En su primer día de convivencia, Devil quedó profundamente impresionado por las habilidades culinarias de Sheng Yi.
Frente a él, un plato de arroz frito con huevo, ennegrecido y medio carbonizado. Devil guardó silencio. En su investigación solo había recopilado datos sobre el pasado de Sheng Yi, nunca sobre sus destrezas en la cocina. Ahora, viendo ese desastre, no pudo evitar preguntarse: ¿cómo había logrado sobrevivir alimentándose así?
Sheng Yi, rascándose la nuca con aire avergonzado, murmuró:
—Lo siento, eh… mi cocina no es muy buena. ¿Te… te conformas con esto?
Devil lo miró en silencio. Sus ojos morados parecían decir claramente: ¿Conformarme con esto? ¿De verdad?
Su expresión seguía imperturbable, pero Sheng Yi creyó ver un rastro de desesperación en su rostro. Estaba a punto de proponer salir a cenar cuando Devil se quitó la chaqueta negra, se puso un delantal con forma de oso —tan fuera de lugar en él que resultaba cómico— y entró en la cocina.
Sheng Yi: …¿Eso significa que no debería hacerlo yo mismo?
El sonido de la campana extractora lo sacó de su confusión. Corrió tras Devil, solo para encontrarse con una escena inverosímil: un hombre apuesto, de camisa negra y delantal infantil, salteando arroz con movimientos expertos. Muy pronto, un delicioso aroma llenó la habitación.
Sheng Yi, que llevaba años traumatizado por su propia “cocina oscura”, tragó saliva y se quedó observando. Devil, con toda calma, terminó de saltear el arroz, sirvió dos platos bien humeantes y hasta añadió un par de hojas frescas de cilantro como guarnición.
El resultado parecía un banquete. Sheng Yi solo pudo balbucear:
—…
Con los dos platos en la mano, siguió a Devil hasta el comedor como un perrito faldero y se entregó con devoción a esa cena inesperada.
Una vez saciado y tras admirar en silencio las dotes culinarias de Devil, Sheng Yi se limpió la grasa de los labios con un pañuelo, suspirando satisfecho. Devil, mientras tanto, lo observó desplomarse en la silla y curvó apenas los labios antes de empezar a recoger la mesa.
—Mo Gui, deberías descansar —se apresuró Sheng Yi a decir, poniéndose de pie—. Yo lavaré los platos.
Por alguna razón, Devil lo miró fijamente durante un largo rato. Cuando la incomodidad ya empezaba a apoderarse de Sheng Yi, apartó la mirada, dejó el plato a medio camino y se dirigió en silencio al baño para lavarse las manos.
Sheng Yi preguntó—…¿Por qué me miraste así?
Mientras el agua corría, Devil esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Yo cocino, tú lavas los platos.
Un estilo de vida cotidiano, simple… casi como el de un matrimonio.
Sin comprender del todo la razón, Sheng Yi, un poco frustrado, llevó los platos a la cocina, desahogando sus preguntas en silencio mientras enjuagaba la vajilla.
Después de comer hasta quedar satisfechos y terminar con los quehaceres, se acomodaron en el sofá para continuar con la ronda de preguntas y respuestas del día.
Sheng Yi notó enseguida el peculiar interés de Devil por sus experiencias y respondió con toda seriedad. También se atrevió a hacerle algunas preguntas, pues a fin de cuentas, Devil no parecía un ciudadano chino ejemplar que siguiera los valores socialistas fundamentales.
—Mo gui, ¿eres mestizo? —preguntó Sheng Yi con curiosidad.
—Sí —respondió Devil sin vacilar.
Sheng Yi se inclinó un poco hacia delante, intrigado. Era la primera vez que conocía a una persona mestiza.
—¿Cuál es tu nacionalidad?
Esta vez, Devil guardó silencio unos segundos. Técnicamente, debería ser chino: antes de ser enviado a aquel lugar, su nacionalidad seguía registrada en China. Sin embargo, sabía que el gobierno no reconocía a los habitantes del inframundo como nacionales. Finalmente, recordando que en su identificación aún figuraba como chino, contestó con calma: —Soy chino.
Sheng Yi se sorprendió. No esperaba que alguien con ese aspecto —sobre todo con aquellos ojos morados— fuera chino. Excepto por su cabello negro y corto, no se parecía en nada a un compatriota. Recordaba haber visto ojos así solo en descendientes de euroasiáticos; por eso había asumido que Devil lo era. Nunca se le ocurrió que, al igual que él, también pudiera ser chino.
Cuando indagó un poco más sobre su familia y descubrió que Devil era huérfano, Sheng Yi se sintió culpable de haber preguntado. Aunque, al mismo tiempo, sintió cierta tranquilidad: si Mo Gui no tenía parientes en China, podría invitarlo a quedarse a vivir con él sin problemas. Después de todo, él mismo vivía solo y aquella casa le resultaba demasiado grande.
Percibiendo la expresión incómoda de Sheng Yi, Devil sonrió.
—No pasa nada. Crecí en un orfanato y nunca conocí a mis padres. No te preocupes demasiado.
Al escucharlo, Sheng Yi no pudo evitar sentir compasión. Él también había perdido a sus padres siendo adolescente, caídos en acto de servicio. Aunque la pensión y los subsidios le permitieron seguir adelante, la tristeza lo había acompañado durante años y lo había aislado de sus compañeros. Miró a Devil y pensó: ¿Habrá sufrido él la misma soledad? ¿Habría deseado, alguna vez, la compañía de sus padres?
Devil, ajeno a esos pensamientos, no sabía que en el corazón de Sheng Yi acababa de convertirse en un niño huérfano y vulnerable. Si supiera el papel que se le había asignado, seguramente se quedaría perplejo.
Ambos, sintiéndose de pronto demasiado expuestos, decidieron cambiar de tema.
Tras la charla del mediodía, estaban a punto de echarse una siesta cuando un golpe fuerte resonó en la puerta.
Devil ya lo había percibido antes incluso de escucharlo. Dejó la manta que Sheng Yi le había ofrecido y clavó la mirada en la puerta con expresión sombría. A esa hora, una visita no podía traer nada bueno.
Sheng Yi, en cambio, carecía de esa sensibilidad. Se sobresaltó con el ruido, frunció el ceño un instante y, enseguida, compuso una sonrisa amistosa.
—Puede que sea un mensajero. Quizá ya llegaron las cosas que pedí hace un par de días. Mo gui, vuelve a tu habitación y descansa. Yo firmo y enseguida regreso.
Sin darle opción, se acercó por detrás y lo empujó suavemente hacia la habitación, como si con ese gesto pudiera alejarlo también de sus sospechas.
La parte inferior del cuerpo de Devil estaba increíblemente firme. La escasa fuerza de Sheng Yi apenas alcanzaba para hacerle cosquillas; empujarlo era como intentar mover una montaña. Por mucho que lo intentara, permanecía inmóvil, clavado al suelo como un peso imposible de desplazar.
Mientras tanto, los golpes contra la puerta retumbaban con fuerza.
—¡Oye, Sheng! Últimamente te comportas como un imbécil. ¡Hasta te atreviste a pegarle a mi hijo! ¿Quieres morir, eh? Tus padres policías están muertos, ya no hay nadie que te proteja. Me han metido varias veces en el centro de detención y antes de que pudiera vengarme, ellos murieron. ¡Hum! ¡Todavía no he saldado esa deuda! Tu padre me arrestó en su momento, ¿y ahora te crees policía como ellos? ¡Ja!
Al escuchar esas palabras, el rostro de Sheng Yi se heló. La furia le ardía en los ojos al oír insultos dirigidos a sus padres; parecía listo para destrozar al hombre de un puñetazo. Sin embargo, consciente de que Devil estaba junto a él, contuvo su rabia. En lugar de lanzarse de inmediato, intentó apartar a Devil, como si quisiera protegerlo y enfrentarse solo al intruso.
Claro que Devil no era alguien que necesitara protección. Percibiendo la intención hostil al otro lado, reprimió sus poderes sobrenaturales y evaluó con calma la situación. Descubrió que no había más que un tipo corpulento, mucha carne y nada de armas. Incluso si portara un arma, Devil estaba seguro de que podría protegerse a sí mismo y a Sheng Yi… y dejar al intruso hecho papilla.
El problema era otro: si mostraba semejante poder delante de Sheng Yi, ya no podría atribuirlo a un simple golpe bien dado. Y aunque Sheng Yi lo miraba con cierta sospecha, el hecho de que no le preguntara directamente demostraba que aún no lo tomaba demasiado en serio. Pero si lo veía derribar a un tipo armado con las manos vacías, no querría seguir compartiendo techo con él: lo entregaría a la policía sin pestañear. Devil no pensaba exponerse tan pronto.
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