La noche en Tarfaya es como en cada pequeño pueblo costero, siempre acompañada de una brisa marina fresca y agradable.
El bar sigue siendo el mismo: la puerta arqueada, las tradicionales lámparas de cobre colgantes, y entre los espesos cortinajes de color castaño oscuro se distribuyen algunas mesas y sillas de mimbre de formas elegantes. Al lado derecho de la barra, el piano vertical de color café negro sigue en su lugar.
Ye Yuzhen se sentó en el lugar donde solían hacerlo los cuatro en el pasado y pidió un café marroquí. Desde aquella vez, ya no bebía alcohol.
A través de los huecos en las cortinas, podía ver al pianista cantando mientras tocaba. Aunque no era Casablanca, la canción seguía siendo “El paso del tiempo”. Después de todo, aquella película dio fama mundial a una ciudad marroquí y también hizo conocido a este pequeño país.
Después de tomar tres tazas de café, Ye Yuzhen entregó cien dólares al camarero que entraba y pidió usar el piano.
Su petición fue satisfecha rápidamente. Un cliente de aspecto solitario y elegante tocando el piano también atraería miradas, más aún si pagaba.
Los largos dedos de Ye Yuzhen recorrieron rápidamente las teclas, igual que hacía Zeng Yusen en aquellos años. Luego sonreiría y diría: “¿Preparado, joven maestro Ye?”.
Esa fue probablemente la escena más cálida entre ellos.
No debería haber pedido más.
La melodía fluía suavemente entre sus dedos. “Night Prayer”, con su tono ligeramente melancólico pero a la vez devoto, era fácil que embriagara.
Ye Yuzhen sintió de repente que para embriagarse no hacía falta beber alcohol; incluso una taza de café podía hacerlo.
Se sintió algo ebrio. Pidió la habitación donde se habían alojado Zeng Yusen y Xu Anlin, aunque en realidad ya había reservado en otro hotel.
Ye Yuzhen no creía que se atreviera a hospedarse en este bar, después de todo, la habitación de al lado era el lugar del que tanto se arrepentía.
Pero la vida es así: lo hermoso y lo vergonzoso, como el suelo después de la lluvia primaveral, barro y agua mezclados, imposibles de separar por completo.
Ye Yuzhen se tumbó en la cama con la ropa puesta. No planeaba pasar la noche allí, solo quería descansar un rato y luego marcharse para siempre.
Sin embargo, quizás por el largo viaje en avión, terminó quedándose dormido.
En el sueño, volvió a estar en este bar, charlando tranquilamente con Zeng Yusen, cuando todo estaba aún por comenzar.
Por primera vez hablaron tan animadamente, recordando muchas cosas de la infancia, después de todo, compartieron los primeros seis años que Xu Anlin no tuvo.
Cuando Zeng Yusen contó aquella vez que le había hecho una broma en el gimnasio, él sonrió y dijo:
—Solo querías fastidiarme, ¡sé que en cuanto me veías, te disgustaba!
Zeng Yusen volvió el rostro, sorprendido.
—¡Para nada te detestaba!
Sus ojos, siempre soñolientos bajo el flequillo largo, se abrieron por completo, dejando ver sus oscuras pupilas. Sonrió radiante y dijo:
—Todo lo contrario, en aquel entonces sentía mucho cariño por el joven maestro Ye, ¡tenía muchas ganas de hacer amistad contigo! Pero tú parecías no tenerme en mucha estima, con esa actitud distante… —Se encogió de hombros y sonrió—: ¡Así que, con sentido común, preferí retirarme rápido!”
Si hubiera sido una persona común, seguramente se habría sentido aliviado ante esas palabras; al fin y al cabo, era como si dos rivales hubieran enterrado el hacha de guerra.
Pero Ye Yuzhen no mostró reacción alguna. Simplemente bebió otra copa y solo sintió que el sabor en su boca era como el de ese vino marroquí: un amargor denso y penetrante.
Zeng Yusen tenía una gran capacidad para beber; básicamente, bebía alcohol como si fuera agua. Ye Yuzhen también bebía bastante, pero comparado con el otro, estaba muy por debajo.
Tanto que, más tarde, Zeng Yusen le preguntó con cierta preocupación:
—Joven maestro Ye, ¿no habrá bebido demasiado? ¿Le parece si lo llevo a descansar?
—No… —Ye Yuzhen se apresuró a rechazarlo.
Sí, aún no, esperaría a estar un poco más ebrio.
Había estado charlando con Zeng Yusen toda la noche; no pasó por alto la mirada de decepción de Xu Anlin.
Deliberadamente, optó por ignorarla, por no sentir culpa, porque estaba borracho.
Sí, estaba borracho, y por eso podía permitirse pedir lo que quisiera, y luego atribuir todos sus errores a los estragos del alcohol.
Los hechos demostraron que fue demasiado codicioso, y jamás imaginó que las consecuencias de aquel error serían algo que no podría soportar.
Al final, ni siquiera supo cuándo Zeng Yusen se había convertido en Andrew a su lado.
Ye Yuzhen, entre la niebla de su embriaguez, fue medio abrazado por alguien y conducido hacia el dormitorio. Se apoyó en el hombro de esa persona, con la cabeza inclinada contra su cuello.
De aquel hombre emanaba una fragancia mezclada de artículos de aseo y tabaco; un aroma muy agradable.
Ye Yuzhen nunca había estado tan cerca de Zeng Yusen, así que no tenía forma de distinguir que aquel no era, en realidad, el olor corporal de Zeng Yusen.
Solo sentía una gran excitación; ese aroma hizo que su temperatura corporal se elevará rápidamente. Tambaleándose, hizo un esfuerzo por levantar la cabeza y besó el lóbulo de la oreja de aquel hombre.
La persona a su lado contuvo el aliento y susurró junto a su oído, con voz pastosa:
—No me digas que intentas seducirme.
Ye Yuzhen no respondió, solo inclinó la cabeza y comenzó a lamerle suavemente el cuello. La mano que rodeaba su cintura se tensó de repente, y el hombre susurró cerca de su oído:
—Si sigues así, voy a tomármelo en serio, y entonces no vengas arrepintiéndote.
—Yusen… —quiso levantar la mano para acariciar el rostro de Zeng Yusen, pero sus extremidades carecían de fuerza, así que solo alcanzó el abdomen del otro antes de resbalar de nuevo.
Esta vez, de repente, sintió que lo alzaban en brazos y lo depositaban sobre la cama.
Alguien lo besaba, lo acariciaba.
Ye Yuzhen sintió que todo era un sueño; a veces dormía profundamente, a veces recuperaba un poco la conciencia, en un estado de duermevela, por lo que todo se convirtió en fragmentos dispersos.
Parecía estar hablando sin conciencia con alguien, y luego la ropa le fue arrancada con brusquedad.
Le levantaron las piernas, se las separaron.
El hombre parecía estar contemplándolo con detenimiento, y luego comenzó a juguetear con él provocativamente.
Los dedos de aquel hombre, con el calor de su cuerpo, ejecutaban movimientos extremadamente sugerentes. A pesar de la vergüenza que lo invadía, entre los labios de Ye Yuzhen se escaparon gemidos de deseo.
Junto a su oído, la voz del hombre preguntó con indiferencia:
—Ye Yuzhen, ¿será posible que nunca antes te hayas acostado con nadie?
Y entonces le pareció oírse a sí mismo responder, nervioso, con un “mm” afirmativo. El hombre guardó silencio un instante, y su mano se apartó de entre sus piernas.
Sintió un escalofrío en el cuerpo, y Ye Yuzhen, casi presa del pánico, extendió la mano para aferrarse a aquel hombre.
No, por favor, no te vayas. La mano de Ye Yuzhen se aferró con fuerza al pantalón del hombre.
Esta vez, el hombre lo presionó con fuerza contra el colchón. Su voz se volvió ronca y jadeante, respirando hondo.
—Tú lo has buscado. Ahora, aunque quieras parar, yo no me detendré —dijo.
En su duermevela, Ye Yuzhen sintió que algo extraño penetró bajo su cuerpo, como si unos dedos no cesarán en su labor de expandirlo. Luego, algo ardiente y abrasador se posó en la entrada.
Sintió un pánico repentino e incomprensible, y casi gritó aterrorizado:
—¿Zeng Yusen?
—Soy yo. —Escuchó la voz indiferente del otro.
Entonces, Ye Yuzhen comenzó a comprender que esto no era la realidad, sino un sueño.
Porque si en la realidad hubiera escuchado esa confirmación, se habría sentido aliviado, una afirmación teñida de expectación. Pero ahora sentía un dolor indescriptible, algo demasiado cruel, como ver una película cuyo trágico final ya conoces, y luego volver la vista atrás a esas escenas cálidas y felices: solo provoca una tristeza aún mayor, superando con creces la del propio desenlace.
—Despierta, despierta ya —luchaba Ye Yuzhen, pero su cuerpo parecía atado con grilletes de miles de kilos.
Por mucho que su interior se debatiera, su cuerpo no podía moverse ni un ápice, solo podía caer así, precipitándose hacia un abismo sin fondo.
—Ye Yuzhen, recuérdalo bien, esta es la marca que te dejo.
Con esas palabras, su cuerpo fue traspasado por un objeto extraño, con un dolor desgarrador, pero pronto reemplazado por la excitación fisiológica.
Su cuerpo era embestido violentamente, casi sin ofrecer resistencia, acompañado de oleada tras oleada de placer.
No cesaban de cambiarle de postura; la persona sobre él parecía disfrutar al máximo de su rapto.
Su cerebro había dejado de funcionar por completo, todas las reacciones de su cuerpo quedaron en manos del instinto.
—Eres increíble, Yuzhen… cómo gimes, es precioso.
—Yuzhen, ¿estás sonrojándote?… Creo… creo que me estoy enamorando de ti, ¿qué voy a hacer contigo?
Aquellas palabras no denotaban ni un ápice de la confusión de quien no sabe qué hacer, porque lo que siguió fue una posesión aún más desenfrenada.
Esa locura hizo que Ye Yuzhen sintiera que iba a desmoronarse.
—Yuzhen, hasta cuando pides clemencia, eres tan adorable.
¿Y luego? Luego llegó el momento en que abrió los ojos al amanecer.
En un instante, su alma, junto con todo su ser, se precipitó al infierno.
La distancia de un solo paso entre el cielo y el infierno, esa caída tan abrupta fue la pesadilla de la que jamás podría librarse …
Casi al mismo tiempo, Ye Yuzhen despertó sobresaltado de aquella pesadilla.
La frente cubierta de sudor, el pecho agitado por fuertes jadeos, sus extremidades aún débiles por el miedo que sintió entonces.
En realidad, el daño físico de aquella noche ya se había difuminado. Después de todo, en la isla de Cícladas, forzado al clímax una y otra vez, su cuerpo ya no podía recordar el dolor inicial. Pensaba en alguien que había caído en un estanque de lodo, ¿cómo iba a preocuparse por las pequeñas manchas de barro salpicadas en los bajos de sus pantalones?
Pero sólo aquel momento, al abrir los ojos y sentir su alma precipitarse, quedó grabado en su corazón como con un cuchillo, una herida que tardaba en cicatrizar.
Después de eso, tuvo pesadillas con frecuencia, noche tras noche reviviendo aquella escena.
Los sueños reconstruyeron todos los recuerdos de su subconsciente, volviéndolos incluso más nítidos que las sensaciones reales.
Cada vez que abría los ojos al amanecer y veía a Andrew observándolo con serenidad, ya no sabía si estaba en un sueño o en la realidad.
Era tan doloroso que casi suplicaba a Andrew que no apareciera al amanecer.
Había seducido a Xu Anlin para que traicionara a Zeng Yusen, y luego había defraudado a Xu Anlin, quien lo consideraba su luz y su fe.
Xu Anlin le había brindado su confianza más sincera, su admiración más ardiente, creyendo que él podría cumplir todo lo que prometía. Sin embargo, en lo más profundo de su corazón, lo que realmente albergaba no eran bendiciones.
Su impulsividad infantil le había traído el episodio más oscuro de su vida.
Recibió su castigo, solo que el precio fue demasiado pesado, tanto que todavía hoy cumple condena.
Por eso no le suplicaría a Andrew, porque él está cumpliendo su pena.
No sabía qué expresión tenía en su rostro, ni si Andrew lo notaba.
Pero la siguiente vez que Andrew volvió a compartir lecho con él, al despertar cada amanecer, la postura y la expresión eran siempre distintas, aunque Andrew nunca desaparecía por voluntad propia.
Golpe tras otro, una y otra vez, hasta agotarlo, hasta adormecerlo, y el instinto de supervivencia humano le exigía olvidar.
¿Desde cuándo dejó de tener pesadillas? Ye Yuzhen no lo recordaba con claridad. Quizá desde entonces empezó a esquivar a Andrew.
Hoy, tal vez por el recuerdo que trajeron aquellas fotos, o por haber regresado a este lugar que nunca olvidaría, volvió a tener esa pesadilla.
El móvil junto a su cama no dejaba de parpadear con una luz roja, como si alguien hubiera llamado.
Ye Yuzhen alcanzó el teléfono y echó un vistazo a la pantalla.
Dios mío, cuarenta y ocho llamadas perdidas de Andrew, y nada menos que sesenta mensajes de texto.
Estaba loco. Ye Yuzhen, sin poder evitarlo, tiró el teléfono a un lado con fastidio.
Desde que Andrew descubrió que Ye Yuzhen no respondía a sus llamadas a propósito, había aprendido a enviar mensajes de texto.
Se decía que, por pura impaciencia, había roto una docena de móviles a golpes.
Pero pronto Ye Yuzhen empezó a recibir sus mensajes con puntualidad, como si fueran un reloj.
A las ocho de la mañana, su servicio de despertador, recordándole que no olvidará desayunar.
A las doce del mediodía, su recordatorio para la comida.
A las cinco de la tarde, su llamado mensaje “Make Love”, aunque él se negaba a reconocer que tuviera la más mínima relación con su deseo de enredarse con Ye Yuzhen en la cama; decía que eran mensajes para cultivar el amor. Pero el contenido solía ser cosas como: “Te echo de menos, ven pronto al norte de Europa, déjame quererte bien”, o “Hace tiempo que no tienes mis marcas de amor en el cuerpo, ven pronto al norte de Europa”.
A las doce de la noche enviaba: “Duerme, Yuzhen”.
Hubo un momento en que Ye Yuzhen, sentado en la cama, leyó ese “Duerme, Yuzhen” y sintió una emoción indescriptible.
No era una persona fría; al fin y al cabo, nadie puede permanecer completamente impasible cuando alguien lo tiene constantemente en su pensamiento.
Pero, lamentablemente, ese alguien era Andrew, y él eligió ignorarlo.
Nunca respondió ni un solo mensaje a Andrew.
Sin embargo, pronto descubrió que Andrew, en realidad, había encargado diseñar una aplicación para el móvil: introducía los mensajes una vez, y el teléfono los enviaba automáticamente a la hora programada.
Para colmo, esa aplicación podía, en los momentos señalados, enviar mensajes diferentes cada vez.
Andrew ni siquiera se molestaba en cambiar el mensaje a diario; introducía unos cuantos de reserva y ya podía desentenderse durante quince días o un mes, dedicándose a lo suyo.
Eso era típico de Andrew: cosas que parecían requerir dedicación pero que en realidad apenas suponían un esfuerzo.
Ye Yuzhen, en ese momento, no supo ni por qué se enfadaba, pero Andrew argumentaba con toda la razón del mundo: “Yuzhen, también podría enviarte los mensajes yo mismo cada día, pero así me quedaría sin fuerzas muy pronto. Yuzhen, yo estoy preparado para una guerra larga contigo”.
A saber si su dichosa aplicación había explotado hoy, que le enviaba tantos mensajes de una sola vez.
Los mensajes no dejaban de llegar a su teléfono. Ye Yuzhen, harto ya, terminó por cambiar la tarjeta del móvil por una tarjeta de frecuencia específica para Marruecos.
Ye Yuzhen saltó de la cama, se puso la chaqueta y abrió la puerta.
Entonces ya no era ese Ye Yuzhen que, despertando sobresaltado por una pesadilla en la cama, temblaba y se quedaba sin fuerzas en brazos y piernas. Era ese otro Ye Yuzhen que todos conocían: sereno, elegante, dueño de sí mismo y con una presencia imponente.
La medianoche siempre está envuelta en misterio.
Porque muchos creen que en la oscuridad que los ojos no pueden penetrar se esconden innumerables secretos por descubrir.
Ye Yuzhen se ajustó el cuello de su gabardina color beige y caminó por aquella calle algo estrecha.
Bajo la tenue luz de una farola de cobre, un hombre ataviado con ropajes árabes fumaba un cigarrillo.
—¿Me presta fuego, por favor? —dijo Ye Yuzhen en un árabe fluido.
—¿Usted fuma?
—No, solo quiero fuego, sencillamente.
El árabe levantó la vista. Su rostro oscuro permanecía inexpresivo, y dijo con tono puramente enunciativo:
—Su Alteza el Príncipe lleva mucho tiempo esperándole.
Dentro de la tienda dorada de Crazy William, Jian Yi y Mansouri hacían el amor con frenesí.
Ninguno de los dos sabía cuántos asaltos llevaban ya, hasta que yacieron cabeza con cabeza sobre la alfombra impregnada de fluidos, jadeando mientras miraban el techo de la tienda.
—¿Estás bien? —preguntó Jian Yi volviendo el rostro hacia él.
—Me muero… —Mansouri aún no volvía en sí.
—Lo siento… —Había sido demasiado salvaje, supuso. Después de todo, Mansouri parecía tan frágil, ¿cómo iba a ser rival para él, que había recibido un entrenamiento especial?
—No importa —Mansouri giró la cabeza y sus miradas se encontraron. Era la mirada más normal que Jian Yi le había visto en mucho tiempo, incluso más que cuando se esforzaba por interpretar al auténtico príncipe.
De no haber sido por la escasa luz en la tienda, Jian Yi casi habría creído que era una mirada tierna.
—Tienes razón, no soy Mansouri — esbozó una extraña sonrisa—. Como tú no eres un mercenario francés.
Hizo una pausa y continuó:
—Yo soy William, y tú eres un agente de Interpol.
Mansouri observó que Jian Yi escuchaba en silencio, sin demasiada sorpresa; eso, por el contrario, lo sorprendió un poco a él.
—Había imaginado todo tipo de identidades para ti, pero al final… lo más probable era que tú fueras William, y por eso Interpol tenía la orden de eliminar al objetivo.
—¿Cuándo supiste que yo era William? —preguntó Mansouri, sin perder la calma.
—Siempre tuve mis dudas. ¿Acaso existe en el mundo otro príncipe tan excéntrico como Crazy William? —Jian Yi sonrió con amargura—. ¿Quién se autoproclama fugitivo y se empeña en exterminarse a sí mismo?
—Porque William no es ningún príncipe; en realidad, no es más que un mestizo —dijo Mansouri con una sonrisa.
Jian Yi se quedó sin palabras por un instante.
—Claro que no estoy tan loco como para querer matarme a mí mismo. Simplemente, un día me entraron ganas de hacer de príncipe legítimo —mostró una hilera de dientes blancos—. Y dio la casualidad de que a Mansouri le apetecía hacer de mestizo como yo, así que acordamos intercambiar nuestros papeles. Buscamos a los mejores cirujanos estéticos y nos retocamos de arriba abajo; ya de por sí nos parecíamos bastante.
Jian Yi escuchaba con el ceño fruncido. Mansouri alzó la mano y recorrió con el dedo el entrecejo de Jian Yi mientras decía:
—Para que fuera más real, ¡no solo intercambiamos las cuentas bancarias, sino también las huellas dactilares! —Y, muy satisfecho, levantó los diez dedos—. ¿Eres capaz de notar que esta piel es un injerto?
Jian Yi tuvo unas ganas inmensas de llamarlo loco, pero al ver esa expresión ligeramente triste, ese rictus en sus labios con un deje de terquedad, al final se tragó las palabras.
—Tengo que admitir que Ye Yuzhen es un auténtico genio. Si él te hubiera dicho que yo era William, no habrías estado tan tranquilo al rescatarme, ¡y yo no habría pensado que eras un mercenario contratado para actuar! Así que ahora yo soy el príncipe legítimo, y Crazy William de verdad quiere matarme. Y me temo que tampoco te perdonará a ti.
Jian Yi, aparte de guardar silencio, no supo qué más decir.
—Ya que sabes que soy William, ¿por qué sigues sin cumplir la orden de Ye Yuzhen? —continuó Mansouri sonriendo—. Deberías haberle hecho caso… ¿No sabes que, precisamente porque te negaste a aceptar su orden, ahora mismo está de camino a Casablanca?
—Cree que Mansouri cooperará con él, pero está equivocado. El deseo de Mansouri por convertirse en Crazy William es mucho mayor de lo que imagina —sonrió, su hermoso rostro irradió un atractivo arrebatador. Con una sonrisa ambigua, añadió—: Si de verdad confía en él, entonces en la subasta de Casablanca aparecerá un lote muy, muy tentador. ¿Sabes cuánta gente hay aquí que desea que Ye Yuzhen sufra, que desea verlo rogar por su muerte? Si viene aquí, lo subastarán noche tras noche para que lo destrocen.
Jian Yi se sobresaltó. Justo cuando intentaba levantarse, todo se volvió negro ante sus ojos y cayó desplomado junto al cuello de Mansouri.
Mansouri acarició la cabeza inconsciente de Jian Yi y dijo:
—Eres un tipo muy extraño, agente. Te encanta recitar guiones, te da pena tu enemigo… Un agente tan cálido, ¿cómo es que has logrado sobrevivir hasta ahora?
Por supuesto, el inconsciente Jian Yi no podía responderle. Mansouri continuó preguntando:
—Agente, ¿con quién acabas de hacer el amor? ¿Con Mansouri o con William?
La tienda permaneció en silencio.
Mansouri miró fijamente el techo de la tienda, y en la comisura de sus labios se dibujó una expresión de excitación.
—Agente, espero que mañana puedas alcanzar un buen precio en la subasta.