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Aunque el edificio de la Interpol no puede considerarse un rascacielos, Londres tampoco tiene muchos edificios altos.
Así que la vista desde la ventana de la oficina de Ye Yuzhen era bastante buena.
Tom colocó con cuidado el café a su espalda y dijo:
—Jefe, su café.
Ye Yuzhen se giró. Los ojos de Tom se posaron en el teléfono móvil de Ye Yuzhen, que no dejaba de vibrar. Tras la vibración, sonó el timbre: era una agradable melodía de piano, “Night Prayer”.
¡Es el número uno de Europa! Tom, un fanático del cotilleo, estaba radiante de alegría.
—¡Tom!
—¡Dígame!
—Ve a redactar el informe de esta operación.
Los ojos verdes de Tom se volvieron de repente de diferente tamaño, como los de un gato persa, y gimió:
—¡Pero si al final no participé en la operación!
Claramente, quien había metido la pata era Jian Yi. ¿Por qué tenía que ser Tom quien recogiera los platos rotos? Era demasiado injusto.
La cara de Tom se desencajó.
—Haz gala de tu especialidad —dijo Ye Yuzhen con una sonrisa. Se sentó de nuevo en su silla, alargó la mano y, bajo la mirada atenta de Tom, sus largos dedos se deslizaron… no hacia el teléfono que no paraba de sonar, sino hacia el café.
—Mi especialidad, eh —murmuró Tom, desanimado, mientras seguía dándole vueltas a ese problema tan real.
—Ah, sí. Resulta que en el desierto me topé con Andrew…
Con solo esas palabras, a Tom le pareció ver un destello de luz y, acto seguido, el informe se materializó ante sus ojos.
La nueva tecnología de la droga de William había conmocionado a todo el hampa. Aunque la división británica ya tenía un plan muy detallado, de repente recibieron un informe confidencial: el nuevo padrino de la mafia europea, Andrew, se dirigía en secreto al Sáhara.
Andrew, apodado el Oso Nórdico. De origen danés, pero con pasaportes de varios países. Poseía más de una docena de islas en los océanos Índico, Atlántico y Pacífico Sur. Controlaba todo el contrabando de diamantes en Europa y era el socio más cercano de William. Era una persona violenta y cambiante, experta en tratar con todo tipo de fuerzas, incluso mantenía estrechos contactos con la Interpol.
Teniendo en cuenta la volatilidad y peligrosidad de este individuo, y la posibilidad de que la fórmula ya hubiera sido filtrada, la división británica, responsable de la operación, decidió cambiar el plan original. En lugar del intercambio de identidades, optaron por la estrategia de “sacar la serpiente de su agujero”.
Esto era solo el preludio. Por supuesto, sobre cómo Ye Yuzhen se las había ingeniado con Andrew en el desierto del Sáhara, Tom ya tenía varias versiones. La cuestión era elegir cuáles podía incluir y cuáles no.
Tom se fue a redactar el informe de la operación con una inmensa sensación de logro, un informe que para él ya era completamente fiel a los hechos.
El teléfono seguía sonando sin cesar. Ye Yuzhen lo cogió. Del auricular llegó una voz profunda, autoritaria, pero no exenta de un cierto atractivo magnético.
El inglés de Andrew era muy correcto, el típico acento oxoniense, con sus cadencias y ritmo.
—[Cariño, ¿qué haces?]
—Trabajar.
—[¿Me has echado de menos?] —Al fondo se oyeron ladridos de perro.
Ye Yuzhen frunció el ceño.
—¿Otra vez has entrado en mi casa?
—[¿Entrar? Cariño, tengo tu llave.]
Tom entró de nuevo con un informe de un grupo operativo. Ye Yuzhen bajó la vista: se trataba de dos nuevos superclubes nocturnos en Londres, en los que se sospechaba la presencia de una red internacional de prostitución.
—Yo no te he dado ninguna llave —dijo Ye Yuzhen con frialdad, sin apartar la vista del informe.
—[Para algo tan trivial no necesito molestarte. Tranquilo, hasta he sacado una copia de las llaves de tus cajones. He descubierto que tienes muchas fotos de cuando eras pequeño, ¿cómo es que no me las habías enseñado antes? He cogido un montón para llevármelas.]
Ye Yuzhen se quedó sin habla por un momento. Entre la ira y la risa, dijo:
—No te cortes un pelo, ¿eh?
—[¡Cielos, qué mono sales! ¿Por qué iba a cortarme?] —Al teléfono se oyó un crepitar.
—¿Qué haces ahora?
—[Prepararte la cena. Sopa de rabo de toro con cebolla. ¿Te gusta?]
Ye Yuzhen no respondió. Sus ojos ya habían llegado a la última línea del informe: se sospechaba que el dueño de esos dos clubes era el Oso Nórdico, Andrew.
—[Ven a cenar a casa. No creo que quieras que me presente con la cena en tu trabajo, ¿verdad?]
Ye Yuzhen cogió el bolígrafo y, con un par de rápidos trazos, firmó en el lugar correspondiente.
—Espérame.
Ye Yuzhen colgó. Tom estaba encantado de haber entrado con el informe en el momento más oportuno. Y le pareció de lo más natural que Ye Yuzhen hubiera fastidiado a Andrew de un plumazo, haciéndole perder un buen pellizco.
¿Qué más da? Muchos enemigos son amantes, o, mejor dicho, los amantes a veces son enemigos. ¿Acaso no son Dios y Satanás la pareja más antigua y eterna de este amor?
Ye Yuzhen, en el fondo, temía que Andrew cumpliera su amenaza y se presentara con la cena. No podía imaginarse nada que no fuera capaz de hacer, aparte de traficar con drogas.
La luz del recibidor se encendió y, al instante, Andrew lo levantó en brazos.
—Bienvenido a casa.
Ye Yuzhen vio a aquella bestia, siempre tan elegante, disfrazada de corderillo y haciendo de amo de casa, y no sabía muy bien qué se traía entre manos.
En la mesa, efectivamente, había una cena espléndida: pasteles exquisitos, un filete de pescado en su punto justo. Toda la casa olía a mantequilla.
De repente, Ye Yuzhen se dio cuenta de que tenía hambre de verdad.
—Toma, bebe un poco de sopa primero —Andrew le sirvió un cuenco de sopa.
Ye Yuzhen inclinó la cabeza y sorbió un poco de sopa de rabo de toro. Aroma intenso, pero nada grasiento. Andrew lo observaba con una sonrisa tierna de principio a fin.
Ye Yuzhen pensó para sus adentros: ¿cuándo acabará este oso con tanta ternura y pasará al tema principal?
Terminaron de cenar. No.
Ye Yuzhen, después de cenar, fue al baño a lavarse los dientes y a ducharse. Andrew lo siguió y se cepilló los dientes con él.
Ye Yuzhen pensó: “Conque hoy quiere hacerlo en el baño”.
Se lavaron los dientes, se ducharon… y tampoco.
Ye Yuzhen, con su albornoz puesto, estaba medio recostado en su tumbona leyendo un libro ilustrado. Andrew, detrás de él, le secaba el pelo. Ye Yuzhen esperaba en silencio… pero el otro, después de secarle el pelo, se fue con sus chanclas a ver un programa de monólogos.
En la quietud de la noche, Ye Yuzhen, con la cabeza ligeramente ladeada, miraba la luna. Andrew dormía a su lado, cabeza con cabeza.
Después de un largo rato, Ye Yuzhen preguntó fríamente:
—¿A qué has venido aquí?
—¿A qué?
—¿Acaso has venido solo a hacerme la cena?
—Yuzhen, lo que quieres preguntar es si vamos a hacer el amor, ¿no?
Ye Yuzhen apretó los labios y no respondió.
—Una pareja no necesita estar todo el día haciendo el amor, ¿no? Estar así, tumbados juntos, también está bien —dijo Andrew con desgana, poniendo una mano bajo la nuca.
—¿Quién es tu pareja? —Ye Yuzhen se irguió, furioso.
—Amantes, amantes, ¿vale?
—Tú y yo somos enemigos.
Andrew observó a su apuesto y eficiente amante, agente de policía. De repente, lo agarró y lo tumbó en la cama, montándose sobre él. Lo acarició de arriba abajo y dijo con una sonrisa:
—Entonces, respóndeme, Yuzhen. ¿Con cuántos enemigos te has puesto cachondo y has gemido debajo de ellos?
—No todo el mundo que se acuesta… ¡Ah, tú! —La mano de Andrew se posó en la entrepierna de Ye Yuzhen y, con un hábil movimiento, acalló el resto de su frase.
Aquella mano, que conocía demasiado bien su cuerpo, hizo que Ye Yuzhen se ablandara. Una sensación de entumecimiento, como olvidada, lo invadió por completo. Apretando los dientes, dijo:
—¿Vas a hacerlo de una vez o no? Si no, lárgate.
Andrew se quitó la ropa de un tirón. Bajo la holgada bata, estaba completamente desnudo. Su cuerpo, robusto como el de un gladiador, semejaba un hombre lobo transformado bajo la luz de la luna.
Agarró la larga mano de Ye Yuzhen y la presionó contra su pectoral, guiándola para acariciar su tersa y musculosa piel, luego su abdomen firme y, por último, la depositó sobre su viril miembro. Ye Yuzhen, sobresaltado, intentó retirar la mano, pero Andrew la mantuvo firmemente en su sitio. Con gran seriedad, dijo:
—Cariño, hacer el amor también requiere aprendizaje. Con la técnica que tienes hoy, aguantar quinientas veces conmigo ya es el límite.
El rostro de Ye Yuzhen se encendió de golpe. Levantó el pie con intención de propinarle una patada en el pecho a aquel sinvergüenza que encima se daba el lujo de quejarse, y mandarlo al suelo.
Pero en cuanto movió el pie, Andrew se lo sujetó. Riendo, dijo:
—Vale, vale, por hoy ya hemos aprendido bastante.
Así decía, pero sus manos no cesaban en su empeño de excitarlo, hasta que Ye Yuzhen volvió a sumergirse en el torbellino del deseo.
Sus palabras eran tiernas, pero su forma de actuar era la de una fiera. No paró de darle vueltas a Ye Yuzhen, cambiándolo de postura en numerosas ocasiones.
Ye Yuzhen estaba tan agotado que ni siquiera recordaba cuándo se había quedado dormido. Solo tenía la vaga sensación de que se arrepentía profundamente de haber dejado entrar al lobo en casa.
A la mañana siguiente, cuando despertó, Andrew ya había desaparecido. Ye Yuzhen, aún somnoliento, echó un vistazo al reloj digital de la mesilla. Eran las nueve. Intentó incorporarse y sintió que la cintura se le partía: le dolía, le costaba moverse y no tenía fuerzas.
—¡Cabrón! —masculló Ye Yuzhen mientras lograba ponerse en pie con dificultad. Vio que el desayuno ya estaba preparado en la mesa. Debajo del vaso de leche había una nota.
Ye Yuzhen echó un vistazo al plato, a lo que él llamaba un huevo frito, y cogió la nota.
Cariño:
Me he enterado de que anoche te cargaste con gran éxito mis dos clubes nocturnos. Seguro que este mes te cae un buen pellizco. Págale, por favor, el esfuerzo al chef de ayer. Y no te olvides de la propina, cariño: una tarifa de aparición del trescientos por cien. Pero el desayuno de hoy es auténticamente cosa mía. Espero que te guste.
Tu amante y enemigo,
Andrew
Ah, se me olvidaba: Buenos días, Yuzhen.
La nota se deslizó suavemente de la mano de su dueño y volvió a la mesa, para acabar en la papelera junto con ese montón de huevos de aspecto tan poco apetecible.
La puerta se cerró de golpe. Solo la luz de la mañana, filtrándose a través del ventanal, recorría lentamente toda la habitación. Bear, con los ojos entrecerrados, yacía bajo la silla del comedor. Y en un rincón de algún cajón, dentro de un álbum de fotos, descansaba tranquilamente una imagen que su dueño desconocía por completo.
Andrew, completamente desnudo, abrazaba a un Ye Yuzhen igualmente desnudo. Sus cuatro extremidades se enredaban, sus dedos se entrelazaban con fuerza.
La casa estaba en silencio. Casi podía oírse el polvo posarse. Pero no era un silencio total. Los jadeos apasionados de la noche anterior parecían resonar aún, débiles pero persistentes, en aquel espacio sereno.
Nota Traductora: Aqui se acaba el Libro III.
Seguimos con más… Gracias por estar ahí.