía extraordinariamente perezoso.

Estaba tumbado bajo una silla del comedor. Cuando su dueño entró, ni siquiera reaccionó.

Con tantos desconocidos irrumpiendo en la casa, el perro solo levantó un párpado con desinterés.

—Estás muy solo, Yuzhen. ¿Por qué no me llamaste? —preguntó Andrew sonriendo mientras miraba al perro.

Ye Yuzhen, en cambio, lo ignoró por completo.

Andrew siguió observando el interior de la vivienda.

La cocina abierta estaba prácticamente vacía: no había casi utensilios, solo un molino de café tradicional.

Frente al ventanal había una cómoda butaca reclinable. Sobre ella descansaba un libro ilustrado del fotógrafo británico Thomas Marent, Selva tropical.

Junto a la butaca se encontraba la sencilla cama de estilo europeo de Ye Yuzhen. Sobre las sábanas blancas estaba tirado el albornoz que se había quitado.

Al ver aquella prenda, las pupilas de Andrew se contrajeron bruscamente. Acto seguido, empujó a Ye Yuzhen y lo hizo caer sobre la cama. Arrodillado a medias sobre Ye Yuzhen, se montó sobre él y, con un gesto despreocupado, se quitó la chaqueta y la camisa del traje, arrojándolas a un lado, dejando al descubierto su cuerpo fuerte y bien formado.

Ye Yuzhen solo le lanzó una breve mirada antes de cerrar los ojos.

Andrew sonrió.

—Llevamos ya tres años tratándonos, ¿verdad? Desde la primera vez que te vi en el número 1033 de Santa María hasta ahora… nos conocemos desde hace exactamente mil ciento quince días.

Los párpados de Ye Yuzhen temblaron levemente. Abrió un poco los ojos y descubrió que el rostro de Andrew estaba peligrosamente cerca del suyo, casi nariz con nariz, lo que lo sobresaltó.

Los labios de Andrew se curvaron en una leve sonrisa.

—Aunque nos conocemos desde hace más de mil días, hemos terminado en la cama más de quinientas veces. Si lo piensas bien… ya podríamos considerarnos compañeros de cama fijos, ¿no crees?

Ye Yuzhen no pudo evitar apretar los dientes y forcejear un poco, pero Andrew lo mantuvo firmemente inmovilizado contra la cama. Con una risa ligera, dijo:

—Si lo pensamos bien, de esas más de quinientas veces, más de cuatrocientas ocurrieron cuando te tenía encerrado en mi isla de las Cícladas. ¿Será que solo allí eres tan… apasionado?

De pronto, Ye Yuzhen se dio cuenta de que discutir con aquel canalla solo podía acabar de una manera: muriendo de rabia. Así que volvió a cerrar los ojos y adoptó una actitud de completa indiferencia, como si dijera: di lo que quieras, no pienso escucharte.

Andrew soltó una leve risa y se inclinó sobre él. Agachándose, empezó a besar con meticulosa lentitud la frente de Ye Yuzhen, sus cejas, sus ojos y luego el cuello.

Le gustaba el olor que tenía Ye Yuzhen.

Era un aroma parecido al de la hierba fresca: limpio, con un matiz ligeramente verde, casi ingenuo, que lo embriagaba.

Aunque sabía muy bien que la persona bajo su cuerpo era demasiado peligrosa, alguien que no tenía absolutamente nada que ver con la inocencia que evocaba aquel aroma.

Andrew desabrochó con destreza los botones de su camisa. Su mano se deslizó hacia el interior y, con el pulgar, empezó a rozar suavemente el pecho de Ye Yuzhen. La yema de sus dedos, ligeramente áspera, frotaba aquella zona sensible, provocando que los labios de Ye Yuzhen temblaran involuntariamente.

—Ya lo sientes, ¿verdad? —murmuró Andrew mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.

—Haz que… esos perros tuyos se larguen —dijo Ye Yuzhen entre dientes, girando la cabeza para mirar a los tres guardaespaldas que permanecían de espaldas a ellos.

—Creí que en la isla de las Cícladas ya te habías acostumbrado. ¿Qué pasa, después de tanto tiempo sin hacerlo, te da vergüenza otra vez?

—¿Vas a hacer que se larguen o no?

Andrew ladeó un poco la cabeza y, con una paciencia casi indulgente, respondió:

—Como quieras, cariño. Permitiré que tu perro se quede aquí.

Apenas terminó de hablar, los tres guardaespaldas se pusieron en movimiento y salieron inmediatamente por la puerta.

Andrew mantuvo a Ye Yuzhen inmovilizado contra la cama y lo miró a los ojos con una expresión cargada de significado.

—Pero, cariño, si esta vez intentas hacer alguna jugada… la próxima dejaré que ellos se queden mirando mientras te hago mío.

Ye Yuzhen apartó la cabeza y dijo con frialdad:

—Date prisa. Estoy muy ocupado.

Por lógica, a nadie le gustaría que su pareja lo apremiara con ese tono mientras están en la cama y, aun así, conseguir excitarse. Pero Andrew era la excepción. La frialdad de Ye Yuzhen hacía que la sangre en sus venas pareciera hervir.

Cualquier belleza, con solo recibir una mirada de Andrew, acabaría ofreciéndose para que él la disfrutara a su antojo.

Y, sin embargo, él se empeñaba precisamente en servir a Ye Yuzhen: un hombre sin sentido del romanticismo, sin interés en el sexo y, además, pésimo en la cama. Lo deseaba, lo deseaba con desesperación. Fuera de galopar sobre el cuerpo de Ye Yuzhen, casi no encontraba ya a nadie más capaz de provocarle ese placer que le consumía hasta los huesos.

Nadie podía despertar en él un deseo de posesión, de conquista y de preocupación como lo hacía Ye Yuzhen.

La punta de su lengua recorrió con destreza el pecho de Ye Yuzhen, disfrutando del sonido de su respiración entrecortada cuando no pudo evitar aspirar aire.

Solo de pensar que, dentro de poco, Ye Yuzhen terminaría gimiendo bajo su cuerpo, como si estuviera a punto de derrumbarse, el deseo de Andrew se encendía aún más.

Apoyó las manos sobre el cinturón en la cintura de Ye Yuzhen; con un ligero movimiento de ambas, la hebilla se abrió.

Luego vino el suave deslizamiento de la cadena. El chasquido del cierre al soltarse fue el mejor afrodisíaco, el preludio perfecto del clímax, pues dentro aguardaba un deseo ardiente.

Andrew deslizó la mano dentro del pantalón abierto de Ye Yuzhen y comenzó a acariciarlo con movimientos pausados y metódicos.

Parecía que Ye Yuzhen también empezaba a animarse un poco. Flexionó la pierna derecha, apoyándola contra el cuerpo de Andrew, y llevó la mano a su cuello antes de inclinarse para besarlo.

Mientras lo besaba, la mano izquierda de Andrew se deslizó por detrás de la espalda ligeramente girada de Ye Yuzhen. De un movimiento ágil, sacó el arma que llevaba oculta. Levantó apenas la mirada y sonrió.

—Cariño, si de verdad te gusta llevar un arma escondida ahí atrás, estaré encantado de complacerte.

Dicho esto, lanzó la pistola sin darle importancia, dejándola caer sobre el suelo.

El preludio ya había sido más que suficiente, así que Andrew decidió ir al grano. Mientras besaba a Ye Yuzhen, sus manos comenzaron a despojarlo lentamente del pantalón; después, de la ropa interior.

Como siempre, optó por penetrarlo de frente, aunque momentos antes había dicho que lo haría por detrás.

Para Andrew, hacerlo así tenía una razón muy clara: desde esa posición podía ver el rostro de Ye Yuzhen cuando perdía el control. Y para él, aquella expresión era, sin duda, la parte más fascinante de su encuentro.

Andrew no pensaba —ni quería— renunciar tan fácilmente a eso.

Se introdujo en el cuerpo de Ye Yuzhen con lentitud, pasando de una penetración ligera a un ritmo cada vez más marcado, hasta que el movimiento se volvió rápido y constante.

El cabello negro y corto de Ye Yuzhen se desparramaba sobre las sábanas blancas. Bajo la suave luz anaranjada de la lámpara, su rostro adquiría un brillo cálido y delicado. De sus labios pálidos, entreabiertos, escapaban gemidos entrecortados, provocados por el incesante impacto que lo sacudía una y otra vez.

Dominado por el deseo, Ye Yuzhen parecía extrañamente vivo y, al mismo tiempo, frágil: como una hoja que cae sin remedio, abandonada al capricho del viento.

En esos momentos, Andrew sentía el placer absoluto de haber conquistado por completo aquel cuerpo. Él controlaba el deseo… y el deseo, a su vez, controlaba a Ye Yuzhen.

Por eso nunca le permitía alcanzar la satisfacción con facilidad. Justo cuando el ansia se volvía más intensa, se detenía, para empezar de nuevo con otra ronda de provocaciones. Observaba cómo la bruma del deseo volvía a extenderse en aquellos ojos oscuros como obsidiana, hasta que las pupilas, una vez más, perdían el foco.

—¡Cariño! ¿Tienes muchas ganas de correrte? —preguntó Andrew con voz ronca.

Ye Yuzhen dejó escapar un leve gemido. Su expresión, embotada y somnolienta, parecía teñida de un atisbo de dolor.

—Prométeme que abrirás un poco más las piernas y te dejaré liberarte —dijo Andrew con su voz grave y profunda, tan baja que parecía la mano de alguien que se extendiera desde el infierno.

—No, cariño, tienes que abrirlas un poco más… Eres demasiado recatado.

Ye Yuzhen abrió lentamente los ojos. Su mirada aún estaba empañada por la confusión cuando se encontró con los ojos de Andrew, llenos de deseo.

—Entonces… ¿tú quieres correrte? —murmuró Ye Yuzhen desde la cama, mirando hacia Andrew, que estaba sobre él.

—Lo haré. Muchas veces —respondió Andrew con una sonrisa, mirándolo desde arriba.

—Ah… qué lástima.

—¿Hm?

—¡Bear! —gritó de pronto Ye Yuzhen.

En un instante, el shar pei que estaba echado bajo la mesa del comedor se lanzó como un rayo. Tomó la pistola del suelo entre los dientes y, con un brusco movimiento de cabeza, la lanzó como si fuera un frisbee, enviándola con precisión hacia Ye Yuzhen.

Todo ocurrió en el parpadeo de un ojo. Andrew apenas tuvo un segundo de desconcierto cuando Ye Yuzhen ya tenía el arma en la mano, con el cañón apuntándole directamente a la frente.

—Porque no te correrás ni una sola vez —dijo Ye Yuzhen, empujándolo con el arma mientras se incorporaba lentamente en la cama.

—¡Cariño! —Andrew soltó una risa algo deslucida, todavía con el deseo encendido en el cuerpo—. Espero que la próxima vez te acostumbres a tener a mucha gente observando nuestra escena de sexo.

—Lo que pase la próxima vez… ya nos preocuparemos la próxima vez —respondió Ye Yuzhen con frialdad—. Ve a la ventana. Y date la vuelta.

Andrew, por supuesto, no era tan ciegamente confiado como para pensar que Ye Yuzhen no sería capaz de matarlo.

Se colocó desnudo frente al ventanal de Ye Yuzhen, apoyando una mano en el vidrio. Miró la noche de Londres extendida ante él mientras, a su espalda, escuchaba el leve susurro de la ropa al vestirse.

—Las vistas desde aquí son realmente buenas —comentó Andrew con tono elogioso—. El campo visual es amplio. De día puedes contemplar el río Támesis sin tener que soportar el ruido de los motores de los barcos, y de noche puedes disfrutar del brillo de las estrellas.

Hizo una breve pausa antes de añadir, con una sonrisa insinuante:

—Si todas las noches pudiera hacerte el amor aquí, sería un placer bastante agradable. Cuando compraste esta casa… ¿pensaste también en eso?

—¡Date la vuelta! —ordenó Ye Yuzhen.

Ya se había vestido por completo. Al ver que Andrew seguía hablando consigo mismo, como si eso bastara para excitarlo aún más, y que la hinchazón entre sus piernas parecía haber crecido otra vez, apretó los dientes y dijo con fastidio:

—¡Guárdate eso para amarte a ti mismo!

Andrew vio que Ye Yuzhen había sacado el teléfono y lo apuntaba con él, así que parpadeó y comentó:

—¿También vas a tomarme fotos desnudo?

—¿No te parece justo? —respondió Ye Yuzhen con frialdad.

—¡Eso sí que es justicia! —dijo Andrew con una sonrisa divertida.

Estiró los brazos, exhibiendo su bien formado cuerpo, y fue cambiando de pose para lucir sus poderosos deltoides, los firmes músculos del abdomen y hasta el impresionante tamaño entre sus piernas.

—Dime, cariño, ¿qué parte quieres fotografiar?

Señaló hacia abajo, hacia lo que colgaba entre sus piernas, y añadió con una sonrisa:

—Te sugiero que tomes esta. Es la parte de mi cuerpo de la que estoy más orgulloso. No olvides guardarla en tu cartera.

Ye Yuzhen se quedó sin palabras ante su descaro. Al verlo distraído por un momento, Andrew adoptó entonces una expresión casi cariñosa y dijo:

—Cariño, no todo el mundo tiene tanto miedo de exponerse como tú.

Ye Yuzhen permaneció atónito unos segundos. De pronto soltó una risa breve por la nariz y, apuntándole con el arma, ordenó:

—Ponte de lado… y agáchate.

—¿Eh? —Andrew alzó una ceja—. ¿Quieres palmearme el trasero?

—Deja de hablar y agáchate.

Andrew se encogió de hombros y obedeció, inclinándose hacia delante.

Ye Yuzhen se colocó frente a él, retrocedió hasta la cocina y, con un movimiento de la mano hacia atrás, sacó unas cuantas galletas para perro. Luego volvió junto a Andrew y las dejó sobre su espalda.

—¡Bear!

El shar pei, que había vuelto a tumbarse bajo la mesa del comedor, se incorporó de inmediato. Olfateó el aire y corrió veloz hacia la espalda de Andrew. Con un impulso de sus patas traseras, apoyó el cuerpo sobre él y comenzó a lamer con entusiasmo las galletas.

—¡No te muevas! —ordenó Ye Yuzhen, deteniendo el intento de Andrew de reaccionar.

Mientras tanto, el teléfono en su mano empezó a disparar fotos a toda velocidad.

Después de tomar varias tandas de fotos, Ye Yuzhen guardó el teléfono en el bolsillo. Miró a Andrew, que tenía una expresión amarga, como si hubiera tragado veneno, y dijo con tono indiferente:

—Si tampoco te importa que la gente crea que te gusta que un perro te folle, entonces intenta amenazarme otra vez con mis fotos.

Dicho esto, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Mientras salía, añadió por encima del hombro:

—Y cuando te vayas, recuerda pedirles a tus perros que me cierren la puerta.

Los guardaespaldas que estaban fuera, al oír que salía, se dispusieron a detenerlo. Pero entonces escucharon la voz cansada de Andrew:

—Déjenlo ir.

Ye Yuzhen soltó una risa fría y se marchó sin mirar atrás.

Los hombres de negro entraron en el apartamento. Al ver que su jefe seguía con un evidente deseo aún insatisfecho, uno de ellos preguntó:

—Jefe, ¿de verdad va a dejar que Ye Yuzhen se vaya así?

—¿Y qué otra cosa podría hacer? —respondió Andrew.

Andrew no parecía preocuparse en absoluto por la embarazosa evidencia de su excitación. Se encogió de hombros y dijo:

—Si no le dejo recuperar un poco de ventaja, de verdad se enfadará.

Las aspas del helicóptero giraban sin descanso. Tom vio a Ye Yuzhen correr hacia él y le entregó lo que había preparado de antemano.

—¡Jefe de equipo, ya es hora de partir!

—Gracias. ¡Recuerda dar de comer al perro! —respondió Ye Yuzhen antes de subir de un salto al helicóptero.

El viento de las hélices agitó su cabello y su camisa. Tom creyó por un momento que quizá estaba viendo mal: entre el cuello abierto de la camisa de Ye Yuzhen parecía distinguirse una serie de marcas violáceas en su cuello, como chupetones.

Por desgracia, no tuvo oportunidad de comprobarlo mejor. Un instante después, Ye Yuzhen ya había desaparecido de su vista.

El helicóptero comenzó a elevarse, dejando a Tom mirando impotente cómo aquel chisme —que para él tenía el atractivo de una bomba nuclear— se alejaba volando ante sus ojos.

Ye Yuzhen cerró los ojos y se recostó en el asiento del helicóptero. Sin embargo, en su mente seguía apareciendo, una y otra vez, la escena en la que había estado forcejeando con Andrew sobre la cama. Aquellos ojos plateados, con un leve brillo burlón y, al mismo tiempo, extrañamente suave… y sus manos, que con calma y paciencia parecían enseñarle cómo rendirse al deseo.

Le gustara o no admitirlo, durante los días en que Andrew lo mantuvo cautivo en las islas Cyclades, aunque al final fue él quien logró escapar y obtener una victoria total, solo él sabía la verdad: en otros campos de batalla había perdido.

Esas posiciones perdidas eran como una grieta en un dique: una grieta que no dejaba de ensancharse, esperando el momento en que todo terminara por desbordarse.

Y las manos de Andrew eran como una garra de acero que se abría paso por aquella grieta: avanzaban poco a poco, con una fuerza firme y elástica, invadiendo sin descanso, desgarrándolo lentamente desde dentro.

Ye Yuzhen jadeaba. Ante sus ojos estaba el rostro de Andrew. Él le sujetaba la mandíbula con una mano, obligándole a abrir la boca, y luego se inclinaba para besarlo. Su lengua, como una tropa de caballería desatada, arrasaba el interior de su boca, barriendo cada rincón de sus labios. Lo dejaba sin aliento, desarmado, incapaz de defenderse. En su mente aún persistía cierta resistencia, pero su cuerpo empezaba a responder por sí solo.

De repente, Ye Yuzhen abrió los ojos con brusquedad. No se atrevió a volver a cerrarlos. Tomó su teléfono y empezó a revisar las fotos que había tomado.

En ellas, Andrew aparecía con una actitud tan descarada que rozaba lo indecente. Ye Yuzhen no pudo evitar suspirar con impotencia.

Andrew, sencillamente, no tenía ningún sentido de la vergüenza. Claro que, si uno era capaz de tolerarlo, a veces podía adoptar la apariencia de un caballero; pero en cuanto alguien desenmascaraba su verdadera naturaleza de bribón, dejaba de disimular por completo y se volvía descarado sin el menor reparo.

En cuanto a ingenio, Andrew estaba prácticamente a su altura. Pero si se trataba de desvergüenza, de la paciencia obstinada con la que perseguía a su presa, o de esa ferocidad de no rendirse jamás hasta conseguir lo que quería… en todo eso Ye Yuzhen quedaba muy por detrás. Por eso le resultaba imposible librarse de él.

Algo inquieto, Ye Yuzhen siguió pasando las imágenes. Cuando llegó a aquella en la que el gordo Bear estaba encaramado sobre la espalda de Andrew, que parecía un oso enorme, no pudo evitar sonreír.

Fue una sonrisa fugaz, como un rayo de sol en medio de una lluvia veraniega.

Sus dedos rozaron el teclado del teléfono una vez… dos veces… hasta que, finalmente, no pudo resistirse y marcó aquel número que sabía de memoria, aunque jamás lo había llamado antes.

—[¿Hola?] —respondió una voz perezosa y algo confusa, como si acabara de despertarse.

—Soy… yo —dijo Ye Yuzhen, descubriendo de pronto que estaba un poco nervioso.

—[¿Eh? ¿El joven maestro Ye, verdad?] —La voz se volvió un poco más clara; era un barítono agradable.

—Sí… —Ye Yuzhen no sabía muy bien qué decir.

Pero ni siquiera tuvo que esforzarse en buscar palabras. Al otro lado de la línea, el hombre ya estaba gritando:

—[¡Anlin, llamada de Fengliyóu!]

Muy pronto se oyó el sonido de pasos apresurados, y el teléfono cambió de manos.

Ye Yuzhen reunió valor para hablar, pero antes de que pudiera hacerlo, la persona al otro lado pronunció apenas unas pocas palabras.

—[¿Hermano mayor?]

La voz era clara y limpia, y al instante le vino a la mente la imagen del inocente Xu Anlin.

—Soy yo.

—[¡De verdad eres tú! ¡Qué alegría! ¡Te he echado muchísimo de menos!]

Al lado se oyó a alguien protestar con descontento:

—[¡Oye, una confesión tan directa es demasiado!]

Xu Anlin lo ignoró por completo y siguió hablando sin parar:

—[Hermano mayor, ¿estás bien? ¡He oído que te ascendieron a comisario!]

—Sí… todo está bien.

—[¿Ese gran oso no volvió a molestarte? Si lo hubiera sabido, cuando los rescaté la última vez debería haberle pegado un tiro y dejar su cadáver en el mar. Te hubiera traído de vuelta solo a ti, hermano mayor. Podríamos haber dicho que ese loco de William lo voló en pedazos en el yate… o que aquel policía demente, Lin Long, le voló la cabeza de un disparo. ¿No habría sido lo más lógico?]

Xu Anlin añadió, aún resentido:

—[Pero Zeng Yusen se puso a decir tonterías. Dijo que no importaba… que incluso una perra, al verte, a veces también se pondría en celo.]

A su lado alguien soltó un «¡ay!» lastimero, como si acabara de recibir una patada sin haber hecho nada.

Xu Anlin añadió, aún enfadado:

—[¡Ese tipo es un celoso! Además, Andrew es un oso, no un perro… ¡y encima es macho!]

—Agradece a Yusen el cumplido de mi parte —respondió Ye Yuzhen con una sonrisa amarga.

—[¡Muchas gracias por los diamantes que nos diste! Los vendimos por un montón de dinero y construimos un edificio escolar precioso.]

—¿Los… vendieron? —Ye Yuzhen se quedó desconcertado. Aquel “Corazón Azul” que tanto esfuerzo le había costado conseguir…

Alguien a un lado carraspeaba sin parar, intentando hacerle señales, pero Xu Anlin no captó en absoluto la indirecta.

—[Hermano mayor, ¿vendrás a Sudáfrica?] —preguntó lleno de ilusión.

Enseguida se oyó a alguien protestar al lado:

—[¡Oye! Eso ya es demasiado. ¿Acaso cuentas conmigo como si estuviera muerto?]

—[¡Qué pesado eres, lárgate!] —le gritó Xu Anlin por el teléfono sin ningún miramiento.

Por cómo sonaban las cosas, parecía que llevaban una vida muy feliz. Ye Yuzhen sonrió levemente.

—Si tengo tiempo… iré.

Colgó el teléfono. Las luces resplandecientes bajo la ventanilla del avión se volvieron un poco borrosas. Ye Yuzhen cerró los ojos.

El helicóptero apenas había sobrevolado el cielo de Londres cuando Andrew seguía sentado en la casa de Ye Yuzhen, bebiendo café. A su espalda, unos habilidosos técnicos trabajaban con empeño para copiar la llave del apartamento sin dañar su estructura.

Un hombre vestido de negro entró y dijo en voz baja:

—Jefe, ya lo averiguamos. El representante de la familia Gambino es Lin Long.

Andrew murmuró:

—Lin Long va al Sáhara… Yuzhen… William…

De pronto su expresión cambió.

—¡Darbéda! ¡Su objetivo es Darbéda!

—Entonces… ¿Lin Long podría encontrarse con el joven Ye? —preguntó con cautela el hombre de negro, señalando así la razón del repentino cambio de rostro de Andrew.

Lin Long y Andrew eran como dos aves de caza que habían puesto los ojos en la misma presa: astuta, abundante y peligrosa. Un oso salvaje contra un tigre hambriento. Ninguno era inferior al otro, ninguno tenía más probabilidades de ganarse el favor de la presa. La diferencia residía únicamente en quién atacaría primero y quién emplearía métodos más duros.

Andrew tomó un puro, lo encendió y exhaló un anillo de humo. Su rostro, frío y severo, se volvió aún más impreciso entre la neblina.

—Hay que avisar a Yuzhen. Lin Long no tiene buenas intenciones con él.

Hizo una pausa y añadió:

—Sigan de cerca a Lin Long. Averiguen todos sus movimientos.

La noche en el desierto era fría y ventosa. Aquella sequedad extrema del frío parecía acelerar la congelación de la humedad, hasta el punto de que Jian Yi sentía como si la sangre de su cuerpo estuviera a punto de dejar de fluir.

Aunque Jian Yi había pasado algún tiempo en aquel desierto, siempre había sido durante el día.

Llegar a Tarfaya en un Humvee parecía muy cerca, pero recorrer la arena a pie era claramente otra cosa muy distinta.

Y más aún teniendo que esquivar los jeeps militares que patrullaban de un lado a otro por el desierto.

El viento helado del desierto cargaba contra ellos como una caballería lanzada al ataque. Jian Yi recordó entonces la descripción del desierto hecha por el aviador francés Saint-Exupéry.

Y era cierto: el desierto era tan liso como una losa de mármol. Durante el día no te ofrecía ni una sombra bajo el sol abrasador; por la noche, tampoco te brindaba refugio alguno frente al viento helado.

Mansouri se acurrucaba junto a Jian Yi. Su uniforme militar, algo holgado, parecía incapaz de protegerlo del frío nocturno del desierto.

Ambos esquivaban constantemente la persecución de los mercenarios de William, hasta el punto de que cada vez parecían alejarse más de Tarfaya. En lugar de acercarse, se adentraban cada vez más en el corazón del desierto.

Jian Yi se quitó la ropa que llevaba encima y la envolvió alrededor de Mansouri. Él se quedó con el torso desnudo y solo el chaleco antibalas cubriéndole el pecho firme.

—¿No tienes frío? —preguntó Mansouri.

En la noche del desierto, resultaba imposible distinguir la ligera expresión de sus ojos.

—Así ya no sentirás frío —dijo Jian Yi.

Se agachó y cargó a Mansouri sobre su espalda. El muchacho parecía completamente exhausto.

Mansouri bajó los párpados y observó, justo delante de sus ojos, la línea de cabello negro que asomaba en la nuca de Jian Yi. Se mordió la punta de un dedo y murmuró en voz baja:

—Es la segunda vez que me das la espalda.

—¿Qué? —El viento helado soplaba con tanta fuerza que las palabras de Mansouri se dispersaron antes de llegar a los oídos de Jian Yi.

Mansouri no respondió. Permaneció apoyado en la ancha espalda de Jian Yi, sintiendo el calor que irradiaba su cuerpo.

En cuanto a Jian Yi… el aliento tibio de Mansouri le rozaba la nuca, y algunos mechones de su cabello le hacían cosquillas en la piel.

Para ser exactos, esa era la sensación que tenía Jian Yi en aquel momento: un poco de calidez… y una leve inquietud que le cosquilleaba en el corazón.

Caminaron así, desde el frío cortante hasta el calor abrasador.

Con la salida del sol, el calor volvió a acumularse rápidamente sobre la superficie de la arena.

—Sé dónde podemos escondernos temporalmente de los perseguidores —dijo de pronto Mansouri.

—¿Dónde?

Como si temiera que Jian Yi no lo oyera bien, Mansouri se inclinó hacia su oreja y susurró con suavidad:

—Darbéda.

Jian Yi se sobresaltó ligeramente. Sin embargo, el nombre de Darbéda era tan impactante que no tuvo tiempo de reaccionar ante aquel gesto inesperadamente íntimo de Mansouri.

En el gran desierto del Sahara existía una pequeña ciudad errante: Darbéda.

Más del sesenta por ciento de los inventos criminales del mundo encontraban allí a sus compradores.

Por eso Darbéda era conocida como la cuna de la creatividad criminal. Debido a que su ubicación era extremadamente peligrosa y, además, tremendamente misteriosa, durante años la Interpol había intentado encontrarla sin éxito, y ni hablar ya de destruirla.

—¿Conoces ese lugar? —preguntó Jian Yi, con un leve tic en el párpado.

Aunque era conocido por ser uno de los agentes de Interpol más disciplinados y respetuosos con las normas, su instinto profesional seguía siendo imposible de ocultar.

Su repentino interés hizo que Mansouri bajara ligeramente la mirada. En sus ojos apareció un brillo feroz, como el de un gato salvaje. Volvió a morderse la punta del dedo y dijo:

—Lo sé porque William pensaba ir allí a subastar algo. Así que vi la invitación que enviaron desde Darbéda En ella estaban indicadas las coordenadas exactas de latitud y longitud.

Mansouri observó sus largos dedos.

—Debería de estar cerca… pero sin un instrumento para medir las coordenadas, no hay forma de encontrarlo.

—No te preocupes —respondió Jian Yi con una sonrisa.

Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta de camuflaje amarilla que aún llevaba Mansouri sobre los hombros y sacó un bolígrafo plateado.

Cuando la punta de sus dedos rozó el pecho de Mansouri, pareció retirarlos instintivamente por un instante, aunque enseguida fingió naturalidad y sacó el bolígrafo.

En la comisura de los labios de Mansouri apareció una sonrisa leve, cada vez más evidente, como si ocultara algo.

Jian Yi no vio aquella sonrisa. De hecho, hacía todo lo posible por evitar cruzar la mirada con Mansouri.

Temía que, si sus ojos se encontraban, Mansouri descubriera la contradicción que había en ellos.

Aquella no era la primera vez que desobedecía una orden de su superior… pero sí la más grave, sobre todo porque la orden provenía de Ye Yuzhen.

Con ambas manos tiró del bolígrafo plateado, que se extendió hasta convertirse en una especie de varilla metálica con marcas de medición.

Jian Yi la clavó en la arena, bajo la luz del sol, y con los dedos trazó rápidamente varias marcas sobre la superficie.

Sacó la varilla plateada, midió las marcas que había trazado y comenzó a hacer cálculos directamente sobre la arena.

—Si tus coordenadas son correctas, tendremos que seguir avanzando hacia el centro del desierto, es decir… hacia el este—. Jian Yi señaló al frente, en dirección al sol.

Cuando volvió la cabeza, el rostro hermoso de Mansouri estaba ya muy cerca del suyo. Incluso alguien tan experimentado como él, un veterano agente, se sobresaltó.

—¡Cómo digas! —respondió Mansouri, visiblemente contento.

No era que Jian Yi no hubiera sospechado del extraño objetivo de aquella operación, una misión sin datos concretos ni información clara.

Crazy William no parecía tener ninguna razón para ponerle las cosas difíciles a Mansouri; de hecho, daba la impresión de estar impaciente por matarlo.

Aunque Mansouri ostentaba el título legítimo de príncipe, un título vacío no podía compararse con el poder y la influencia del mayor, o quizá el mayor del mundo, rey del contrabando de diamantes de África.

Jian Yi no creía ni por un momento que ese título honorífico de príncipe tuviera suficiente peso como para movilizar a la Interpol de semejante manera: enviar agentes a irrumpir por la fuerza en la Isla Ardiente para llevárselo, y mucho menos emitir inmediatamente después una orden de asesinato.

¿Qué podía haber llevado a la Interpol a movilizarse con tanta magnitud, incluso arriesgándose a provocar un conflicto internacional, con tal de eliminar a un príncipe?

Aquella orden era completamente absurda.

Pero no se trataba solo de una orden de Interpol.

También era una orden directa de Ye Yuzhen.

Mucha gente pensaba que Ye Yuzhen era un hombre incapaz de cometer errores… incluso cuando no ofrecía ni la más mínima explicación.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x