El autor tiene algo que decir:
Hoy estuve ocupado en la mañana y no pude actualizar. Para no retrasar el ritmo, dejé un capítulo en blanco.
Lamento mucho la falta de actualización.
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Devil dejó de disparar en ese instante, aunque las tres vidas que se habían apagado ya no volverían.
El cuerpo modificado de Sheng Yi no se desvanecía tan fácilmente. Apenas lo dejó en el suelo, sus sentidos comenzaron a recuperarse, luchando contra el mareo repentino. Sin embargo, entendió al instante: no era el momento de revelar que estaba consciente. Devil lo había golpeado para evitar que presenciara lo que ocurría. Si desobedecía y se levantaba, corría el riesgo de convertirse en blanco… o en cadáver.
Él no había venido para morir, sino para encontrar al verdadero Devil.
Por eso, cerró los ojos y fingió permanecer inconsciente, decidido a espiar los verdaderos planes de aquel hombre.
Sheng Yi jamás había visto a Devil matar con sus propios ojos. Solo conocía sus crímenes por antiguos informes. Pero ahora, al contemplar de reojo al hombre que ejecutaba vidas sin titubear, algo se desacomodó en su interior. Una desconcertante sensación lo invadió: era como si el Devil frente a él no coincidiera del todo con el monstruo de los expedientes.
Había conocido a asesinos en serie y a capos de la droga, todos con las manos bañadas en sangre. Sin embargo, Sheng Yi jamás había sentido en ellos lo mismo que percibía en Devil. Aquellos trataban la muerte como un juego macabro, mientras que en Devil no había júbilo alguno. Su indiferencia hacia la vida humana se teñía, más bien, de una ligera tristeza, un dolor apenas perceptible por cada víctima que caía.
«Quizá a Devil no le gusta matar», pensó.
Número 18 tardó mucho en recuperar la compostura. Los hombres que acababan de ser abatidos eran más que simples compañeros: habían compartido años de orfanato, entrenamiento brutal y misiones mortales. Eran hermanos, unidos por un vínculo forjado en vida o muerte. Perderlos así, de golpe, lo desgarraba por dentro, aunque su corpulento físico no dejara entrever la magnitud de su dolor.
Pero esa hermandad carecía de valor para Devil. Había escapado del campo de entrenamiento y, en cuanto lo catalogaron de traidor, lo persiguieron sin piedad. De no ser por la ayuda de Sheng Yi al curar sus heridas, quizá ya estaría muerto. ¿Qué importancia podían tener, entonces, esos cazadores? Sus labios esbozaron una sonrisa, aunque sus ojos permanecieron helados. Observó a Número 18 como si ya estuviera enterrado.
—Entonces, te lo pregunto otra vez —dijo con voz firme—. ¿Quién te envió? ¿Código D o F?
Número 18, consciente de que un silencio significaba la ejecución inmediata de su último hermano, no se atrevió a desafiarlo. La voz le temblaba cuando balbuceó:
—No lo sé… Aceptamos la misión desde el tablón. No sabemos quién la publicó. ¡Lo juro! ¡Por favor, déjanos ir!
El tono de súplica no conmovió a Devil. Pero sí reconoció la verdad en esas palabras. Conocía demasiado bien el campo de entrenamiento: nadie se atrevería a colgar un contrato contra él de manera tan abierta. Solo esos dos idiotas, sus eternos rivales, serían capaces de tramar algo así.
Sheng Yi, aún fingiendo estar inconsciente, permanecía recostado contra el árbol. Devil lo miró de reojo; en sus labios se dibujó un matiz de ternura que él mismo no llegó a notar.
Luego, sus ojos regresaron al prisionero. El orden de los códigos en el campo de entrenamiento era simple: el más fuerte tenía la letra A y desde que él se había convertido en instructor nadie había osado desafiarlo. Creer que un número podía acortar esa brecha era pura estupidez.
En un principio había considerado dejar a uno vivo para enviar un mensaje, pero con Sheng Yi cerca no podía permitirse arriesgarlo. Si lo atrapaban o salía herido, sería un desastre.
Así que, bajo la mezcla de pánico y furia que deformaba el rostro del Número 18, Devil apretó el gatillo. El disparo fue seco, definitivo.
Acto seguido, acabó con los supervivientes sin perder tiempo. Después, borró cuidadosamente todo rastro de su presencia, cargó a Sheng Yi —que seguía fingiendo desmayo— y se internó en la oscuridad, alejándose del escenario ensangrentado.
Sheng Yi, fingiendo estar inconsciente en los brazos de Devil, apenas podía ordenar sus pensamientos. Descubrió que, en realidad, no conocía a este hombre. No parecía un asesino sanguinario que disfrutara de la muerte, sino alguien frío, calculador, difícil de descifrar. ¿Era aquel el mismo Devil que tantas veces lo había desafiado con arrogancia? ¿O acaso este era el verdadero?
Mientras meditaba, Devil continuó avanzando sin detenerse.
A-jing, a quien Sheng Yi no había invocado, los seguía a cierta distancia. Como todas las criaturas del bosque, lo embargaba un temor instintivo hacia Devil. Aunque nunca le había hecho daño, su mera presencia lo aplastaba: era la presión de un depredador absoluto, quizá aún más temible que cualquier bestia conocida. Su nombre no era solo un apodo: Devil lo describía con exactitud.
Caminaron durante más de una hora. Alto, de largas zancadas, Devil se abrió paso con firmeza hasta salir del espeso bosque. Sheng Yi, medio oculto entre sus brazos, se sorprendió al notar que no se había perdido: ni brújula, ni sol que orientara el camino… y aun así, había encontrado la salida como si conociera cada árbol.
Lo más desconcertante era su serenidad. Cargaba a Sheng Yi sin prisa, con la calma de quien pasea en su propio jardín, como si no fuera un fugitivo marcado de traición, con la muerte pisándole los talones.
Decidido a obtener respuestas, Sheng Yi fingió despertar. Devil se detuvo, pero no lo soltó. Lo sostuvo con un gesto suave, casi protector, en un abrazo de princesa que desconcertó aún más a Sheng Yi. Al abrir los ojos, lo primero que vio fue el rostro joven y atractivo de Devil. Todavía no era el hombre endurecido por los años, aunque la sombra de su aura asesina permanecía latente, contenida bajo una máscara de calma. En apariencia, podría pasar por un joven extraordinariamente apuesto, pero cualquiera con instinto de supervivencia mantendría distancia de él.
—¿Quién eres? —preguntó Sheng Yi, rompiendo el silencio—. ¿Quiénes eran ellos? ¿Por qué los atacaste? ¿Quiénes son “Código D” y “Código F”? ¿Y por qué a ti te llaman “Código A”?
Su torrente de preguntas pudo haber sonado atrevido, pero Devil no se inmutó. Sin rastro de irritación, respondió con voz tranquila:
—Soy Mo Gui. Eso ya lo sabes. Esos hombres me persiguen porque abandoné mi antiguo campo de entrenamiento. Allí consideran traidor a cualquiera que intente marcharse y lo cazan sin piedad. En cuanto a “Código D” y “Código F”… —se detuvo un instante antes de continuar— son mis enemigos jurados, dos idiotas que llevan años soñando con matarme.
Calló un momento, como decidiendo hasta dónde hablar. Al fin prosiguió:
—Lo de “Código A” es sencillo. Los huérfanos como yo fuimos recogidos desde pequeños por instructores que nos seleccionaban en los orfanatos. En ese campo había veintiséis instructores, cada uno con una letra. La A representaba al más fuerte; la Z, al más débil. Los aprendices recibíamos números: el 1 era el más fuerte, y mientras mayor el número, más bajo en la jerarquía. Ya deben de ser más de cien, aunque no recuerdo cuántos exactamente.
Sheng Yi soltó una breve risa, aunque comprendió que esa historia no era sino el inicio de la vida de Devil.
—Entonces, ¿ahora eres instructor?
—Ex Instructor —corrigió Devil con una leve sonrisa—. Pasé de aprendiz a instructor después de superar las evaluaciones.
La respuesta lo confundió aún más. Si Devil había alcanzado la cima, ¿por qué lo perseguían? La duda se le escapó en voz alta, pero Devil se adelantó a ella:
—El campamento no tiene un único líder. Lo controlan todos los instructores en conjunto. Aunque yo fuera el más fuerte, eso no me daba poder absoluto. Y hay una regla clara: quien intente abandonar el campamento será considerado traidor y perseguido hasta la muerte.
Sheng Yi comprendió la situación actual de Devil y sintió cierta compasión por él. Después de todo, nunca había pensado que Devil no solo era el enemigo público número uno de las fuerzas policiales de todo el mundo, sino también el principal objetivo de aquel supuesto “campo de entrenamiento”. Resultaba realmente lamentable que hubiera terminado en tal destino. ¡Ay!
Devil, sin saber que Sheng Yi ya lo consideraba un pobre desgraciado…
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